El día en que me robé a la Hija del Rey Demonio - Capítulo 87
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87: Capítulo 87: ¿Qué?
87: Capítulo 87: ¿Qué?
Goldie cayó como un trueno apagado.
Su pequeño cuerpo rebotó contra el suelo y rodó hasta quedar fuera de la arena.
La electricidad que antes danzaba a su alrededor desapareció como una vela apagada por el viento.
Silencio, pesado y aplastante.
El rey demonio permanecía en el centro de la arena, erguido como una montaña viviente.
Su capa ondeaba con la corriente del viento, y sus ojos brillaban con ese tono que hacía que mi columna vertebral se sintiera como gelatina.
—¿Eso es todo?
—dijo con voz grave, cargada de un poder que hacía vibrar el aire —Creí que aún tenías algo más escondido.
No respondió mi boca… pero mi respiración, entrecortada, fue suficiente.
Uno a uno… Lunito, Ahyeli, Goldie.
Todos habían caído.
Y quedaba yo.
Yo, el chico que no podía subir escaleras sin toser.
Yo, el ladrón improvisado en héroe de ocasión.
Yo… contra el rey demonio.
Genial, mi epitafio se iba a escribir solo.
Sentí el temblor en mis manos.
No era solo miedo.
Era una mezcla de desesperación, rabia… y la certeza de que estaba solo.
La multitud observaba desde las gradas.
El cielo rojizo rugía con truenos lejanos, como si incluso él contuviera la respiración.
Y entonces, pasó.
Mi mente se hizo pedazos.
—¡¡AAAAAHHHHHH!!
—grité sin pensar, corriendo hacia él con la espada en alto.
No era un ataque elegante.
Era la desesperación expresandose.
Mi primer golpe… desviado.
El segundo… bloqueado con un dedo.
El tercero… ni siquiera lo miró.
—En serio… —alcancé a murmurar justo antes de que me tocara la frente con ese mismo dedo.
Un toque.
Un solo toque.
Y salí volando hacia atrás como si me hubiera atropellado una montaña.
La arena me raspó la espalda, el cielo giró, y por un instante, vi todo en cámara lenta.
Podría haberme quedado ahí.
Habría sido lógico, pero me levanté.
No por orgullo.
Ni por valentía.
Sino porque en ese instante, entre el dolor y la confusión, vi sus rostros.
Lunito, mordiendo incluso inconsciente.
Ahyeli, siempre firme, incluso en sueños.
Goldie, luchando con rayos más grandes que él mismo.
Y… Alice.
Alice, detrás de los muros, esperando.
Alice, la amiga que me había dado un lugar en este mundo.
No podía rendirme.
No mientras ella siguiera encadenada por un destino que no eligió.
Volví a correr.
Y volví a caer.
Una, dos, cinco veces.
Cada caída era más humillante que la anterior.
Pero cada vez que me levantaba, el rey fruncía más el ceño.
—¿Por qué sigues luchando?
—tronó su voz, como un trueno que sacudió todo el coliseo.
Escupí sangre y arena.
Mis piernas temblaban.
Mi espada estaba mellada.
Y aun así, lo miré directo a los ojos.
—Porque… —jadeé —…ella… es mi amiga.
La frase se elevó en el aire como una campanada.
El viento en el lugar pareció detenerse.
Y por primera vez desde que comenzó este combate… el rey no se movió.
—Mi amiga —repetí, con más fuerza —y no voy a quedarme quieto mientras alguien intenta arrebatarle su libertad.
Sus ojos se abrieron ligeramente.
Fue un instante… pero lo vi.
No estaba viendo hacia mí.
Estaba viendo a alguien más, a la lejanía.
—Libertad… —susurró, casi como si esa palabra despertara algo antiguo.
Bajó la mano.
Dio un paso atrás.
Y entonces, algo que nunca pensé presenciar ocurrió.
El rey demonio… sonrió.
—Eres un tonto —dijo con una voz que ya no sonaba amenazante, sino melancólica —Igual que aquel héroe.
Luego, alzó ambas manos teatralmente, como si estuviera en una ópera.
—Muy bien, humano.
Me rindo.
El eco de esas palabras retumbó en cada rincón de la arena.
Me quedé congelado.
—¿Q-qué?
—parpadeé.
—Has oído bien.
—Sus hombros se relajaron, y su capa cayó lentamente—.
No seguiré luchando contra alguien que no sabe cuándo rendirse… y que, a pesar de su debilidad, lucha por algo más grande que sí mismo.
El silencio se rompió cuando la barrera mágica que rodeaba la arena desapareció como cristal desmoronándose.
—Pueden marcharse cuando quieran, solo cuida bien de mi hija—continuó con voz solemne—.
Y tú, Víctor… siempre serás bienvenido aquí.
No supe qué decir.
Estaba destrozado, lleno de raspones, la espada torcida, la nariz sangrando… y él acababa de invitarme como si me estuviera dando un pase VIP al castillo.
—Eh… genial… ¿Puedo llevar un souvenir?
—pregunté con la voz hecha trizas.
Él soltó una carcajada.
No una malvada.
No una arrogante.
Una risa real.
Cálida.
Y por un instante… El rey demonio ya no fue un enemigo.
Sino un viejo guerrero recordando días pasados.
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