El día en que me robé a la Hija del Rey Demonio - Capítulo 56
- Inicio
- Todas las novelas
- El día en que me robé a la Hija del Rey Demonio
- Capítulo 56 - 56 Capítulo 56 Bienes raices
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
56: Capítulo 56: Bienes raices.
56: Capítulo 56: Bienes raices.
Llevábamos poco más de un año en la posada, y la idea de seguir allí ya no me parecía suficiente.
La dueña, con su habitual sonrisa que parecía abarcar medio rostro, nos sugirió con delicadeza lo que yo había estado pensando desde hacía semanas: “Chicos, creo que ya es hora de que tengan su propio espacio.
Una casita en la ciudad les permitirá vivir cómodos y con un poco más de intimidad como familia”.
Alice me miró con esa expresión que mezcla curiosidad y desafío, mientras Ahyeli, inocente como siempre, parecía más emocionada por cualquier cambio que por la idea de la privacidad.
La dueña agregó que no le molestaba nuestra decisión, pero que, en nombre del buen sentido, era lo más conveniente.
Yo asentí, aunque por dentro sentía un extraño nudo de responsabilidad: nunca había tenido algo propio, y ahora la idea de buscar una casa nos hacía sentir un paso más cerca de una vida que ni siquiera me había imaginado vivir.
Mi madre, siempre observadora y con esa calma que desarmaba cualquier duda, estuvo de acuerdo.
“Te apoyo, hijo.
Pero asegúrate de que sea un lugar donde todos puedan ser felices y estar seguros”, dijo mientras nos acompañaba hacia la oficina de comercio y vivienda.
Al llegar, nos recibió una mujer proveniente del reino demoníaco.
Tenía el ceño ligeramente fruncido, y su mirada era distraída, como si intentara ubicar algo en su memoria.
—¿Dónde te habré visto antes?
—preguntó, dirigiéndose a Alice.
Alice, siempre con su toque de realeza que no podía ocultar del todo, frunció el ceño.
—“Creo que me confunde con alguien más —Murmuró.
La mujer continuó, más despistada aún: —¿No eres de ese grupo de idols que cantan en las iglesias?
Me reí por lo bajo, mientras Ahyeli inclinaba la cabeza, confundida.
Alice solo rodó los ojos y se limitó a responder con un “No, pero aprecio el cumplido”.
Tras algunos papeles y discusiones sobre opciones, la mujer nos ofreció una casita con jardín.
Y no cualquier jardín: por pura coincidencia, tenía las flores que tanto le gustaban a la madre de Ahyeli.
Mi corazón se contrajo un poco; ver la alegría de Ahyeli ante ese detalle me recordó por qué estaba dispuesto a todo por ella.
Alice sonrió por primera vez de manera genuina, y hasta mi madre parecía emocionada, como si el destino mismo nos hubiera guiado hacia ese lugar.
Ahyeli, sin poder contener su entusiasmo, corrió hacia el jardín imaginándose cuidando cada flor.
Lunito, siempre juguetón, la siguió dando saltitos, como aprobando el nuevo hogar.
Yo me quedé unos segundos observando la escena, pensando en lo extraño y maravilloso que era todo esto.
Desde ladrón solitario a miembro de una familia que ni siquiera imaginé tener, rodeado de personas que importaban más que cualquier tesoro que hubiera robado.
Y, sin darme cuenta, sonreí.
Porque, por primera vez en mucho tiempo, sentí que todo estaba donde debía estar.
Por cierto.
¿Sabes qué es lo más raro de tener a mi madre de visita?
Que por un lado me siento como un niño otra vez, sin saber dónde meter las manos, pero al mismo tiempo estoy feliz, porque verla dar mimos a Ahyeli, a Lunito e incluso a Alice… bueno, eso no tiene precio.
Sí, incluso a Alice.
La misma hija del Rey Demonio que un día, por accidente, repito, POR ACCIDENTE, secuestré y ahora es tratada como si fuera parte del paquete familiar.
Ironías de la vida, ¿no?
Mientras tanto yo sigo con mi dilema interno: cómo demonios pedirle matrimonio a Ahyeli sin meter la pata.
Sí, ya sé, soy un ladrón, un pillo, un tipo que solía vivir al filo… pero hay líneas que nunca crucé.
Y una de esas líneas es dañar mujeres.
Eso jamás.
Y menos a ella.
El paseo por la ciudad fue… peculiar.
El elfo fisicoculturista, sí, ese tanque con orejas puntiagudas, me abordó muy serio para pedirme permiso.
Para que Lunito lo acompañara en una misión de recolección de hierbas medicinales.
Según él, era un encargo de su padre, el mismísimo Patriarca de la aldea norte de los elfos del bosque.
Suena formal y todo, pero yo sé leer entre líneas: era un pretexto descarado para pasar tiempo con su viejo.
Obviamente acepté.
Y Lunito, encantado.
No solo ayudó con la recolección, sino que terminó jugando con el padre del elfo como si fuera su nuevo abuelo postizo.
Claro, lo que de verdad lo enamoró fueron los postres élficos, únicos de esa aldea.
Pastelitos con chispas, dulces de néctar, bizcochitos que parecían brillar… en fin, el niño regresó con una sonrisa de oreja a oreja, como si hubiera pasado la tarde en la feria más grande del continente.
Yo, por otro lado, seguía dándole vueltas al asunto de la proposición.
¿Hoy?
¿Mañana?
¿Nunca?
Quizá debería dejarlo para después… sí, para después suena cómodo.
Caminando sin rumbo, terminé frente a la Iglesia de la Iluminación.
Y ahí estaban: Alice, Ahyeli y mi madre, incluso Azreth todos juntos, usando una de las jardineras con permiso del Sacerdote.
Plantaban flores azules, esas que le gustaban tanto a la madre de Ahyeli.
Y claro, verlas ahí, trabajando juntas, riendo entre murmullos, hizo que todas mis dudas se esfumaran por un momento.
Me quedé simplemente observando, disfrutando de la escena, como si el mundo por fin estuviera en paz.
Más tarde cenamos juntos en el jardín de la iglesia.
El cielo despejado, el anochecer tiñendo de rojo y dorado las nubes, el sacerdote bendiciendo desde la distancia como si realmente creyera que esta familia rara era una obra divina.
Y yo… yo me limité a saborear la comida y el instante.
Porque a veces, incluso para un ladrón, la vida se reduce a eso: saber cuándo dejar de correr y simplemente disfrutar lo que tienes enfrente.
Porque, al final del día, éramos eso: una familia rara, pero feliz.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com