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El día en que me robé a la Hija del Rey Demonio - Capítulo 81

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  4. Capítulo 81 - 81 Capítulo 81 Que podría pasar
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81: Capítulo 81: Que podría pasar 81: Capítulo 81: Que podría pasar Ese día nos dieron a Ahyeli, Lunito y a mí una habitación, ahora como invitados.

Apenas me recosté en la cama y me quedé dormido.

Me desperté con el cuello hecho nudo, no por la cama, que era sorprendentemente decente para ser una habitación de huéspedes real, sino por la mezcla de rabia y sueño, quise beber agua y me levanté para ir a la cocina…

y al abrir la puerta me encontré con la reina en persona, tan serena como si viniera a ofrecerme un té en señal de paz y no a recordarme que, técnicamente, su marido me debía una paliza por traer a su hija de paseo por el mundo.

—Víctor —dijo, con esa voz que no admite réplicas,—perdón por lo que mi marido te hizo pasar.

Ya mi hija le reclamó y, bueno, yo le hice ver mi punto de vista.

Me guiñó un ojo y con la otra mano hizo un gesto como si estuviera aporreando a alguien invisible.

—Boris y Lana podrán ser rudos con el entrenamiento, pero están conscientes de las capacidades humanas.

Una semana y serás más fuerte.

Casi le respondo con un: “¿una semana?

¿qué tal si empezamos por tres días y medio y un mes de descanso?”; en su lugar hice lo que los hombres decentes hacemos cuando una reina te habla: asentí con la cabeza como si entendiera todo, aunque en realidad iba procesando mentalmente la manera de no morir en siete días.

Cuando se fue cerrando la puerta susurró, como si fuera un secreto más peligroso que cualquiera de los hechizos de la corte: —Cuando tengas tus propios hijos entenderás el porque mi esposo se comportó de esa manera, además, si no tuvieras a Ahyeli serías un buen partido.

Genial, frase maternal de la reina: “si tienes hijos, pondrás al mundo de cabeza por ellos” y un cumplido matrimonial implícito: “tú, ladrón de poca monta, eres un buen partido”.

Me sentí tan halagado que casi me puse a llorar.

Casi.

Ahyeli se sentó en la orilla de la cama, con esa mezcla rara de determinación y ternura que la hace única.

Me miró con ojos humedecidos y sonrió, intentando disimular el susto que aún le quedaba.

—Víctor —dijo —no te preocupes.

Yo te voy a ayudar.

Aunque sabes que no me gusta pelear, cuentas conmigo.

Lunito, que había estado haciendo piruetas sobre la alfombra, se acercó con el entusiasmo de siempre.

—Yo también te voy a ayudar, papá —dijo solemnemente—.

Morderé a quien sea, lo rasguñaré, incluso envenenaré si es necesario.

Me quedé mirándolo con una mezcla de orgullo y pánico.

Lunito, el ahora inventor de estrategias “directas y dudosas”.

Le palmeé la cabeza con una mano mientras con la otra cruzaba los dedos por si la idea del veneno era solo un arrebato momentáneo.

—Gracias, campeón —le dije —pero lo del veneno lo dejamos para emergencias del tipo “si el enemigo huele muy mal o es casi invencible”.

Ahyeli rió levemente.

Ahí, en medio de la habitación, sentí por un instante que todo podía solucionarse con abrazos y cualquier discurso de paz.

Luego recordé que tenía una semana para no parecer un saco de huesos frente a un tipo que, por lo visto, podía dormir a la reina con un chasquido.

Respiré hondo y traté de planear algo medianamente sensato.

A eso entró Alice como un huracán, derribando todo protocllo de la realeza en un par de pasos.

—¡Víctor!

—explotó, abrazándonos a mí y a Ahyeli con tanta fuerza que sentí la necesidad de pedir permiso para respirar —Perdonen a mi padre, pero cuando se trata de mí se vuelve loco.

Ustedes son mis únicos amigos y me preocupé de que hiciera una locura.

Alice estaba llorando sobre nuestros hombros, pero de esos llantos que son más alivio que pena.

Me dejó una sensación de paz extraña, y el hombro lleno de mocos; ella siempre supo cómo poner todo en contexto, incluso cuando el contexto implicaba que yo fuera encerrado y manejado por un monarca temperamentaloide.

—Ahyeli —dijo con voz seria tras separarse —me temo que no vas a poder estar al lado de Víctor durante el enfrentamiento, a menos que vuelvas a tu forma original y entres al cristal.

Lunito, tú también.

El pequeño se quedó serio por un momento; la idea de encerrarse en un cristal no le hacía ninguna gracia.

A mí tampoco, en realidad.

Ahí dentro Ahyeli recuperaba fuerzas, se protegía y descansaba; había sido su refugio más de una vez.

Pero si eso significaba poder compartir su fuerza entonces era un plan que, por más raro y claustrofóbico, podía ser la diferencia entre volver a casa con todos los brazos en su sitio o terminar en una albóndiga humana.

—Ahyeli es tu familiar, Víctor —me dijo Alice, como si me recordara algo que había olvidado.

Lunito también lo es.

Este tipo de enfrentamiento no solo es de fuerza o habilidades mágicas, también es de estrategia.

Una vez que comience, nadie más puede entrar al campo de batalla.

Ahí se pone a prueba la habilidad de los familiares; mientras ellos estén en el cristal, tu fuerza será la de ellos, y la de ellos también la tuya.

Sonó como una clase intensiva de “cómo no morir 101 sencillos pasos”, pero al menos tenía sentido: no sería solo yo enfrentándome a un rey con el poder de arrasar ejércitos si se lo proponía, sino a un equipo mágico con esteroides.

Lunito, curioso, empezó a bombardear a Ahyeli con preguntas sobre cómo se sentía estar dentro del cristal.

Ella respondía con paciencia de madre: “es cálido, seguro y un poco como estar en una habitación acolchada con aroma a luna”, o algo por el estilo que dejaba a Lunito pensando en pasteles y almohadas.

Justo cuando creía que había asimilado la idea, Alice se dio media vuelta y, antes de salir, se giró y me dijo en voz baja: —Respecto a los familiares del rey… no puedo decirte mucho.

Solo estudia bien ese bestiario.

Memoriza las debilidades de cada criatura.

Te será muy útil.

Me quedé mirando la puerta cerrarse tras ella.

“Familiares del rey”, repetí en mi cabeza.

¿Qué demonios tendría el señor del reino como familiares?

Esperaba que no fueran todos sanguinarios y con hambre de corazones (por favor, que uno al menos fuera aficionado a los abrazos).

Tomé el bestiario que Maelon me había prestado y lo abrí como quien hojea un manual de instrucciones para sobrevivir.

Las páginas parecían burlarse de mí, llenas de nombres con sonidos imposibles y notas al margen que decían cosas como “no acercarse a la melena” o “mantener snacks a mano”.

Recordando que el hechizo de invocacion es aleatorio, respiré hondo, deseando que la criatura que invoque pueda al menos vencer a uno de los familiares del rey, y antes de ponerme a invocar cualquier cosa me volví hacia Ahyeli y Lunito.

—Seamos amables con el nuevo familiar, ¿De acuerdo?

—les pedí, serio por primera vez en días —Si vamos a enfrentar esto juntos, mejor que la criatura que acuda a la invocacion no me muerda primero.

Ellos me miraron con esa confianza desarmante que me derrite y me asusta al mismo tiempo.

Lunito dió un brinco y me abrazó la pierna.

—Sí, papá.

Seremos muy, muy amables —dijo, con la solemnidad de un pequeño dictador en formación.

Sonreí.

Luego cerré el bestiario y susurré las palabras del hechizo de invocación, con la mitad del corazón en la garganta y la otra mitad pensando en qué demonios habría sido de mi cartera.

Si esto salía mal, al menos tendría la excusa perfecta: “fui vencido por la dinámica familiar del palacio”.

Una nueva figura empezaba a formarse en el aire frente a nosotros.

Pedí en silencio que fuera gentil, o al menos que supiera no confundir mi cara con un aperitivo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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