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El día en que me robé a la Hija del Rey Demonio - Capítulo 54

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  4. Capítulo 54 - 54 Capítulo 54 Una caja demasiado pesada para un ladrón
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54: Capítulo 54: Una caja demasiado pesada para un ladrón 54: Capítulo 54: Una caja demasiado pesada para un ladrón Caminar con Ahyeli por las calles de Ciudad Ilustre debería ser algo sencillo, incluso relajante, si no fuera porque mi cerebro estaba decidido a hacer un curso intensivo de complicaciones emocionales.

—¿Sabes, Víctor?

—dijo Ahyeli, caminando a mi lado y balanceando suavemente los brazos—.

Me gusta cómo huele la ciudad por la mañana.

—Sí, huele a pan recién horneado… y a problemas futuros.

—Contesté, de la unica forma que uso como escudo sentimental.

Mientras tanto, enla parte trasera de la posada, Alice entrenaba a Lunito, que se mostraba más interesado en lanzar pirotecnia de hocico que en abrir su grimorio.

El pobre cachorro manticora tenía el talento de un bebé genio con mala puntería: lanzaba púas desde la melena con precisión dudosa, soltaba fuego a medias y, gracias a la coraza de metal que cubría su aguijón, nadie había perdido un ojo.

Alice suspiraba, mitad frustrada, mitad resignada, murmurando que algún día ayudaría a Lunito a controlar bien su magia.

Yo, por mi parte, tenía preocupaciones de adulto.

Bueno, de adulto joven y confuso.

Mis pensamientos no dejaban de girar alrededor de Ahyeli.

Cada gesto suyo, cada sonrisa que me dirigía, me hacía cuestionarme cosas que jamás imaginé: ¿Podré quererla tanto como ella desea?

Y mientras me sumergía en mi dilema existencial, apareció él: el clérigo de la Iglesia de la Iluminación.

Esa misma figura sabia que me había dado consejos sobre cómo entender mis sentimientos.

Caminaba con paso sereno, túnica impecable y una sonrisa que parecía guardar secretos de mil vidas.

—¡Ah, Víctor!

—exclamó al vernos—.

Y tú debes ser la famosa Ahyeli.

Así que… ella es tu joven novia, ¿eh?

Sentí un escalofrío que me recorrió de pies a cabeza.

—Yo… yo no diría novia… al menos no en público… no aun.

—Tratando de mantener la compostura, abrazé sutilmente a Ahyeli para protegerme del ataque de ternura que sentí de repente.

Ella me miró con una leve decepción, con los ojos brillantes, aunque tratando de ocultarlo tras una sonrisa.

—¿Pero por qué no?

—preguntó, con ese tono que mezcla curiosidad y ligera tristeza.

Limité mi respuesta a un abrazo más firme y susurré: —Necesito tiempo para hacerme a la idea.

El clérigo asintió, una sonrisa muy cálida.

—Ah, entiendo… Pero si algún día deciden dar el gran paso, sería un honor para mí oficiar la ceremonia.

—Su tono era firme pero comprensivo, como si supiera que las mejores cosas requieren paciencia.

Me mantuve estoico, aunque por dentro el corazón me latía como tambor de guerra.

La palabra “boda” todavía tenía la fuerza de un monstruo ancestral y mi mente se resistía a aceptarla sin sentir un leve ataque de pánico.

Nos despedimos del clérigo con un gesto respetuoso.

Antes de que se alejara, tomé a Ahyeli suavemente por los hombros, la miré a los ojos y deposité un beso en su frente.

Fue un acto simple, pero lleno de cariño verdadero.

Mientras continuábamos nuestro paseo, mi mente seguía dando vueltas.

Entre Alice, Ahyeli y yo, estaba claro, aunque yo tratara de negarlo, que Ahyeli era quien más merecía una familia, alguien que la cuidara y con quien pudiera compartir su vida.

Y de repente, entre calles, risas y miradas cómplices, la idea de la boda comenzó a instalarse en mi cabeza… más real de lo que estaba dispuesto a admitir.

—¿Boda?

—murmuré para mí mismo, como quien pronuncia un conjuro prohibido.

—Sí, boda —susurró el viento o quizá mi conciencia—.

Pero solo si tu corazón lo desea.

Y mientras caminábamos, con Lunito explorando la posada y Alice entrenando al cachorro infernal, una cosa quedó clara: ya no podía negar lo que sentía.

La pregunta era… ¿estaba listo para responderla?

Dicen que la noche es para dormir.

Mentira.

La noche es para que los pensamientos te acorralen como perros hambrientos, para que los recuerdos se claven en tu cabeza como clavos oxidados y para que una cajita ridículamente pequeña se convierta en lo más pesado del universo.

Sí, lo admito: llevo horas sentado junto a la ventana, dándole vueltas a esta cosa, una simple caja de madera, no más grande que la palma de mi mano.

Por dentro guarda un anillo.

No uno robado, por cierto.

(¿Ven?

Ya estoy enderezando el camino.

Deberían darme un premio por eso).

No sé cuántas veces la he abierto y cerrado, como si la respuesta a todos mis dilemas estuviera escondida ahí dentro, junto al círculo de plata.

Lo gracioso es que, como ladrón, nunca me tembló la mano al robar coronas, gemas o incluso el famoso castillo de veraneo.

Pero ahora… ahora mis dedos tiemblan como si estuviera intentando robarle el bastón a un archimago rabioso.

Y es que el recuerdo no me suelta.

Ese momento… “Mis papás… mis hermanos… eran tan alegres…

Siempre decían que el mundo tenía que celebrarse con luz… y cuando nos atacaron… solo quedó oscuridad.” Así me lo dijo Ahyeli, justo antes de besarme a traición.

Bueno, no tan a traición… pero ya saben, el tipo de beso que te desarma y te deja pensando si todavía tienes pulmones.

Desde entonces, sus palabras se quedaron clavadas en mi cabeza como si fueran parte de un conjuro.

Y ahora aquí estoy: un ladrón con más miedo de proponer matrimonio que de enfrentar dragones.

Pero bueno… no soy el único que no puede dormir.

A pocas habitaciones de la mía, Ahyeli también estaba teniendo su propio drama nocturno.

Claro que ella lo compartió con Alice.

Porque, al parecer, si tienes una amiga demonio con complejo de hermana mayor, lo más lógico es confesarle tus miedos amorosos mientras peinan a Lunito como si fuera una muñeca.

—Alice… —le dijo Ahyeli, con esa voz bajita que usa cuando no quiere que la descubran—.

¿Tú crees que… Victor… algún día se canse de mí?

Alice, por supuesto, soltó una carcajada tan fuerte que Lunito levantó la cabeza, ofendido.

—¿Cansarse de ti?

Por favor.

Ese idiota es capaz de arriesgarse a pelear contra un ejército solo para que no llores.

Bueno… ya lo hizo varias veces, en sentido figurado.

—No hablo de eso… —Ahí estaba: la Ahyeli insegura, con las manos retorciéndose entre sí como si fueran a convertirse en nudos—.

Tengo miedo de que… me diga que lo nuestro no es posible.

Que se arrepienta de todo lo que me dijo aquella vez.

Alice se quedó mirándola fijo.

Y lo sé porque después me lo contó todo, con lujo de detalles.

—Mira, Ahyeli —dijo Alice, poniéndose seria—.

Victor es torpe.

Torpe de una manera legendaria, casi artística.

No sabe expresar lo que siente, y muchas veces parece que va a huir corriendo antes de hablar con claridad.

Pero… lo que siente por ti es genuino.

Créeme.

Ahyeli abrió la boca, a punto de replicar, pero Alice levantó la mano como si estuviera dando sentencia.

—Lo único que tiene que hacer es ordenar su mente.

Y lo hará.

Porque si hay algo que ese ladrón tiene, además de estupidez ocasional, es lealtad.

Y cariño.

Mucho más del que él mismo se permite admitir.

Alice la abrazó, y ahí se acabó la conversación.

Bueno, casi, porque Ahyeli aún murmuró algo como: —Es que me da miedo perderlo.

A lo que Alice respondió con un golpe suave en la frente: —Entonces deja de preocuparte tanto.

Los ladrones como él no dejan ir lo valioso tan fácil.

Mientras tanto, yo seguía sentado frente a la ventana, pensando que mi vida se había vuelto una novela barata de romance y acción.

Un año atrás, yo no me habría imaginado esto ni en mis peores pesadillas.

En ese entonces, mi mayor preocupación era no morir aplastado por una trampa en el castillo del Rey Demonio mientras intentaba saquear sus tesoros.

Y ahora… ahora estaba planeando cómo pedir matrimonio.

Matrimonio.

Esa palabra me sabe extraña en la lengua.

Como si no me perteneciera.

Yo, un ladrón experto en desaparecer sin dejar rastro, planeando el acto más permanente de todos.

Y sí, me da miedo.

Mucho.

Pero al mismo tiempo… sé que no hay vuelta atrás.

El momento de darle luz a la vida de Ahyeli se acerca, lo presiento.

Y por una vez en mi vida, no pienso huir.

Lo gracioso de todo esto es que si le contara a Alice, seguramente haría una fiesta antes de que yo siquiera pueda decir “cásate conmigo”.

Esa demonio vive para fastidiarme y, en el fondo, sé que ya sospecha lo que guardo en esta caja.

Azreth, en cambio, seguro lo olfateó desde hace semanas.

Ese zorro-dragón tiene la desagradable costumbre de oler mis nervios y soltar una risita cada vez que me ve esconder la cajita.

Y Lunito, bueno… ese pequeño ya se encariñó tanto conmigo que si la descubre probablemente me delate con solo una mirada tierna.

Mi grupo es un desastre.

Pero es mi desastre.

La luna seguía alta cuando finalmente me levanté.

Guardé la caja en un bolsillo secreto de mi chaqueta (viejas mañas nunca mueren), respiré hondo y me dije a mí mismo: —Victor, si pudiste engañar a guardias, abrir cerraduras imposibles y sobrevivir a un castillo, también puedes hacer esto.

Claro que mi reflejo en el vidrio de la ventana no parecía estar muy convencido.

Pero algo dentro de mí lo estaba.

Porque Ahyeli merece luz.

Y aunque yo no soy un sol ni un héroe reluciente… al menos puedo prometerle que nunca la dejaré sola en la oscuridad.

Y así, entre pensamientos, miedos y un anillo que parecía arder dentro de la caja, terminé aceptando una verdad: No soy el mismo ladrón de antes.

Soy alguien que quiere construir un futuro.

Y ese futuro empieza con una pregunta.

Todavía tengo tiempo, sí.

Pero cada día que pasa siento que esa pregunta me quema más fuerte en los labios.

Cuando llegue el momento, no habrá escapatoria.

Y por primera vez… me alegra no tenerla.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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