El día en que me robé a la Hija del Rey Demonio - Capítulo 58
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58: Capítulo 58: Unas simples palabras 58: Capítulo 58: Unas simples palabras ¿Por qué dar tantos rodeos al hecho de que quiero pedirle a Ahyeli que se case conmigo?
Honestamente, no lo sé.
Tal vez porque el miedo a arruinarlo todo se me mete hasta los huesos.
O tal vez porque aún me cuesta creer que alguien tan dulce como ella quiera quedarse conmigo.
Ella es feliz con lo que sea que provenga de mí.
Y eso… eso me pone triste.
Me hace pensar que no la merezco.
Pero luego la miro y me acuerdo de su sonrisa franca, de cómo no se guarda nada, de cómo me dice todo lo que siente, sin filtros, sin miedo.
Desde aquella noche en el festival, cuando me robó mi primer beso, y sí, le enseñé a robar bien por cierto, este sentimiento ha ido creciendo día tras día.
Así que hoy decidí que no habría más vueltas.
Nada de planes eternos en la cabeza, nada de “mañana lo haré”, “esperaré a que sea perfecto”.
Esta noche es la noche.
—Alice, ¿me ayudas a prepararlo todo?
—le pregunté mientras trataba de sonar casual, aunque mi corazón estaba a punto de salir disparado por la puerta.
Alice se iluminó como si le hubiera dado chocolate, y una enorme sonrisa se dejó ver en su rostro.
—¡Claro que sí!
—exclamó, saltando casi como un conejo —.
¡Será genial, Víctor!
¿Qué haremos primero?
Le conté la idea: una cena íntima en el jardín, con velas, flores que tanto le gustan a Ahyeli, y un pequeño rincón decorado como un nido improvisado para darle un toque personal.
Todo sorpresa, claro.
Ahyeli no sospecha nada, porque no puede sospechar nada.
Si lo hiciera, mi plan se vendría abajo más rápido que un castillo de naipes.
Mientras tanto, no pude evitar sonreírme a mí mismo pensando en cómo nuestras vidas han cambiado.
Hace más de un año, Ahyeli soñaba con formar un nido con un bravo fénix lunar, y yo esperaba hacerme con grandes tesoros, con riquezas y glorias.
Pero ahora… ahora nuestra “aventura” consiste en cenas, paseos, conocer gente rara, y planes para un futuro juntos que ni siquiera sabíamos que podríamos tener.
Y, sinceramente, esto se siente mejor que cualquier tesoro que haya robado o saqueado.
Alice y yo empezamos con los preparativos.
Primero recogimos algunas flores del huerto, las más hermosas, las que brillaban bajo la luz del sol como si hubieran sido pintadas a mano por un artista despistado.
Después pusimos pequeñas luces colgantes alrededor del jardín, algunas velas aquí y allá, y un mantel bonito sobre la mesa.
—Víctor, tienes que decidir qué vas a decir —me recordó Alice mientras colocaba las velas—.
No puedes quedarte callado o ponerte nervioso o tu sorpresa se arruinará.
Lo sé, Alice.
Lo sé.
Pero cada vez que imagino el momento, siento un nudo en la garganta y un hormigueo en el estómago que ni todas las monedas del mundo podrían pagar.
—Está bien, está bien —susurré, frotándome la nuca—.
Lo diré con palabras simples.
Lo suficiente para que sepa lo que siento, pero sin parecer que planeé un discurso de héroe de leyenda.
Alice asintió, satisfecha con mi plan.
Después de todo, ella también había sido testigo de cómo Ahyeli me había robado el corazón.
Lo sabía de sobra.
Mientras arreglábamos el rincón del nido improvisado, no pude evitar recordar las aventuras que nos llevaron hasta aquí.
Cada robo fallido, cada misión imposible, cada enfrentamiento con monstruos que podrían habernos hecho puré de un solo golpe… todo eso nos trajo hasta este jardín, esta casa, este momento.
Todo valió la pena.
Ahyeli, por supuesto, aún no sabía nada.
Estaba entretenida en la cocina, probando un nuevo jugo que había preparado.
Lunito, como siempre, saltaba de un lado a otro, mezclando magia y fuerza bruta, haciéndome reír sin quererlo.
—Esto va a salir bien, ¿verdad?
—pregunté a Alice mientras colocaba las velas finales—.
No quiero arruinarlo.
—Tranquilo —dijo, con esa seguridad que solo Alice puede tener—.
Ahyeli te quiere, y eso es lo que importa.
Ella estará feliz, Víctor, con lo que venga de ti.
Lo sé, lo sé.
Pero aún así, tengo que hacerlo bien.
No es solo un “te quiero” casual.
Es un “quiero pasar toda mi vida contigo, Ahyeli”.
Es más grande que cualquier tesoro que haya deseado.
Por fin, todo estuvo listo.
La mesa iluminada suavemente por las velas, el rincón del nido improvisado perfecto, las flores danzando con la brisa de la tarde.
Todo estaba en su lugar.
Yo, en cambio, estaba temblando por dentro.
Intenté ocultarlo con un poco de humor: —Perfecto, ahora solo falta que ella caiga rendida por mis encantos —dije, guiñándole un ojo a Alice, que no paraba de reír.
—O que Lunito destroce todo antes de que lleguemos a la parte importante —me recordó.
Ah, Lunito.
Ese cachorro de mantícora tenía el timing perfecto para aparecer en el momento menos esperado.
Pero me daba igual.
Incluso si arruinaba un poco la escena, no importaba.
Lo importante era Ahyeli.
Cuando finalmente llegó la hora, Ahyeli apareció en el jardín, con esa sonrisa que podía derretir un castillo de hielo, con ese vestido blanco adornado con flores de colores.
Ni siquiera me molesté en disimular mi nerviosismo.
La vi y todo lo demás desapareció: el miedo, los preparativos, incluso la tensión de cómo decirlo todo.
Solo quedaba ella, y yo, con este sentimiento que llevaba demasiado tiempo guardado.
—Víctor… ¿qué es todo esto?
—preguntó, sorprendida, mientras sus ojos brillaban con curiosidad.
—Bueno… —empecé, intentando sonar casual y no como alguien que está a punto de arruinar su vida con torpeza—.
Esto… es solo… una cena.
Sí, una cena.
Solo eso.
Nada de especial.
Solo un par de velas, algunas flores… y, bueno… yo.
Ahyeli arqueó una ceja, claramente algo no le cuadraba.
—¿Solo eso?
—preguntó, divertida.
—Sí, claro, solo eso —dije, tragando saliva mientras me acercaba un poco más—.
Y… también quería preguntarte algo importante.
Algo que llevo demasiado tiempo guardando, porque… bueno… no quiero meter la pata, Ahyeli.
Ella me miró con atención mientras nos sentábamos a la mesa y por primera vez, todo fué más serio.
Estábamos solos en ese instante, con el jardín, las velas, Lunito saltando cerca, y la brisa acariciando nuestras caras.
—Te escucho —dijo, suavemente.
Respiré profundo, tratando de calmar el temblor de mis manos y el nudo en mi estómago.
—Ahyeli… —empecé, con voz firme pero dulce—.
Quiero pasar el resto de mi vida contigo.
Quiero que seas mi compañera, mi amiga, mi familia… y mi todo.
—Saqué el anillo del bolsillo, temblando solo un poco—.
¿Quieres casarte conmigo?
El silencio que siguió me mataba de nervios.
Cada segundo parecía una eternidad.
Mi madre y Alice observaban pegadas a la ventana Hasta que finalmente, Ahyeli sonrió, una sonrisa tan amplia y brillante que sentí que todo el mundo se iluminaba a nuestro alrededor.
Se levantó de pronto, se acercó a mí.
—¡Sí!
—exclamó, abrazándome con fuerza y una gran sonrisa—.
¡Claro que sí!
Y allí estaba: mi corazón, saltando por todas partes, Lunito dando vueltas alrededor como un pequeño torbellino de felicidad sin saber que estaba pasando, Alice y mamá aplaudiendo y riéndose, y yo… completamente feliz, con la certeza de que todos los rodeos, todos los miedos y todas las dudas habían valido la pena.
Porque, al final del día, esto es lo que importa.
El hogar que hemos construido, los pequeños momentos de ternura y humor, y la certeza de que, pase lo que pase, Ahyeli y yo estaremos juntos.
Y por primera vez en mucho tiempo, sentí que había encontrado el mayor tesoro de todos: ella.
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