El día en que me robé a la Hija del Rey Demonio - Capítulo 72
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- Capítulo 72 - 72 Capítulo 72 Vaya noche en el granero
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72: Capítulo 72: Vaya noche en el granero 72: Capítulo 72: Vaya noche en el granero La verdad es que, después de todo lo que pasó con los goblins, ni siquiera me apetecía cenar.
Y no porque el guiso de Ahyeli no estuviera increíble, no.
Era más bien porque el día había sido tan… caótico, que mi estómago necesitaba un descanso tanto físico como emocional.
La escena de ver a Alice destrozando goblins como si estuviera jugando al fútbol, y el viejo granjero temblando en el fondo, ni siquiera me dejó con hambre.
El viejo, en un acto de agradecimiento que nunca supe si era por nuestra valentía o por el hecho de que su carreta ya estaba reparada, nos invitó a su granja.
Claro, lo que siguió fue más de lo mismo.
Subimos las mochilas y todo el equipo a la carreta, que por alguna razón olía a algo entre heno y sudor de caballo, y el pobre caballo parecía tener una expresión entre aterrada y confundida.
No sé qué esperaba de él, pero no me sorprendió que estuviera asustado.
Después de todo, había presenciado una masacre de goblins que hasta yo hubiese olvidado si no me hubieran dejado verlos con las entrañas esparcidas en la carreta.
—Vamos, no los mires como si te fueran a devorar —le dije al caballo mientras subíamos los bultos —estos goblins no eran nada, una ráfaga de aire y habrían volado…
Bueno, eso o Alice les habría dado una lección de modales.
El caballo resopló, como si entendiera lo que le decía, y continuó mirando el horizonte con esos ojos de “no estoy seguro de lo que ví pero todo esto es aterrador”.
—¿Estamos listos?
—le pregunté a Ahyeli, que estaba tan tranquila mientras ajustaba su mochila, como si el día no hubiera sido una sucesión de batallas de supervivencia.
—Listos —dijo con una sonrisa tan inocente que me hizo pensar que a lo mejor todo esto no estaba tan mal después de todo.
Lunito, que había estado saltando alrededor del granjero, se subió en la parte más alta de la carreta junto con Azreth, donde se sentó y empezó a observar el mundo con esos ojos curiosos.
Y de alguna manera, ese pequeño monstruo que había arrancado mi tranquilidad en los primeros días, ahora me daba una extraña sensación de calma.
—Qué bonito todo esto, ¿verdad?
—comentó Alice, subiendo también al carro para encontrar una postura cómoda.
—¿Lo dices porque ves más de un par de árboles o porque acabamos de sobrevivir a una horda de goblins que querían comernos?
—respondí con una sonrisa sarcástica.
Alice me devolvió la sonrisa y asintió.
—Las dos cosas.
El camino hacia la granja fue largo, pero la sensación de estar lejos de los goblins y más cerca de un lugar donde podríamos dormir sin estar sobre alerta, me tranquilizó.
No pasó mucho tiempo antes de que la carreta se detuviera frente a una casa de campo bastante simple, pero acogedora, rodeada de cultivos y una cerca de madera envejecida que parecía haber visto mil inviernos.
La esposa del viejo granjero nos recibió, tan simpática y cansada como él, y aunque me sentía un poco incómodo por el hecho de que la señora nos miraba como si fuéramos héroes, la hospitalidad no se hizo esperar.
—Pasen, pasen —dijo ella, invitándonos con una sonrisa.
—El guiso ya está listo —le dijoAhyeli para que la señora no se molestara en servirnos lo poco que tenían.
Yo ya había decidido que iba a comer solo para salvar mi orgullo, no porque tuviera hambre.
Pero el aroma que salía de la cocina con la comida recalentada me hizo darme cuenta de que mi orgullo no era más fuerte que mi estómago.
Después de una charla breve sobre lo que había sucedido, nos sentamos a la mesa.
El guiso, que ya me esperaba con una cucharada demasiado grande para mis gustos, estaba delicioso.
Claro, nunca faltan esas ocasiones en las que piensas “esto es bueno, ¿por qué no lo aprecio más?”, y en este caso, eso era todo lo que quería: una buena comida después de todo el caos del día.
Mientras estábamos sentados, en algún momento, el viejo granjero comenzó a hablar de su hija, de cómo el pueblo cercno había pasado tiempos difíciles, y de lo que estaba dispuesto a hacer por su familia.
Cada palabra que decía tenía un tono de esperanza, y, aunque era un hombre que parecía tan viejo como el mismo campo, algo en su voz me hizo sentir un poco más ligero.
La comida pasó rápido, y no pasó mucho tiempo antes de que la esposa del viejo nos indicara que podíamos dormir en el granero.
Claro, no era el lugar más lujoso, pero honestamente, después de todo lo que habíamos hecho, cualquier lugar parecía un palacio.
Llegamos al granero, y con una paja de heno y una manta vieja, nos acomodamos como pudimos.
Alice, Lunito y Azreth se acomodaron por un lado rápidamente, y para cuando me di cuenta, ya estaban roncando como si la batalla de goblins nunca hubiera existido.
Pero Ahyeli y yo seguimos despiertos.
Ella, como siempre, me abrazaba con una sonrisa tranquila, mirando el techo.
Yo, con la cabeza llena de pensamientos sobre todo lo que había pasado, y cómo se sentía estar a kilómetros de mi casa.
—¿Víctor?
—dijo de repente Ahyeli, interrumpiendo mis pensamientos—, ¿cuándo quieres que tengamos bebés?
Lo primero que pensé fue que mi corazón se había detenido por un segundo, y la siguiente respiración que tomé casi me hizo atragantarme.
Mi mente empezó a correr a toda velocidad, y de alguna manera, mi garganta se secó como si hubiera tragado una piedra.
—¿Por qué me haces esa pregunta?
—respondí, como si me hubieran lanzado una pregunta que no estaba preparado para escuchar, lo cuál es cierto, no lo estaba.
Ella lo dijo con una seriedad tan profunda, tan tranquila, que por un segundo me sentí como si hubiera estado esperando para hacerme esa pregunta desde hace mucho.
—Pues… porque yo tendré los que tú quieras, para eso seré tu esposa —su voz era suave, pero sus palabras me dejaron algo más en la cabeza.
Esto me dio vueltas en la mente.
¿Cómo iba a ser padre?
¿Estaba realmente listo para eso?
Yo… ¿cómo iba a tener hijos en medio de todo este caos?
—Ahyeli, no tienes por qué verte obligada a eso —dije, intentando calmar la corriente de pensamientos que se desbordaban, la miré, y mi tono cambió a algo más suave —Primero debemos darnos más tiempo.
Ella me miró como si estuviera pensando, y por un momento, me dio la impresión de que su corazón estaba inquieto.
—Pero es que no me siento obligada —dijo ella, y la miré, sorprendido por la sinceridad en sus palabras —en verdad quiero tener a tus bebés… o, ¿no quieres tener hijos conmigo?
La vi con esos ojos brillantes, y en mi pecho algo se contrajo.
No pude evitar sonreír con ternura.
—Ay, Ahyeli, mi avecilla, ¿cómo puedes pensar eso?
—me acerqué a ella, acariciando su cabello suavemente —tal vez no lo diga en voz alta, pero te amo.
Solo que no me siento listo aún… y ya con Lunito, por el momento, es suficiente.
Ella se acercó y, antes de que pudiera decir algo más, la abracé y después le dí un beso, fue un beso suave, delicado, cuando nos separamos, sentí que mi corazón latía un poco más fuerte.
—Ahyeli, ¿te gustaría que cuando volvamos a Ciudad Ilustre nos casemos?
—pregunté, casi sin pensar.
El brillo en sus ojos era inconfundible, y antes de que pudiera hacer más, me abrazó tan fuerte que casi me quitó el aire.
—¡Sí!
—dijo, con una sonrisa que iluminaba la oscuridad del granero—.
Sí, quiero casarme contigo.
Mientras la abrazaba, nos tapé con una manta, y un montón de pensamientos se apoderaron de mi mente.
Mientras la sentía cerca de mí, solo pude pensar en lo que me había dicho mi padre antes de desaparecer: “Cuando te cases, hazlo por amor, hijo.” Tambien en ese momento, solo podía pensar en cómo había pasado de hacer planes para robar castillos a hacer planes para casarme con la mujer que amaba.
—Papá… cómo quisiera que estuvieras ahí ese día —susurré para mí mismo, mientras la noche caía en silencio.
Y el mundo, por un momento, parecía perfecto
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