El día en que me robé a la Hija del Rey Demonio - Capítulo 90
- Inicio
- Todas las novelas
- El día en que me robé a la Hija del Rey Demonio
- Capítulo 90 - 90 Capítulo 90 Malo pero bueno
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
90: Capítulo 90: Malo pero bueno 90: Capítulo 90: Malo pero bueno No sé si alguna vez te ha pasado que estás en medio de una pelea contra un exnovio psicópata con prótesis metálicas y brazo de bestia… y de pronto un guardapelo empieza a brillar como si algo bueno fuera a ocurrir.
Bueno, a mí sí.
Literalmente, justo ahora.
—¿Qué…?
—murmuré, llevándome una mano a la frente por el destello.
Del guardapelo de Alice salió un rayo de luz que chocó contra el suelo digno de un espectáculo de feria, emergió Azreth.
Nuestro zorro-dragón favorito.
Con sus ojos brillantes y ese pelaje reluciente, parecía salido directamente de la portada de un cuento.
Y sin saludar, sin aviso, Azreth voló directo a la cara a Nérick.
Sí.
A la cara.
Literalmente.
—¡¿Qué demonios?!
—Nérick apenas alcanzó a gruñir antes de recibir un en plena mandíbula.
Fue glorioso… hasta que no lo fue.
El muy desgraciado contraatacó con un puñetazo tan brutal que Azreth salió volando como si fuera una pelota mágica mal lanzada.
Lo vi estrellarse contra una roca y gruñir furioso.
—¡Activa el modo desatado!
—grité a Alice mientras buscaba una posición “estratégica” (me estaba escondiendo).
—¡No puedo!
¡Solo papá puede activar esa forma!
—me respondió ella, con esa mezcla de enojo y pánico que suele preceder a las catástrofes.
Genial.
Perfecto.
Maravilloso.
¿Quién necesita una criatura poderoza cuando tiene limitaciones?
Nérick se limpió la sangre de la cara con una sonrisa torcida.
—Esto… va a dolerles —dijo, y el tono me dio escalofríos.
Azreth y Lunito, sincronizados como si hubieran ensayado para un torneo de duplas mágicas, cargaron contra él.
Azreth lanzó bolas de fuego, Lunito extendió raíces desde el suelo para atraparlo… y por un segundo pareció que funcionaría.
Pero no.
El bastardo incineró las raíces como si fueran cuerdas viejas y con dos golpes potentes de magia mandó a volar a ambos.
El suelo tembló cuando Azreth cayó.
Lunito rodó unos metros antes de reincorporarse, tambaleante.
Ahí fue cuando Ahyeli explotó.
No literalmente, pero casi.
Su fuego lunar envolvió todo el campo de batalla en un resplandor azul intenso.
Se lanzó contra Nérick como un cometa.
—¡Ahora sí vas a ver, chatarra oxidada!
—rugió.
El fuego azul envolvió a Nérick… y por un segundo creí que habíamos ganado.
Pero no.
El maldito sacó un amuleto y reflejó el ataque de vuelta.
La llamarada no la hirió, pero la hizo retroceder como si le hubieran dado un mazazo invisible.
Alice, sin perder tiempo, volvió a lanzarse al combate con su espada.
Choques metálicos resonaron por todas partes.
Nérick repelía sus ataques con la facilidad de quien espanta moscas.
Yo miraba la escena, espada en mano, sudando frío.
Y entonces… tuve una idea.
Una idea horrible.
Pero idea al fin.
Recordé mis primeros entrenamientos.
Recordé la bola de fuego.
Y recordé lo mal que se me da pronunciarla correctamente.
—Bueno, Nérick… espero que te gusten las sorpresas —murmuré.
Apunté con la mano, pronuncié el hechizo deliberadamente mal y recé internamente para no incendiarme yo mismo.
Y entonces… ¡BOOOOOOM!
No sé cómo explicarlo, pero Nérick explotó.
Sí.
El tipo explotó.
No en pedacitos, claro, pero la onda expansiva lo mandó volando varios metros y lo dejó humeante.
Alice, Azreth, Lunito y Ahyeli me miraron como si acabara de invocar un meteorito.
—¿…Qué?
—me encogí de hombros—.
Técnica especial secreta: “Explota por accidente”.
Nérick se levantó tambaleante, furioso.
Su rostro retorcido de odio.
—¡TÚ!
—me señaló, y yo tragué saliva—.
¡Insecto miserable!
Perfecto, lo enfadé.
Pésima idea, Víctor.
Muy pésima.
Nérick cargó de nuevo contra Alice con renovada rabia.
Lunito intentó otra vez su hechizo de raíces del bosque, pero Nérick las incineró de nuevo.
Azreth le disparó más fuego, y yo… bueno… decidí volver a probar suerte con mi “hechizo patentado”.
Mal pronunciado, por supuesto.
¡BOOM!
Segunda explosión.
Más humo.
Más gritos.
Más “¿cómo demonios lo lograste?” en las caras de mis amigos.
Y en ese preciso instante, mientras el polvo cubría el campo de batalla, escuché un silbido cortante.
Volteé.
Allá a lo lejos, a toda velocidad, venía Lana montada sobre su serpiente de jungla como si fuera una caballera de leyenda, con Goldie sobre el hombro brillando como una linterna eléctrica furiosa.
La escena era tan épica que por un segundo me olvidé de que estábamos a punto de morir.
—Refuerzoooos —susurré, casi con lágrimas de emoción —Por fin.
Y ahí, justo en ese instante, mientras Lana se acercaba como un relámpago, la batalla entró en su siguiente acto.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com