El día en que me robé a la Hija del Rey Demonio - Capítulo 60
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60: Capítulo 60: Parte 1.
Carta al Consejo de Gremios de Aventureros por Maelon del bosque oscuro 60: Capítulo 60: Parte 1.
Carta al Consejo de Gremios de Aventureros por Maelon del bosque oscuro Día XX del sexto mes del año XXXX.
Consejo de Gremios de Aventureros.
Estimados miembros del Consejo de Gremios de Aventureros: Por medio de la presente, entrego mi reporte anual correspondiente a las actividades del gremio de aventureros de Ciudad Ilustre.
Y, antes de que bostecen, permítanme asegurarles que este informe incluye a un grupo que, para bien o para mal, ha llamado poderosamente mi atención.
Me refiero al equipo liderado por Víctor Ashford, al que con mucho cariño y nulo respeto he decidido apodar: “El grupo de inadaptados.” Dicho grupo se encuentra conformado por los diguientes miembros: Alice Hellvalley, draconiana proveniente del Valle de Hell.
Según nuestros registros, llegó buscando aventuras y terminó como aventurera.
(Sí, a veces la vida es simple).
Víctor Ashford, humano originario del pueblo de Rocks; nadie sabe cómo sobrevive ese lugar y menos cómo él sigue vivo.
Se volvió aventurero para mantener a su madre.
Ahyeli Ashford, procedencia desconocida, habilidad de transformarse en ave.
(No, no es un ave que se transforma en chica, no quiero alarmar al consejo con mis sospechas).
No tenía apellido y Víctor se lo dio.
Los rumores apuntan a una futura boda.
Lunito, cría de manticora.
Sí, de manticora.
Y sí, nacida de un huevo negro con manchas blancas.
Eclosionó con éxito y ahora su dieta consiste en pasteles y dulces.
Habla como cualquiera de nosotros y ya tiene a los comerciantes de la ciudad en la palma de su garra.
Ahora, la parte divertida: ¿por qué este grupo es famoso?A su llegada, casi incendian la ciudad.
Solo sufrieron daños unas vacas y varios vecinos chamuscados.
Los peritos dictaminaron que fue un accidente.
Descubrieron una infiltración de los Sombras (espías de Xalvok), ayudaron a un minotauro a recuperar su laberinto, le consiguieron casa a una bruja desplazada, y… el huevo de manticora derrotó a un cíclope.
(No pregunten cómo; yo tampoco lo entiendo).
Además, durante el robo de la gema de Nova Lux (facilitado accidentalmente por ellos) lograron proteger al portador.
Ahyeli incluso venció al hombre más fuerte de la ciudad.
Sí, ese hombre era yo.
No, no quiero hablar de ello.
Como pueden ver, sus logros son una colección de sinsentidos.
Pero, ¿qué se puede esperar de ellos?
Ustedes se preguntarán: ¿qué tan incompetente hay que ser para lograr semejantes hazañas?
La respuesta es: sí.
Con el debido respeto y el orgullo aún dolorido por la paliza que me dio esa chiquilla, me despido.
Maelon del Bosque OscuroLíder del gremio de aventureros de Ciudad Ilustre.
Fin del arco de la nueva vida en Ciudad Ilustre y el huevo.
Inicia el arco del viaje al Reino Demoniaco, Capítulo 60: Parte 2 El vuelo más incómodo de mi vida La buena noticia: después de tantas broncas, emboscadas, hechizos fallidos y explosiones accidentales, finalmente íbamos a salir de la ciudad.
La mala noticia: para salir había que pasar por trámites, revisiones y controles… y resulta que yo soy alérgico a todo lo que suene a “burocracia” o “legalidad”.
—Víctor, ¿ya tienes los papeles en orden?
—preguntó Alice, revisando su mochila como si fuera la administradora de la aduana.
—Claro que sí, señorita inspectora de equipajes —respondí levantando una bolsa con panecillos.
—Eso no son papeles.
—Lo sé, pero con esto sobornamos a cualquiera.
Mi madre, por supuesto, insistió en llenarnos de comida, como si fuéramos a cruzar el desierto en lugar de un simple bosque.
Yo no me quejaba: mejor panecillos caseros que las raciones del gremio, que parecían hechas de cartón con sabor a arrepentimiento.
El verdadero problema no eran los trámites ni las mochilas.
Era Lunito.
Sí, mi compañero de bolsillo, el bicho raro que para cualquiera parecería una simple bola de peluche párlante.
La cosa es que en Drakonis tienen reglas más estrictas que en Ciudad Ilustre sobre las criaturas mágicas.
Y digamos que yo no tenía pensado declararlo.
—Es un delito menor —me dije mientras Lunito se acurrucaba dentro de mi capa—.
Contrabando mágico en versión adorable.
Nadie sospecharía de ti, ¿verdad, campeón?
Según Alice para poderlo cruzar por la frontera debía meterlo en un cristal, como a Azreth o Ahyeli, pero el enano simplememte se negaba.
Lunito me miró con sus ojitos brillantes y soltó un “puf” que juraría fue un intento de carcajada.
Luego de dejar la casa a cargo de mi madre emprendimos el viaje.
Avanzamos hasta un claro del bosque, donde Alice se detuvo.
—Bien, desde aquí volaremos —anunció con esa voz orgullosa que siempre pone cuando quiere hacerme sentir como un campesino ignorante.
—¿Cómo que volar?
—parpadeé.
—Transformación de dragón, ¿qué otra cosa pensabas?
¿Que íbamos a caminar como simples mortales?
—Yo qué sé… ¿alquilar un carruaje como la gente normal?
Alice puso los ojos en blanco y se alejó unos pasos.
Y ahí empezó mi tortura.
Se quitó parte de su ropa, se estiró como si fuera un ritual y… yo me giré de inmediato.
—Ni lo sueñes, ladrón —me gritó con la voz ya vibrando de ira—.
¡Si te atreves a mirar, te achicharro!
—¡Ni ganas!
—respondí tapándome los ojos con exageración—.
Créeme que prefiero quedarme ciego antes que tener esa conversación incómoda contigo.
El suelo tembló y un rugido me confirmó que ya no estaba mi insoportable compañera de viaje, sino un dragón gigantesco con escamas negras y plateadas.
No voy a mentir: daba miedo, pero también imponía.
—Suban —tronó su voz, ahora profunda, retumbando en mi pecho.
Ahyeli fue la primera en correr hacia ella.
—¡Qué increíble!
—gritó, trepando con la agilidad de un gato—.
¡Voy a volar, voy a volar!
Yo, en cambio, tardé más.
Porque, claro, una cosa es admirar dragones desde abajo, y otra muy distinta es confiar tu vida a sus espaldas.
—Si me caigo, voy a volver como fantasma solo para que me sientas culpable, ¿me oyes?
—le advertí mientras subía.
El despegue fue… bueno, brutal.
Un salto, un batir de alas y de pronto el bosque quedó como un manchón verde debajo.
Sentí que el estómago me daba vueltas, que la gravedad me odiaba y que tal vez debería haber hecho testamento.
—¡Es increíble!
—Ahyeli extendía los brazos, sonriendo como nunca la había visto.
Y aunque yo quería soltar un comentario sarcástico, no pude.
Se veía tan feliz, tan libre, que se me atragantaron las burlas.
Lunito, asomado apenas desde mi capa, agitaba su cuerpecito como si también disfrutara del vuelo.
Yo, en cambio, me aferraba con todas mis fuerzas a una de las escamas de Alice.
—Esto no es volar, es suicidio con vista panorámica.
El viento me azotaba la cara, las nubes pasaban rozándonos y la sensación era… indescriptible.
Sí, tenía miedo, pero también había algo dentro de mí que decía: “Así debe sentirse la verdadera aventura”.
Claro que Alice no podía dejarme disfrutar ni un segundo.
—¿Qué tal, ladrón?
—tronó su voz desde arriba—.
¿Aún quieres carruaje?
—¡Claro que sí!
—grité—.
¡Uno con cinturones de seguridad, de preferencia!
El aterrizaje fue peor.
Cuando bajamos cerca de un río, sentí que mi alma se quedó volando mientras mi cuerpo se estampaba contra el suelo.
—Y yo que pensaba que lo difícil era despegar… —murmuré tambaleándome.
Ahyeli bajó riéndose.
—Víctor, parecías un muñeco de trapo.
—Gracias por tu apoyo emocional, enana.
Ya en tierra firme, recogimos nuestras cosas.
El bosque empezaba a clarear y a lo lejos se divisaban torres: el puesto de control que dividía el camino hacia Ciudad Ilustre de los dominios de Drakonis.
Ese sería nuestro siguiente obstáculo.
Yo respiré hondo y ajusté mi capa, asegurándome de que Lunito no asomara ni un pelo.
—Bueno, allá vamos.
A fingir que somos viajeros respetables y no un grupo de locos con contrabando mágico.
Y así, con el corazón acelerado y el estómago aún revuelto del vuelo, dimos los primeros pasos hacia Drakonis.
Y yo, muy en el fondo, sabía que si la historia seguía a este ritmo, lo peor apenas estaba por empezar Nunca pensé que mostrar un pedazo de metal con mi nombre escrito pudiera decidir si termino libre o en una mazmorra, pero así funciona el mundo.
Llegamos al puesto fronterizo y los guardias, con esa mirada de “me pagan por desconfiar”, nos pidieron identificaciones.
Alice, muy digna, sacó su credencial del gremio como si fuera un pase VIP para entrar a un concierto.
Ahyeli también mostró la suya, sonriente como siempre, como si el tipo que la revisaba fuera un amigo de la infancia y no un guardia con más barba que paciencia.
Yo hice lo propio, intentando que no se me notara la gota de sudor frío recorriéndome la nuca.
Y no porque mis papeles fueran falsos, no.
Eran auténticos… relativamente auténticos.
Lo que me preocupaba de verdad era la carga.
Entre los panes de mi madre (que huelan a gloria no ayuda cuando tienes un estómago vacío cerca), unos cuantos pergaminos mágicos sospechosos, mis “herramientas de trabajo” (llámese ganzúas, ganchos y cosas que no suenan nada bien en un interrogatorio) y, oh sí, un cubo mágico que podía meternos en un lío monumental.
Ese último detallito estaba escondido bajo el ala de Lunito, quien se mantenía encogido y pegado a mi pecho bajo la capa.
¿Resultado?
Un bulto sospechoso que cualquier guardia con ojos en la cara podría haber notado.
Claro, excepto que la buena fortuna decidió ponerse de nuestro lado por una vez.
Pasaron por alto el bulto y nos dieron el pase libre.
Milagros ocurren, señores.
—Pobre hombre, viste el enorme tumor en su pecho, creo que le falta poco para pasar a mejor vida —le dijo uno de los guardias a su compañero.
Cruzamos la frontera y, veinte minutos después, se repitió la función de siempre: Alice en modo dragona, Ahyeli gritando de felicidad como si estuviéramos en un parque de diversiones, Lunito chillando de emoción como adicto a la adrenalina… y yo, el pobre humano de a pie, agarrándome como podía, deseando que la velocidad no me arrancara el alma del cuerpo.
Obviamente, tuve la decencia de mirar para otro lado durante la transformación de Alice.
No porque me importe ser discreto, sino porque prefiero conservar la cabeza sobre los hombros y no ganarme una patada de dragona en toda la cara.
El vuelo fue rápido: veinte minutos de puro terror, viento en la cara y la sensación de que mis órganos internos habían decidido mudarse de sitio.
Aterrizamos a unos veinte minutos de Drakna, el pueblo fronterizo.
Alice volvió a la normalidad (y yo, otra vez, con los ojos educadamente desviados).
En total, nos ahorramos unos cuantos días de caminata.
El precio: mi salud mental y probablemente dos años menos de vida.
Lunito, ya fuera del escondite de mi capa, miraba el pueblo desde lejos con esos ojitos brillantes de ilusión, como si Drakna fuera la tierra prometida.
Y bueno, supongo que para Alice sí lo es: allí la esperaba su abuela.
Yo, por mi parte, solo espero que no haya más guardias con preguntas incómodas… o vuelos suicidas.
Entramos a Drakna y lo primero que me llama la atención es que el pueblo parece una feria permanente: locales comerciales abajo, viviendas arriba, y todo el mundo voceando lo que vende como si nos quisieran convencer de que la felicidad se consigue a plazos y con descuento.
Hay de todo: ropa, comida, artículos de limpieza, baratijas mágicas que probablemente no funcionen más allá de “dar buena suerte” (lo cual es la forma educada de decir que te estafan con estilo).
La gente es un desfile de razas: bestias, humanos, elfos, draconianos… vamos, un zoológico multicultural con olor a pan recién horneado.
Ahyeli va con cara de turista en su primer viaje al mercado, mirando cada puesto como si fuera una atracción mágica.
Lunito… bueno, ni siquiera lo notan.
Lo cual es irónico, porque cargar con un cachorro de mantícora es como tener un león con alas y aguijón de escorpión caminando a tu lado, pero aquí la multitud parece más interesada en comparar precios de rábanos.
Yo, mientras tanto, estoy peleando con mis instintos.
Ya saben, mi lado de ladrón ve todas esas monedas, bolsitas colgando y joyitas mal custodiadas como si me gritaran “llévame contigo”.
Pero respiro hondo y me recuerdo que toda esa gente se esfuerza para ganarse la vida decentemente… y además, si me pillan, sería un chisme internacional.
Así que no, me comporto.
Soy un hombre nuevo.
Un hombre reformado.
Un hombre que… ok, basta de palabrerías, sigo intentando no meter la mano en donde no debo.
—Aquí es —dice Alice, deteniéndose frente a una casita modesta con un letrero que anuncia la venta de amuletos.
Detrás, se ve un jardín, y más allá otra casa un poco más grande.
Alice toca la puerta.
—¿Quién?
—pregunta una voz desde dentro.
—Todos —responde Alice con una sonrisa traviesa.
Supongo que es algún chiste interno porque, en cuanto lo dice, la puerta se abre de golpe.
Aparece una mujer algo mayor, con algunas escamas en la piel de sus manos.
No parece una noble de alcurnia, ni falta que le hace.
Tiene esa presencia de las personas que la vida ha templado a golpes pero que aún se mantienen de pie.
Alice se lanza a abrazarla como si volviera a tener diez años.
La abuela sonríe, abre los brazos y después de unos segundos nos invita a pasar.
El interior huele a madera vieja y especias.
Hogar.
—Hija, ¿cómo me has estado?
—pregunta la abuela, acariciándole el cabello a Alice.
—Bien, abuela, ¿ya te dieron la noticia, verdad?
La Orden de los Lamentos y el reino de Xalvok me quieren muerta…
—contesta Alice como si hablara de que subió el precio del pan.
Luego nos señala a Ahyeli y a mí—.
Por cierto, ellos son mis amigos.
Víctor y Ahyeli.
Se van a casar.
Yo me atraganto con mi propia saliva y me pongo rojo como un tomate.
Sí, claro, lancen la bomba de una vez.
Gracias, Alice, ¿que no ves que apenas me estoy haciendo a la idea?.
La abuela simplemente sonríe, tranquila, como si ya supiera todo antes de que lo dijeran.
—Sabía que estarías bien.
Eso me lo contó tu madre y Vireon, que por cierto ya debería haber llegado.
Ese muchacho como le gusta viajar, y más con su esposa… esa avecilla, su familiar de la infancia, que terminó siendo su única amiga y después esposa.
Qué bonito.
Yo me vuelvo a sonrojar, porque el paralelismo con lo mío y Ahyeli me cae como una pedrada en la frente.
Y hablando de ella, está pegada a mi brazo con una sonrisa enorme, como si temiera que yo fuera a escaparme en cualquier momento.
Sí, claro, huir… qué opción tan realista cuando tu prometida tiene alas de fénix y fuerza para levantarte como costal de papas.
Lunito, mientras tanto, olisquea la sala como si fuera un cachorro en una confitería.
La abuela se fija en él y sus ojos brillan con sorpresa y ternura.
—Qué majestuosa criatura tenemos aquí… —Se llama Lunito, y es nuestro hijo de Víctor, de Alice y mío —responde Ahyeli con orgullo, como si presentar un cachorro de mantícora domesticado fuera tan normal como decir “este es nuestro gato”.
—Una mantícora… ¡y domesticada!
—sigue la abuela, fascinada—.
Con lo imposible que es lograr algo así.
Antes de que pueda procesar más, Lunito levanta la mirada, mueve las alas y suelta con su vocecita dulce: —¿Abuela?
¿Si eres mi abuela de verdad?
¿Tienes pastelitos?
Y la mujer, sin inmutarse, responde que sí a ambas preguntas y se va a la cocina.
¿Ven?
Esa es la magia de las abuelas: pueden aceptar a una mantícora parlante como nieto y darle pastel sin pestañear.
Alice, sin embargo, se encoge de hombros, algo apenada, cuando la abuela le pregunta: —¿Cómo que también es tu hijo?
—Bueno… lo adoptamos desde que era un pequeño huevo —admite Alice, bajando la voz como si confesara un crimen menor.
Yo simplemente asiento.
Total, ¿qué más puedo hacer?
Ya estamos en la familia, con todo y mantícora incluido.
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