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El día en que me robé a la Hija del Rey Demonio - Capítulo 55

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  4. Capítulo 55 - 55 Capítulo 55 Una visita inesperada
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55: Capítulo 55: Una visita inesperada 55: Capítulo 55: Una visita inesperada Mira, yo había enfrentado de todo: trampas mágicas, ladrones peor vestidos que yo (y eso es decir mucho), explosiones accidentales cortesía de Alice, y las repentinas crisis existenciales de Ahyeli.

Pero nada, absolutamente nada, me preparó para abrir la puerta de la posada y encontrarme con… mi madre.

Sí, mi madre.

Ahí estaba, parada como si hubiera salido de un retrato familiar que alguien había colgado en medio del pasillo de la posada.

Y no era un retrato viejo, ¿eh?

No.

Mi madre siempre logra esa mezcla rara de ternura y terror maternal.

Te mira con esa sonrisa que dice “te amo, hijo” y al mismo tiempo con esos ojos que dicen “como vea que no comes bien, te meto una olla sopa entera a cucharadas”.

—¡Víctor!

—dijo ella, abriendo los brazos como si hubiera venido a rescatarme de un naufragio—.

Hijo, quería ver cómo estabas.

Yo parpadeé, dudando seriamente de si el destino no se estaba burlando de mí, vamos, ¿qué hacía mi madre aquí?

Ella no es de las que se mueve mucho de casa.

De hecho, yo juraría que su rutina diaria es preparar té, vigilar gallinas y mirar con desaprobación a cualquiera que hable mal de mí.

Y ahí estaba, de sorpresa, en la posada.

—¿Mamá?

—balbuceé, como si me hubieran pescado con la mano en el bote de las galletas.

—Pues claro que soy yo, hijo.

¿Esperabas otra?

—rió, y me abrazó con esa fuerza que te deja sin aire pero al mismo tiempo te cura las penas.

Y entonces vino lo que yo pensaba que sería el fin de mis días de tranquilidad: la conversación sobre mi vida amorosa.

Porque sí, yo había tomado una decisión.

Después de tanto enredo, tanto escándalo, tanto huevo misterioso… decidí que la chica del huevo, sí, esa, iba a ser mi pareja.

Solo que, bueno, hubo un ligero detalle con el huevo: no salió un pollo, o un ave misteriosa, sino una mantícora.

Sí, una mantícora.

Con alas, aguijón venenoso y un temperamento que a veces, que digo aveces, muy raras veces se parece demasiado al de Alice.

Y antes de que alguien pregunte, sí, todavía me cuestiono mis decisiones de vida.

—¿Así que… ya te decidiste?

—preguntó mamá, con ese tono casual que en realidad no es nada casual, sino el inicio de un interrogatorio.

—Ehm… sí —respondí, rascándome la nuca—.

Me decidí por… bueno, la del huevo.

—¡Ay, hijo!

—dijo ella con una sonrisa llena de orgullo.

Yo pensé que ahí terminaba la cosa, que con esa revelación ya podía irme a esconder debajo de la mesa.

Pero no.

¡Claro que no!

Porque cuando mamá se enteró de que del huevo no había salido exactamente lo que uno pudiera esperar, sino una mantícora llamada Lunito, su reacción fue lo más surrealista que he visto.

Se puso feliz.

Sí, feliz.

—¡Una mantícora!

—exclamó como si hablara de un cachorro recién nacido—.

¡Eso es maravilloso!

Y yo: —Mamá, ¿estás segura de que escuchaste bien?

No fue un perrito, ni un gato, ni un pollo mágico.

¡Fue una mantícora!

Pero la sorpresa real vino después, cuando Lunito escuchó la voz de mi madre y… la reconoció, supongo que fué por su voz.

Sí, el condenado bicho lo primero que hizo fue mover la cola y llamarla abuela.

—¡Abuela!

Yo estaba ahí, con la mandíbula desencajada, viendo cómo mi madre abrazaba feliz al monstruo alado, y Lunito ronroneaba como si fuera un gato gigante y no una criatura capaz de atravesar a alguien con un aguijón en dos segundos.

—¡Mamá!

—dije al borde de un colapso nervioso—.

¿Cómo rayos Lunito te reconoce como su abuela?

—Ay, hijo —respondió ella con toda calma, acariciando la melena de la mantícora—, la sangre no miente.

¿Sangre?

¿Cuál sangre?

Yo ya no sabía si quería reír, llorar o simplemente mudarme de dimensión.

El día fue una locura.

Mi madre se la pasó conversando con todos.

Alice intentaba explicarle cómo funciona un gremio, Ahyeli casi lloraba de emoción, y Azreth… bueno, Azreth simplemente gruñía y vigilaba a Lunito como siempre.

Pero lo que me dejó fuera de combate fue que mi madre parecía haber encajado perfectamente en todo este caos.

Aún después de los días que estuvimos en su casa, como si hubiera nacido para ser parte de mi equipo.

Y yo, claro, me pasé el día pensando en lo inevitable: tenía que hablar con ella.

A solas.

Sobre algo que me estaba comiendo la cabeza desde hacía semanas.

Ya entrada la noche, me armé de valor.

Sí, yo, el ladrón que alguna vez robó en mercados vigilados, el que esquivó trampas de mazmorras y escapó de guardias enfurecidos.

Me armé de valor para enfrentar a la persona más temida del mundo: mi propia madre.

—Mamá —dije, cuando por fin estábamos solos en una mesa apartada de la posada.

—¿Sí, hijo?

—me respondió con esa voz tranquila que da más miedo que un grito.

Tragué saliva.

—Necesito un consejo.

Ella me miró como si ya supiera de qué se trataba, porque claro, las madres siempre lo saben.

Yo podría estar con una máscara, bajo un hechizo de invisibilidad, y ella igual adivinaría quien soy y lo que estoy pensando.

—Quiero… quiero pedir matrimonio —confesé de golpe, sintiendo que el corazón me hacía un tamborileo en el pecho.

Ella me miró, primero sorprendida y luego divertida.

Se rio con suavidad y dijo: —Eres igualito a tu padre.

Él tampoco sabía qué hacer, ¿sabes?

Y al final… fui yo quien le propuso matrimonio.

Me quedé en silencio.

¿Qué podía decir?

¿Que yo esperaba un manual de instrucciones?

¿Un plan estratégico?

¿Un mapa con puntos rojos de “aquí debes arrodillarte” y “aquí debes entregar el anillo”?

—Mamá, no sé si pueda —dije al final, dejando que el miedo me escapara de los labios—.

Tengo miedo, uno que ni como ladrón había sentido.

Miedo de fracasar en esto.

Ella me abrazó de inmediato.

Y por un segundo, por más adulto que me creyera, me sentí como un niño otra vez, protegido por sus brazos.

—Hijo, no importa lo que decidas —me dijo con dulzura—.

Lo que sea que elijas, yo estaré aquí para apoyarte.

Y yo solté un leve sollozo.

Sí, lo admito.

El valiente, sarcástico y siempre malhumorado Víctor soltó una lágrima.

Porque a veces, aunque uno se las dé de fuerte, escuchar que tu madre está contigo es suficiente para hacerte sentir que puedes enfrentar lo que sea.

Incluso un matrimonio con la que fué dueña de un huevo misterioso… y luego se volvió madre adoptiva de una mantícora que me llama papá.

Y así terminó el día: yo con el corazón un poco más tranquilo, mamá orgullosa, Lunito dormido roncando como dragón con resfriado, y Alice planeando cómo hacer que mi propuesta matrimonial tenga fuegos artificiales (y yo rezando para que no explote la ciudad en el proceso).

Lo gracioso de todo esto es que, a pesar de mis miedos, una parte de mí sonreía.

Porque si de verdad heredé algo de mi padre, entonces quizá (solo quizá) todo saldrá bien.

Aunque claro, con mi suerte, lo más probable es que alguien intente robar el anillo antes de que yo lo entregue.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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