El día en que me robé a la Hija del Rey Demonio - Capítulo 51
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- Capítulo 51 - 51 Capítulo 51 El glorioso arte de recoger fruta
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51: Capítulo 51: El glorioso arte de recoger fruta 51: Capítulo 51: El glorioso arte de recoger fruta El gremio de aventureros siempre tiene misiones emocionantes: derrotar monstruos, escoltar caravanas, rescatar princesas, pelear contra brujos oscuros… Y luego está esto: “Recolectar fruta en una granja para que no se la coman los animales salvajes.” Sí, tal cual.
Una misión tan épica que ni el bardo más desesperado la cantaría.
Pero claro, nadie la había aceptado en semanas.
Y, como era de esperarse, el grupo de idiotas de siempre terminó con el pergamino en las manos: nosotros.
—¿En serio, Víctor?
—Alice me miró con esa cara entre “me decepcionas” y “voy a quemarte vivo”—.
¿De todas las misiones disponibles tuviste que aceptar esta?
—Mira, no todos los días se puede ser un héroe que salva al mundo.
A veces hay que… recolectar duraznos.
—Intenté sonar convincente, pero ni yo me la creí.
—¡Duraznos!
—Ahyeli, en cambio, parecía fascinada—.
¡Hace años que no trabajo en el campo!
¿Puedo trepar los árboles?
Ahyeli nunca ha trabajado en el campo, no se por que dijo eso.
—Como quieras, pero si te caes yo no pienso atraparte.
—No lo dije en serio, pero ella me guiñó un ojo como si quisiera que en verdad la atrapara si se cayera…
pero si sabe volar…
oh cierto, su identidad no debe revelarse…
pues como sea.
Y así nos encaminamos a las afueras de la ciudad.
Lunito iba saltando con la emoción de alguien que se cree explorador, aunque en realidad estaba más interesado en perseguir mariposas y comerse la fruta.
Azreth, nuestro dragón-zorro con ego de guardián personal, caminaba detrás, con la típica actitud de “estoy por encima de todos, pero igual me toca cuidarlos”.
La granja en cuestión era… cómo decirlo… un caos organizado.
Los árboles estaban cargados de fruta madura, y a lo lejos se oían los rugidos de lo que supuestamente eran “animales salvajes”.
Yo esperaba conejos.
Spoiler: no eran conejos.
—El problema —nos explicó el granjero, un tipo que olía a sudor y desesperación—, es que unas bestias gigantes vienen en manada y se comen toda la fruta.
Nadie logra espantarlas, así que necesito aventureros.
—¿Qué tipo de bestias?
—pregunté, por pura responsabilidad.
—Eh… jabalíes carnívoros mutantes.
Con colmillos del tamaño de mi brazo.
—Perfecto, jabalíes carnívoros.
¿Por qué no?
—me giré hacia el grupo—.
¿Seguimos pensando que esta misión era una gran idea?
Alice soltó una risa nerviosa.
Ahyeli alzó la mano como si estuviéramos en la escuela.
—¡Yo me encargo!
¡Los espanto y listo!
—No, no, no —dije—.
Nadie espanta nada.
Nuestra misión es recoger fruta antes de que esos cerdos asesinos nos vean.
¿Entendido?
—Yo quiero fruta.
—Lunito levantó la voz.
—Tú ni pienses en acercarte a los árboles.
—Alice casi lo agarró de la cola de lo insistente que estaba.
La “recolección” comenzó con un plan brillante: Ahyeli trepa árboles como ardilla poseída.
Yo cargo canastos.
Alice se encarga de vigilar con magia.
Lunito ayuda…
en teoría.
Azreth mira con cara de superioridad, porque claramente somos una comedia andante.
La primera media hora fue tranquila.
Demasiado tranquila.
Ya llevábamos tres canastos de duraznos, uno de peras y medio de manzanas.
Lunito, por supuesto, se había escabullido hasta la cocina del granjero para robar panquesitos de miel.
Y entonces se escuchó el rugido.
Los árboles temblaron.
La tierra retumbó.
Un jabalí gigante, cubierto de cicatrices y con colmillos como espadas, salió de entre los arbustos con la sutileza de un terremoto.
Detrás, al menos cinco más.
—Oh, genial.
—Dejé el canasto en el suelo con cuidado—.
La fruta la pueden tener, señores cerdos asesinos, yo paso.
—¡Víctor!
—gritó Alice—.
¡Defiéndenos!
—¡Era una misión de recolectar fruta!
¡Recolectar!
Nadie dijo nada de jabalíes triple extra grandes.
Ahyeli, por supuesto, saltó de un árbol y aterrizó justo enfrente del líder de los jabalíes.
—¡Atrévete a tocar un solo durazno y verás!
—¿Podemos hablar primero?
—le supliqué.
Pero no.
Ella ya estaba preparando los puños y le dió un buen golpe en el hocico al lider de la manada, nada mal para alguien que es pacifista.
Lo que siguió fue una mezcla entre festival de frutas y campo de batalla: Ahyeli gritando que los duraznos eran sagrados.
Alice lanzando rayos para espantar a las bestias, con cara de “odio mi vida”.
Lunito desde la cocina gritando: “¡Papá, dale más fuerteeee!” como si yo fuera gladiador en la arena.
Azreth… riéndose.
Literal, riéndose con la cara de “mejor me traigo palomitas”.
Al final, sobrevivimos.
Los jabalíes huyeron, probablemente traumatizados por los gritos de Ahyeli más que por nuestras habilidades.
El granjero nos agradeció como si hubiéramos salvado al reino entero.
Y yo… bueno, yo terminé lleno de moretones, con olor a fruta podrida y con el alma rota de tanto bochorno.
De regreso a la ciudad, Ahyeli sonreía cargando un durazno como si fuera un tesoro.
—¿Ves, Víctor?
Fue divertido.
—Sí, claro.
Fantástico.
La próxima vez, en vez de jabalíes, espero dragones mutantes.
Total, ¿qué puede salir mal?
Y todos se rieron… menos yo.
Porque en este grupo, si algo puede salir mal, va a salir mal.
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