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El diario de samantha - Capítulo 13

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13: El diario de samantha 13: El diario de samantha Capítulo – 13: Necesidades  Domingo-18 de octubre de 1998 Querida Aylin, 1:30 de la madrugada Mientras caminaba, una sensación de ser observada se apoderó de mí: alguien me seguía entre las sombras que se arrastraban por el pavimento.

Quizás era solo mi mente jugándome una mala pasada, pero no conocía a ese alguien ni sabía qué quería.

Tenía tres opciones: primero, enfrentarme con el gas pimienta y esperar el desenlace; segundo, era correr lo más rápido posible, aunque el miedo me decía que me alcanzaría; tercero, caminar con calma hasta encontrar un lugar bien iluminado y esconderme ahí.

Mientras avanzaba, saqué el gas pimienta de forma sigilosa.

Mi mano empezó a temblar al desbloquear el seguro de mi gas pimienta, mi respiración se volvía más corta, más rápida.

El miedo me atenazaba.

Cuando llegué a mi esquina, me refugié en un callejón oscuro; me encontraba tan agitada que mis piernas casi no me sostenían.

Ahí me quedé unos minutos, sin animarme a marcharme, sin saber quién era.

Mi mano volvió a temblar; estaba convencida de que alguien me perseguía.

No me estoy volviendo loca, me repetía.

Sé lo que vi.

Salí un poco de mi escondite y empecé a correr lo más rápido posible.

Escuchaba pasos detrás de mí, así que grité: “¡Déjame en paz!

¡Déjame tranquila!” Cuando llegué cerca del parque, me detuve para mirar atrás y no había nadie.

¿Qué me está pasando?

No creo que me esté volviendo loca.

No creo que tenga un trastorno postraumático.

Me encontraba tan agitada que ni siquiera logré respirar con calma.

Al llegar a mi departamento, saqué las llaves de la bolsa de un tirón, pero la bolsa se me deslizó de las manos hacia el suelo y cayó.

Traté de recogerla rápido, pero no pude: escuchaba pasos que ascendían por la escalera, cada uno más cerca.

Empecé a llorar, agarré la llave con mis dedos temblorosos y murmuré: “Demonios, me van a matar.

Son ellos”.

Intenté meterme tranquila, pero mis manos no respondían.

Lloré más, me acurruqué en posición fetal y sabía que venían por mí, que me querían hacer daño.

Me cubrí el rostro con las manos, llorando.

Cerré los ojos con tanta fuerza que me dolió la frente.

Pasaron unos minutos hasta que logré calmarme un poco, y entonces los abrí despacio.

Agarré mi bolsa; todavía tenía el gas pimienta en la mano temblorosa y me puse de pie.

Tomé la llave y esta vez la introduje en la cerradura sin error.

Me limpié las lágrimas y, finalmente, entré a mi departamento.

Fui a la cocina y no paraba de llorar, aunque me limpiaba las lágrimas de mi rostro constantemente.

Abrí el cajón y saqué una botella de ácido porque quería acabar con todo.

Esta no es vida para mí.

Mi respiración se hizo más corta mientras trataba de abrir la botella.

Una parte de mí me impedía, me detenía para no beberlo, pero la otra anhelaba ponerle fin a ese sufrimiento que me atenazaba.

Intentaba abrir la botella, pero mis dedos se deslizaron sobre el corcho sin fuerzas.

En ese momento me sentía tan vulnerable…

deseaba que mi miserable existencia acabara.

Mis dedos empezaron a temblar de repente: una parte de mí se resistía, no dejaba que lo hiciera, que bebiera el ácido.

Pero la otra parte me susurraba que era ahora o nunca, que era el momento de terminar con todo.

Entonces lágrimas de frustración me cayeron por las mejillas, no tenía el valor de hacerlo.

Lo único que logré fue lanzar la botella contra la pared; el cristal se rompió en mil pedazos y empecé a golpear la mesa con mis manos, cada golpe resonando en mi pecho vacío.

Anhelaba con desespero que el sufrimiento se acabara.

Cuando me detuve de golpear la mesa, mis manos se quedaron suspendidas en el aire temblorosas, como lo habían estado cuando intenté agarrar el corcho.

Mis nudillos estaban ensangrentados, con cortaduras que se abrían sobre la piel roja y hinchada.

Sentí esa decepción que me invadía todo: por no haber tenido valor para tomar la decisión final, por el sufrimiento que seguía ahí, intacto, a pesar de todos los golpes y la botella rota en el suelo.

Me dirigí a mi habitación con los pies pesados; en ese momento, solo necesitaba escapar de ese espacio que se llenaba de mi propia frustración.

: Lunes -19 de octubre de 1998:” Al despertar, me levanté de la cama el peso del sueño aún en los hombros y el dolor en los nudillos, sentía como un cosquilleo agudo que no se iba.Tenía ganas de tomar una taza de café, lo único que se me ocurría para empezar el día.

Cuando terminé el café, me preparé para salir.

Antes de abrir la puerta, pasé por el baño: lavé mis nudillos con cuidado, la agua fría aliviaba un poco la hinchazón y me cambié de la ropa arrugada del día anterior.

Después salí del departamento.

Al llegar al parque, me senté en una banca tranquila.

Junto a la banca de al lado estaba una pareja; sin proponérmelo, escuché su conversación empezó a llegarme al oído.

— Sabes mi amor, te amo más de lo que puedo decir.

sin ti, no sé qué sería de mí —dijo el joven — ¿Enserio, mi amor?

sin mí no sabes qué harías?

—dijo la joven  Desvié la mirada hacia el césped, saqué un cigarrillo y empecé a fumar.

Dentro de mí, cruzó la misma idea que siempre viene con esos casos: solo lo dice para engañarla, para llevarla a la cama.

Gente así, yo la conozco de sobra.

Cuando desvié la mirada a lo lejos, alcancé a ver a un hombre que se parecía exactamente a christopher.

Pensando que era él, me levanté de un salto y me acerqué hacia él con pasos tan rápidos que casi no notaba el camino.

“Al llegar cerca de ese hombre, me di cuenta de que no era christopher.

Desde lejos había sido su misma silueta, el mismo tamaño, pero al acercarme no sentía esa misma sensación que tuve aquella única vez que lo vi nada más, no era él.

Entonces me di la vuelta; ya había tenido suficiente de levantarme con esa ilusión.

Me regresé a mi departamento con la mente un poco nublada.

Necesitaba descansar, porque la noche me esperaba para trabajar nuevamente.

:9:30 de la noche:” “Al despertar, me dirigí a mi esquina como siempre.

Allí estaba Tatiana Kim; se fue primero con un grupo de clientes que la llamaron desde la acera, y yo me quedé sola, apoyada en la pared de un edificio.

Cuando ya me disponía a irme —ya que no había conseguido ningún cliente—, de repente un vehículo apareció por la calle lateral y se acercó hacia mí, frenando con suavidad frente a mí.”Me acerqué hasta la ventana del vehículo.

Allí estaba un señor algo mayor, y ese señor me preguntó qué incluía mis servicios.

Le respondí: — Mis servicios por una hora cuestan cincuenta dólares.

incluye la posición que prefieras, no hago sexo anal sin recargo adicional, ni sexo oral sin condón, y depende de tu higiene.

Personal —le dije  — Perfecto, sube a mi vehículo —dijo ese hombre  Al llegar al motel, sentí miedo por la situación que había vivido con aquellos hombres antes, pero ese hombre me dijo que me desvistiera poco a poco.

Y lo hice, al quedarme desnuda completamente, y él me ordenó.

Que me.

arrodillara y que, me acercara muy lentamente hacia el como una perra porque.

Eso el lo excitaba entonces ese hombre me contestó  — Cuando me estés haciendo sexo oral, quiero que me mires todo el tiempo: no te apartes la mirada, hacia mí —dijo ese hombre  Hice todo lo que me pidió: me arrodillé y me acerqué poco a poco a sus piernas abiertas.

Sentí un nudo en la garganta de repugnancia al ver su piel vieja y su cuerpo gordo; no sabía cómo iba aguantar sin vomitar.

Tuve que hacerlo con la mirada fija en él, y me resultó muy difícil.

Cuando terminó el acto, fue tranquilo, sin violencia, pero para mí seguía siendo algo repugnante compartir eso con alguien mucho mayor que yo.” Una vez que salí del motel, era hora de dirigirme a mi departamento.

Caminé por la calle envuelta en oscuridad, aguantando el frío que llenaba el aire.” “Cuando llegué al parque cerca de mi departamento, vi a una pareja que caminaba abrazados.

Me quedé ahí observándolos, con la esperanza de tener alguien que me cuide.” Y luego “Pasé de largo sin detenerme, pero en una banca vi a un niño que estaba durmiendo su única cobija era uncartón y un periódico.

Me quité mi chamarra que llevaba puesta, se lo coloqué ha ese niño y me fui.

Dentro de mí resonaba: ‘Pobre niño, lo que tiene que soportar por la noche’.

Me reflejé en él cuando me escapé del orfanato también tuve que vivir en las calles.” Al llegar a mi departamento, lo único que quería era descansar y olvidar lo que había hecho.

Sentía una repugnación honda al recordar lo que hice con ese señor; tenía que dejar atrás ese momento tan asqueroso.

Con Cariño  Samantha 

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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