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El diario de samantha - Capítulo 22

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Capítulo 22: El diario de samantha

Capítulo – 22: Presagio en las sombras

Miércoles – 21 de octubre de 1998

Querida aylin,

Desperté un poco más tarde de lo habitual. Al girarme para ver la hora, eran las 9:30 de la mañana; entonces, decidí dormir un poco más. Cuando volví a despertar, lo hice por el hambre que había comenzado a sentir. Al volver a mirar el reloj, eran las 11:40 de la mañana. Me levanté de la cama. Aunque había descansado el día anterior, me hacía falta un descanso como este. Me dirigí al baño para bañarme. Al retirar mi ropa interior, comprobé que mi período había terminado; eso significaba que aquella noche sería posible atender mis clientes en la zona donde suelo estar. Entonces tenía

que ir a trabajar. Mientras me pasaba el estropajo, para lavar mi piel, vino a mi mente la época en que mi madre me ayudaba con el baño. Recuerdo que ella repetía siempre: “Nadie debe tocarte en tus partes íntimas”. Es curioso cómo la vida funciona: hoy en día, esas mismas zonas son tocadas por muchos.

:Flashback sábado, 04 de mayo de 1985:”

— Mira samantha: si alguien te toca tu zona privada, solo tienes que decírmelo. sea quien sea, no importa dónde. ni en la escuela, ni en la casa de tus tíos, con quién sea: no tengas miedo. —dijo aylin

— No tendrás miedo, mami —le respondí.

Mi madre me comentó que el amor de una madre puede enfrentar sus peores miedos y hacerles frente, todo para proteger a su familia. Me quedé admirada por su fortaleza, así que le pregunté: ¿Un día podré ser valiente como ella, sin miedo, y defender a mi familia?

— Yo soy valiente cuando debo serlo, samantha. ser valiente no consiste en buscar problemas: se trata de cuidar a tu familia, como lo hago yo, y como tu padre nos cuida a ambas. eso es ser valiente —no provocar problemas. —contestó aylin

— Pero tú no le tienes miedo a nadie, mamá —le dije

De repente las facciones de su rostro cambiaron. Me miró con ojos llenos de calidez y ternura, se acercó, acarició mi rostro y luego me contestó:

— Siempre tengo miedo, samantha —contestó aylín

— ¿En serio? ¿qué cosa te asusta, mamá? —respondí

— Claro que sí. lo que más me preocupa es cuando tu papá se va a trabajar: no sé si llegará sano y salvo a casa. y cuando tú vas a la escuela, también me pregunto si volverás bien —dijo aylín

— Así que tú también tienes miedos, mamá… somos amigas, ¿no es cierto? —le respondí

— Claro que sí —dijo aylín

— Siempre estarás a mi lado, ¿verdad, mamá? —le dije

— Samantha, te voy a contar algo que me dijo mi madre cuando yo era pequeña como tú… cuando te sientas sola o triste, mira las estrellas. la más brillante seré yo: te estaré observando y cuidándote —dijo aylin

— ¿En serio? —le dije

— Así es. Cuando te sientas sola, recuerda estas palabras y nunca olvides mi promesa: yo estaré ahí para guiarte —dijo Aylin

:en el presente:”

Me acabo de bañar y salgo del baño. Me pongo la ropa limpia, alisando cada tela con las manos mientras trato de mantener la calma. Se me viene a la mente lo que mi madre solía decir: “Entonces, antes de irme a dormir, desayuno algo ligero”. Termino de vestirme y regreso a mi habitación para intentar conciliar el sueño de nuevo. Cuando vuelvo a despertar, miro el reloj de la mesita de noche: son las 7:25 de la tarde. Me levanto lentamente de la cama, pero noto una sensación extraña en el pecho, como si llevara algo pesado o estuviera apretado por dentro.

Intento ignorarla y seguir con mis cosas, pero al mirarme en el espejo, mientras me maquillaba una lágrima se derramó en mis ojos sin que yo pueda evitarlo. No comprendo qué me está ocurriendo; me hablo a mí misma en silencio tratando de entender lo que sucede. Al llegar a la esquina, veo que el ambiente está bueno, eso quiere decir que hoy por la noche seguro agarro unos clientes. Pero de pronto se me acerca una mujer que no conozco, y me habla con un tono muy agresivo.

—¿Eres la llamada samantha? bueno, perra, te aviso de una vez que este va a ser mi nuevo lugar de trabajo. así que ya puedes empezar a decirle adiós a esta esquina —dijo esa mujer

— ¡Que te jodan, perra! yo fui la primera en llegar aquí, es mi esquina —le contesté

Justo entonces llegan otras chicas para poner orden, diciéndole a la desconocida que se vaya de ahí. Entonces yo le respondo de nuevo:

— Este esté es mi territorio, perra llevo tiempo aquí. ¡lárgate de aquí, perra! —le dije

La mujer agresiva finalmente se dio la vuelta y se retiró, dando unos pasos rápidos antes de desaparecer entre la multitud que empezaba a moverse por la calle. Me volví hacia mis compañeras, jana y june estaban ahí, una con los brazos cruzados y la otra ajustándose el pelo y les tuve que agarrar las manos para agradecerlas: “Muchísimas gracias, chicas… No sé qué hubiera pasado si no hubieran llegado justo ahora”. Jana me dio una palmada en el hombro con una sonrisa cansada pero cálida, mientras june miraba hacia donde se había ido la desconocida y

murmuraba “No vuelva más, que aquí ya tenemos dueña”. Justo en ese momento, escuché el ruido de un motor que se acercaba y se detuvo a pocos pasos de nosotras: era un carro oscuro, bien pulido, que destellaba con los reflejos de las farolas de la esquina. El conductor bajó la ventanilla y me llamó con un gesto de la mano; obedezco, ajustándome la falda mientras me acerco.

— Hola papi, ¿quieres pasar un momento divertido conmigo? no te arrepentirás, te haré sentir lo que nunca te habían hecho —le dije

—¿Cuántos años tienes, si se puede saber? ¿te puedes dar la vuelta? —dijo el hombre

Intentando mantener la sonrisa en mi rostro. Me di la vuelta despacio, sintiendo cómo el viento movía mi cabello, y le contesté que tenía veinticinco años. Pero él frunció el ceño y me dijo que ya era algo vieja. Me sentí enojada por su estúpida contestación, un calor quemante subiendo por mi cuello, pero me contuve y no le dije nada. Sin embargo, el hombre extendió la mano hacia afuera y me pidió que me subiera en su vehículo. Entonces me llevó a un callejón oscuro y apartado; ya sabía perfectamente lo que tenía que hacer. Me aseguré de colocarle el condón correctamente

antes de subirme encima de él. Cuando terminamos el acto sexual, me entregó la cantidad acordada y se fue sin decir nada más, encendiendo el motor y desapareciendo en la dirección desde la que habíamos venido. Al regresar a la esquina, me doy cuenta de que mis compañeras ya no están ahí, probablemente se fueron con otros clientes o decidieron ir a descansar un rato en algún lugar cercano. Me quede de pie junto a la pared, ajustándome la ropa y mirando el tráfico que pasaban despacio. No pasan ni cinco minutos cuando se detiene otro vehículo, esta vez uno nuevo y brillante. Me acerco y, cuando él me pregunta lo usual, le respondo con la misma frase de siempre:

— Hola papi, ¿quieres pasar un momento divertido conmigo? no te arrepentirás, te haré sentir lo que nunca te habían hecho —le dije

— Buenas noches. quisiera contratarte por una hora y media. además, ¿tienes un costo extra para sexo oral? —preguntó el señor

Ese señor mantenía su codo apoyado en la ventanilla del vehículo. De repente, dirigió su mirada directamente a mis ojos. Su rostro mostraba una sonrisa de satisfacción, la cual me generaba incomodidad. Mientras me miraba fijamente, se mordía los labios y se notaba que se tocaba sus partes íntimas.

— Sí, se cobra un dinero adicional, pero depende de tu higiene personal. no quiero ofenderte, es solo una precaución —le dije

— No te preocupes, no me molesta. de hecho, creo que estoy más limpio que tú, ¿no crees, chiquilla? pues bueno, sube ya al carro —dijo ese hombre

Y de pronto se rió fuerte con lo que acababa de decir. Yo también me reí un poco, aunque dentro me sentía irritada por su comentario. Pero no quise perder el trabajo, así que asentí y me subí al vehículo. Después me condujo hasta un motel que estaba cerca de la esquina, con un letrero parpadeante que se veía entre los árboles. Al llegar al motel, lo primero que me obligó a hacer fue sexo oral. Fue todo muy brusco, un ritmo tan fuerte que me provocó náuseas, hasta que tuve que aguantarme para no vomitar. Cuando acabé con eso, comenzó lo peor: me penetró con una

violencia que me hizo encoger el cuerpo, cerré los ojos y solo pensé en que terminara pronto. Me agarraba del cabello con tanta fuerza que sentía el dolor llegar hasta la cabeza. Ya debería estar acostumbrada asi siempre era, con el cliente pero anterior cliente había sentido algo bueno, no había habido tanto dolor alguno. Pero este hombre era diferente; parecía que solo se preocupara por sí mismo, moviéndose con rudeza y haciéndome daño sin importarle. Solo quería que acabara para poder salir de ahí irme a casa.

— ¡Dime, puta! se te ve que te encanta cómo te lo hago, ¿verdad? ¡dime quién es mi perra! —dijo el hombre

apretándome más del cabello mientras su movimiento no disminuía. Le respondí que yo era su perra, siguiendo su juego porque noté que así se excitaba más y quizás acabara antes. Pero la presión en mi cabeza seguía, así que le lancé: con fuerza, unas palabras aunque mi cuerpo solo pedía que terminara ya.

— ¡Hijo de puta, hazlo más rápido! ¡yo soy tu perra! —le dije

Enseguida, se vació en el condón y dejó escapar unos suspiros largos de placer, como ya había previsto. Cuando acabó, se vistió rápidamente, dejó el dinero sobre la almohada y se fue de la habitación sin mirarme ni una vez más. Me arrastré hasta el baño para bañarme, pero mi garganta estaba muy hinchada y me dolía tanto que ni siquiera podía pasar la saliva por ella. Después de salir del motel, empecé a caminar; llevaba varios kilómetros dando pasos lentos, ya que me sentía muy lastimada por todas partes. Me senté en la banqueta, la mano apoyada en el vientre. Al

escupir, noté sangre mezclada con la saliva. La garganta me causaba mucho dolor, y mis piernas temblaban tanto que no pude continuar. trabajando esta noche había sido una mala idea. Me miré el reloj de mano marcaba las 11:23 de la noche. Aún persistía el sabor del condón en mi boca, una sensación desagradable que no me gustaba. Me levanté de la banqueta y continué caminando, aunque mis piernas temblaban con cada paso. Solo deseaba llegar a mi departamento para poder descansar. En ese momento, divisé una patrulla. Si me descubrían, me enfrentaba a dos

posibilidades: entablar relaciones con los oficiales o ser detenida por ellos y, en ese momento pensé, que. Me iban a llevar a la comisaría. La idea de estar allí me generaba incertidumbre, ya que me acusarían de ejercer la prostitución. Al mirar a mi alrededor, vi que un diner seguía abierto, así que decidí entrar para hacerles perder el rastro. Al entrar al diner, me acerqué a una mesa libre para sentarme. Justo entonces, una mujer se acercó llevando un menú. Solicité una taza de café y una tostada con mermelada de fresa. Cuando vi que la patrulla continuaba su recorrido, emití un

suspiro de alivio. Atrás mío, llegó hasta mí la conversación de dos hombres; uno de ellos hablaba con el otro, a quien llamaba. Bruce

— Te lo digo en serio, bruce: las prostitutas de esta zona son las más repugnantes. quizás tengan sífilis o gonorrea. mejor nos retiremos y busquemos otro lugar. aunque aquí la mayoría hace lo que se les pide por poco dinero, sé que tendrás que pagar más allá, pero es más seguro —dijo trevor

— ¿De verdad? bueno, está bien. cuando terminemos de cenar nos dirigimos a donde me mencionas. puede que tengas razón; me han comentado que por aquí, en esa área, las prostitutas hacen lo que se quieras por muy poco dinero… quizás tengas razón —dijo bruce

Después, los dos hombres se rieron. Me entraron ganas de ponerme de pie, tomar la taza y golpearle con ella la cara. Pero ¿qué conseguiría con eso? Solo sentía cómo temblaban mis manos al oír esas palabras. ¿Cómo podía un hombre hablar así de una mujer? No parecían recordar que todos venimos del vientre de una mujer. Cuando salí del diner, me encaminé hacia mi departamento. La náusea era tan intensa que estaba a punto de vomitar una vez más; me sentía realmente mal. Al abrir la puerta, entré un paso, pero al volcarme para cerrarla, la puerta de repente

todo se me fue a negro y no recordé nada más. Cuando desperté, estaba tendida en el suelo y percibía un sabor metálico de la sangre en mis labios. Al incorporarme, pasé la mano por ellos y confirmé que estaban ensangrentados; probablemente por el impacto al desmayarme. El relojde la pared marcaba la una de la madrugada. Solo recordaba haber llegado hasta la puerta de mi departamento, pero después no tenía ningún recuerdo. No hice nada más que tumbarme en el sofá. Tenía mucha necesidad de descansar; el frío de la noche me era indiferente. Solo anhelaba dormir, reposar y dejar atrás esta jornada.

Con

Cariño

Samantha

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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