El día en que me robé a la Hija del Rey Demonio - Capítulo 59
- Inicio
- Todas las novelas
- El día en que me robé a la Hija del Rey Demonio
- Capítulo 59 - 59 Capítulo 59 Las malas noticias vuelan rápido pero los chismes más
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
59: Capítulo 59: Las malas noticias vuelan rápido, pero los chismes más…
59: Capítulo 59: Las malas noticias vuelan rápido, pero los chismes más…
No sé si es que tengo cara de imán para el ridículo o si realmente la ciudad entera está conspirando contra mí, pero hoy, absolutamente todo el mundo sabía que le pedí matrimonio a Ahyeli.
Y no de manera normal, tranquila… no, no.
Mi madre, con esa sonrisa que podría derretir hielo y un brillo en los ojos que asusta hasta a los más valientes, fue testigo directo.
Y como si tuviera un poder secreto para expandir rumores más rápido que cualquier hechizo de velocidad, al instante toda la ciudad ya estaba al tanto.
¿Cómo lo logró?
Ni idea.
Yo aún estoy convencido de que tiene alguna habilidad especial para telepatía con los chismosos.
Así que allí estaba yo, caminando con Ahyeli a mi lado, Alice cargando unas bolsas de hierbas aromáticas y frutas, y mamá detrás de nosotros, probablemente pensando “mi trabajo aquí está hecho”.
Cada vez que nos acercábamos a un puesto, los comerciantes sonreían y nos felicitaban con un entusiasmo que era casi ofensivo para mi sentido de la dignidad.
—¡Felicidades, Víctor!
—gritó uno, mientras me ofrecía una muestra gratis de queso curado.
—Sí, sí… gracias —respondí, poniendo mi mejor cara de fastidio mientras intentaba que no temblara mi sonrisa.
Ahyeli solo sonreía, esa sonrisa que hace que me derrita por dentro y, francamente, me haga sentir un poco inútil como hombre.
No decía nada, solo disfrutaba del momento, y yo… bueno, yo intentaba disimular la mezcla de orgullo, nervios y vergüenza con lo que llamo “mi falso mal humor profesional”.
Alice, por supuesto, tenía que rematar la situación: —Solo falta poner la fecha para la boda —dijo, cruzando los brazos y mirándome con esa expresión de satisfacción que grita: “Bien hecho, hermano ladrón”.
¡Genial!
Porque si pensaba que la vergüenza estaba controlada, ahora también me sentía atrapado en una especie de cebo público para felicitaciones, comentarios de admiración y miradas curiosas.
Cada persona que nos veía parecía estar evaluando si Ahyeli en verdad memerecía a pear de todas las metidas de pata durante las misiones (y sí, yo también contaba mentalmente cada error mío).
Mamá, siempre calculadora, me guiñó un ojo mientras pasábamos frente a la panadería: —Mira, hijo, todos saben lo que hiciste.
No hay escapatoria, ahora a escoger el pastel.
Debes hacerla feliz.
Feliz.
La palabra resonó en mi cabeza mientras miraba a Ahyeli, que estaba concentrada en elegir manzanas.
Sus dedos rozaban las frutas con delicadeza, y ella ni siquiera parecía notar toda la atención que nos rodeaba.
La amo tanto que duele, y no exagero.
Cada pequeño gesto suyo me recuerda lo afortunado que soy… y también lo ridículo que me siento recibiendo elogios por algo que fue solo una cuestión de honestidad y miedo a perderla.
—Tranquilo, Víctor —me dijo Alice, notando que fruncía el ceño—.
Que te feliciten no es malo.
¡Tampoco es un interrogatorio o uns sentenci de muerte!
Intenté sonreír, aunque más parecía un gruñido: —Sí, claro… Ahyeli soltó una pequeña risa, dulce y melodiosa, mientras se inclinaba ligeramente hacia mí y susurraba: —No eres tan malo como crees, Víctor.
Eso hizo que me ruborizara, claro.
Intenté disimularlo mirando otra parte, pero ya era demasiado tarde.
Mamá lo notó y simplemente sonrió con esa malicia dulce que solo una madre sabe usar: “Sí, hijo, la tienes totalmente enamorada”.
Seguimos caminando por el mercado, recogiendo hierbas, pan, frutas y algunas cosas que ni siquiera sabía para qué servían, pero que Alice insistió en comprar.
Cada parada venía acompañada de un coro de “¡felicidades!”, “¡qué linda pareja!” y comentarios sobre lo pronto que deberíamos organizar la boda.
Empecé a desarrollar una especie de tic nervioso en la mandíbula.
Lunito, por su parte, corría alrededor de los puestos, feliz como si nada de esto le importara.
Saltaba sobre las cajas de frutas y ahuyentaba suavemente a cualquier persona que se acercara demasiado a Ahyeli.
A veces se detuvo para recibir algún dulce de los comerciantes (porque, claro, Lunito tiene un talento especial para robarse el corazón de todos), y yo tuve que aguantar mi sonrisa, aunque internamente estaba pensando: “Vaya, este cachorro es más popular que yo”.
—No es justo —gruñí, más para mí que para nadie en particular.
—Sí lo es —respondió Alice, sin siquiera mirarme—.
Es adorable.
Y tenía razón.
Lunito es adorable hasta cuando parece un huracán en miniatura, y viendo cómo Ahyeli le lanzaba pequeñas sonrisas mientras le acariciaba la cabeza, entendí que cada pequeño caos en nuestra vida tenía su propia perfección.
Al final de la jornada, cargados con bolsas, canastas y un par de paquetes que parecían demasiado grandes para que yo pudiera cargarlos, nos dirigimos de regreso a la casa.
Ahí, entre risas, nos sentamos a organizar lo que habíamos comprado.
La ciudad seguía siendo curiosa, y a lo lejos veía que algunas personas todavía nos saludaban desde sus ventanas o puestos, como si fuéramos parte de un desfile real improvisado.
—Víctor, ¿sigues con cara de oso gruñón?
—preguntó Alice, mientras acomodaba los paquetes de hierbas.
—No es de oso, es… de ladrón experimentado que se siente observado por toda la ciudad y un poquito vulnerable —respondí.
—Mm-hmm —dijo Ahyeli, con una sonrisa—.
Suena convincente.
No podía discutir con eso.
La verdad es que, aunque todo esto me avergonzaba, me sentía increíblemente… contento.
Felicidad mezclada con miedo, orgullo y un toque de pánico, todo junto, porque había algo que aún no podía resolver del todo: Para cuando sería la boda.
Ahí, sentados en nuestra pequeña terraza con vistas a la ciudad, mientras el sol comenzaba a bajar y los últimos rayos iluminaban los tejados y las calles, comprendí que cada momento como este era un lujo que nunca había esperado tener.
Teníamos comida, risas, aventuras que ya no amenazaban constantemente con matarnos (al menos no todas), y un pequeño ejército de seres adorables: Ahyeli, Alice y Lunito.
—¿Sabes?
—susurré, mientras veía a Ahyeli ajustar unas hierbas en la cesta—.
Todo esto… contigo, con ustedes… no lo cambiaría por ningún tesoro, ninguno, ni siquiera por un castillo entero.
Ella me miró, y por primera vez sentí que realmente entendía lo que decía.
Su sonrisa era pura y genuina, y mi corazón casi se rompe de la ternura.
Alice, que estaba acomodando las últimas verduras, me lanzó un vistazo divertido y me dijo: —Lo sé, Víctor.
Lo sé.
Ahora deja de dramatizar y ayuda a Ahyeli con esas bolsas.
Y ahí estábamos, todos, disfrutando de un día común y corriente, pero lleno de pequeñas victorias: amor, amistad, familia y la certeza de que, a veces, lo más valioso no es un tesoro escondido, sino las personas con las que eliges compartir tu vida… incluso si esa vida es un caos adorable.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com