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El diablo que me reclamó - Capítulo 66

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Capítulo 66: Trabaja para mí.

Los ojos de Mila se movían rápidamente entre los hombres y la carretera. El latido de su corazón retumbaba en sus oídos.

Había estado tan cerca de la libertad. Y ahora, estaba atrapada de nuevo. Pero esta vez, no era la gente de Dominic. Era mucho peor.

Un escalofrío le recorrió la espalda.

Se arrepintió de su decisión.

«No debería haberme ido; debería haber esperado y dejado que Dominic se ocupara primero de sus enemigos».

Pero su desesperación por ser libre la había empujado directamente al peligro.

«¿Qué voy a hacer ahora?».

—Jefe, la tenemos. — Las palabras la sacaron de sus pensamientos.

Mila giró la cabeza hacia el hombre que sostenía el teléfono. Comprendió de inmediato que estaba hablando con Marco.

Una oleada de pavor la invadió.

«¿Qué van a hacer conmigo?». Justo cuando se lo preguntaba, el hombre se giró hacia ella con una mirada penetrante.

Mila se encogió instintivamente, con el corazón en la boca.

—El jefe quiere hablar contigo. —Le acercó el teléfono bruscamente.

—Mmm… —se revolvió Mila.

—Puaj, quédate quieta —espetó y le arrancó la cinta de la boca.

Mila hizo una mueca de dolor. El dolor le escocía en la piel.

Le apretaron el teléfono contra la oreja.

—Señorita Mila. — Una voz grave sonó al otro lado de la línea, provocándole un escalofrío.

—Lamentablemente, tuvimos que traerla así —continuó Marco—. Pero no se preocupe… nadie la lastimará.

A Mila se le hizo un nudo en el estómago. No le creería. ¿Por qué la secuestraría si no tenía intención de hacerle daño?

—Pero tiene que trabajar para mí.

—¿Trabajar para usted? —repitió Mila con incredulidad—. Soy médica, no una criminal como usted. Nunca trabajaré para usted.

La temperatura dentro del coche pareció descender.

—No olvide dónde está —dijo con voz fría—. Una palabra mía… y desaparecerá.

—No le tengo miedo —espetó Mila—. Prefiero morir a trabajar para usted.

—Cállate, perra —gruñó el hombre a su lado.

En un instante, una fuerte bofetada le golpeó la cara.

—Ah… —. La cabeza se le ladeó bruscamente y, al perder el equilibrio, su cuerpo se estrelló contra el asiento delantero. El dolor le estalló en la mejilla y las lágrimas acudieron a sus ojos al instante.

—¿Cómo te atreves a faltarle el respeto al jefe?

Mila se mordió el labio, temblando.

En casa de Dominic, la habían encerrado y controlado. Pero nadie la había golpeado así.

Estos hombres eran diferentes y despiadados.

Creía que Dominic era desalmado, cruel. Pero por primera vez, no le pareció tan aterrador como había pensado.

—Basta —dijo la voz de Marco, cortando la tensión—. Denle el teléfono.

—Jefe, hay que darle una lec—

—He dicho que le den el teléfono.

La firmeza de su tono hizo que el hombre se quedara helado. Sin decir una palabra más, le devolvió el teléfono bruscamente.

—Señorita Mila, sé que no le teme a la muerte —dijo Marco, con un tono peligrosamente tranquilo—. No tengo ningún plan para matarla. Pero…

Hubo una pausa momentánea. La tensión dentro del coche aumentó.

—Si no coopera, sus seres queridos sufrirán.

El corazón de Mila dio un vuelco. Se le puso la piel de gallina. Antes de que pudiera comprender lo que iba a hacer, sus siguientes palabras la hirieron como una daga.

—Sé que su amiga la ayudó a escapar.

Sus ojos se abrieron como platos.

—¿Ir en contra de Dominic? —añadió—. Es muy valiente.

Un miedo helado se filtró hasta sus huesos.

—No la toque —dijo ella con urgencia, en un tono cargado de advertencia.

—No lo haré —respondió Marco con suavidad—. Siempre y cuando me escuche.

Mila tragó saliva.

—¿Qué quiere? —masculló, apretando la mandíbula.

—Oí que Dominic tuvo una reunión con el señor Lee —dijo Marco—. Lo quiero todo. Sus tratos, sus operaciones… sus secretos.

Mila soltó una risa amarga. —¿Y cómo espera que haga eso? —replicó—. Escapé de él. Si me atrapa, me encerrará. O peor, me matará. ¿Cómo podría saber lo que está haciendo?

Las palabras salieron deprisa. —E incluso si sobrevivo, no tendré acceso a nada. Ni siquiera volveré a acercarme a él.

—Se equivoca —dijo Marco con calma—. Usted es la mujer que le interesa a Dominic.

Mila se quedó helada.

—No la matará. Sí, se enfadará. Podría castigarla. Pero cómo lo maneje, eso depende de usted. Sé que es bastante hábil. Ya lo demostró al asistir a una reunión de alto nivel con él.

Mila apretó los dientes. —Dominic no es tonto —dijo—. Esto es demasiado arriesgado. No puedo hacerlo.

—No está en posición de negarse, señorita Mila Vega —dijo, pronunciando su nombre completo con frialdad—. La vida de su amiga depende de su desempeño. Si no cumple con su trabajo, ella perderá la vida.

Mila guardó silencio, con el pavor oprimiéndole las entrañas.

—Ella es inocente —continuó Marco—. No tiene nada que ver con este mundo. ¿De verdad puede dejarla sufrir?

Los ojos de Mila se llenaron de lágrimas. —Por favor, no le haga daño.

—Entonces haga lo que le digo.

Mila bajó la cabeza. La culpa la consumió.

Lara estaba en peligro por su culpa. Si no la hubiera contactado y arrastrado a esto, nada de esto habría pasado.

Sintió una dolorosa opresión en el pecho. Pero ya era demasiado tarde para arrepentirse.

No tenía elección. —Está bien. Lo haré. Pero, ¿cómo lo contacto? No tengo teléfono.

—No necesita uno. Alguien la contactará pronto.

Mila sintió otra oleada de escalofríos recorrerle el cuerpo. «¿Tiene un espía en la isla? ¿Tan cerca de Dominic?».

El miedo se hizo más profundo.

—Tiene un mes —añadió Marco—. Si falla, su amiga muere. —A continuación, le ordenó a su hombre que la soltara antes de terminar la llamada.

Mila se quedó inmóvil, con la mente aturdida por su advertencia. Finalmente comprendió por qué Dominic había dicho que sus enemigos estaban por todas partes.

Marco era más peligroso de lo que jamás había pensado. Era capaz de cualquier cosa para lograr su objetivo.

—Tienes suerte de que el jefe te deje ir —se burló el hombre a su lado—. Deberías estarle agradecida. Te está dando una oportunidad. No intentes traicionarlo. O tu amiga estará muerta.

Mila lo fulminó con la mirada. —Detén el coche y suéltame.

La arrogancia del hombre se desvaneció y su expresión se volvió fría. Por un momento, pareció que podría volver a golpearla. Pero en lugar de eso, extendió la mano para desatarla.

Justo en ese momento, el coche chirrió y se detuvo bruscamente. Todo se sacudió hacia adelante con violencia.

El cuerpo de Mila se estrelló de nuevo contra el asiento delantero.

—¿Qué demonios? —espetó el hombre.

Miró hacia adelante y se quedó helado.

Dos coches bloqueaban la carretera.

Su rostro perdió todo el color.

—Dominic… —susurró. El miedo inundó sus ojos.

Varios hombres con trajes negros saltaron y rodearon el coche, con las armas en alto, sus movimientos rápidos y letales.

Mila se puso rígida, su corazón latía salvajemente contra sus costillas. El miedo se extendió por sus venas, volviendo sus dedos helados. Entonces vio a Dominic salir del coche y plantarse como un rey.

Su expresión era sombría, asesina; su sola presencia bastaba para sofocar el aire a su alrededor. Cualquiera temblaría bajo esa mirada.

Mila también.

—Les damos un minuto —gritó Lucas con brusquedad—. ¡Entreguen a la mujer o ninguno de ustedes saldrá vivo!

Mila miró al hombre a su lado.

Él ya había quitado el seguro de su arma, con el rostro adusto. Estaba listo para luchar.

—No hagas ninguna estupidez —dijo ella con urgencia, su voz baja pero firme—. Te superan en número. No sobrevivirás a esto.

Él vaciló.

—Tu jefe te dijo que me liberaras —añadió rápidamente—. Hazlo. Al menos vivirás.

Algo cambió en su expresión. Tras una breve pausa, quitó el seguro de la puerta.

—Vete.

Mila no esperó. Abrió la puerta de un empujón y salió.

Todas las armas se tensaron al instante, los dedos suspendidos sobre los gatillos. Los hombres estaban listos para disparar al menor movimiento en falso. Pero cuando la vieron, se contuvieron.

Los ojos de Mila se encontraron con los de Dominic y su corazón dio un vuelco. No podía moverse. El miedo la mantenía clavada en su sitio.

Un guardia se acercó, la agarró del brazo y la condujo hacia Dominic. Cuanto más se acercaba, más sentía la furia que él irradiaba, como el calor del fuego.

Dominic la castigaría con severidad. Y Mila no tenía ni idea de cómo enfrentarse a su ira. Por encima de todo estaba la amenaza de Marco.

Si no podía darle los secretos de Dominic en un mes, Lara estaría muerta. Pero ¿cómo iba a hacerlo?

No sabía cuánto tiempo la mantendría encerrada esta vez. Quizá no la soltaría nunca más.

El pavor se mezclaba con la inquietud.

«No. No puedo dejar que me encierre», se dijo. «Tengo que salvar a Lara».

Antes de que pudiera decir nada, la mano de Dominic se disparó y le aferró el brazo. Su agarre era brusco, posesivo, casi un castigo. Sin decir palabra, la arrastró hasta el coche.

—Conduce. —La orden fue fría y absoluta.

El coche aceleró.

Mila apenas tuvo tiempo de estabilizarse cuando los disparos estallaron detrás de ellos. El sonido ensordecedor rasgó el aire.

Ella se estremeció con violencia y se giró para mirar por la ventanilla trasera. Abrió los ojos como platos al ver a los hombres de Dominic abrir fuego contra el otro coche.

El vello de la nuca se le erizó. Dirigió la mirada a Dominic. —¿Por qué los has matado? —preguntó—. Me habían liberado.

—¿Así que esperabas que los recompensara? —siseó él peligrosamente. Al instante siguiente, sus dedos se cerraron alrededor de su garganta y la presionaron contra el respaldo del asiento.

Su agarre no era lo bastante fuerte como para bloquearle la tráquea, pero sí lo suficiente como para ponerla en su sitio.

Mila jadeó, el miedo inundando su pecho.

—¿Qué pasa? —gruñó él—. ¿En solo unos instantes ya sientes lástima por ellos? ¿Has olvidado que te secuestraron?

—Pero me dejaron ir, ¿no? —replicó ella—. No había necesidad de agravar la situación. ¿No crees que esto enfadará aún más a Marco?

—No tienes derecho a cuestionarme. —Su agarre se apretó ligeramente—. Perdiste ese derecho.

Mila hizo una mueca de dolor, su respiración superficial. No dijo nada más. Sabía que había cruzado una línea y que había caído en la trampa del enemigo. Y era plenamente consciente de que tenía que afrontar las consecuencias de sus actos.

—Te di una oportunidad —continuó él, con voz baja pero hirviente—. Te lo advertí. Te dije lo peligroso que es este mundo.

Mila no dijo nada. ¿Qué podía decir?

Había sido testigo de lo peligrosos y crueles que eran Marco y su gente. Ya era culpable. Si tan solo hubiera sido un poco más paciente, no estaría en este lío.

Ahora, no solo ella, sino también su amiga, estaba en peligro. Todo era por su culpa.

—Pero no te importó. Lo único que te importa es tu libertad. —Su voz se alzó en la última frase mientras golpeaba con el puño el asiento, justo al lado de la cabeza de ella.

—¡Ah…! —Mila se encogió, retrocediendo instintivamente—. Tengo mis razones —soltó—. Cuando oí que mi padre intentaba quedarse con todo, no pude controlarme.

Él se quedó quieto. —¿Qué has dicho? —siseó, aflojando el agarre en su garganta—. ¿Hablaste con tu padre?

Mila retrocedió, frotándose la garganta. Las lágrimas le nublaron la vista. —Yo… yo hablé con mi amiga, Lara —tartamudeó—. Me dijo que… que mi padre celebró mi funeral.

Su voz temblaba de miedo y desesperación. —Cree que estoy muerta —continuó, con los ojos llenos de lágrimas—. Está intentando quedarse con todo: mis acciones, mis propiedades. No puedo perderlas. Mi madre me las dejó a mí.

Dominic la miró sin habla, estudiándola, evaluando si mentía. Pero sus lágrimas eran genuinas. La desesperación era evidente.

Comprendió por qué había tomado esa decisión tan imprudente. Pero no podía pasar por alto su error.

Mila lo había arriesgado todo esta vez. Había ignorado su advertencia y se había escapado, solo para caer en manos de Marco. Podría haberle pasado cualquier cosa.

Si se lo tomaba a la ligera, ella intentaría escaparse de nuevo.

—¿Crees que esto excusa lo que hiciste? —murmuró—. Podrías habérmelo dicho en lugar de huir. Ya he resuelto tus problemas antes. Esto no habría sido nada. Una llamada y estaría solucionado. Pero querías marcharte.

Mila guardó silencio.

Él se inclinó más, su presencia abrumadora. —No huiste por tu padre —dijo con frialdad—. Huiste porque querías marcharte.

Su silencio lo confirmó.

—¿Y qué pasó? —Su voz se volvió más cortante—. En el momento en que saliste, te capturaron.

Sus dedos se apretaron alrededor de su barbilla, obligándola a mirarlo. —¿Siquiera entiendes lo que podría haberte pasado?

La mirada de Mila tembló. Había visto lo peligrosa que era esa gente.

—Por suerte, te encontré.

Contuvo el aliento. La verdad era que Dominic podría no haberla encontrado si Marco no la hubiera dejado ir.

—¿Crees que puedes luchar contra tu padre y tu madrastra? —preguntó.

Su pregunta la pilló por sorpresa.

—¿Y cómo podría olvidar a tu hermanastra y a tu exnovio? —se burló—. Todos están esperando para despojarte de todo. ¿Y crees que puedes enfrentarte a ellos sola? Fui yo quien te protegió. Podría volver a hacerlo.

Su pulgar rozó su mandíbula, casi con delicadeza, pero la posesividad que había detrás era inconfundible.

—Lo único que tenías que hacer era decírmelo. —Su expresión se tornó tormentosa de nuevo—. Pero no… Elegiste huir. ¿Qué pasó? Ya que huiste, ¿por qué te metiste en problemas? ¿Por qué no pudo protegerte tu amiga?

Se inclinó más, su aliento rozando la piel de ella. —Deja que te aclare algo.

Mila se puso rígida. Ni siquiera se atrevía a respirar.

—Solo yo puedo protegerte. Solo yo puedo mantenerte a salvo. Así que no vuelvas a pensar en escapar.

La rotundidad de su tono no dejaba lugar a discusión.

El corazón de Mila se encogió. Tenía miedo de este hombre y quería esconderse de él. Y, sin embargo, en este mundo cruel y peligroso, él era el único lugar en el que se sentía a salvo.

Esa comprensión se asentó pesadamente en su pecho. Porque en el fondo, sabía que, por mucho que corriera, quizá nunca escaparía de él de verdad.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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