El día en que me robé a la Hija del Rey Demonio - Capítulo 75
- Inicio
- Todas las novelas
- El día en que me robé a la Hija del Rey Demonio
- Capítulo 75 - 75 Capítulo 75 Ser o no ser botana
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
75: Capítulo 75: Ser o no ser botana 75: Capítulo 75: Ser o no ser botana A veces pienso que mi vida sería mucho más fácil si hubiera seguido vendiendo baratijas en el mercado negro de Ciudad Ilustre.
Pero no, claro que no.
Tenía que heredar la genial idea de mi padre: “Víctor, hijo, roba a lo grande.
El mundo está lleno de tesoros esperando por ti”.
Y ahora aquí estoy, caminando entre árboles torcidos en medio de un bosque que parece salido de la peor pesadilla de un leñador, con un mapa robado como única guía y una princesa demonio que insiste en mirarme como si yo fuera el responsable de cada hoja que cruje bajo mis botas.
Spoiler: no lo soy.
Aunque admito que sí soy responsable de habernos metido aquí.
¿Qué clase de ladrón sería si no usara un mapa robado?
El camino era oscuro, húmedo, lleno de ramas que parecían manos tratando de arañar mi cara cada dos pasos.
En silencio, pensaba en lo ideal que sería que no apareciera ninguna criatura con dientes del tamaño de cuchillos.
—Lo que nos faltaría —murmuré —es toparnos con un oso de tres cabezas, o peor, con esas serpientes que vomitan ácido.
Iba tan entretenido en mis pensamientos apocalípticos que no me di cuenta de lo que tenía justo frente a los ojos hasta que fue imposible ignorarlo.
Era… ¿cómo lo digo sin sonar como un loco?
Imagina un algodón de azúcar gigante, del tamaño de una casa, pero en lugar de rosita y esponjoso, era gris sucio y con miles de esferas negras incrustadas, como ojos.
Y no hablo de unos cuantos.
Hablo de cientos.
Cada esfera brillaba como si te observara, aunque al mismo tiempo no se movía.
Tragué saliva.
—Eh… Alice… —alcancé a decir.
Pero ella me interrumpió antes de que pudiera siquiera preguntar: —Chicos, quédense cerca.
Y no toquen esos hilos.
Miré a mi alrededor y entonces lo noté: estábamos rodeados por miles de filamentos tan finos que parecían rayos de luz atrapados entre las ramas.
Brillaban con un tono perlado, tensos, pegados en todas direcciones, como si alguien hubiera tejido un gigantesco telar en medio del bosque.
—De acuerdo, no tocamos los hilos.
Perfecto.
Entendido.
Pero… —señalé con un dedo tembloroso hacia Lunito, nuestro adorable cachorro de mantícora, quien en ese momento estaba muy ocupado masticando uno de los hilos como si fuera un espagueti —¿Por qué él sí puede tocarlos?
—¡Lunito, no!
—gritamos Alice, Ahyeli y yo al mismo tiempo.
Lunito levantó la cabeza con toda la calma del mundo, con un trozo de seda colgándole de la boca, y nos miró como si no entendiera cuál era el problema.
Y entonces pasó.
Entre las sombras del bosque se movió algo.
Primero fueron las ramas crujientes.
Luego, un par de patas tan largas como lanzas emergieron de entre los árboles.
Después, otra, y otra.
Y finalmente, el horror completo: una araña del tamaño de una carreta salió a nuestro encuentro.
No voy a mentir, sentí cómo la piel de mi espalda intentaba huir sola del resto de mi cuerpo.
—Les dije que no tocaran nada —Alice bufó con resignación, como si pelear con una araña gigante fuera lo mismo que barrer la cocina —Es un nido de arañas come-hombres.
Ya llegamos al reino demoníaco, y este es su territorio.
La criatura avanzó lentamente, moviendo sus colmillos chorreantes de veneno.
Ocho ojos oscuros se clavaron en nosotros.
Ocho.
Yo con dos ya me cuesta ligar, imagina tener ocho para juzgarte.
Mientras yo pensaba en si mi epitafio sonaría mejor con o sin groserías, Lunito dio un paso al frente.
Ni siquiera apartó la mirada de la bestia cuando habló con voz inocente: —Mamá, ¿me la puedo comer?
Yo giré la cabeza hacia él tan rápido que casi me disloco el cuello.
—¿Qué?
—No, Lunito, te puede doler la panza —respondió Ahyeli con la misma serenidad que usaría para decirle que no se comiera una galleta antes de cenar.
El cachorro frunció el ceño.
—Pero con las de casa no me duele… Yo pestañeé varias veces.
¿Arañas de casa?
¿Qué demonios comía este niño?
—No, Lunito.
Es muy grande y no te la vas a terminar.
—Pero mamá… La araña, que se acercaba con toda la intención de convertirnos en envoltorios humanos listos para el almuerzo, se detuvo.
Lo juro, su inexpresiva cara de insecto cambió.
Pasó de la ferocidad a algo que podría describir como pánico.
Sí, pánico.
Era como si hubiera entendido perfectamente lo que Lunito estaba diciendo.
Sus múltiples ojos brillaron de angustia.
Y luego, sin previo aviso, giró sobre sus ocho patas, recogió una buena parte de su nido y huyó hacia las profundidades del bosque.
Así.
Sin luchar.
Sin veneno.
Nada.
Me quedé boquiabierto.
—¿Acabo de ver lo que creo que vi?
—pregunté.
Alice y yo nos miramos, igual de incrédulos.
Esa cosa había escapado.
Las arañas come-hombres eran famosas por ser feroces hasta la muerte.
Pero aparentemente, más famosas eran las fauces de un cachorro de mantícora con hambre.
Lunito, en cambio, se quedó inmóvil, viendo cómo su “almuerzo” desaparecía.
Luego hizo un puchero tan adorable que me dieron ganas de darle una palmada en la cabeza.
—Se fue… —Sí, campeón —le respondí—.
Y gracias a los dioses por eso.
Alice suspiró, con una sonrisa cansada.
—Lo que pasó aquí no tiene sentido… esas criaturas jamás retroceden.
—Oh, sí tiene todo el sentido del mundo —dije, levantando las cejas—.
Si yo fuera una araña gigante y escuchara a un cachorro decir que quiere comerme como botana, también saldría corriendo.
Alice rodó los ojos, pero no negó nada.
Antes de continuar, ella se agachó a recoger varios trozos de seda que habían quedado colgando entre las ramas.
Los enrollaba con cuidado, como si fueran oro.
—Esto es muy valioso.
La seda de araña demoníaca es codiciada por mercaderes y hechiceros.
—Perfecto, genial, fantástico —repliqué, sarcástico—.
Vamos a morir devorados en algún pantano, pero al menos lo haremos envueltos en seda fina.
Ella no contestó, pero juraría que se estaba riendo bajito.
El viaje continuó, aunque yo no podía dejar de mirar a Lunito, que caminaba cabizbajo, arrastrando la cola.
Parecía un niño al que le habían quitado el postre.
Me incliné hacia Ahyeli y susurré: —¿Sabes que en cualquier momento ese cachorro va a intentar tragarse un dragón, no?
Ella me respondió con una calma escalofriante: —Si lo hace, lo masticará bien.
Genial.
Justo lo que quería escuchar antes de dormir en medio de un bosque lleno de criaturas que podrían convertirnos en barbacoa.
Pero en fin, así es mi vida ahora: huyendo de sectas misteriosas, cargando con princesas de apellido sospechoso, cuidando a un cachorro comedor de arañas gigantes y preguntándome qué tan rápido puedo correr si todo sale mal.
La respuesta, por cierto, es: no lo suficientemente rápido.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com