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El diablo que me reclamó - Capítulo 78

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Capítulo 78: No soy el mismo hombre.

—¿Te has quedado de piedra?

Mila se detuvo en seco. Al volverse, vio a Valentina sonreír con sorna.

Se dio cuenta de que no había sido una coincidencia. Había sido planeado.

—Lo has hecho a propósito —gruñó.

Valentina se limitó a sonreír. En realidad, había sido idea de Serene.

Al ver el rostro pálido de Mila y la forma en que había huido, Valentina supo que había funcionado a la perfección.

—Sí, lo he hecho —admitió—, para ponerte en tu sitio.

Dio un paso hacia ella. —La reina ha regresado para reclamar lo que es suyo. Y una concubina como tú debería saber cuándo hacerse a un lado.

Aquellas palabras humillantes le hirieron el corazón.

Mila apretó los dientes. Ella no era una concubina. Nunca lo sería.

—Para que lo sepas —dijo Mila—, no me interesa meterme en medio de nadie. Como se están reconciliando, les doy mi bendición.

Tras soltar esas palabras, se marchó a toda prisa.

La sonrisa de Valentina desapareció. No era esa la reacción que esperaba.

Esperaba lágrimas, que se derrumbara, no esa tranquila indiferencia.

—¿Te las das de valiente? —bufó—. A ver cuánto te dura esa actitud.

En el despacho…

Dominic apartó a Serene de un empujón, y su expresión se ensombreció. —No te pases de la raya —gruñó.

Serene perdió el equilibrio y cayó de mala manera. Volvió la cabeza bruscamente hacia él, estupefacta.

—¿Me has empujado? —La incredulidad asomó a sus ojos—. ¿Qué te pasa? Soy Serene. Tu Serene. ¿No te alegras de verme?

No había calidez en su mirada.

—¿Por qué estás aquí? —preguntó con sequedad—. Te fuiste hace tres años. Dijiste que no volverías jamás. ¿Qué haces aquí ahora?

—Entonces era joven. E insensata. No pensaba con claridad. Cuando Mamá murió, me sentí sola. Muy sola. Me sentía asfixiada. Creí que marcharme lo arreglaría todo.

Se acercó más a él. —Pero me equivoqué. Mi lugar está aquí. Te pertenezco. Por eso he vuelto.

Le tomó las manos y las sujetó con delicadeza. —Sé que te hice daño, que te rompí el corazón. Pero nunca te olvidé. Simplemente, era demasiado orgullosa para volver. Ahora por fin entiendo lo que significas para mí.

Alzó la mano para acariciarle el rostro, y su mirada se suavizó. —Todavía me quieres. Puedo sentirlo. Empecemos de nuevo, ¿de acuerdo?

Él le apartó la mano. —¿Empezar de cero? —Se levantó bruscamente—. Es demasiado tarde. Ya no te quiero.

Por un momento, Serene no pudo reaccionar. Su mente se negaba a aceptarlo.

—¿Cómo es posible? —Se puso en pie—. Me quisiste durante años, me seguías a todas partes y me pediste matrimonio diez veces antes de que por fin te diera el sí.

Su pecho subía y bajaba, agitado.

—¿Y ahora dices que no me quieres? ¿Así, sin más?

Negó con la cabeza, obligándose a respirar. —Estás enfadado —dijo deprisa—. Eso es todo. Dices esto para castigarme.

—Bah —bufó él mientras se volvía para encararla—. Sigues siendo la misma… Lo bastante arrogante para creer que todo gira a tu alrededor. Pero yo ya no soy el mismo hombre.

Su mirada se endureció.

—Lo nuestro se acabó hace tres años —continuó—. Tú le pusiste fin. Y yo lo acepté.

Serene abrió la boca para discutir, pero él le dio la espalda y metió las manos en los bolsillos.

—Ya no queda nada entre nosotros —dijo con frialdad—. Deja de intentar acercarte a mí.

—En aquel entonces no estaba en mi sano juicio —insistió ella, con la desesperación creciendo en su voz—. Acababa de perder a mi madre.

—Respeté tu decisión —replicó Dominic—. Quisiste marcharte. Quisiste cortar todos los lazos. Te dejé ir. Nunca te contacté. Eso demuestra que ya había zanjado lo nuestro.

Volvió a mirarla. —Y ahora, no eres nada para mí.

Serene le sostuvo la mirada un instante, intentando ver algún atisbo de duda o arrepentimiento por haber dicho aquello. Pero lo único que vio fue un frío distanciamiento.

—No… —Negó con la cabeza, rehusándose a creer que él ya hubiera pasado página—. Mientes.

Al instante siguiente, su mirada se afiló. —¿Es por culpa de esa mujer? ¿Te has enamorado de ella?

La expresión de Dominic cambió. Le tembló una ceja. —Mi vida personal no tiene nada que ver contigo. Puedo estar con quien quiera.

Serene veía que las cosas se le estaban escapando de las manos. El hombre que una vez la había amado con locura ya no sentía nada por ella. Era algo que no podía aceptar.

Dominic solo debía seguirla. Solo debía tenerla a ella en su corazón. ¿Cómo podía haber dejado de quererla?

—No eres tú… Es tu ira la que habla —dijo, forzando la calma en su tono—. Lo entiendo… necesitabas a alguien cuando yo no estaba aquí. Esa doctora… es solo una atracción pasajera. No sientes nada por ella.

Se acercó más y, desesperada, le tomó el rostro entre las manos. —Tú me querías. Y todavía me quieres.

—Serene, basta ya —dijo él, intentando apartarla de un empujón.

Serene se aferró a él. Le rodeó el torso con los brazos con fuerza, apretándose contra su pecho.

—Te quiero —dijo con desesperación—. He vuelto por ti. No volveré a irme. Por favor… no me rechaces.

—¡Basta ya! —bramó él, apartándola de un fuerte empujón.

Serene se tambaleó y a duras penas consiguió apoyarse en la mesa.

El estupor se reflejó en sus ojos.

Él nunca la había tratado así. El hombre que una vez la miraba con calidez ahora la miraba como a una desconocida.

No lo reconocía. ¿Cómo podía haber cambiado tanto en solo tres años?

Dominic la fulminó con la mirada. —Has venido. Te doy la bienvenida. Quédate aquí como invitada todo el tiempo que quieras. Pero no me molestes. Ahora, vete. Tengo trabajo que hacer.

Sintiéndose humillada, Serene salió hecha una furia. Sus dedos se crisparon hasta formar puños.

«Todo esto es por culpa de esa mujer», masculló para sus adentros. «Tengo que deshacerme de ella antes de que sea demasiado tarde».

Mientras caminaba a toda prisa por el pasillo, apareció Valentina.

—¿Qué tal ha ido? —preguntó, mirándola con expectación—. Seguro que Dominic se ha alegrado de verte. ¿Qué te ha dicho?

—¿Alegre? —bufó Serene—. Ya no me quiere. Ha dicho que ya no me quiere.

La sonrisa del rostro de Valentina se desvaneció.

—Ha dicho que lo nuestro se acabó —continuó Serene con amargura—. Me ha dicho que me quede aquí como invitada.

—¿Qué? —Valentina no podía creerlo—. ¿Te ha dicho eso?

—Sí. Me ha dicho que me quede aquí como invitada y que no lo moleste. ¿Te lo puedes creer? —Serene ladeó la cabeza.

Valentina intentó calmarla. —A ver, Serene… Tienes que calmarte.

Serene le lanzó una mirada cortante. —¿Cómo quieres que me calme?

—No te ha pedido que te vayas —señaló Valentina—. Eso significa algo. Solo está enfadado. Cuando se le pase el enfado, te aceptará.

Al oír eso, la furia de Serene amainó un poco. —¿Lo dices en serio? —preguntó.

—Claro que sí. Tres años no es poco tiempo. Tiene el corazón roto. Dale tiempo para que se calme. Un sentimiento así no desaparece tan fácilmente.

La ansiedad de Serene se alivió un poco más. Creyó cada palabra de Valentina. O, más bien, se obligó a pensar de esa manera.

—Tienes razón. Debería darle algo de tiempo. Pero… —Al instante siguiente, su tono se volvió peligrosamente frío—. Quiero a esa mujer fuera de aquí. No debería estar cerca de él.

Valentina siempre había querido echar a Mila. Pero con la protección de Dominic, no había podido hacer nada. Ahora que Serene estaba aquí, le sería fácil conseguir que Mila se marchara.

—Se marchará de este lugar muy pronto. Tiene que hacerlo. Trabajemos juntas.

Valentina extendió la mano y Serene la estrechó.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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