El diario de samantha - Capítulo 23
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Capítulo 23: El diario de samantha
Capítulo – 23: Un nuevo comienzo
Jueves – 22 de octubre de 1998
Querida aylin,
Desperté sobresaltada al ver el reloj de la pared. Eran apenas las 9:48 de la mañana. Me levanté del sofá, aunque sentía debilidad en el cuerpo; las piernas temblaban por sí solas. Me dirigí al baño para mirarme en el espejo. Al entrar, observé que en mis labios quedaba sangre seca. Entonces me enjuagué el rostro para borrar cualquier rastro de sangre seca. De repente, el timbre del departamento hizo sonar su melodía, me sorprendió y tuve un sobresalto. Una vez secándome, me dirigí hasta la puerta. Al abrirla, reconocí al administrador; su rostro mostraba tristeza mientras se acercaba. Noté que sostenía unos documentos en la mano, así que le pregunté qué ocurría.
— Buenos días, señorita samantha. vengo a informarle que se le otorgan unos días de plazo para desalojar el inmueble —dijo el administrador
— ¿De qué trata esto? he pagado a tiempo mi alquiler correspondiente, así como el saldo atrasado. no puedo ser desalojada de esta manera —le dije
— No se trata solo de usted. el propietario vendió el edificio, y se le devolverá el dinero abonado, incluyendo el depósito. se le dará como mínimo una semana, o como máximo dos semanas, para abandonar el lugar; el edificio será derrumbado —dijo el administrador.
— Esto no es posible. ¿por qué toman esta decisión? no es justo —le respondí
— Le entiendo perfectamente su preocupación, pero la situación no depende de mí. será mejor que busque otro lugar para vivir. lo antes posible. como le mencioné, el dueño, vendió el edificio, así que todos los inquilinos serán desalojados, no solo usted… yo también me iré de aquí; dejaré mi puesto esta será la última vez que nos veamos. le deseo buena suerte, señorita samantha —dijo el administrador
— Muchas gracias —le contesté
En ese momento me invadió la angustia. ¿Qué haría ahora? Antes de que cerrara la puerta, el administrador me entregó una porción del dinero pagado más el depósito en su totalidad. Tenía que encontrar un nuevo lugar para vivir, pero ese inmueble había sido el único que me permitía sostenerme económicamente. Cerré la puerta, me recosté de nuevo sobre el sofá y traté de relajarme un poco: esa noche tenía que ir a trabajar, era lo único que podía hacer por el momento. Al despertar, me giro para consultar la hora en el reloj: eran las 3:40 de la tarde. Me levanto del
sofá, aunque todavía me siento algo débil. Cene algo ligero, un poco de ensalada y galletas integrales. Una vez terminada la comida, me dirijo al baño para bañarme. En ese momento, siento una sensación de opresión en el pecho que resulta incómoda, y al mismo tiempo, sentía miedo de tener que asistir a mi turno de trabajo esta noche. Al salir del baño, coloco el gas pimienta en mi bolsa y guardo un par de condones en uno de sus compartimentos. Al revisar la hora, eran las 4:10 de la tarde. Me pongo las medias negras, después una minifalda corta y una blusa con escote.Sin
darme cuenta, termine recostándome en la cama: mi cuerpo se siente extrañamente débil, como si tuviera poco fuerzas. De nuevo caigo en un sueño profundo, hasta que la alarma suena. Al mirar el reloj, ya son las 6:40 de la tarde. Me levanto, para maquillarme rápidamente y salgo de mi departamento. Al llegar a la esquina habitual, no encuentro a mis compañeras. Miro el reloj en la muñeca: son apenas las 7:30 de la tarde. De repente, un auto se detiene justo frente a mí. Me acerco y le hago la pregunta de siempre, con un toque coqueto.
— Muy buenas noches, papi. ¿quieres pasar un rato divertido conmigo? te haré vivir un sueño, vas a disfrutar mucho conmigo —le dije
— ¿Cuál es tu precio? y si no es mucha molestia, ¿qué servicios incluyen? —preguntó el hombre
Su forma de hablar me llamó la atención: era educada. Era la primera vez que alguien me hablaba con tanto respeto y dignidad. Le respondí que cobraba cincuenta dólares por hora. Entonces el hombre se bajó del vehículo y me abrió la puerta para que entrara. Nunca antes me habían tratado así; al mismo tiempo, sentía una emoción extraña, porque creí que esa noche quizás no sufriría ningún daño. Al llegar a un motel un poco retirado del sitio donde suelo estar, al entrar en la habitación y cerrar la puerta detrás mío, de repente siento un golpe seco que impacta en mi
espalda. Intenté abrir mi bolsa para sacar el gas pimienta, pero él se lanza encima de mí en seguida, apoyando sus rodillas sobre mis hombros mientras me aprieta el cuello con fuerza. Solo me dice una y otra vez que tiene una fantasía de saber cómo se siente violar a alguien. Traté de resistirme con todas mis fuerzas, pero una bofetada fuerte me deja mareada y con la cabeza girando. Sus manos se deslizan debajo de mi falda, intentando quitarme mi ropa interior; no logro explicar bien cómo lo consigo, pero al fin saco el gas pimienta de su compartimento.
— ¿Qué sucede, puta? sabes bien que puedes rendirte. no hay nada de qué sentirte avergonzada; solo tienes que suplicarme para que te deje en paz —dijo el hombre
— Vete al diablo, bastardo —le dije
De repente, la presión en mi cuello se hizo mayor. Soltó una risa fría y me ordenó que comenzara a rezar. Lo único que logré articular fue: Pudrete, maldito perro. Ya no podía respirar bien; el mundo se me borraba poco a poco, a punto de caer en la inconsciencia.
— ¿Crees que me conoces algo así, puta, para hablarme de ese modo? quiero escuchar cómo me súplicas que te dejes vivir. y déjame decirte una cosa: no tienes la menor idea de todo lo que soy capaz de hacer para satisfacerme —dijo el hombre
Con lo poco que me quedaba de fuerzas, logré agarrar el gas pimienta, desbloquear el seguro y rociárselo en todo su rostro seguro que también le entró por la boca. Él se tambaleó y se quedó en cuclillas, ahogándose y llevándose las manos a la cara. Me puse de pie de un salto y le di una fuerte patada que hizo que su rostro golpeara contra la pared de la habitación. Al verlo sangrar por la boca, me sobrecogió el miedo: no sabía si lo había matado o solo había desmayado. Salí corriendo de la habitación; me llevé su dinero porque se lo merecía, pero no dejaba de pensar con
temor si realmente había causado su muerte. Al salir del motel, me dirigí a un callejón donde había un grupo de personas. Me apoyé en la pared de una casa cercana; estaba tan agitada que mis piernas temblaban de punta a punta. De repente, mi vista se nubló completamente y perdí el conocimiento. Cuando desperté, estaba sobresaltada y con mucha ansiedad, al observar el lugar, me di cuenta de que estaba en un hospital, y todo me parecía desconocido. Al ver que se acercaba el médico, el pánico me envolvió de golpe, sintiendo que me haría daño. Pero él me habló con voz
suave para tranquilizarme: Estás a salvo ahora. Por favor, no te muevas tanto, ya que podríasdesconectar el suero intravenoso que te estamos aplicando. Con esas palabras, logré tranquilizarme un poco.
— Discúlpeme, doctor. ¿puedo hacerle una pregunta? ¿cómo llegué aquí? ¿quién me trajo al hospital? —le pregunté
— Lo único que podemos confirmar es que cuando te desmayaste había varias personas en el callejón, pero ninguna se acercó a ayudarte. fue un hombre quien intervino: está esperando afuera del consultorio, llamó a la ambulancia y es gracias a él que llegaste aquí… en unos quince minutos se vaciará el contenedor del suero, y cuando termine, necesito que me cuentes algo de ti, para tus registros médicos y poder seguir atendiéndote. no te preocupes, solo son datos básicos—dijo el doctor
Me volví a recostar, apoyando la cabeza en la cama, y con un tono sarcástico dije: ¡Qué bien! Así que le debo la vida a un hombre. Empecé a reír un poco, pero el doctor me hizo una pausa y comentó:
— Aunque lo digas de esa manera, la verdad es que si no te hubiera traído, tal vez ya no estarías aquí, podrías haber sufrido hipotermia o complicaciones por tu estado… ese señor te salvó la vida, y aunque es evidente lo que haces no hace falta adivinarlo por cómo vas vestida, quiero que sepas que lo digo con todo respeto. sé que trabajas como sexoservidora —dijo el doctor
— ¡Guau, doctor, realmente eres un genio! gracias por recordarme cuál es mi lugar. sé que no quieres ofenderme –claro, excelente respuesta—le dije
Desvié la mirada hacia la pared del otro lado; una lágrima se escapó y resbaló por mi mejilla. Sentía la necesidad de desahogarme: había logrado sobrevivir a aquel momento. Apreté los puños con fuerza, reviviendo en mi mente la imagen del hombre que casi me mata. Una vez que se vació por completo el suero, el doctor se acercó para retirar la jeringa y desconectar el equipo. Luego me preguntó mi nombre y si me sentía capaz de ponerme de pie. Me esforcé en hacerlo y le respondí:
— Me llamo samantha poots tyler —le dije
— Por favor, subete a la báscula. necesito medir tu estatura y conocer tu peso —contestó el doctor
Al subirme, en la báscula después de medirme y pesarme, observé que su expresión se tornaba extraña. Mi instinto me decía que algo no estaba bien. Al volver a mirarme, su rostro reflejaba clara preocupación.
— Samantha, mides 1.63 metros y pesas solo 36 kilogramos. tengo que preguntarte algo: ¿cuántos años tienes? —dijo el doctor
— Vamos al grano, doctor. por favor, dígame qué cree que pasa conmigo —le contesté
Pero el doctor volvió a preguntarme mi edad con un tono muy serio, así que tuve que contarle que tenía veinticinco años. Ya no podía evitar preocuparme al ver cómo se veía.
— Necesito que me cuentes la verdad: cuando mantienes relaciones sexuales, ¿usas protección? no temas decirlo como es —respondió el doctor
— Siempre intento hacerlo, pero en ocasiones el preservativo se rompe y no me doy cuenta en el momento. es el oficio del trabajo que hago… pero doctor, ¿qué es lo que me pasa? —le pregunté con nerviosismo.
— Debes hacerte análisis de vih para descartarlo. quizás no lo tengas: podría deberse a una mala alimentación, o tal vez sea vih —comentó el doctor.
En ese instante, sentí que todo se derrumbaba a mi alrededor. Me quedé paralizada de shock, sin saber qué decir o hacer. El miedo me invadió al pensar que podría ser portadora de esa enfermedad. ¿Cómo fue posible que fuera tan descuidada? Nunca había considerado realmente todas las consecuencias de mi trabajo. No tenía dinero suficiente para hacerme los análisis, además de seguir buscando un lugar para habitar. Entonces le mencioné al doctor mi falta de recursos económicos.
— Permíteme comunicarme con el señor que te trajo, a ver si puede hacerte el favor de cubrir esos gastos —dijo el doctor
El doctor se levantó entonces y salió del consultorio. Transcurridos unos cinco minutos, escuché cómo se abría la puerta y oí pasos en el umbral. Al volver la cabeza, quedé sorprendida; no podía creer lo que veía. El hombre que me había ayudado en el momento de mi desmayo era christopher. Me invadió una fuerte sensación de vergüenza al pensar que me viera en ese estado. christopher se acercó hacia mí y extendió su mano, preguntándome por mi nombre. ¿Acaso no se recordaba de mí? Él me había ayudado aquel día debajo de la lluvia…
— Encantado de conocerte. ¿cuál es tu nombre? soy christopher later miller —dijo christopher
No sabía qué contestarle. Era obvio que no me reconocía. Me quedé observándolo detenidamente; tal vez no era él quien me había ayudado en aquel momento bajo la lluvia. Pero no debía estar equivocada: fue él quien me ayudó, quien me dio su saco de vestir y a quien había visto en el diner. Entonces le respondí:
— Samantha poots tyler —le dije
— El doctor ya me contó todo: debes realizar unos análisis. yo puedo ayudarte con eso; mañana tenemos que ir a un laboratorio. si así lo deseas, te llevo hasta tu departamento y mañana paso a buscar —dijo christopher
Antes de que pudiera decir algo, el doctor interrumpió la conversación. Le mencionó que era necesario adquirir ciertos medicamentos y vitaminas, entregándole una receta impresa. Al terminar, christopher se encargó de pagar los gastos de la consulta. Al salir del consultorio, yo caminaba con la cabeza baja, sin dirigirle ninguna palabra. La verdad es que no quería volver a mi departamento. Tenía mucho miedo de estar sola.
— ¿Qué pasa, samantha? ¿no tienes dónde ir? ¿es eso? —preguntó christopher
Alcé mi rostro hacia él, con una mirada llena de tristeza, y solo moví la cabeza de lado a lado diciendo que no. Cuando lo miré de nuevo, él suspiró y se notaba un poco incómodo antes de hablarme directamente:
— Samantha, puedo hacerte una pregunta sin ánimo de ofenderte. si te invito a pasar la noche en mi casa, ¿no piensas hacer nada malo, no? ¿me intentarás robar, verdad? —dijo christopher
— Claro que no… no porque esté en esta situación significa que, por ser sexoservidora, tenga que ser una ladrona, christopher. Mejor no me ayudes. Te entiendo perfectamente, no te juzgo; ni te justifico, yo haría lo mismo en tu lugar. Muchas gracias, de verdad. Gracias por ayudarme, por pagar la consulta y por salvarme —le respondí
De repente, se me escapó una lágrima que deslizó por mi mejilla. Intenté alejarme dando unos pasos, pero christopher me tomó suavemente del brazo para detenerme. Al mirarlo, se dio cuenta de que estaba llorando.
— Perdóname, samantha. no quería ofenderte, realmente lo siento mucho. vámonos, discúlpame. seguro que tienes muchos problemas y sin darme cuenta te herí. vamos a mi departamento; mañana temprano nos dirigimos al laboratorio para tus análisis —dijo christopher
— Dime, christopher: ¿por qué me ayudas si no me conoces? ¿por qué lo haces? —le pregunté
Lo miré directamente a la cara. De repente, una ráfaga de aire recorrió nuestra piel, era fresco, casi frío, pero en ese instante no sentí nada de escalofrío mientras estábamos ahí. Nos quedamos unos segundos en silencio, mirándonos fijamente, antes de encaminarnos hacia su vehículo. Entonces Christopher habló, su voz cargada de sinceridad.
— Porque creo que todas las personas merecen tener una segunda oportunidad. si no quieres aceptarla, no hay problema, puedes irte. pero te lo advierto, samantha: esa oportunidad no se da dos veces en la vida —dijo christopher
Con
Cariño
Samantha
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