El día en que me robé a la Hija del Rey Demonio - Capítulo 92
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- Capítulo 92 - 92 Capítulo 92 Uno dos tal vez diez
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92: Capítulo 92: Uno, dos, tal vez diez…
92: Capítulo 92: Uno, dos, tal vez diez…
Cuando la batalla terminó y todo volvió (más o menos) a la normalidad, Lana fue la primera en tomar el control de la situación.
Avisó al rey que todo había salido bien.
No solo le informó sobre la derrota de Nérick, sino que también le contó algo que sinceramente me puso los pelos de punta: “La Orden de los Lamentos, al no poder cruzar la barrera fronteriza por ser humanos, ahora está reclutando demonios rebeldes.
Y aunque el último ataque los ha dejado tambaleando, no es descabellado pensar que volverán a intentarlo tarde o temprano”.
Genial.
Un ejército de extremistas con refuerzos demoníacos.
Justo lo que necesitábamos para alegrarnos el día.
Afortunadamente, el rey tomó las medidas necesarias y nos permitió quedarnos unos días más en el castillo para recuperarnos.
Fueron jornadas tranquilas: Lana se encargó personalmente de que descansáramos bien, Ahyeli se adueñó del jardín, Lunito jugaba con los guardias y Goldie… bueno, Goldie dormía sobre mi cabeza como un gorro eléctrico muy peludo.
Pasaron así unos días, y finalmente llegó el momento de partir.
Lana nos acompañó hasta la frontera para asegurarse de que todo estuviera en orden.
Las despedidas fueron… bueno, despedidas.
Alice se lanzó sobre Lana con un abrazo fuerte, como una hermana pequeña despidiéndose de su cómplice de travesuras.
—Gracias… por todo —le dijo Alice con una sonrisa triste.
Lana respondió con esa mezcla de firmeza y cariño que la caracteriza: —Cuídese, señorita Alice.
Y si vuelve a meterse en problemas… —se inclinó un poco y miró a Lunito con una sonrisa traviesa —…llévese a este pequeño, es más fiable que usted a veces.
Lunito, como si entendiera perfectamente, corrió hacia ella y recibió un abrazo enorme que casi lo deja sin aire.
Y ahí me di cuenta: Lana se había encariñado con nosotros más de lo que quería admitir.
Y así, sin más ceremonias, emprendimos el viaje de regreso a Ciudad Ilustre.
El camino se sentía diferente.
Más… liviano.
Como si hubiéramos cerrado un capítulo importante de nuestras vidas.
Ahyeli caminaba feliz junto a mí, con su cabello ondeando con la brisa.
Y claro, de repente recordó la promesa.
—Víctor… cuando regresemos… —dijo con una sonrisa traviesa —…nos vamos a casar, ¿verdad?
Yo casi me atraganto con mi propia saliva.
—¡¿Ahora?!
—tosí —Digo… sí, pero… primero tenemos que hacer los preparativos.
Ahyeli puso las manos en la cintura como si ya estuviera planeando la boda del siglo.
—Tendremos una gran fiesta… y muchos invitados… y también muchos hijos… —empezó a contar con los dedos —…uno, tal vez dos, quizá diez… —¡No vamos a tener diez hijos!
—le respondí de inmediato —¡Ni lo sueñes!
Alice, solo sonrió en silencio, disfrutando del espectáculo.
Lunito, por su parte, dio un salto de emoción.
—¡¿Diez hermanos?!
¡Eso sería genial!
Podríamos hacer un equipo de caza, o una banda musical, o— —¡No habrá equipo de nada!
—lo interrumpí con la desesperación de un hombre que ve su futuro salirse de control en tiempo récord.
Ahyeli solo rió dulcemente, esa risa que me desarma cada vez.
Y mientras la tarde caía sobre el camino de regreso, por primera vez en mucho tiempo… me sentí en paz.
Habíamos sobrevivido a entrenamientos, pruebas, ataques, exnovios mutantes y al rey demonio.
Ahora nos esperaba la ciudad, nuestra casa, y quién sabe qué locuras más.
Pero en ese momento… Solo éramos nosotros.
Un grupo disparejo, ruidoso, feliz.
Y por alguna razón… eso se sentía perfecto.
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