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El día en que me robé a la Hija del Rey Demonio - Capítulo 77

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  4. Capítulo 77 - 77 Capítulo 77 El mesero inesperado
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77: Capítulo 77: El mesero inesperado 77: Capítulo 77: El mesero inesperado —Veamos…

Otro capítulo del bestiario…

¿Que son los demonios?

Estaba hojeando el bestiario que me prestó el elfo fisicoculturista (sí, todavía no supero que los músculos de ese tipo tengan más volumen que mi futuro completo).

Entre las páginas gastadas había un capítulo dedicado a los demonios.

Y vaya que el libro no se guardaba nada.

Según el bestiario, toda criatura mágica nace con un núcleo en su interior.

Ese núcleo es básicamente un cristal que almacena su energía mágica.

Es como si la naturaleza hubiera decidido que, en vez de darles un hígado normal, les iba a poner una joya que brilla y late al ritmo de su vida.

Y los demonios no son la excepción.

Lo interesante es que ellos no son “monstruos” en el sentido clásico.

El bestiario lo decía clarito: los demonios son una variante de la raza humana.

Su evolución los dotó de un núcleo incrustado a un lado del corazón, lo que les da un control brutal sobre la magia, además de una fuerza física capaz de partirte en dos antes de que termines de pestañear.

En cuanto a su apariencia, son tan variados como las malas decisiones de un ladrón adolescente.

Algunos tienen cola, otros cuernos, otros ambas cosas, y hay quienes parecen casi humanos salvo por sus orejas puntiagudas.

Ese es el rasgo común: las orejas.

Siempre puntiagudas.

Y aunque eso los hace parecerse a los elfos, cualquiera que los vea en acción nota la diferencia.

Los elfos dependen de su talento natural para canalizar magia, pero no tienen núcleo.

Los demonios sí, y eso es lo que los convierte en máquinas vivientes de poder.

Claro, hasta aquí todo sonaba fascinante, pero luego venía la parte amarga de la historia.

Al ser diferentes, los demonios fueron vistos con desconfianza.

Sus núcleos, su fuerza, su capacidad de vivir más que los humanos comunes… todo eso despertó miedo y envidia.

Según el libro, fueron discriminados durante siglos, tratados como aberraciones, marginados y perseguidos.

¿Y qué hicieron ellos?

Lo más lógico: formaron su propia nación, apartándose del resto del mundo.

Aislados, construyeron sus ciudades, templos y ejércitos, levantaron murallas no solo de piedra, sino de orgullo.

Si el mundo no los aceptaba, ellos tampoco necesitaban al mundo.

Pero la historia no se detiene ahí.

El resentimiento de los demás pueblos no desapareció.

La discriminación se transformó en mitos, en rumores que pasaron de generación en generación.

Se decía que los demonios raptaban niños, que pactaban con las sombras, que comían corazones humanos.

Exageraciones, claro, pero suficientes para crear una reputación de pesadilla.

En resumen: los demonios no eran los monstruos de las historias de miedo, sino los protagonistas de un drama de desconfianza y soledad.

¿Son peligrosos?

Por supuesto.

¿Son incomprendidos?

También.

Y ahora, aquí estaba yo, el humano más humano posible, caminando directo a su reino.

Genial.

¿Qué podría salir mal?

————————————————————————————————————————————– Entramos al bar como quien entra a cualquier otro lugar peligroso del mundo: con el estómago vacío y sin la menor idea de qué esperar.

El lugar estaba medio lleno, humo de tabaco flotaba en el aire, y olía a cerveza rancia mezclada con carne asada.

O sea, hogar temporal perfecto.

Nos sentamos en una mesa de madera que crujía como si quisiera jubilarse ya mismo.

Apenas pedimos algo de comer y un par de habitaciones cuando, de entre el bullicio, apareció nuestro mesero.

Y entonces me congelé.

No era cualquier mesero.

No era un demonio extraño.

No era un impostor disfrazado.

Era mi padre.

Me puse de pie tan rápido que casi tiro la mesa y lo abracé con todas mis fuerzas.

Durante un segundo, todo el ruido de la taberna desapareció.

—¡Papá!

—logré decir, con un nudo en la garganta.

Él, sin perder la calma, me devolvió el abrazo con esa sonrisa suya de “ya sabía que ibas a meterte en problemas, pero igual me alegro de verte”.

—Así que aquí estabas, hijo… y con compañía.

Le presenté a Alice, quien al instante fue reconocida por él.

No sé si por su pelo, su aura o por puro instinto, pero sus ojos se abrieron un poco más de lo normal.

Luego le presenté a Ahyeli, que lo saludó con una reverencia nerviosa.

La escena podría haber sido perfecta si no fuera porque todo el bar entero nos miraba con curiosidad.

No por mí.

Ni por mi padre.

No.

Todos miraban a Lunito, que estaba sentado sobre la mesa relamiéndose una pata como si no hubiera docenas de ojos clavados en él.

La distracción, por suerte, duró poco.

Papá nos hizo sentar y comenzó a contarnos su historia mientras nos servían platos.

Según él, cuando salió en busca de “ese tesoro” que tanto lo obsesionaba, caminó y caminó sin rumbo hasta que, sin darse cuenta, ya estaba en Ciudad Hurricane.

Decidió probar suerte con una estafa en este mismo bar, pero lo descubrieron y lo castigaron obligándolo a devolver el dinero.

Para pagarlo, tuvo que trabajar aquí.

—Ya terminé de saldar mi deuda hace tiempo, pero ahora estoy reuniendo lo suficiente para volver a casa y darle una mejor vida a tu madre —dijo, con ese tono serio que pocas veces usaba.

Mi garganta se cerró un poco.

Sí, era mi padre, con sus mañas y metidas de pata, pero seguía pensando en mamá.

Luego, con un gesto conspirador, bajó la voz: —Además, soy informante de la fuerza de seguridad del rey.

En este lugar se habla de todo: contrabando, traiciones, planes sucios.

Y yo escucho.

A cambio, me pagan.

Ah, claro.

Mi padre, ladrón de profesión, ahora mesero espía.

Solo a él le podía pasar.

El dueño del bar apareció de repente, con una panza que precedía su llegada.

Nos saludó y, con una carcajada, soltó: —Muchacho, llévate a tu padre de aquí.

Me distrae a las meseras.

Justo en ese momento, una de las camareras se acercó y le guiñó un ojo a mi papá delante de nosotros.

Yo casi me atraganto con la bebida.

Papá levantó las manos como quien dice “yo no fui”.

—Hijo, que quede claro: jamás he tenido nada con ellas.

Son solo amigas.

Y la cosa se confirmó cuando más tarde, con el bar cerrado, las meseras se quedaron con nosotros charlando.

Me preguntaron si yo era el famoso Víctor del que mi padre tanto hablaba, ese del que presumía como si fuera un héroe en lugar de un ladrón con pésima suerte.

Una de ellas incluso dijo: —Él siempre habla maravillas de tu madre.

Dice que es la mujer más increíble del mundo.

Yo me quedé callado, tragándome las lágrimas y fingiendo que estaba muy ocupado con mi vaso.

Al final entendí: para esas chicas, papá era más que un mesero.

Era un hermano mayor, alguien que las escuchaba, que les daba consejos, que las hacía reír cuando tenían un mal día.

Nada de mujeriego, nada de escándalos.

Solo un hombre con demasiadas historias y un corazón enorme.

Pasamos así toda la noche.

Entre risas, recuerdos y confesiones, por un momento el mundo parecía un lugar menos peligroso.

Y viendo a mi padre rodeado de esas chicas que lo apreciaban de verdad, entendí que no había cambiado: seguía siendo el mismo Víctor de siempre, solo que con un papel nuevo en esta obra caótica.

El dueño del bar, al ver la escena, nos dio un gesto cansado pero divertido: —Está bien, Víctor.

Tómate el día libre mañana.

Te lo has ganado.

Y con eso, supe que no solo había recuperado a mi padre, sino que también había encontrado en él un aliado inesperado en este país que parecía querer devorarnos vivos.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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