El día en que me robé a la Hija del Rey Demonio - Capítulo 84
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- Capítulo 84 - 84 Capítulo 84 Eneamigo
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84: Capítulo 84: Eneamigo 84: Capítulo 84: Eneamigo El gran día ha llegado… y mi cuerpo todavía siente que lo atropelló un troll con sobrepeso.
Cada músculo me duele.
Cada respiración me recuerda que no tengo seguro médico en este lugar.
Así que, antes de que me maten, decidí hacer algo sensato: escribir mi testamento.
“Todos mis bienes se los dejo a Ahyeli y a mi madre… que espero que los cuiden muy bien.
A Alice le pido cuide de Ahyeli… Y a Lunito no le dejo nada porque muerde todo.
Sí, TODO.” No es un testamento largo, pero es claro.
Y legal… creo.
Antes del combate, unos sirvientes demoníacos muy elegantes me ponen una armadura.
Pesa tanto que si me caigo, van a necesitar grúas para levantarme.
Luego me dan una espada que probablemente valga más que toda mi casa.
Ahyeli y Lunito están escondidos en mi cristal, preparados… o eso espero.
Lana, con cara seria de “esto es importante”, empieza a recitar bendiciones o hechizos de protección o una receta de pastel mágico, no sé.
Estoy tan nervioso que su voz suena como “bla bla runas bla bla no mueras bla bla suerte”.
Boris, el ex general que parece haber peleado contra criaturas más poderosas por diversión, me dice con solemnidad: —Recuerde lo que le enseñamos, joven Víctor: evalúe la situación… y luego actúe.
Sí, claro, como si evaluar a un Rey Demonio fuera como revisar los precios en el mercado.
Salgo a la arena y ahí está él: el mismísimo Rey Demonio.
Armadura impecable, capa ondeante, postura de “papá sobreprotector pero letal”.
Está con los brazos cruzados, mirándome como si estuviera pensando: “Yo no quería hacer esto, pero tú me obligaste al querer llevarte a mi bebé.” Me enfrentaré a él.
Por Alice.
Por su libertad.
Y porque pusieron un hechizo alrededor de la arena que impide huir.
Rayos.
—Muy bien, Víctor —dice el rey con tono burlón —Veo que si viniste.
Veamos de lo que están hechos tú y tus familiares.
Pero primero, ¿qué te parece si hacemos esto despacio?
No quiero presionarte… Claro, no quiere presionarme… ¡solo destruirme psicológicamente antes de aplastarme físicamente!
—Quiero ver a tus familiares en acción —prosigue —Recuerda que la fuerza de un familiar equivale a la de su amo.
JA.
No sé quién inventó esa teoría, pero Ahyeli es muy fuerte y yo me ahogo subiendo escaleras.
—Vamos, llama a tu familiar.
—Está bien… —levanto mi cuarzo, tratando de parecer valiente, aunque probablemente parezco un pavo antes de Navidad—.
¡Lunito!
Del cristal sale mi pequeño cachorro manticora, lleno de emoción.
—¡Sí papá, yo primero!
—dice feliz.
Y claro, el rey me mira con cara de “¿Qué clase de chiste es este?” —Necesito acariciar a esa manticora… ¿Cómo es posible que te diga papá?
—Bueno… lo tenemos desde que era un huevo y mi fénix lo adoptó.
Alice lo adora.
—Lo digo con naturalidad, como si criar criaturas mágicas ilegales fuera parte del día a día.
—Bien… comencemos con esto —responde el rey con esa voz de “esto será divertido… para mí”.
Entonces toma un cristal rojo, parecido al de Alice.
Lo levanta como quien está por sacar a una poderosa criatura y exclama: —¡Azreth!
Ven aquí.
El cristal brilla y aparece Azreth, el pequeño Luzdrake con cara de “lo siento, bro”.
—Lo siento, chicos —dice triste—.
El rey es mi verdadero amo.
Yo solo cuidaba de Alice… Genial.
Traicionado por un zorro dragón adorable.
El rey alza su brazo con autoridad.
—Azreth, terminemos con esto de una vez.
Azreth… desatado.
Azreth lanza un rugido y, ante mis ojos, pasa de “mascota linda” a “lagarto de pesadilla con esteroides”.
Sus alas se expanden, su cuerpo crece, su mirada cambia.
Ese era el Gran Luzdrake, Azreth.
Y yo… yo solo podía pensar: “Azreth ¿Porque?”
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