El día en que me robé a la Hija del Rey Demonio - Capítulo 73
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- Capítulo 73 - 73 Capítulo 73 Por el camino de la amistad
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73: Capítulo 73: Por el camino de la amistad 73: Capítulo 73: Por el camino de la amistad Amaneció.
Bueno… “amaneció” es una forma bonita de decir que el gallo del granjero casi me arranca el alma con su canto demoníaco a todo pulmón.
Juro que ese animal debería estar registrado como arma de guerra.
Después de sobrevivir al ataque sonoro, nos despedimos del granjero que nos había dejado dormir en su granero (sí, suena redundante, pero la paja fue tan dura que todavía me duele la espalda).
Le dimos las gracias y seguimos rumbo a la frontera.
El camino era largo, polvoriento y aburrido, así que decidí romper el silencio con la pregunta que me venía molestando desde anoche.
—Oye, Alice… ¿por qué usaste el apellido Hellvalley?
Ella me miró de reojo, con esa cara suya de “ya vas a empezar con tus tonterías”, pero al final suspiró.
—En Draconis es costumbre usar el lugar de origen como parte del apellido —me explicó como si me estuviera enseñando a atarme las agujetas —Así que tomé “Hellvalley”, el Valle de Hell, porque allí nacieron mis abuelos maternos.
—Ajá… ¿y por qué no usaste Blaze?
—pregunté, fingiendo inocencia.
Ella bajó un poco la voz.
—Porque es el apellido de mi madre.
Y si alguien lo escucha… podrían relacionarme con mi padre.
El aire se puso un poquito más denso.
Y no era por el polvo del camino.
Respiré hondo y me rasqué la nuca.
—Mira, princesa… aunque seas fuerte, no voy a permitir que nadie te haga daño.
Para eso estoy yo, tu guardaespaldas improvisado.
Alice levantó una ceja.
—¿Improvisado?
—Bueno, sí, no tengo estudios ni diploma oficial, pero tengo muchas horas de práctica huyendo de problemas.
Eso también cuenta.
Antes de que Alice pudiera replicar, Ahyeli intervino, con sus ojos brillando como si estuviera en medio de una ceremonia sagrada: —Yo tampoco permitiré que lastimen a mi amiga.
Azreth, el Luzdrake mayordomo más serio del mundo, asintió solemnemente.
—Por mi ama daré la vida sin dudarlo.
Y para cerrar con broche de oro, Lunito, que venía en brazos de Alice, soltó: —¡Y yo morderé a cualquiera que se acerque a mi mamá Alice!
… Sí.
Así, con todas las letras.
Alice se quedó quieta, como procesando que un cachorro de manticora acababa de declararse su guardaespaldas personal.
Y luego… sonrió.
Una sonrisa suave, de esas que derriten hasta el cinismo de un ladrón como yo.
—Gracias… a todos —dijo en voz baja.
Yo me encogí de hombros, tratando de disimular que la escena me había conmovido más de lo que debería.
Claro que para mí era como si ella hubiera dicho: “¿Ven?
Somos tan melosos que en cualquier momento empezaremos a cantar canciones de amistad mientras caminamos tomados de la mano.” Ay, no puedo esperar a llegar al castillo de Alice…
Bueno de su padre…
Mientras no nos traten de comer en la frontera, todo está bien.
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