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El día en que me robé a la Hija del Rey Demonio - Capítulo 79

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  4. Capítulo 79 - 79 Capítulo 79 El palacio
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79: Capítulo 79: El palacio 79: Capítulo 79: El palacio Cuando llegó la hora de partir, miré a mi padre y le dije lo inevitable: —Papá, tenemos que irnos.

Vamos rumbo al palacio.

Lo esperaba, pero aun así se me hizo raro decirlo.

Su rostro cambió, se puso serio, y con ese tono de “yo siempre lo supe” me confesó: —Ya sabía que Alice era la princesa del reino demoniaco.

Yo me quedé mirándolo con cara de ¿perdón?

O sea, mi padre se había pasado años perdido, trabajando de mesero, sin enviar una miserable carta a casa… ¡pero claro!, resulta que conocía el secreto mejor guardado de mi compañera de viaje.

—¿Y no te dio por contármelo en algún momento?

—le solté, medio en broma, medio en serio.

—No era mi secreto —respondió con esa calma que solo alguien acostumbrado a meter la pata puede tener.

No supe si abrazarlo o darle un zape.

Al final no hice ninguna de las dos, porque Alice le entregó un anillo.

—Con esto la gente del palacio lo reconocerá como aliado.

Antes de la boda se le enviará la invitación oficial a través de gente de confianza —le dijo, solemne.

Mi padre sonrió y me palmeó el hombro.

—Suerte, hijo.

Recuerden que iré a la boda… apenas averigüe cómo salir de este reino.

Clásico papá, prometiendo cosas imposibles con la misma confianza con la que pide otra ronda en la taberna.

Un par de días después nos despedimos.

Él se quedó en la ciudad, preparándose para cuando llegue “el momento de partir”.

Yo sospecho que en realidad quiere quedarse porque las meseras lo miman demasiado, pero bueno, cada quien sus prioridades.

Nosotros seguimos camino durante uunnnis días más.

La capital del reino demoníaco apareció ante nuestros ojos con toda su majestuosidad.

A lo lejos en las colinas se veían las calles anchas, edificios tallados en piedra negra que parecían absorber la luz, y en el centro, el palacio, que hacía que los castillos humanos parecieran casitas de muñecas.

A la entrada, una estatua gigante del héroe traicionado por Xalvok nos miraba con esos ojos de piedra que parecen juzgarte por cada error de tu vida.

Y créanme, yo he cometido varios.

Justo cuando íbamos a entrar, los guardias nos cerraron el paso.

Ya me estaba preparando mentalmente para inventar algún cuento, cuando Alice sacó su guarda pelo, mostrando el emblema de la familia real y, lo que es más, el cristal donde Azreth descansaba.

Fue como encender un interruptor.

Los guardias pasaron de “ustedes no pasan ni locos” a “perdón, alteza, perdón por existir”.

Se cuadraron tan fuerte que uno casi se parte la frente contra su lanza.

De inmediato trajeron una carroza.

Alice subió con esa elegancia natural suya y yo, como buen amigo, fui detrás.

Ahyeli primero puso un pie en el escalón… y entonces los guardias cruzaron sus lanzas para detenernos.

—Solo la princesa puede entrar —dijeron, con tono marcial.

Alice ni se inmutó.

—Ellos vienen conmigo.

Son mi familia.

El aire se volvió denso.

Los guardias se miraron entre sí con cara de “¿y ahora qué hacemos?”.

Estaban a un paso de obedecer, pero con esa desgana que da el prejuicio.

Ahí entré yo, el diplomático.

Les di un par de monedas de oro y, de paso, algunos de mis “amuletos” de la suerte (que en realidad son baratijas que fabrico en mis ratos libres).

—Gracias por su buen trabajo, caballeros —les dije con mi mejor sonrisa.

El efecto fue inmediato.

Sus ojos se abrieron como si hubieran visto al mismísimo héroe renacer.

No es que necesitaran dinero, pero que un humano les regalara algo así… eso les tocó fibras antiguas.

Me contaron después que ellos, habían luchado junto al héroe humano traicionado, y que él fue uno de los pocos que los trató con respeto.

Así que, gracias a mi ingenio y a un par de moneditas, entramos en la carroza.

Alice me miró de reojo como diciendo “qué tramposo eres”, pero lo cierto es que funcionó.

Y mientras las ruedas de la carroza giraban rumbo al palacio, yo no podía dejar de pensar que, aunque el viaje estaba a punto de ponerse serio, había algo reconfortante: al menos por ahora, íbamos juntos, en familia.

Horas más tarde, llegando al castillo, la carroza rodó por el puente levadizo como si fuéramos los invitados más distinguidos de la temporada.

Las cadenas crujieron, la puerta subió, y de inmediato sentí que mis nervios se tensaban como un laúd mal afinado.

Dentro, el patio del palacio era un espectáculo digno de un desfile militar: la servidumbre se formó en filas perfectas, firmes como estatuas, como si estuviéramos entrando con un ejército detrás.

En ese momento me di cuenta de algo escalofriante: estos tipos no son simples sirvientes… son soldados vestidos de sirvientes y cocineras.

La carroza se detuvo al final del camino y, como buen ladrón educado, bajé primero para ofrecer mi mano a Alice y a Ahyeli.

Apenas puse pie en el suelo, el mayordomo y el ama de llaves aparecieron como sombras bien ensayadas, con una reverencia que casi me hizo sentir importante.

Pero lo que vino después borró cualquier sensación de orgullo.

Del interior del palacio, con paso firme y mirada que imponía, salió la madre de Alice, radiante y majestuosa.

Y detrás de ella… el mismísimo Rey Demonio.

No voy a mentir: mi primera reacción fue un nudo en el estómago.

Ese hombre no necesitaba cuernos ni cola para imponer respeto; bastaba con su presencia.

Cada paso suyo retumbaba como si la tierra le aplaudiera.

Pero lo que me descolocó fue lo primero que hizo: abrazó a Alice.

Sin dudarlo, sin protocolo.

Fue un gesto real y humano.

Por un segundo pensé: “Oh, vaya, quizás este encuentro no será tan malo”.

Spoiler: fue peor.

El Rey Demonio, sin soltar a su hija, levantó la mano y rugió con voz que helaba la sangre: —¡Arresten a ese humano y a la bestia que lo acompaña!

Y antes de que yo pudiera decir algo ingenioso —como “espera, soy el amigo, no un invasor”—, una docena de soldados nos rodeó.

—¡¿Qué?!

—fue lo único que salió de mi boca mientras Ahyeli me tomaba la mano, alarmada.

La reina intentó interceder.

La escuché gritar: —¡Detente, él está con nuestra hija!

Pero el Rey Demonio, con una calma aterradora, posó un dedo en su frente.

La reina cayó en un profundo sueño, como si la hubieran apagado de un soplido.

Ese gesto me dolió más que las cadenas que me pusieron segundos después.

Yo no tuve ni un miserable chance de sacar el cubo.

Estaba atrapado, reducido a un saco de huesos atado.

Nos arrastraron a mí y a Ahyeli como si fuéramos criminales de guerra.

Y por si la humillación no era suficiente, vi a Lunito revolverse con todas sus fuerzas.

Un grupo de domadores, ese escuadrón de mastodontes que parecían mezcla entre soldados y cazadores, lo sujetó con grilletes reforzados.

Lunito chillaba, mordiéndolos, lanzando chispas de fuego lunar, pero nada funcionaba.

Lo encerraron en una jaula como si fuera una bestia peligrosa.

—¡Oigan!

—grité, tratando de mantener la poca dignidad que me quedaba—.

¡Ese es mi hijo!

¡No le pongan esas cadenas!

¡Muerde, pero es de cariño!

Obviamente nadie me escuchó.

El eco de las puertas de hierro del calabozo cerrándose fue la confirmación de lo que ya sabía: estaba atrapado.

Y no en cualquier cárcel, sino en el corazón del reino demoniaco, acusado de… bueno, todavía no tenía claro de qué.

Solo una cosa retumbaba en mi cabeza mientras me sentaba en ese suelo frío: bienvenido a la familia, Víctor, el rey ya te odia.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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