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El diario de samantha - Capítulo 12

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12: El diario de samantha 12: El diario de samantha Capítulo – 12: Corazón roto  Sábado 17 de octubre de 1998  Querida Aylin,  11:30 de la noche Mientras me recuperaba de la situación, de repente las luces de un vehículo aparecieron en el horizonte, acercándose rápido.

Me escondí de un salto atrás de la basura; mis piernas y manos temblorosas, sin poder controlarlas, con la certeza de que eran ellos.

Cuando vi que no era el vehículo negro, me quedé ahí unos minutos a escondida, el corazón latiéndome con fuerza.

El miedo me impedía salir.

Abrí el bolso con manos temblorosas, saqué una cajetilla de cigarros y encendí uno.

Necesitaba algo que me calmara, que detuviera ese zumbido de nervios en la cabeza.

Fumaba deprisa, tan deprisa…

Y cuando levanté la mirada, el último cigarro ya se extinguía: la cajetilla estaba vacía sin que me diera cuenta.

Me puse de pie con precaución, escaneando izquierda y derecha, atenta a cada ruido que llegaba.

En ese momento vi un vehículo que se acercaba, y el miedo me atravesó y me decía a mí misma: “Serán ellos”.

Las zapatillas de tacón no me dejaban correr, así que me las quité tan rápido y empecé a correr descalza por el pavimento húmedo.

Una lágrima se deslizó sin ruido por mi mejilla, mezclándose con el frío del aire de la noche.

De repente alcancé a ver el parque, que estaba unas cuadras de mi departamento, y me sentí aliviada al ver que aún había poca gente.

Sin darme cuenta, seguía corriendo.

De repente, me tropecé con algo en el suelo y me raspé las piernas y los brazos.

Las personas que estaban ahí en el parque solo me miraban con algo de pánico.

Escuchaba murmullos“ ¿Qué le pasa a esa mujer?”, “Es mejor mantener la distancia, seguro está drogada”, “No sé, quizás lleve una arma; mejor no nos metamos”.Escuchaba esos murmullos suaves al rededor de mí: “No se acerquen…

Tal vez robó algo y ahora está intentando escapar”, dijo una voz femenina.

Otra, más baja: “Yo no creo que esté drogada, pero igual es mejor alejarse de todos modos”.

Y de repente, se escuchó un murmullo más fuerte, que se destacó entre los demás y provenía de un hombre que se movía entre la gente: “¡Alejen a los niños!

Quién sabe si le hagan daño a alguno”.

Intenté levantarme, pero mis piernas no me respondían.

Al mirar hacia abajo, me quedé impactada: mis rodillas estaban sangrando, y cuando coloqué un dedo en mis labios y lo miré, estaba manchado de sangre.

Mis manos, además, estaban llenas de rasguños que me había hecho al caer en el césped.

Solo me quedé ahí, volteando a verlos, sin darme cuenta de que mi rostro estaba en shock por lo que había vivido.

Entonces escuché de nuevo los murmullos: “Mira, está drogada…

Puede ser peligrosa”, “No se acerquen”, “Es mejor que llamen a la policía para que se la lleven; es un peligro que esta mujer esté libre”.

Intenté de nuevo ponerme de pie y lo logré, pero de repente una punzada se extendió por mis piernas.

Lo único que hice fue caminar lentamente alejándome del parque; sentía demasiado dolor para contenerlo.

“Después de retirarme, no había momento para descansar” Tal vez ya le habían hablado a las autoridades y no tardarían en llegar, y me llevarían presa si me encontraban.

Así como pude, me alejé del parque con pasos lentos y cuidadosos, apoyándome en los árboles cuando la punzada empeoraba.

Una lágrima solitaria recorrió mi mejilla.

Me limpié las lágrimas sin darme cuenta, y los rasguños de mis manos me mancharon el rostro de sangre.

Al llegar a la puerta de mi departamento, de repente una vecina apareció delante de mí…

Me alcanzó a verme en ese estado y me preguntó: — ¿Qué te pasó, samantha?

¿por qué vienes así?

¿necesitas que llame a la ambulancia?

—dijo la mujer.

— Estoy bien, gracias.

Solo quiero descansar —respondí.

De repente saqué de mi bolso las llaves del departamento con los dedos temblorosos.

Al entrar a mi habitación, noté que la sangre había manchado el pasillo, así que me dirijí al baño.

Al encender la luz, vi mi reflejo en el espejo roto que tenía: una herida delgada cerca de la sien, con sangre.

Me lavé las heridas con agua fría, pasando un paño suave para no irritarlas.

Al regresar a la habitación, el aire estaba frío y mi cuerpo pedía descanso; no tenía fuerzas para nada más.

Al recostarme en la cama, giré la cabeza y mis ojos se posaron en el saco de vestir de Christopher.

En un instante, las lágrimas empezaron a salir…

No pude contenerlas.

Me sentía tan destrozada emocionalmente, como si no tuviera fuerzas para asimilar lo que había pasado esa noche.

Sin darme cuenta, el cansancio me venció y me quedé dormida con la mejilla húmeda.

: Domingo -18 de octubre de 1998:”  Al despertar sentía una molestia en el cuerpo; estaba tan dolorida que casi no lograba levantarme de la cama, aunque al final me puse de pie.

Necesitaba un café, así que caminé hasta la cocina para prepararlo.

Cuando abrí el tarro, vi que estaba vacío.

Tuve que salir de mi departamento de nuevo.

Entonces salí y me dirigí al supermercado a comprar un frasco de café.

Cuando estaba a punto de regresar, pasé junto a la capilla de una iglesia.

Me dio curiosidad y entré: vi la imagen de Jesucristo crucificado.

De repente sentí un odio intenso hacia la imagen de Jesucristo.

Comencé a hablarle, con lágrimas en los ojos: — ¿Por qué me has abandonado?

¿por qué permitiste que me convirtiera en una prostituta?

dimelo, maldita sea…

mírame cómo estoy: tan destrozada por dentro que tengo pensamientos de suicidio…

“fue una estupidez venir aquí” —dije Cuando estaba a punto de irme, pasándome la mano por el rostro para limpiar las lágrimas, de repente escuché una voz masculina que me llamaba.

Al girarme, vi que era el sacerdote del lugar.

Se acercó y me preguntó: — ¿Tan rápido te vas ya?

¿Qué estás buscando, hija mía?

Dímelo —dijo el sacerdote.

— Nada…

Necesito irme —dije.

— ¿Por qué huyes, hija mía?

Seguro que buscas algo —contestó el sacerdote.

Desvié la mirada hacia un rincón; las lágrimas bajaban por mi mejilla.

El sacerdote se acercó más y me limpió una lágrima con el dorso de su mano, diciéndome: “Para nuestro Padre, todos somos iguales, hija mía”.

No tuve valor de mirarlo: me sentía tan vulnerable en ese momento.

Y el sacerdote volvió a preguntarme: — ¿Qué estás buscando, hija mía?

—dijo el sacerdote  — Tal vez el perdón —dije.

— ¿Por qué buscas el perdón?

—preguntó el sacerdote  — Por no haber hecho más…

con mi vida —respondí  — Lo veo claro: lo que buscas es el perdón, hija mía.

no es necesario decirlo; “él ya te ha perdonado desde hace tiempo” —dijo el sacerdote  — Entonces, ¿por qué sigo sintiéndome tan culpable?

me decepciono tanto a mí misma, al saber lo que soy, al saber lo que me he convertido…

¿por qué me siento tan vacía dentro?

—le dije  — La culpa no tiene que ser solo malo: te ayuda a corregir tus errores y te acerca a nuestro padre.

él te conoce de siempre, sabe lo que llevas dentro…

“por él y por su sangre fuimos salvados” si aceptas a jesús en tu corazón, podrás liberarte de ese dolor profundo que te consume, hija mía —dijo el sacerdote Después de terminar la conversación, me alejé de aquel espacio.

Me sentía más mal que nunca; solo necesitaba descansar, ya que la noche se acercaba y tenía que volver a trabajar.

9:00 de la noche La alarma había sonado; me alisté sin prisa pero sin dilación, siguiendo lo que ya conocía de memoria.

Al llegar a la esquina donde siempre nos reunimos, estaba Tatiana con un cigarro entre los dedos, acompañada de otra compañera del trabajo.

Al verme, captaron de inmediato mi estado y me preguntaron lo que me había pasado: — ¿Qué te pasó?

¿por qué vienes así?

¿por qué tienes el ojo algo morado?

¿quién te golpeó, samantha?

—preguntó tatiana Le conté lo que me había sucedido y lo que me habían hecho esos hombres, de que había escapado por milagro.

No me atrevía a imaginar lo que me hubiera sucedido si no hubiera escapado de ellos.

Después le pedí un cigarrillo para fumar y Tatiana me lo entregó.

Estaba a punto de encender mi cigarro cuando un vehículo se detuvo de golpe a mi lado.

La ventanilla del conductor bajó y me preguntó cuánto cobraba.

Le dije mi precio y detallé lo que implicaban mis servicios; entonces ese hombre me contrató.

Me subí al vehículo y algo me llamó la atención: era un joven, que parecía tener dieciocho años, estaba en la parte trasera sin decir nada.

Al llegar al motel, el hombre no bajó del vehículo y le dijo al joven: “Ándale, mijo, es el momento de que te conviertas en hombre”.

Entonces el muchacho se bajó con la mirada agachada, sus pasos lentos.

Luego, al entrar a la habitación, se quedó parado en la puerta y se miró a sí mismo en el primer reflejo que encontró: el joven estaba tenso, con los hombros encogidos y las manos temblando por la nerviosidad.

— Oye, mírame a los ojos.

veo que estás muy nervioso, y es normal…

me imagino que es tu primera vez.

pues te digo una cosa: no hay nada que temer.

hacemos lo que te resulte bien, y…

si en algún momento quieres parar, lo paramos.

Nada de prisa, nada de obligaciones; solo respeta a ti mismo y a mí, y todo estará bien —dije.

De repente, el joven empezó a tartamudear, sus palabras se enredaban entre sí.

Se sentó en el borde de la cama, mordiéndose los labios hasta que casi se ponían rojos.

Al girarse hacia mí, me dijo con voz baja: — Me siento tan nervioso…

en verdad, señorita —dijo ese joven Le respondí que no tuviera miedo, que nunca le haría el daño de burlarme.

Si eso era su temor, me senté sobre sus piernas, guié sus manos hasta mis glúteos y le empecé a besar el cuello, murmurándole que se dejara llevar, que viviera el momento.

Me desabroché la blusa y me quedé desnuda.

De repente, ese joven me pidió que le dijera que lo amaba.

Obedecí: le dije con una voz sensual que lo amaba locamente.

Después de la intimidad, él se quedó profundamente dormido en la cama.

No había duda de que era su primera vez; estaba tan tenso y nervioso como yo en la mía.

Sentí un nudo de nostalgia en la garganta.

Salí de la habitación y, de golpe, el hombre que me había contratado me preguntó por el muchacho.

Le dije que estaba durmiendo en la habitación y que mi servicio había terminado.

Luego me fui del motel.

Encendí mi cigarrillo: el encendedor hizo un chasquido seco y comencé a fumar, dejando salir bocanadas lentas.

Había sido una noche sin complicaciones: sin estrés, sin miedo a que me hiciera daño.

Caminé por la acera, mis pasos resonando en el pavimento vacío; necesitaba reflexionar, digerir lo que Tatiana me había dicho de irme de aquí y empezar de cero.

Pero aún no era el momento: tenía que encontrar a Christopher, tenía que devolverle su saco de vestir.

Con Cariño  Samantha “¡Feliz Navidad a todos mis lectores queridos!

🎄 Que esta noche de amor y magia les llene el corazón de alegría, paz y muchos momentos bonitos con quienes aman.

Gracias por estar aquí conmigo —es un regalo tenerlos.

¡Felices fiestas y que la luz de la Navidad esté siempre en sus vidas!

✨🎁”

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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