El día en que me robé a la Hija del Rey Demonio - Capítulo 62
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62: Capítulo 62: La llamada 62: Capítulo 62: La llamada Un par de horas más tarde volvimos a la casa de la abuela, Vireon nos abrió la puerta, y con un fuerte abrazo nos saludó, su esposa fénix nos miraba sonriente desde el sillón y en cuanto Ahyeli se acercó a ella para saludarla, entró en modo protocolo real y no dejaba de hacerle reverencias.
—Basta, basta no hagas eso, ya te dije que somos amigas —Dijo ahyeli en medio de la vergüenza.
La otra fénix abrazó a Ahyeli y se retiraron a otro sillón a conversar.
Vireon le dijo a Alice que poseía un artefacto mágico para mantener informado al Rey Demonio de lo que sucede en todos los reinos.
Ya por la noche, el tío de Alice nos había prestado su prototipo de esfera de cristal, ese aparato raro que prometía comunicación segura sin que nadie pudiera intervenir.
Alice estaba emocionada, y yo, con Lunito acurrucado a mi lado, no podía evitar pensar que estábamos entrando en territorio completamente desconocido.
Alice tomó la esfera, respiró hondo y pronunció las palabras de activación.
La superficie se iluminó y, de inmediato, apareció la imagen de su padre: serio, con el porte de un rey, pero con los ojos que se suavizaron al ver a su hija después de más de un año.
—¡Papá!
—exclamó Alice, y su sonrisa iluminó toda la habitación—.
¡Mira, estoy con mis amigos!
El rey frunció el ceño, pero no pudo evitar un destello de curiosidad.
Alice nos presentó uno por uno: —Él es Víctor, me rescató después del ataque al castillo y ahora es mi guardaespaldas.
—Yo asentí con una reverencia exagerada, intentando no sonrojarme—.
Ella es Ahyeli, mi íntima amiga y prometida de Víctor —Ahyeli se inclinó de manera coqueta, y el rey parpadeó varias veces, sonrojado, confundido y entretenido—.
Y este… —Alice señaló a Lunito, que se estiró orgulloso—.
Nuestro hijo… digo, lo adoptamos… los tres… El rey abrió la boca como para gritar, pero se detuvo al ver a Lunito, que movía la cola con entusiasmo.
Sus ojos se agrandaron: una manticora domesticada, y ni siquiera los demonios más fuertes habían logrado algo así.
Su orgullo era palpable, aunque trataba de mantener la compostura.
—¿Mamá Alice… ese es mi… abuelo?
—preguntó Lunito con su vocecita tierna.
El rey contuvo un momento de ira al escuchar lo de “mamá Alice”, pero cuando la criatura añadió “abuelo”, toda su rigidez se derritió.
—¡Oigan todos!
—exclamó el rey, incapaz de ocultar su alegría—.
No solo mi hija logró domar a una manticora… ¡sino que la ha adoptado como hijo!
Al fondo se escucharon aplausos y vítores de la servidumbre del palacio.
La madre de Alice, riendo por la reacción de su esposo, se cruzó de brazos con una sonrisa satisfecha.
Alice soltó una carcajada nerviosa, mirando a Lunito mientras él meneaba la cola con orgullo.
—Sí, papá, lo domamos juntos —dijo, y su voz transmitía orgullo y cariño al mismo tiempo—.
Y no te preocupes, es un niño ejemplar.
El rey, finalmente, relajó los hombros y permitió que la sonrisa se adueñara de su rostro.
—Entonces debo felicitarte, hija mía.
Has hecho algo que muchos ni siquiera se atreven a soñar.
Y por lo que veo, has encontrado amigos… y familia —dijo señalando a Víctor, Ahyeli y Lunito con un gesto de aprobación—.
Eso me hace feliz.
Alice se inclinó ante la cámara, y yo no pude evitar sentirme parte de algo grande y cálido al mismo tiempo.
La distancia y los peligros que habíamos enfrentado se sintieron insignificantes frente a este momento.
—Gracias, papá —dijo Alice suavemente—.
Esto significa mucho para mí… para todos nosotros.
La esfera brilló por un instante y la imagen del rey comenzó a desvanecerse, pero su voz quedó resonando: —Cuida de esta familia, Alice.
Y recuerda, siempre me tendrás a tu lado, aunque no lo veas.
Lunito dio un salto de emoción, moviendo las alas mientras murmuraba: —Papá… digo… abuelo, ¡no puedo esperar a mostrarte mis trucos!
Alice se rio, y yo suspiré aliviado.
Habíamos cruzado fronteras, desafiado peligros y aun así, de alguna manera, estábamos todos aquí, juntos.
Un rato más tarde ahí estaba Alice, parada frente al mapa como si pudiera memorizar con los dedos cada peligro mortal que rodea su reino.
Yo la miraba, cruzado de brazos, tratando de no reírme mientras sus dedos recorrían los límites del territorio como si fueran caminos de picnic.
—No puedo creer que estoy considerando ir allí… —murmuró, casi para sí misma—.
La flora y fauna que rodean el reino son mortales para cualquier humano.
Nadie sobrevive.
Yo levanté una ceja.
—Nadie… excepto el grupo de héroes legendarios, ¿verdad?
—dije con temeroso—.
Ah, y tu madre, claro.
Déjame adivinar… ¿también te entrenó para no ser devorada por arbustos asesinos o ríos que atacan?
Alice me lanzó una mirada entre divertida y nerviosa, y por un instante me recordó por qué me metí en este lío desde el principio.
Ahyeli, transformada en ave a nuestro lado, meneó la cola con entusiasmo.
—Vamos, no es nada que no podamos manejar.
Yo paso por humana normal y nadie se atreve a tocarme.
Y Lunito… bueno, Lunito es Lunito —dijo, acariciando la melena del cachorro con un ala.
Lunito dio un saltito y lanzó un pequeño rugido que sonó exactamente a “¡Vamos ya, quiero ir!”.
Yo me encogí de hombros.
—¿Sabes, Alice?
—le dije, tratando de sonar casual pero fallando miserablemente—.
Te prometí que te llevaría de vuelta a casa… aunque, para ser honesto, en ese entonces estaba pensando más en la supuesta recompensa que podría conseguir si sobrevivíamos.
Ahora… digamos que tengo razones más… éticas.
Ella me miró, entre divertida y afectuosa, y yo sentí que me derretía un poco por dentro.
—Entonces… ¿estás diciendo que aún quieres atravesar la jungla asesina, los ríos traicioneros y los árboles que muerden humanos?
—preguntó, todavía con un dejo de duda.
—Sí, pero no te preocupes —le respondí con una sonrisa—.
Tú ya sabes moverte por allí.
Yo… bueno, yo soy como una hormiga en medio de un lago, pero mientras esté cerca de ustedes, creo que sobreviviremos.
—Y Lunito —añadió Alice—, él nos protege a todos.
—Exacto —dijo Lunito con un maullido orgulloso mientras agitaba su cola—.
Nadie me toca.
Alice suspiró, y por un segundo vi que la preocupación aún estaba ahí, pero su expresión cambió a determinación.
—Bien… entonces nos vamos.
No solo para cumplir la promesa, sino para descubrir por qué la gente le teme a este reino.
Después de todo, si los humanos normales no pueden sobrevivir, debe haber algo más que plantas y animales peligrosos —terminé diciendo y asentí, mientras Lunito saltaba sobre mi hombro y Ahyeli revoloteaba a nuestro alrededor.
—Estoy listo —dije—.
Así que, ¿listos para la aventura mortal del año?
—Siempre —respondió Alice, con los ojos brillando.
—Entonces vamos —dijo Ahyeli, meneando la cola como si dijera “que se preparen los monstruos”—.
Ningún peligro nos detendrá.
Y ahí estábamos, a punto de adentrarnos en un reino que prometía peligros, misterios… y probablemente un par de momentos en los que pensaría “estoy completamente loco por hacer esto”, mientras veía a Alice y Lunito sonreír y me recordaban que, a veces, la locura también puede ser hermosa.
Pero antes, nos quedaremos aquí en el pueblo unos días para conocerlo.
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