El diablo que me reclamó - Capítulo 46
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Capítulo 46: La confusión de Mila
Valentina irrumpió en la habitación de Mila, con la furia apenas disimulada.
Mila, tomada por sorpresa, levantó ligeramente la cabeza. Cuando vio quién era, apartó la mirada.
—¿No estás harta de todo esto? —espetó Valentina—. ¿Intentando suicidarte ahora? ¿Para presionar a Dominic?
—No intenté presionarlo —replicó Mila—. Solo quería verlo, hablar con él.
—¿Y por eso elegiste una huelga de hambre? Eres una egoísta.
Mila la fulminó con la mirada, claramente molesta.
—Solo pensaste en ti misma. ¿Alguna vez te preguntaste dónde ha estado Dominic estos días? ¿Qué estaba haciendo? ¿Preguntaste si estaba bien?
Valentina bufó. —No lo creo. Seguramente lo abrumaste con tus exigencias.
Mila quiso replicar, pero antes de que pudiera abrir la boca, Valentina volvió a hablar.
—Casi muere. Le alcanzó una bala.
Mila sintió que se le entumecía el cuero cabelludo. Por un momento, todo se detuvo. La idea de que estuviera herido la inquietó, sin importar cuánto lo despreciara.
—Pero a ti no te importa. Todo lo que quieres es tu libertad. Sabes…, para mantenerte a salvo, él está eliminando todas las amenazas que hay ahí fuera. En el proceso, resultó herido. Pero tú no lo ves. Solo lo presionas para que te dé lo que quieres.
—¿Que yo lo presiono? —espetó Mila—. Estoy encerrada aquí como una prisionera. ¿Y tú crees que puedo presionar a alguien?
—Deja de hacerte la víctima —advirtió Valentina—. Si causas más problemas, tendrás que vérselas conmigo. Y te aseguro que Dominic no vendrá a salvarte.
Salió, dejando tras de sí una estela de ira candente.
Mila se aferró a la sábana, con la furia hirviéndole por dentro.
—No te tengo miedo —masculló.
Cuando recordó que Dominic estaba herido, sintió una opresión en el pecho.
«Le alcanzó una bala». Ese pensamiento no dejaba de dar vueltas en su mente.
Había pensado que él evitaba verla, y por eso se había negado a comer, pero no sabía que él había estado en una misión estos días.
—Estaba herido. ¿Por qué no me lo dijo? —susurró pensativa.
Entonces, de repente, se dio cuenta de que estaba preocupada por él. Sintió que estaba mal.
Él era su captor: el hombre que la secuestró, que controlaba su libertad. ¿Por qué iba a preocuparse por él?
Negó con la cabeza, como si intentara sacarse la preocupación de la mente.
—No es asunto mío.
Si resultaba herido, ¿qué tenía que ver con ella?
Nada, absolutamente nada.
Pero las palabras de Valentina resonaban en su cabeza: «Podría haber muerto».
Frunció el ceño. Recordó la forma en que se había parado frente a ella antes. Estaba frío, sereno y desprendía esa aura intimidante. Era como si no hubiera pasado nada.
No había habido ninguna señal de dolor. ¿Realmente había ignorado su dolor solo para verla?
Volvió a sentir una opresión en el pecho, esta vez más dolorosa.
—No. No vino a ver cómo estaba. Vino a controlarme.
No había olvidado lo que él había dicho. Dominic no abriría la puerta para dejarla salir. Disfrutaba viéndola en un estado de indefensión.
Sin embargo, un sentimiento contradictorio surgió en su corazón. Parecía preocupado cuando la vio débil, tumbada en la cama. Y la ira en su voz, ¿cómo podría olvidar eso?
«Realmente estaba preocupado».
Además, se había quedado hasta que ella terminó la sopa.
—¿Por qué? ¿Por qué me ocultó su dolor? Debería habérmelo dicho. ¿Por qué fingir que no era nada?
«¿Por qué te importa?», resonó una voz en su interior.
Él eligió esta vida, esta violencia. Si resultó herido, fue la consecuencia de sus propias acciones.
Apretó los dientes. —Se lo merece.
Aunque actuaba como si no le importara, el dolor se instaló en su pecho. Su mirada se desvió hacia la puerta. Más allá, en algún lugar de la mansión, él podría seguir trabajando con esa herida.
Un atisbo de inquietud la recorrió. ¿Y si empeoraba? ¿Y si…?
Inspiró profundamente. —Basta ya —masculló, presionándose las sienes con los dedos—. Deja de pensar en él. No puedo…, no voy a enamorarme de él.
Pero la persistente preocupación se negaba a desaparecer, por mucho que intentara reprimirla.
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Pasaron unos días más. Dominic permaneció en la mansión, descansando. Su herida empezó a sanar, aunque no del todo.
Mila, por otro lado, se había vuelto más callada. No exigió verlo ni causó ningún problema. Comía obedientemente y recuperaba sus fuerzas poco a poco.
Una mañana, estaba sentada junto a la ventana, mirando hacia el exterior. Se había convertido en una costumbre observar el mar, aunque nunca pudiera alcanzarlo.
Unos suaves golpes en la puerta rompieron el silencio.
Entró una criada. —Señorita, el señor Russo quiere verla. Le pide que vaya a su despacho.
A Mila le dio un vuelco el corazón. «¿Va a dejarme salir?».
Se levantó de inmediato, incapaz de ocultar la emoción en sus ojos. Sin perder ni un segundo, siguió a la criada.
La criada la hizo pasar al despacho y cerró la puerta con suavidad. Mila ralentizó el paso al ver a Dominic sentado detrás de un gran escritorio, revisando unos papeles.
En el momento en que sus miradas se cruzaron, se le cortó la respiración. Sintió un aleteo en el estómago. No quería admitirlo, pero volver a verlo le produjo una extraña sensación de alivio. Era como si hubiera estado esperando ese momento.
Sus dedos se aferraron a los costados de su vestido.
«No». Descartó ese pensamiento al instante.
Se recordó a sí misma que quería su libertad, no a él. Con el rostro adusto, dio un paso al frente.
—¿Has levantado mi castigo? —preguntó sin rodeos.
Dominic no respondió. Se levantó y caminó con paso decidido hacia ella. Su alta e imponente presencia la obligó a retroceder hasta que su espalda golpeó la pared.
La mano de Dominic se posó detrás de su cabeza, preocupado de que se hiciera daño.
La repentina cercanía la hizo jadear. Los latidos de su corazón retumbaban en sus oídos. Estaba cerca, demasiado cerca.
—Te has recuperado bien. —Su dedo le levantó la barbilla—. Ese día estabas pálida. Y ahora… —Su mirada se detuvo en el rostro de ella—. Vuelves a tener color.
Su pulgar le rozó ligeramente la mejilla. —¿Es porque has estado comiendo bien estos días? —Se inclinó aún más y le susurró al oído—. ¿O es que te estás sonrojando?
La cara de Mila ardía. Podía sentir el calor subir por sus mejillas. Pero nunca lo admitiría. Lo empujó en el pecho.
—Respóndeme —exigió—. ¿Vas a seguir teniéndome encerrada en esa habitación?
Él sonrió con arrogancia. —Ya te he dejado salir, ¿o no?
Retrocedió un paso y encendió un cigarrillo.
Los ojos de Mila brillaron de esperanza. —¿Entonces, ya no estaré encerrada?
—Mmm… —Exhaló una lenta columna de humo—. Pero tengo una condición.
Ella se tensó y la luz de sus ojos se apagó. —¿Qué condición?
—Me servirás de ahora en adelante. Todas las noches.
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