El día en que me robé a la Hija del Rey Demonio - Capítulo 82
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- Capítulo 82 - 82 Capítulo 82 Días de entrenamiento
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82: Capítulo 82: Días de entrenamiento 82: Capítulo 82: Días de entrenamiento Primer día, primer entrenamiento: Ahyeli y la serpiente.
No sé en qué momento la palabra entrenamiento se convirtió en sinónimo de “tratar de matarme en la primera media hora”, pero así fue.
Lana, sí, la ama de llaves con carita de niña que parece tener dieciséis aunque seguro tiene la edad de mi abuela multiplicada por tres, me dijo con una sonrisa angelical: —Víctor, invoca a uno de tus familiares.
Yo, confiado (y con cero idea de lo que estaba haciendo), cerré los ojos y dije: —¡Ahyeli, ven a salvarme!
El cuarzo donde la tenía oculta comenzó a brillar y de pronto, pum, apareció mi fénix lunar en toda su gloria: alas plateadas, luz resplandeciente, mirada orgullosa… y un hola, ¿que vamos a hacer hoy?
dibujado en los ojos.
Todo bien hasta que Lana dijo: —Muy bien, yo también invocaré al mío.
Sonó inocente.
Una frase normal.
Pero no.
En cuestión de segundos el suelo tembló, las paredes vibraron, y de pronto estaba frente a una serpiente de jungla del tamaño de un carruaje real.
Un detalle bonito: su dieta principal eran aves.
Adivinen quién tenía forma de ave en ese momento.
Yo solo pude gritar: —¡Oye, espera, espera, espera!
¡Eso no es justo, mi Ahyeli es un pájaro brillante, la tuya es un kaijuu versión fideo verde!
Pero la serpiente no escuchaba razones.
Fue directo hacia nosotros para devorar a Ahyeli.
Yo estaba listo para llorar y escribir un epitafio improvisado, cuando Ahyeli, mi heroína emplumada, se iluminó como si alguien hubiera encendido el sol en miniatura.
La serpiente chilló, se retorció, y en ese momento Ahyeli la envolvió en un fuego lunar tan intenso que yo sentí que se me quemaban hasta los recuerdos de la infancia.
El monstruo se quedó sin aire y cayó inconsciente.
Yo solo podía aplaudir con nervios: —¡Eso, campeona!… aunque técnicamente era mi examen, ¿no?
Lana, tranquila como si hubiera visto a dos gatos pelear, dijo: —Excelente, Víctor.
Tu familiar es estupenda.
Se ve que ya ha peleado antes.
Buen trabajo.
Y yo, con el sarcasmo al máximo, respondí: —Sí, claro.
Casi nos comen vivos, pero excelente.
Maravilloso entrenamiento, cinco estrellas, lo recomiendo a cualquiera que quiera sufrir un infarto prematuro.
Segundo entrenamiento: Lunito y el dragón de tierra.
Después de casi ver a Ahyeli convertida en cena de serpiente en el primer entrenamiento, pensé: “Bueno, ya más difícil no puede ponerse, ¿verdad?” Error.
Error nivel “dragón de tierra del tamaño de una casa”.
El campo de entrenamiento tembló cuando esa bestia salió de la arena.
Rugió tan fuerte que mis orejas todavía zumban, y sus ojos se fijaron directamente en Lunito.
Sí, en mi Lunito, esa bolita peluda que por fuera parece un peluche, pero por dentro… bueno, yo aún creía que era ligeramente peligroso.
—¡No, espera, no está listo!
—grité, porque claramente alguien aquí tenía que conservar la cordura.
Pero el dragón no me escuchó (obvio) y se lanzó con las fauces abiertas.
Fue brutal, directo, como si quisiera hacer mermelada de cachorro.
Yo me tapé los ojos.
Y entonces pasó.
—¡Trampa de raíces!
—rugió Lunito (sí, rugió, aunque suene raro en alguien con esa carita).
Del suelo brotaron raíces gigantes que atraparon al dragón como si fueran serpientes vivas.
Lo derribaron y lo aprisionaron con tanta fuerza que el suelo se sacudió.
El pobre quedó tumbado de espaldas, pataleando como cucaracha boca arriba.
Yo no sabía si reír, llorar o aplaudir.
Pero Lunito no había terminado.
Se concentró, abrió la boca y lanzó bolas de fuego lunar —sí, el mismo ataque que aprendió de Ahyeli.
¿Y quién lo estaba usando ahora?
¡Mi cachorro mantícora!
Cada bola explotaba sobre las escamas del dragón, iluminando el lugar como un festival de fuegos artificiales, mientras el dragón… bueno, básicamente gritaba, lloraba y rogaba por su vida.
—¡Ríndete ya, te están dejando en ridículo!
—le grité yo, porque la verdad era incómodo ver a un dragón gigante gimoteando como bebé.
Al final, Lunito se acercó al hocico del dragón, lo miró con ternura, levantó su patita y… ¡le sobó la nariz!
Pero eso no fue lo más raro.
Una de las raíces que lo atrapaban floreció y Lunito le regaló una flor.
El dragón dejó de llorar, suspiró derrotado y cerró los ojos.
Yo casi me desmayo.
—¿Qué acaba de pasar?
—pregunté con voz débil.
—Victoria limpia —dijo Boris como si esto fuera lo más normal del mundo.
Yo abracé a Lunito.
Estaba feliz, moviendo la cola como si hubiera atrapado una mariposa y no, ya saben, humillado a un dragón.
Segundo Día, tercer entrenamiento: Boris, el despiadado.
Me desperté creyendo que iba a tener un día tranquilo.
Error otra vez.
Resulta que el entrenamiento de hoy no era con familiares mágicos ni dragones llorones, sino ejercicio físico.
Y el encargado era Boris, el mayordomo-exgeneral, también conocido como El Jefe.
Lo primero que hizo fue mirarme de arriba a abajo y decir: —Tus brazos parecen fideos.
Vamos a arreglar eso.
Genial.
Yo siempre soñé con que me compararan con la comida antes de ser torturado.
El calentamiento consistió en correr alrededor del campo de entrenamiento.
Fácil, pensé yo.
Ja.
Después de la vuelta número veinte, mi alma ya estaba pidiendo asilo político en otro cuerpo.
Ahyeli y Lunito corrían felices a mi lado como si fuera un juego.
Hasta Boris iba trotando detrás con una sonrisa.
¿Qué clase de monstruo sonríe mientras corre treinta vueltas?
—¡Más rápido!
—gritaba Boris.
—¡Más muerto!
—contestaba yo.
Luego vinieron las flexiones.
Cien.
Sí, C-I-E-N.
Yo hice tres y luego intenté negociar mi libertad con alguna baratija.
No funcionó.
Después: levantar troncos de árbol.
Y no tronquitos, no… troncos del tamaño de mi torso.
Me aplasté el pie dos veces, y estoy bastante seguro de que uno de esos troncos tenía vida propia y me odiaba.
Pero lo peor… lo peor fue la “prueba final”.
Boris me amarró una cuerda a la cintura y al otro extremo le puso… ¿adivinan?
¡Un dragón bebé de tierra!
El muy desgraciado quería que arrastrara al reptil como si fuera mi carrito de mercado.
—Esto fortalecerá tus piernas —me dijo.
—Esto fortalecerá mis daños físicos —le respondí.
Ahyeli aplaudía animada, Lunito gritaba “¡Tú puedes, papá!” y Alice… bueno, Alice estaba sentada en una roca, comiendo manzanas como si esto fuera un espectáculo privado.
Al final, terminé tirado en el suelo, sudando, jadeando y preguntándome por qué no me quedé como vendedor de baratijas en mi pueblo.
Boris me dio una palmada en la espalda (que casi me mata) y dijo: —Buen trabajo, mañana será más difícil.
Yo, todavía agonizando, pensé: “¿Más difícil?… Ah, claro, porque hoy solo casi muero tres veces.
Mañana seguro me entierra vivo y me hace cavar hasta salir.” Alice, como siempre, tenía que abrir la boca para arruinar lo poco que quedaba de mi autoestima.
—Yo pasé casi por lo mismo —me dijo, como si fuera la cosa más normal del mundo.
—¿Entrenamiento más ligero?
—pregunté con la esperanza de que al menos alguien allá arriba tuviera compasión de mí.
—No, más difícil.
—Y lo dijo con una sonrisa, como quien recuerda con cariño la infancia.
—Al menos para ti sería más difícil.
Equivalente a la fuerza de un demonio, ¿recuerdas que te dije que Boris me había entrenado?
Sí, lo recordaba.
Cuando llegamos a Ciudad Ilustre, Alice lo mencionó como quien habla de una excursión escolar.
Claro, para ella fue un “entrenamiento”; para mí habría sido una ejecución pública.
Mientras Alice me contaba lo genial que fue sufrir en manos del abuelito destructor, yo solo pensaba: “Alice fue demasiado benevolente conmigo cuando entrenamos.
Es un amor… cuando todo esto acabe le voy a regalar una chuchería o una pulsera mágica que cambie de color, no sé, algo bonito pero con sentimiento.
Porque claramente me quiere ver vivo.” El entrenamiento terminó con mis brazos y piernas casi destrozados.
Digo “casi” porque todavía me quedaba la fuerza suficiente para arrastrarme hasta la cama, jurar venganza contra Boris y soñar con un mundo donde el ejercicio físico fuera opcional y se pudiera comprar músculo en la tienda como si fueran manzanas.
Los días siguientes pasaron tan rápido como el sueldo de un borracho en una taberna.
Mientras yo intentaba no morir bajo las órdenes de Boris, Ahyeli y Lunito entrenaban con Lana.
Sí, la ama de llaves.
Resulta que la jovencita adorable que parecía salida de un cuento de hadas con su uniforme impecable, en realidad… tenía 13 años.
¡Trece!
Y aun así, su fuerza equivalía a la de diez Maelons.
Sí, ese elfo fisicoculturista que parecía esculpido por los mismos dioses del gimnasio.
Imagínense a diez de esos pegando al mismo tiempo… y Lana todavía bostezando de aburrimiento.
Claro, a mí me lo contaron después, porque durante el entrenamiento con Boris apenas podía ver con tanto sudor en los ojos.
Pero al parecer, Lana se encariñó con Lunito.
Cosa que no me sorprende: mi cachorro manticora tiene ese encanto natural que hace que todos quieran abrazarlo… hasta que abre la boca y dice cosas como: “Yo muerdo gratis, si no me das dulces”.
Lo curioso es que Lunito, en lugar de temerle a Lana, la seguía a todos lados como si fuera su hermana mayor.
Y Lana, en lugar de usarlo como sparring —que habría sido lo lógico en esa familia de locos, —lo entrenaba con paciencia.
A veces hasta se sentaban juntos a leer el grimorio de magia elemental, como si fueran dos niños estudiando para un examen.
Excepto que el examen consistía en prenderle fuego a alguien o hacer llover piedras sobre un campo de entrenamiento.
U La verdad… no sé si me daba ternura o miedo.
Probablemente las dos cosas.
Entre descanso y descanso —porque sí, a veces Boris me dejaba respirar, aunque juraría que solo lo hacía para no matarme del todo— me acerqué a Lana.
—Oye, pregunta seria: ¿cómo es que una mocosa de trece años ya es ama de llaves?
¿No deberías estar, no sé, jugando con muñecas o persiguiendo animalitos tiernos?
Ella se giró hacia mí con esa cara seria que solo tienen los que saben que pueden darte una paliza sin despeinarse.
—Mi abuela fue ama de llaves del palacio, y mi madre se unió al ejército del rey.
Yo quiero seguir los pasos de mi abuela, así que estoy en formación para ocupar su puesto algún día.
Yo asentí como si entendiera, pero en realidad lo único que pensaba era: ¿en formación?
Si esta niña ya puede partir un dragón en dos con la escoba del pasillo.
—Vale, vale… pero, ¿y la fuerza?
Porque con trece años yo apenas podía levantar un balde de agua y tú… bueno, eres como que muy fuerte y así.
Lana sonrió por primera vez, lo que de alguna manera me dio más miedo que cuando estaba seria.
—Eso es gracias al entrenamiento de mi abuelo.
Ahí entendí todo.
Claro, ¿cómo no lo pensé antes?
Si Boris era el tipo que podía entrenar hasta a un volcán para que erupcionara en horario fijo, era obvio que su nieta iba a ser un demonio en miniatura.
Yo solo tragué saliva y murmuré para mí mismo: —Perfecto… estoy siendo entrenado por una familia de monstruos.
Literalmente.
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