El día en que me robé a la Hija del Rey Demonio - Capítulo 97
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- Capítulo 97 - 97 Capítulo 97 Planes y despedidas
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97: Capítulo 97: Planes y despedidas 97: Capítulo 97: Planes y despedidas Nunca fui bueno para las despedidas.
Siempre terminan con abrazos, lágrimas, o en mi caso, con alguien recordándome que tengo menos sentido común que suerte.
Lucy, Rose y Rigo partían aquella mañana rumbo a Ciudad Cyan (la capital del reino), lugar donde iniciaron su viaje junto a Damian.
Alice, radiante como siempre, los acompañó hasta la entrada de la ciudad, con esa sonrisa suya que mezcla orgullo y nostalgia.
—Cuídalo bien —le dijo Lucy, lanzándome una mirada entre cómplice y peligrosa—.
De esos no quedan muchos.
Yo parpadeé.
—¿Te refieres a aventureros heroicos, guapos y con talento natural para meterse en problemas?
Lucy soltó una carcajada, me dio una palmada en el hombro (que casi me desmonta el brazo) y respondió: —No, a hombres que la sigan queriendo cuando siga siendo una malcriada.
Alice fingió no oírlo, aunque sus mejillas color carmesí la delataban.
Rose se despidió con un abrazo fuerte, y Rigo nos deseó buena suerte, asegurando que “el amor verdadero requiere más estrategia que cualquier batalla”.
No sé si lo decía por Ahyeli y por mí, por experiencia o porque había bebido demasiado café esa mañana.
Cuando el grupo se perdió en el horizonte, Ahyeli se acercó a mí con esa sonrisa traviesa que suele preceder al caos.
—Bueno, amor mío —dijo, con un tono que ya olía a oscuras intenciones —es hora de comenzar los preparativos.
—¿Preparativos?
—pregunté, aunque sabía perfectamente a qué se refería.
—Nuestra boda, Víctor.
No planeas casarte con la misma ropa de siempre, ¿verdad?
Si algo he aprendido de los humanos es que debe ser algo elegante y bonito.
No tuve réplica.
Cuando Ahyeli se pone en “modo boda”, no hay demonio ni rey que la detenga.
Y así, días después, la casa se convirtió en un campo de batalla: telas, cintas, listas interminables, adornos, y Alice, arrastrada sin remedio como “madrina de vestido” que era.
—¡Tú me lo prometiste, Alice!
—le recordó Ahyeli con voz dulce pero amenazante —me ayudarás a elegir el vestido perfecto y te va a gustar.
—Lo sé, lo sé —respondió Alice, resignada mientras revisaba un catálogo —Pero si encuentro uno igual al mío cuando planee mi boda con Nérick, prometo quemarlo.
Yo, desde mi trinchera (también conocida como el sofá), observaba todo con una mezcla de terror y ternura.
Lunito dormía sobre mis piernas, ajeno al vendaval femenino que arrasaba la sala.
A veces pienso que luchar contra monstruos es mucho más sencillo que organizar una boda.
Pero mientras veía a Ahyeli reír junto a Alice, ambas planeando colores, flores y velos, supe algo con certeza: si todo esto era para verla sonreír así todos los días, valía la pena cada susto, cada grito, y cada lista interminable de cosas que no entiendo.
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