El día en que me robé a la Hija del Rey Demonio - Capítulo 70
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- Capítulo 70 - 70 Capítulo 70 El puente de las sombras Parte final
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70: Capítulo 70: El puente de las sombras Parte final.
Lunito 70: Capítulo 70: El puente de las sombras Parte final.
Lunito El puente colgante crujía con cada paso, como si en cualquier momento fuera a desmoronarse en el abismo sin fondo que se abría bajo nosotros.
Ya todos habíamos enfrentado nuestros temores: los míos, los de Alice, los de Azreth, incluso Ahyeli.
Cada uno cargaba ahora con su propia herida invisible, aunque habíamos logrado atravesar.
Quedaba Lunito.
El cachorro de mantícora avanzaba con paso firme, demasiado confiado para su tamaño.
Por un instante pensé que quizás el puente no tendría nada que mostrarle.
Después de todo… ¿qué podía temer un cachorro que aún no había vivido lo suficiente para que el mundo lo rompiera?
Pero me equivoqué.
De pronto, en el otro extremo del puente, la madera ennegrecida comenzó a temblar.
Una sombra tomó forma: alas desgarradas, garras afiladas, colmillos goteando sangre y un escalofrío recorrió mi espalda.
—¡No puede ser…!
—susurré, con la garganta seca.
El monstruo rugió, un sonido húmedo, como si la misma muerte le sirviera de voz.
La sangre chorreaba de su boca, formando charcos invisibles sobre las tablas del puente.
El aire apestaba a hierro y podredumbre.
Vi a Lunito detenerse, sus ojos dorados fijos en la criatura.
Por un momento pensé que retrocedería, que lloraría, que pediría ayuda.
Pero lo que hizo fue inspirar profundamente, inflando su pecho como si intentara parecer más grande de lo que era.
—No eres real —dijo en voz baja, aunque lo escuchamos todos.
—No soy real…
pero pronto lo seré —dijo la criatura con una voz grave.
El monstruo dio un paso hacia él, el maleficio del puente lo hacía parecer más sólido, más verdadero.
Yo mismo apreté la empuñadura de mi daga, con el impulso de saltar en su ayuda.
Pero algo dentro de mí me detuvo: si lo hacía, lo arruinaría.
Este era su momento.
Lunito avanzó un paso.
El puente gimió bajo sus pies.
Sus patitas temblaban, pero no se detuvo.
—No me das miedo.
Porque… no estoy solo, mamá Ahyeli, mamá Alice y mi papá y Azreth están conmigo.
La Mantícora lanzó un rugido final, ensordecedor, y luego… la ilusión se disolvió como humo.
Solo quedó el puente, el viento y la respiración agitada del pequeño.
Cuando alcanzó el otro extremo, Alice corrió a abrazarlo primero, aplastándolo contra su pecho.
Azreth apoyó una pata en su hombro con esa torpeza suya que en realidad escondía afecto.
Ahyeli, con lágrimas contenidas, se inclinó a su altura para acariciarle la melena.
Yo fui el último en acercarme, y sin pensarlo, extendí los brazos.
Nos juntamos todos en un abrazo apretado, torpe, pero cálido.
Un instante en que, sin necesidad de palabras, nos prometimos algo: —Siempre vamos a estar juntos —dije en voz baja, casi como un juramento.
—Porque ahora somos familia —añadió Alice.
Lunito sonrió, con esos colmillos pequeños asomando entre sus labios.
Y, así, cruzamos el puente, dejando atrás no solo un maleficio, sino también la certeza de que lo que nos unía era más fuerte que cualquier miedo.
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