El día en que me robé a la Hija del Rey Demonio - Capítulo 69
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- Capítulo 69 - 69 Capítulo 69 El puente de las sombras Parte 4
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69: Capítulo 69: El puente de las sombras Parte 4.
Ahyeli 69: Capítulo 69: El puente de las sombras Parte 4.
Ahyeli Nunca pensé que un puente pudiera pesar tanto en los pies.
Cada paso que dábamos parecía empujarnos directo a una verdad incómoda, a un temor que no queríamos enfrentar.
Ya habíamos visto lo que había dentro de Azreth, y yo mismo había tenido que tragarme el nudo de la duda en el estómago.
Pero ahora… era el turno de Ahyeli.
Ella avanzó despacio, el viento agitando su vestido blanco.
Lunito dio un brinco juguetón, como si nada le importara, pero se quedó esperándola justo antes de las tablas viejas que crujían con cada movimiento.
—Estoy bien… —dijo Ahyeli, aunque su voz sonaba más como si intentara convencerse a sí misma.
El puente tembló, y entonces lo vi: en el otro extremo no había un simple camino, sino una sombra que empezó a tomar forma.
Primero eran siluetas borrosas, luego rostros… y por último, la escena que congeló a Ahyeli en seco.
Era ella, más pequeña, una polluela, con las alas extendidas, rodeada de vacío.
Nadie respondía a su voz, nadie le devolvía la mirada.
Una avecilla perdida, atrapada en un mundo sin nadie.
Ahyeli jadeó y susurró casi como si hablara consigo misma:—Otra vez… estoy sola otra vez… El eco de esas palabras me atravesó.
Su miedo no era monstruos, ni muerte, ni magia fuera de control.
Era la soledad.
—¡No es real, Ahyeli!
—grité, avanzando unos pasos, aunque el puente se agitaba con furia.
Ella negó con la cabeza, no me oía, lágrimas cayendo por sus mejillas.
La ilusión mostraba cómo la pequeña Ahyeli intentaba aferrarse a algo, a alguien… y sus alas atravesaban el aire como si lo que quería jamás hubiera existido.
Me dolió verla así.
Era diferente a los demás: Azreth tenía que luchar contra su propia fuerza, Alice contra la falta de apoyo por su padre, yo contra mi propia inseguridad… pero lo de Ahyeli era peor.
Porque ¿cómo peleas contra la nada?
Caminé hasta alcanzarla, sujeté sus manos temblorosas y la obligué a mirarme.—¡Oye!
—le dije con firmeza—.
No vas a quedarte sola.
¿Me oyes?
No mientras yo siga aquí.
Sus ojos brillaron con desesperación, como si no pudiera creerme.
La ilusión a nuestro alrededor creció, mostrándonos a todos desvaneciéndonos: Alice, Azreth, incluso Lunito, desaparecían uno por uno como si jamás hubieran existido.
Ahyeli gritó, un grito que venía desde lo más profundo de su alma.
Yo apreté más fuerte sus manos.—¡No es verdad!
Mira bien, Ahyeli.
¡Estamos aquí!
Alice te molesta con sus exigencias, Azreth te da sermones de magia, Lunito no deja de pedir carne, ¡y yo soy el pobre diablo que siempre termina recibiendo ayuda de todos!
Eso es real.
Eso somos nosotros.
La escena vacía titiló, como si la mentira se resquebrajara.
Ahyeli me miró, aún llorando, pero esta vez sus labios se curvaron en una sonrisa frágil.
La ilusión empezó a romperse en mil pedazos, cayendo como vidrios brillantes en el abismo.
El puente dejó de temblar.
Ahyeli respiró profundo, sus hombros bajaron y me apretó las manos de vuelta.—Gracias… Víctor.
No… no quiero volver a estar sola.
Sonreí, aunque por dentro me ardía el pecho.
—Pues entonces será fácil.
Porque no pienso dejarte sola nunca.
Ella rió bajito, un sonido quebrado pero hermoso.
Y juntos dimos el siguiente paso, dejando atrás la ilusión.
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