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El día en que me robé a la Hija del Rey Demonio - Capítulo 63

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  4. Capítulo 63 - 63 Capítulo 63 La gallina más valiosa
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63: Capítulo 63: La gallina más valiosa 63: Capítulo 63: La gallina más valiosa Cuando alguien dice “un par de días tranquilos en el pueblo”, yo me imagino exactamente eso: comer, dormir y no tener que correr por mi vida.

Pero no, claro que no.

Con Ahyeli y Alice a mi lado, la tranquilidad dura menos que una moneda de oro en mi bolsillo.

Drakna era un pueblo acogedor, con casitas de madera, techos de tejas rojas y olor constante a pan recién horneado.

Lo cual era perfecto… si no fuera porque no teníamos ni una sola moneda para comprar pan.

Me había resignado a olerlo nada más, como un pobre niño frente a una pastelería.

Para actualizar, Alice dijo que no ibamos a ser abusivos con su abuela y que debíamos cooperar con los gastos, eso por que llegamos sin avisar.

Como resultado nos terminamos las proviciones que mamá nos había dado.

Su abuela no estaba de acuerdo con eso, pero ¿Qué íbamos a hacer?

Se gana la vida vendiendo amuletos y ni siquiera acepta ayuda de ninguno de sus hijos.

“Soy demaciado autosuficiente como para que me tengan lástima, anden y disfruten de su vida que cuando en verdad necesite su ayuda lo sabrán de primera mano”.

Y la verdad si se vé demaciado joven para su edad…

—Víctor, ¿seguro que no queda nada de la recompensa pasada?

—preguntó Alice, con esa mirada que mezcla acusación y decepción.

—Era una suma modesta.

Y había gastos importantes, como los muebles de la casa, la deuda que teníamos en la posada, la comida y… bueno… otras cosas —respondí, mirando al suelo.

—¿Otras cosas?

¿Te refieres a esa baratija que compraste para abrir cerraduras y que se rompió a los dos usos?

—me preguntó Ahyeli, cruzándose de brazos.

—Detalles, detalles —dije con mi sonrisa más encantadora.

No funcionó.

El caso es que estábamos en la cuerda floja, y por eso, cuando un joven soldado del pueblo nos buscó en la plaza diciendo que la jefa del gremio de Drakna quería vernos, vi una luz al final del túnel.

O al menos un túnel con pan al final.

La jefa del gremio se llamaba Céfira, y desde el primer momento supe que no era alguien a quien quisieras subestimar.

Tenía una apariencia juvenil, el cabello castaño recogido en una coleta alta y una sonrisa amable que no lograba ocultar las cicatrices de batalla en su rostro y brazos.

Era el tipo de persona que podía invitarte a té y al minuto siguiente atravesarte con su espada si la hacías enojar.

Me gusta la gente clara.

—Así que ustedes son los inadaptados de Ciudad Ilustre —dijo Céfira mientras nos evaluaba con la mirada.

—He escuchado de sus… peculiares trabajos.

—¡Peculiarmente exitosos!

—corregí, intentando sonar profesional.

Ella sonrió, y eso me dio un poco de miedo.

—Excelente tengo un trabajo para ustedes, una misión simple: recuperar la gallina mágica de la anciana del mercado.

Fue robada por un grupo de ladrones.

La última vez que se les vio, se adentraron en el bosque al este.

Su guarida está en una cueva.

¿Qué dicen?

—¿Una gallina?

—pregunté, arqueando una ceja.

—¿Mágica?

—añadió Ahyeli.

—Paga bien.

—respondió Céfira, como si eso resolviera todas nuestras dudas.

Y lo hizo.

La anciana dueña de la gallina se llamaba Berta, y era exactamente como uno imaginaría a una abuelita del mercado: delantal manchado de harina, gorro de lana y una lengua más filosa que una daga envenenada.

“¡Malditos ladronzuelos!

Se llevaron a Clotilde, mi gallina dorada.

Sus huevos se venden a precio de joya.

¡Devuélvanmela y les hornearé pan para toda la semana!” La idea de pan gratis casi me hizo llorar.

Tomamos la misión sin pensarlo.

Resultó que Clotilde no era una gallina cualquiera.

Según Berta, ponía huevos con una cáscara dorada y un relleno que sabía a gloria.

Yo no soy de creer en cuentos de abuelas, pero vi uno de esos huevos y relucía tanto que me dieron ganas de empeñarlo.

Unas horas después estábamos frente al bosque.

Las chicas estaban listas para la acción: Alice afilando su espada, Ahyeli comprobando su armadura ligera.

Y yo… bueno, yo estaba afilando mi ingenio, porque mi plan no incluía pelear.

—Entonces, ¿qué propones?

—preguntó Alice.

—Simple, —dije, dibujando en el suelo un esquema con un palo.

—Ustedes me esperan en la entrada del bosque.

Yo me escabullo hasta la cueva, robo a la gallina y salimos de ahí como héroes.

Sin necesidad de violencia.

—¿Y si te atrapan?

—preguntó Ahyeli.

—No lo harán.

Soy un ladrón profesional.

La palabra “atrapar” no está en mi diccionario.

Spoiler: debería haberla añadido.

Me moví entre los árboles como una sombra.

Bueno, como una sombra que tropieza con raíces y casi grita de dolor, pero manteniendo la dignidad.

Al llegar a la cueva, vi a tres tipos y una chica, todos armados con dagas y caras de pocos amigos.

La gallina Clotilde estaba en una jaula, cacareando indignada.

Mi plan era simple: distraerlos y robar la jaula.

Y funcionó… hasta que Clotilde decidió cacarear como si me estuviera acusando.

—¡Eh!

¿Quién anda ahí?

—gritó uno de los ladrones.

Salí disparado con la jaula bajo el brazo, mientras los ladrones me perseguían.

¿Alguna vez han corrido con una gallina mágica que se agita y pica?

No lo recomiendo.

Logré salir del bosque, con los ladrones pisándome los talones.

Antes de que pudiera gritar “¡ayuda!”, Ahyeli apareció de la nada y le dio una patada voladora al primero.

Alice, con una sonrisa inquietante, desarmó a los otros dos.

La escena fue tan rápida que los ladrones no supieron qué los golpeó.

Literalmente.

En menos de un minuto, estaban en el suelo, atados como paquetes listos para enviar por correo.

—¿Ese era tu plan sin violencia?

—preguntó Alice, arqueando una ceja mientras recogía a Clotilde.

—Plan B —respondí, jadeando.

—Y fue muy efectivo, ¿no?

De vuelta en el pueblo, nos encontramos con el soldado que había venido a buscarnos.

Para mi horror, lo reconocí: era el mismo al que yo le había hecho una copia de la llave de su casa hace un par de días.

Nos agradeció junto a su compañero por atrapar a los ladrones y devolver la gallina.

Al parecer, Clotilde era casi una celebridad en Drakna.

En el gremio, Céfira nos esperaba con la recompensa: una bolsa de monedas que sonó como música celestial.

Y pan, pan de verdad, con mantequilla y todo.

Comí tanto que juraría que Céfira me miraba con lástima.

—Buen trabajo —dijo la jefa.

—Cuando regresen a Ciudad Ilustre, denle mis saludos a Maelon.

—¿El del gremio de nuestra ciudad?

—pregunté.

—El mismo.

Dile que aún estoy esperando su respuesta.

—Céfira sonrió de forma soñadora.

No sé qué era más perturbador, imaginar a Maelon recibiendo cartas románticas o el hecho de que un elfo musculoso tuviera tantas pretendientes.

(Bien solo es una, pero quien sabe cuántas más habrá escondidas por allí).

Esa noche, mientras dormíamos en la casa de Vireon (sí la casa que se ve detrás de la de la abuela), con el estómago lleno y la bolsa de monedas segura bajo mi almohada, no pude evitar pensar:”Quizás no soy el ladrón más afortunado, pero… ¿quién más puede decir que arriesgó su vida por una gallina mágica?” Y Clotilde cacareó en mis sueños.

Creo que me odia

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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