El día en que me robé a la Hija del Rey Demonio - Capítulo 57
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57: Capítulo 57: Nuevo hogar 57: Capítulo 57: Nuevo hogar No sé si alguien en su sano juicio podría decir que nuestra “nueva casa” es un hogar.
Tiene paredes, sí, un techo medio deshecho y, técnicamente, un suelo donde dormir.
Lo básico.
Pero entre las goteras y el eco de cada paso, parece más bien un intento barato de “mansión embrujada versión campesina”.
La peor parte es que mamá lleva unos días con nosotros.
No, no porque sea una molestia (aunque tiene una capacidad para criticar todo lo que hago que da miedo), sino porque, por alguna razón que todavía no entiendo, ahora todas duermen en mi cama.
Y digo todas: mamá, Alice y hasta Ahyeli.
Claro, resulta que es el único cuarto sin goteras, además que tiene la única cama, cortesía del anterior dueño.
¿Y yo?
Pues durmiendo en el suelo de lo que debería ser la sala, tapado con una manta que huele a humedad y abandonado por el resto del mundo.
Bueno, no tan abandonado.
Lunito, que es básicamente azúcar viviente con alas, baja a dormir conmigo cada noche.
Se acurruca cerca, hace esos ruiditos raros como de paloma tragando gomitas y, lo admito, me hace sentir menos solo.
Es todo un amor, aunque al amanecer ya esté revoloteando como si hubiera tomado diez cafés seguidos.
En retrospectiva, vender los muebles del castillo de veraneo del rey demonio fue una idea pésima.
Sí, con ese dinero pudimos comprar esta casita, pero… ¿saben lo que es no tener ni una silla decente donde sentarse a cenar?
Extraño hasta ese sofá diabólico que te atrapaba y no te dejaba levantar.
Ahora ni eso tengo.
Lo bueno es que después de unos días de hacer misiones cortas del gremio (esas que ni los trolls de pantano aceptarían porque son demasiado asquerosas) logré reunir dinero para reparar el tejado.
Y no solo el del cuarto principal, sino también el del ático, porque claro, uno siempre piensa en el ático aunque no lo usemos.
Lo que hago por las personas que quiero… y porque dormir en charcos interiores no es lo mío.
Mientras clavaba tablas en lo alto del techo, me dio por pensar en mi padre.
¿Qué habrá sido de él?
Tal vez todavía ande por ahí, tal vez no.
Parte de mí quiere buscarlo, pero la otra parte… bueno, la otra ya está atada a esta vida que sin querer empecé a construir.
Genial.
Otro problema para sumar a mi colección.
En ese momento, Ahyeli apareció con una jarra de jugo fresco.
El sol estaba tan fuerte que podía freírme como huevo en sartén, así que verla con ese vaso en la mano fue casi como un milagro.
Me puse de pie para recibirlo, y nuestras miradas se cruzaron.
No sé qué me dio, tal vez el calor o la nostalgia, pero por primera vez solté un: —Gracias, Ahyeli.
Te quiero.
Ella se quedó quieta un segundo.
Luego se sonrojó, esbozó una sonrisa nerviosa y bajó del tejado casi saltando.
Ni tres segundos pasaron cuando, desde la cocina, se oyó un grito suyo mezclado con las risitas de Alice.
Sonaba como si dos adolescentes hubieran descubierto un secreto demasiado jugoso para callarlo.
En cualquier otro momento, esa escena me habría molestado.
Pero no esta vez, creo que hay momentos en la vida que valen más que todos los muebles perdidos, los techos con goteras y las misiones asquerosas.
Y este, aunque me tenga con jugo chorreándome la mano, fue uno de ellos.
Mientras tanto, Lunito revoloteaba a mi alrededor como si el azúcar se le hubiera ido a la cabeza.
Y aunque a veces me dan ganas de esconderle la comida, verlo tan lleno de energía también me hace sonreír.
Porque sí, al final del día, hasta con goteras, camas robadas y muebles inexistentes… esto ya empieza a sentirse como un hogar Aunque hay algo que nadie te dice cuando decides “formar un hogar”: que los muebles no se materializan con magia, y que mientras llegan, tu casa parece más bien un galpón abandonado donde hasta los ratones se sienten incómodos.
Así estábamos nosotros.
O más bien, así estaba yo: durmiendo en el suelo con la espalda hecha trizas, mientras todas las demás parecían encontrar maneras de sobrevivir con menos quejas.
Pero claro, con Ahyeli en la casa, la palabra “tranquilidad” dejó de existir.
Apenas cruzamos la puerta y supo que no había gente mirando, decidió aprovechar la intimidad para transformarse en su forma de fénix lunar.
Plumas azules brillantes (tuvo que cambiar el color para evitar que la descubrieran, en teoría es un faisán), alas desplegadas y un aura tan luminosa que me da miedo que los vecinos piensen que abrimos un faro en el barrio.
Y ahí va: revoloteando por las escaleras, la sala, la cocina, las recámaras… incluso el jardín.
—Ahyeli, no salgas mucho que no tardan en traer los muebles.
Sabes que no deben verte así.
—le grité mientras ella se daba la vuelta en pleno aire como si estuviera en un desfile.
La advertencia no era gratuita.
Ser un fénix lunar no es precisamente algo discreto.
No puedes esperar que la gente diga: “Oh, qué lindo pajarito brillante, seguro no tiene ningún valor.” No.
Lo que dicen es: “¡Vamos a cazarlos y venderlos por un precio obsceno!” Y lo último que quiero es ver a Ahyeli en una jaula.
Por suerte, Alice estaba ocupada en su propio mundo y no prestó atención al show aéreo.
Mi querida excusa de “princesa hija del Rey Demonio” se había propuesto arar la tierra en el jardín porque, según ella, necesitábamos un huertito.
—Para ser autosuficientes —me había dicho ayer mientras blandía una azada como si fuera una guerrera campesina de cuento.
¿Y yo qué podía decir?
Nuestra historia debería ir de aventuras, batallas épicas, magia y comedia… pero un descanso nunca le hace mal a nadie, y la verdad es que mi vida ya es bastante estresante con el anillo que sigo cargando en el bolsillo.
Ese maldito anillo.
Mi precioso.
Lo toco, lo guardo, lo vuelvo a tocar.
Y no sé cómo dárselo a Ahyeli.
¿Cómo se supone que un ladrón rehabilitado pide matrimonio?
¿Con flores robadas?
¿Con una serenata desafinada?
Genial, otro problema para mi lista.
En fin, Alice estaba feliz con su huertito, Ahyeli volaba como loca, mamá había ido al mercado y Lunito y yo entrenábamos hechizos.
Bueno, en teoría entrenábamos hechizos.
En la práctica, el cachorro de mantícora es más fuerza bruta que magia fina.
Sí, lanza un par de chispas decentes, pero lo suyo es embestir y pegar coletazos que dejan marcas en la tierra.
Aunque verlo tan animado siempre me levanta el ánimo.
Estaba en medio de un intento de enseñarle un hechizo de fuego cuando, a lo lejos, vi una carreta acercarse por el camino.
—¡Ya era hora!
—grité con la emoción de un anciano que ve llegar la pensión mensual—.
Me mata la espalda por dormir en el suelo.
Avisé a las chicas.
Ahyeli bajó de un giro, volviendo a su forma humana justo a tiempo.
Alice dejó la azada y corrió emocionada.
Para mi sorpresa, ahora estaba más feliz por su nueva cama que por el huerto.
Bueno, después de meses de dormir en la posada, es comprensible.
Aunque la reacción más curiosa fue la de Ahyeli.
Cuando vio que los muebles incluían una cama para su habitación, se molestó.
—¿Entonces… ya no puedo dormir contigo como antes?
—preguntó con esa voz que combinaba tristeza y enojo.
Mamá, que ya iba llegando alcanzó a escuchar y se adelantó rápido: —Eso no es correcto, Ahyeli.
Tienes tu propia cama, y Víctor la suya.
Pero la pobre no quiso escucharla.
Cruzó los brazos y puso un puchero tan adorable que me dieron ganas de ceder.
Y es que desde la posada siempre dormía conmigo.
En parte por costumbre, en parte por esa soledad que arrastra desde niña.
Y sí, sé que es inocente.
Lo único que hace es abrazarme hasta casi asfixiarme.
Pero explícale eso a mamá cuando entró en la mañana y nos encuentró juntos en la posada.
Porque, claro, ahí viene la escena clásica: mi madre gritando, agarrando la escoba y golpeándome como si fuera el diablo en persona.
—¡Ya verás, Alice, sigue burlándote!
—grité un día mientras escuchaba las carcajadas de mi compañera en el pasillo.
Lo cierto es que después de una semana con muebles nuevos, la casa ya se siente más como un hogar.
La sala con sus sillones (que no se desintegran con solo mirarlos), el comedor decente, sillas sin polilla, una mesita para la cocina y estantes básicos para no dejar todo tirado por ahí.
Nada lujoso, pero suficiente para que dejemos de vivir como cavernícolas.
Mamá, por su parte, está orgullosa.
Y lo dice seguido.
Orgullosa del hijo que nació en una familia de ladrones pero ahora gana la vida honestamente, aunque sea a base de trabajos en el gremio que harían vomitar a cualquiera.
Orgullosa de que, sin darme cuenta, haya armado un hogar en medio de todo este caos.
Y también orgullosa de Lunito, que cada día aprende algo nuevo, aunque ese “algo nuevo” a veces incluya destruir la mitad del patio con una embestida mal calculada.
La rutina en esta casa es rara.
Por las mañanas, Ahyeli suele dar paseos en su forma de fénix dentro de la casa hasta que mamá la regaña y la obliga a transformarse de nuevo.
Alice pasa horas en su huerto, convencida de que va a alimentar a toda la ciudad con lo que salga de ahí.
Yo sigo entrenando con Lunito o aceptando misiones cortas en el gremio.
Y en las noches… bueno, las noches son otro tema.
Porque sí, tenemos cuatro camas.
Una para mamá en el ático (que ya adaptamos como cuarto de huéspedes), otra para Alice, otra para Ahyeli y la mía.
Pero a mitad de la noche, siempre, sin falta, escucho pasos suaves en el pasillo.
La puerta se abre despacito, y ahí está Ahyeli, entrando como si nadie la viera.
Se acuesta a mi lado y me abraza con una fuerza sorprendente para alguien tan delgada.
Y yo, ¿qué hago?
Nada.
La dejo.
Porque sé que ese abrazo no es de capricho, sino de necesidad.
Es su manera de decir que no quiere sentirse sola nunca más.
Y aunque cada mañana me arriesgo a los escobazos de mamá, siento que vale la pena.
Ahora, lo que no vale tanto la pena es cargar con este anillo en el bolsillo.
Cada vez que lo toco me pregunto: “¿Es hoy el día?
¿Se lo doy ahora?
¿Lo guardo para más tarde?” Y termino posponiéndolo, como buen cobarde.
Supongo que llegará el momento.
Entre muebles, huertos improvisados, escobas voladoras (mamá suele aventarme la escoba y joder, que buena puntería tiene), un cachorro hiperactivo y una madre orgullosa, mi vida ya no se parece en nada a lo que era.
Y aunque no lo admito en voz alta… creo que nunca había sido tan feliz.
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