El día en que me robé a la Hija del Rey Demonio - Capítulo 71
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- Capítulo 71 - 71 Capítulo 71 El viejo la carreta y los goblins
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71: Capítulo 71: El viejo, la carreta y los goblins 71: Capítulo 71: El viejo, la carreta y los goblins No sé si es la mala suerte siguiéndome como sombra o si es el universo el que tiene un sentido del humor retorcido, pero justo cuando creía que al fin tendríamos una caminata tranquila después del asunto del puente y los miedos, terminamos topándonos con un viejo granjero que parecía salido directamente de cuento.
El tipo estaba parado junto a una carreta gigantesca, cargada de sacos y cajas que probablemente pesaban más que todo nuestro grupo junto, y con una rueda tirada a un lado como si acabara de renunciar a su trabajo.
—¡Oh, viajeros!
—exclamó el anciano al vernos, con esa mezcla de desesperación y alivio que uno pone cuando alguien llega justo antes de que tu casa explote —¡Gracias a los cielos que pasaron por aquí!
Yo ya sabía que iba a ser un problema.
Lo vi en sus ojos.
Ese brillo de “ustedes acaban de convertirse en mis salvadores, lo quieran o no”.
—… ¿Qué pasa, abuelo?
—pregunté, con ese tono que uso cuando sé que no me va a gustar la respuesta.
—¡La rueda!
¡Se salió la rueda y no puedo levantar la carreta solo!
¡Y al caer la noche… goblins!
¡Los he visto, merodean, se esconden en el bosque y se llevan a los viajeros!
Maravilloso.
Justo lo que necesitaba: ruedas rebeldes y goblins carnívoros.
Alice, como siempre, la heroína, ya estaba avanzando sin preguntar.
Metió los dedos bajo la carreta y la levantó como si estuviera recogiendo una bolsa de papas.
Los músculos se le tensaron y yo sentí que mi orgullo masculino recibía una patada.
—Víctor, pon la rueda —ordenó con una sonrisa presumida.
Claro, claro, como si yo fuera el carpintero del grupo.
Me agaché, revisé el eje y la madera astillada.
Con un poco de maña y mucha suerte logré encajar la rueda.
Mientras tanto, Ahyeli sacaba su olla de viaje y empezaba a preparar comida.
Porque obviamente, si hay un problema, siempre se resuelve con el estómago lleno.
Ella tarareaba como si estuviéramos en un picnic, cortando hierbas y moviendo el caldero con elegancia.
El viejo granjero, aún con cara de espanto, acariciaba a Lunito, que movía la cola encantado con la atención.
Azreth, nuestro Luzdrake, estaba posado cerca, con esa mirada solemne de “soy una criatura ancestral”.
—No sé por que rayos soy el más débil del grupo, en cambio Ahyeli y tú…
—le dije a Alice mientras ajustaba la rueda.
—Alguien tiene que compensarlo, ya sabes, equilibrio…
—contestó, sonriendo como si hubiera ganado un concurso de fuerza invisible.
Yo cerré los ojos.
Cuando por fin terminé, el viejo nos agradeció mil veces, y la comida de Ahyeli ya estaba lista.
Un guiso espeso, con aroma fuerte, tan fuerte que yo mismo sentí cómo me rugía el estómago.
Lo malo es que no solo nosotros lo olimos.
Unos chillidos agudos y risitas escalofriantes comenzaron a escucharse desde el bosque.
Y claro, porque la vida no puede darnos ni cinco minutos de paz, los goblins aparecieron entre los arbustos.
Eran bajos, verdes, con orejas puntiagudas y sonrisas llenas de colmillos amarillentos.
Llevaban armas improvisadas: palos, piedras, cuchillos oxidados.
Y sus ojos brillaban con la clase de hambre que te hace cuestionarte si eres plato fuerte o postre.
—Genial… —murmuré, desenfundando mis cuchillos —cena gratis y nosotros en el menú.
Alice se adelantó, sonriendo como si acabara de encontrar con quien desquitar sus frustraciones.
Ahyeli levantó el báculo que le compré en el mertcado antes de salir de Drakna y me lanzó una mirada decidida.
(Para lo pacifista que es, se vé que tenía ganas de pelear).
—Protege al viejo, Lunito —dijo ella.
El cachorro rugió, mostrando colmillos diminutos, y se puso frente al granjero junto con Azreth, que desplegó sus alas en un gesto intimidante.
Yo me puse en guardia, cuchillos en mano.
El primero de los goblins saltó hacia mí y, con un movimiento rápido, lo recibí con un corte limpio en la garganta.
—Uno menos —dije con satisfacción.
Pero por cada uno que caía, dos más aparecían.
Alice arrojó a un goblin por los aires como si fuera un saco vacío.
Ahyeli conjuró una esfera de luz que estalló en medio del grupo enemigo, cegándolos y haciéndolos chillar como ratas quemadas.
Yo me movía entre ellos, esquivando, cortando, lanzando a los que intentaban rodearnos.
Era como bailar, pero con más sangre y menos música.
El olor del guiso de Ahyeli seguía flotando en el aire, y eso solo parecía atraer más goblins.
—¡Ahyeli, la próxima vez prepara ensalada fría!
—grité mientras empujaba a uno que intentaba morderme el brazo.
Ella me fulminó con la mirada y me lanzó un pequeño hechizo de refuerzo.
Sentí mis músculos tensarse, mis reflejos afinarse.
—De nada —dijo con una sonrisa dulce.
Alice estaba cubierta de sangre verde, riendo como maniaca mientras partía huesos con cada golpe.
(Debo aclarar que nunca la había visto así…) —¿Segura que no disfrutas demasiado esto?
—le pregunté mientras clavaba mi cuchillo en la espalda de otro goblin.
—¡Pero si es divertido!
—respondió sin un ápice de vergüenza.
Yo suspiré.
Al menos alguien estaba feliz.
En medio del caos, un grupo de goblins intentó colarse hacia el viejo y Lunito.
El cachorro lanzó un rugido sorprendentemente fuerte y se abalanzó sobre uno, mordiéndole la pierna.
Azreth abrió la boca y un destello de luz pura abrasó a otros dos.
El granjero gritaba como si ya estuviera en su propio funeral.
—¡Resistan!
—les grité, aunque honestamente no sabía si era para ellos o para mí mismo.
La pelea se alargó.
Cada vez que pensaba que era el último, más sombras se movían entre los árboles.
Al final, cuando mis brazos ya ardían de cansancio, el suelo estaba cubierto de cuerpos verdes y el bosque silencioso otra vez.
Me dejé caer de espaldas en la hierba, respirando agitadamente.
—Odio los goblins… —murmuré.
Alice se dejó caer a mi lado, sonriendo como si hubiera corrido un maratón.
—¿No fue divertido?
—preguntó.
—Claro, si tu idea de diversión es una carnicería verde —respondí.
Ahyeli nos pasó cantimploras de agua y nos sonrió cansada.
—Buen trabajo a todos… pero especialmente a ti, Víctor.
Si no hubieras cambiado la rueda rápido, hubiera tenido que luchar sola.
La miré incrédulo.
—¿Así que salvar el día es poner ruedas y apretar tuercas?
Voy a poner eso en mi currículum.
Todos rieron, incluso el viejo granjero, que finalmente dejó de temblar.
Lunito corrió hacia mí, con la boca manchada de sangre verde, y me lamió la cara.
—¡Oye, asqueroso!
—grité entre risas, empujándolo—.
No soy tu premio de cacería.
El grupo entero terminó cansado, riendo entre jadeos y sangre.
Éramos un desastre, pero éramos un desastre juntos.
Y en el fondo, aunque nunca lo admitiría en voz alta, me gustaba esa sensación.
La de tener una familia improvisada que luchaba junta contra lo que fuera, incluso contra hordas de goblins con mal aliento.
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