El día en que me robé a la Hija del Rey Demonio - Capítulo 7
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- Capítulo 7 - 7 Capítulo 7 Entrenamiento familiar y familiarmente caótico
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7: Capítulo 7: Entrenamiento familiar (y familiarmente caótico) 7: Capítulo 7: Entrenamiento familiar (y familiarmente caótico) Un nuevo día comenzaba, lo cual no era precisamente una buena noticia.
Porque cuando Alice se despertaba de buen humor canturreando con tono dulce, eso solo significaba una cosa: entrenamiento brutal disfrazado de “actividad divertida”.
>¡Hoy toca entrenar a los familiares!
—anunció con una energía ofensiva para alguien que aún no ha desayunado—.
¡Vamos, perezoso!
El sol ya salió hace horas.
>Alice… son las seis de la mañana…
y el sol salió hace tres minutos.
¡Literalmente…
Está bostezando!
Pero no sirvió de nada.
Cuando Alice está decidida, ni los dragones se atreven a contradecirla.
Y ahí estábamos: en un claro del bosque, mientras la niebla aún no decidía si quedarse o no, con nuestros dos familiares listos para comenzar lo que ella había llamado: “Conexión espiritual entre mago y vínculo místico”.
Yo le hubiera puesto otro nombre.
Algo como: “Cómo avergonzarte junto a tu mascota mágica mientras sudas por tu vida.” Azreth, el Luzdrake de Alice, parecía listo para arrasar con el mundo.
Se estiraba con elegancia, desplegando sus alas estrelladas y dejando caer una mirada desafiante que decía claramente: “Estoy por encima de todos ustedes.” A su lado estaba Ahyeli, mi adorable y brillante Fénix Lunar, revoloteando como una pluma viviente.
Era elegante, suave, y… bueno, no intimidaba a nadie.
A decir verdad, tenía la presencia de una bailarina tímida en su primera función.
>Muy bien, comencemos por ejercicios de sincronización —explicó Alice, como si estuviéramos en una coreografía de circo mágico—.
Cada familiar debe ejecutar un hechizo al mismo tiempo que su amo.
Coordinación, enfoque y control mágico.
Si lo hacen mal…
bueno, podrían explotar.
¡Vamos, será divertido!
>¡¿Explotar?!
—grité yo.
>Figuradamente.
Tal vez.
—dijo con una sonrisa sospechosamente tranquilizadora.
Primero fue su turno.
Alice se colocó frente a Azreth, ambos cerraron los ojos y pronunciaron un hechizo en perfecta sincronía.
Una ráfaga de energía estelar surgió de ambos, envolviendo el claro en un espectáculo de luces tan elegante que hasta las flores aplaudieron (o eso imaginé).
Luego vino mi turno.
>Vamos, Ahyeli, tú y yo.
Coordinados.
Podemos hacerlo —le dije, intentando sonar seguro.
>Estoy lista, amo —respondió con ternura, aunque noté que se posó sobre mi hombro como quien se prepara para huir si todo sale mal.
Comencé a recitar el hechizo: “Ignis lumen, ex alto veni…” Pero Ahyeli, por alguna razón, empezó con otro.
Uno sobre hielo.
Resultado: una bola de fuego congelada.
Sí…
Una esfera de fuego…
que chillaba de frío.
¿Cómo es eso posible?
No lo sé.
Solo sé que explotó como una paleta derretida justo sobre mi cabeza.
>¡Ahyeli!
¡Tenías UN trabajo!
>¡Pensé que íbamos a invocar el hechizo de escarcha brillante para defendernos!
—chilló la pobre ave, ocultándose tras mi cabello chamuscado.
Alice, por supuesto, no ayudó.
>Lo hiciste tan mal que creaste una anomalía mágica.
Eso es…
preocupante y ligeramente impresionante.
¿Te sientes bien?
>¿Físicamente o emocionalmente?
>Ambas.
>No.
Repetimos el ejercicio varias veces.
Una vez creamos una niebla perfumada que atrajo a una familia de mapaches.
Otra, accidentalmente curamos un árbol moribundo…
y también le dimos la capacidad de hablar.
(El árbol resultó tener opiniones fuertes sobre la monarquía.
Lo dejamos ir…).
Al final de la mañana, ya estaba cubierto de hollín, plumas mágicas y algo que creo que era gelatina etérea (no pregunten).
Pero, sorprendentemente, comenzamos a mejorar.
Ahyeli y yo logramos lanzar una combinación defensiva que creó un escudo de luz suave y resistente.
No era perfecto, pero al menos no explotamos.
Esa vez.
>Nada mal, Víctor —dijo Alice, cruzándose de brazos con una sonrisita—.
Casi pareces competente.
>Wow, ese es el cumplido más bonito que me has dicho.
>Disfrútalo.
No se repetirá pronto.
Azreth ronroneó, Ahyeli me acomodó las plumas como si yo fuera un polluelo torpe, y el sol ya brillaba alto cuando decidimos terminar el entrenamiento.
>¿Y ahora qué?
—pregunté, medio rendido.
>Ahora desayunamos —dijo Alice, feliz—.
Y después, a practicar combate real con familiares.
¡La parte divertida!
Yo no estaba tan convencido.
Pero al menos, después de todo, podía decir que estaba avanzando.
Y aunque mi familiar era un fénix tímido y brillante, al menos tenía más control que yo sobre la magia.
Ah, la dulce ironía de ser el protagonista incompetente de tu propia historia…
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