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El día en que me robé a la Hija del Rey Demonio - Capítulo 74

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  4. Capítulo 74 - 74 Capítulo 74 Nada es gratis
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74: Capítulo 74: Nada es gratis 74: Capítulo 74: Nada es gratis ¿Alguna vez te pasó que vas caminando tranquilo, pensando en lo que vas a cenar, y de repente la vida te tira encima un grupo de vendedores sonrientes con cara de que quieren estafarte?

Pues a mí sí.

Habíamos desarmado el campamento temprano, con el sol todavía bostezando en el horizonte, cargados con mochilas, provisiones y las ganas de que el camino fuera tan tranquilo como una tarde de siesta en la playa…

Error.

El destino nos tiene manía.

—Oye, Víctor —me dijo Ahyeli con esa vocecita cantarina que usa para animar más mi optimismo —¿no te parece raro que justo ahora aparezcan mercaderes por aquí?

Y ahí estaban: tres carretas bien surtidas, cubiertas con lonas de colores, llenas de sacos y cajas.

Los hombres que las conducían vestían como típicos comerciantes de paso: sonrisas falsas, manos que se frotaban con ganas de hacer negocio y ojos que brillaban con ambición.

—Tranquila, Ahyeli —respondí, alzando los brazos en un gesto de calma que ni yo me creía —Solo son mercaderes.

Gente normal, sin intenciones ocultas.

—Gruuuuuuhhh —gruñó Lunito mostrando los colmillos.

—Bueno… excepto que Lunito parece odiarlos a primera vista.

Y Lunito tiene mejor olfato que yo para estas cosas.

Uno de los supuestos mercaderes bajó de la carreta con un trozo de pan y una sonrisa demasiado grande.

—Viajeros, ¡qué gusto verlos!

El camino es peligroso, ¿quieren compartir un poco de pan y vino con nosotros?

Vale, ahí fue cuando me di cuenta de que la cosa apestaba.

Nadie, absolutamente nadie en este mundo, ofrece vino gratis.

—Pan gratis… —murmuré entre dientes —Esto es más sospechoso que la sonrisa de un usurero.

Alice no dijo nada.

Solo se quedó mirándolos con esa cara seria que pone cuando está pensando en cómo rebanar cabezas.

Yo la conozco, cuando frunce el ceño así, significa problemas.

—Alice… —intenté romper el silencio —no me digas que conoces a estos tipos.

Ella apenas movió los labios.

—Los símbolos en sus lonas.

Son de la Orden de los Lamentos.

Ocultos, pero ahí están.

—¡Por un demonio, lo que faltaba!

Justo lo que necesitábamos: vendedores ambulantes con patrocinio de la secta malvada.

Antes de que pudiera hacer un chiste peor, uno de los mercaderes se acercó demasiado y la miró directo a los ojos.

—Princesa demoniaca… —susurró con un tono que me hizo querer patearle los dientes —El rey tenía razón.

Estabas aquí.

No creímos encontrarte tan pronto…

Silencio.

Un segundo de esos que pesan más que una armadura.

Y de repente: ¡zas!

De bajo de sus túnicas sacaron espadas, lanzas y hasta una ballesta.

—Genial… —resoplé —Íbamos a tener pan y vino y terminamos con espadas y ballestas.

La hospitalidad en este mundo es de lo mejor.

Alice desenfundó su espada de un tirón y Ahyeli se plantó frente a mí como si yo fuera la doncella en apuros (lo cual, para ser sincero, no estaba tan lejos de la realidad).

Azreth ya tenía las manos brillando con esa luz dracónica suya y Lunito se lanzó al frente como un gato con alas listo para arrancar piernas.

—¡Atrápenlos vivos!

—gritó el líder de los mercaderes.

—¡Atrápate esta!

—grité yo y corrí… pero no hacia el combate.

Oh no.

Yo tenía un objetivo mejor.

Me escabullí hacia la carreta de atrás, la más grande, mientras todos se entretenían con mi grupo.

Fingí que iba a rendirme, levanté las manos y, cuando nadie miraba, me colé entre las cajas.

Allí encontré lo que no sabía que buscaba: un mapa, extendido sobre un cajón, con marcas rojas en toda la frontera y símbolos que ni yo quisiera descifrar.

—Oh, vaya… —murmuré mientras lo enrollaba—.

Creo que me acabo de robar los planes de la fiesta.

Detrás de mí, el caos era total: —¡Lunito, no mordisquees los cascos, muérdeles la pierna!

—gritaba Azreth.

—¡No dejes que se acerquen a Alice!

—decía Ahyeli, lanzando plumas de fuego.

Y Alice… bueno, Alice estaba demostrando por qué no conviene meterse con la hija del Rey Demonio.

Cuando el líder se dio cuenta de que faltaba un ladrón entre sus objetivos, ya era tarde.

Salí corriendo con el mapa bajo el brazo y una sonrisa que ya me dolía la cara.

—¡Hora de huir, chicos!

—grité como si fuera el más valiente del grupo, cuando en realidad lo único que quería era salir con vida.

Entre cortes, mordidas y rayos de Azreth, conseguimos abrir un hueco y nos lanzamos al bosque.

Corrimos hasta que las piernas nos dolieron y nos dejamos caer entre los árboles, respirando como si hubiéramos cargado un castillo entero en la espalda.

Mostré el mapa.

—Al menos no fue en vano.

Tenemos sus planes de ataque o lo que sea que signifique esto.

Alice me miró con esa mezcla de sorpresa y reproche.

—Te jugaste la vida por un mapa.

—Bueno… sí.

Pero míralo bien: es como robar las respuestas del examen final antes de presentarlo, y eso, señorita princesa, es oro puro para un ladrón como yo, es información valiosa.

Alice suspiró, Ahyeli sonrió aliviada, y Lunito se limpió los colmillos con toda la calma del mundo, como si no hubiera casi arrancado cabezas hace cinco minutos.

Yo, por mi parte, me prometí algo: la próxima vez que alguien nos ofrezca pan y vino gratis, voy a decir que no y voy a correr…

Mentira, probablemente igual me quede y diga que sí.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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