El diario de samantha - Capítulo 25
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Capítulo 25: El diario de samantha
Capítulo – 25: Salvación
Viernes – 23 de octubre de 1998
Querida aylin,
7:08 de la tarde
El cielo, al menos, estaba despejado. La luna era llena y lograba iluminar buena parte de la ciudad, pero la noche era muy fría. Podría congelarme si permaneciera dormida en el parque; ya notaba cómo los dedos de mis pies se iban poniendo rígidos por el frío. Me repetía que debía tomar la decisión de ir a buscar a christopher. Me levanté de la banqueta, di unos pasos para marcharme, pero me detuve de golpe. Dentro de mí surgió la duda: quizás. Christopher tenía una novia, y con mi visita le causaría problemas. Pero en esa situación tan crítica, también me encontraba aterrada al
no tener claro qué camino tomar. Así que salí del parque caminando despacio, mientras pensaba en lo que iba a hacer. Entonces había tomado una decisión: ir a la casa de christopher. Me acerqué a un taxi para iniciar el trayecto. Al aproximarme al domicilio, ya estaba a unos pasos de la entrada. Entonces me bajé del taxi. Sentía nervios por el paso que iba a dar, además de bastante miedo. Consideré ir a un motel, pero desistí: el establecimiento me cobraría una cantidad de dinero por un mínimo de cuatro horas, y no podía permitirme ese gasto con el dinero que tenía. Un hotel habría
consumido todos mis ahorros solo por una noche. Finalmente, tomé la decisión de solicitar ayuda a christopher. Al día siguiente buscaré un departamento económico para mí. Entonces “al llegara la puerta” lo dudé por un momento. No sabía si tocar el timbre, ni qué palabras le diría a christopher. Sin pensarlo mucho, tomé la decisión. Extendí la mano hacia el timbre, pero me detuve antes de pulsarlo. Me quedé ahí de pie, pensando en mi elección. No quería generarle ningún inconveniente a christopher, aunque el frío ya me estaba haciendo temblar un poco. Entonces ahí me quedé
inmóvil; no podía moverme ni un centímetro en ese instante. Quería pedir ayuda, llevar a cabo un cambio en mi vida, pero necesitaba alguien que me sacara de ese profundo hoyo que mi vida había llegado a ser. Entonces presioné el timbre con fuerza. Un nudo se me había formado en la garganta; me imaginaba el escenario: de repente abriría la puerta una mujer, preguntándome qué buscaba, y no sabría qué responder. Pero la verdad era que necesitaba de. Christopher: pero a la vez no quería pasar la noche bajo un puente, ya que probablemente moriría de hipotermia. Apenas
conseguía cubrir los dedos de mis manos del frío, y sentía cómo poco a poco mi cuerpo iba quedándose entumecido por la bajada de temperatura. Volví a pulsar el timbre; quizás la primera vez no se había escuchado. Estaba desesperada, no había forma de negarlo… y además tenía miedo: mis pies ya estaban entumecidos. Lo único que rondaba por mi cabeza era el miedo a la hipotermia. De pronto, se hicieron oír unos pasos que se acercaban hacia la entrada. Se oyó el sonido del click y, poco a poco, se abrió la puerta dejando ver a una niña. Me miró con atención
fija, y me sorprendió profundamente. ¿Será que christopher tiene familia? La cosa es que ella me parecía familiar. ¿En qué momento la había visto antes? Su mirada no se desviaba de mí, y me invadía un sentimiento de culpa: quizás estaba generando un problema a. Christopher. Pero de repente, la niña abrió la boca y me habló con una voz más seria de lo esperado.
—¿Quién eres…? ¿qué necesitas? —dijo la niña
— Perdón, discúlpame. debo haberme equivocado de casa. no quería molestar —le respondí
Pero en ese instante, la niña llamó a gritos a su padre: Papá, hay una persona aquí fuera, se que está muy mal. Quise dar media vuelta y marcharme, pero pensé que hacerlo solo complicaría más las cosas con christopher. Así que me quedé donde estaba. Pasaron unos minutos y él apareció en la puerta. Al verme, se quedó inmóvil por un instante; después, pronunció mi nombre en un susurro.
— Samantha… ¿qué haces aquí? —preguntó christopher
No encontraba palabras. Me invadió la vergüenza al llegar de esa manera, sin previo aviso. Lo miré y noté que llevaba un mandil; en ese momento, solo pude bajar la mirada hacia el suelo. Y me quedé en silencio durante unos minutos. No sabía qué decir; solo mordía mis labios. Estaba muy nerviosa. Entonces esa niña habló,dirigiéndose hacia mí, levanté mi mirada. Entonces, en mi rostro se dibujó una pequeña sonrisa de nervios.
— Papá, ¿la conoces a esa mujer? —preguntó la niña
Enseguida christopher le pidió a la niña que nos dejara solos. Pero la niña se quedó mirándome, sin desviar la mirada de mí. Su mirada no tenía enojo, sino curiosidad… de saber quién era yo. Luego se acercó a mí, con una sonrisa amable, y se presentó.
— Mucho gusto. me llamo maritza sarahí, pero todos me llaman sarahí. ¿y usted cómo se llama? —respondió sarahí
Y luego sarahí extendió su mano hacia mí. La estreché y le dije mi nombre. Al oírlo, se quedó un instante callada, con una expresión de sorpresa en su rostro, antes de darse vuelta para retirarse. Justo cuando iba a cruzar el umbral de la puerta, me lanzó un guiño rápido. Cuando sarahi se fue, nos quedamos solos. Le conté a christopher la situación completa: me habían desalojado, y no contaba con nadie más a quien recurrir que a él. Se apreciaba en su rostro y en su postura que tenía dudas sobre ayudarme, lo cual era entendible. Christopher no podía simplemente dejar entrar a una desconocida en su hogar, especialmente teniendo a su hija con él. Yo habría actuado de la misma manera; si estuviera en su lugar era perfectamente justificable.
—”Samantha… es que yo no sé…—dijo christopher
No dejé que terminara de hablar. Antes de que pronunciara la palabra “no puedo”, me di la vuelta y comencé a llorar mientras me alejaba de allí. Me reprochaba a mí misma: era tan estúpida. ¿Cómo había pensado que alguien me ayudaría sin siquiera conocerme? Pero de pronto, sentí cómo christopher me tomaba del hombro. Cuando me giré hacia él, mis ojos estaban llenos de lágrimas.
—”Samantha, ¿te gustaría cenar con nosotros? ya es demasiado tarde para que estés sola en la calle”—dijo christopher
Le respondí afirmativamente: me encantaría cenar con ellos. Me quedé un instante, apoyando el dorso de mi mano contra mi mejilla para evitar que las lágrimas se deslizaran. aún más en mi rostro. Al cruzar el umbral de la casa de christopher, un aroma reconfortante de comida cocinándose llenó el aire. Él me informó que tú estabas haciendo la cena. Al llegar a la sala, me senté en una de las sillas frente a la mesa. Sarahí, al advertir mi entrada, se dirigió hacia mí.
— ¿Puedo hacerte una pregunta?—preguntó sarahí
— Claro —le contesté
— ¿Estás casada? ¿tienes novio? ¿tienes hijos? además, no conoces a mi padre —expresó sarahí
En ese momento, christopher interrumpió a sarahí, pidiéndole que no insista con las preguntas. Le respondí a la niña que ni era casada, ni siquiera tenía novio, y que no tenía hijos aún. Luego, christopher me puso un plato caliente de caldo de pescado sobre la mesa.
— ¿Sabes qué? mi padre es el mejor cocinero del mundo, seguro que te va a gustar lo que hizo —dijo sarahí
— ¿De verdad? si es así, entonces estoy ansiosa por probar su comida—le contesté
En aquel momento, una sensación de calma me envolvió. Sentía una felicidad que había perdido de vista hacía mucho tiempo. Había paz en mi interior, y deseaba con fuerza formar parte de una familia como esa. Al terminar la cena, sarahí propuso ver una película; Christopher decidió quedarse para lavar los platos sucios. Entonces sarahí me condujo hasta la sala y se detuvo frente a mí.
— Samantha, ¿puedo recostarme entre tus piernas? —dijo sarahí
— Claro que sí —le contesté
Ella se colocó entre mis piernas, con la espalda apoyada en mi pecho, y comentó que poseía un collar con forma de corazón, heredado de su madre. Justo entonces comenzó a reproducirse blanca nieves y los siete enanos. Al finalizar con los platos, christopher entró a la sala. Al ver a sarahí así, le dijo que no debía ser una molestia, conmigo. Y de repente, sarahí agarró mi mano y la llevó hasta su rostro, apoyándola suavemente sobre su mejilla. En algún punto de la película, se quedó dormida profundamente, con la respiración calmada y regular. Al mirar mi reloj, marcaban las 12:30 de la madrugada. Entonces me acerqué un poco a christopher para preguntarle:
— Christopher, ¿te importa si te hago una pregunta personal? si no te sientes cómodo respondiendo, está bien, pero me gustaría saber si estás separado… así no meto a nadie en problemas —respondi
Christopher me observó con atención y después miró hacia. Sarahí, comprobando que seguía dormida. Cuando se aseguró de ello, empezó a deletrear cada palabra con cuidado:
— Soy v-i-u-d-o, samantha. e-l-l-a f-a-l-l-e-c-i-ó hace trece años. no suelo hablar de esto porque mi hija está sufriendo las consecuencias de no tener a su madre —dijo christopher
Me quedé callada, sorprendida por la noticia. Sarahí seguía perfectamente dormida sobre mis piernas, y ahora entendía por qué se había mostrado tan cercana conmigo. Con mucho cuidado, le acaricié el rostro; era difícil creer que aquella niña que parecía tener de trece años no tuviera a su madre a su lado. Christopher se puso de pie del sofá, cargó a sarahí en brazos y me pidió si le ayudaba a abrir la puerta de la habitación. de sarahí le contesto claro que si. Mientras avanzábamos por el pasillo, sarahí se despertó levemente, con la voz entrecortada por el sueño:
— Papá, ¿me das permiso que samantha duerma conmigo? —contestó sarahí
Me limitaba a mirarlo a él directamente, ya que la decisión correspondía a su rol de padre, no al mío. Christopher depositó a sarahí en su cama, y en poco tiempo volvió a quedarse dormida profundamente. Después salimos juntos de la habitación, manteniéndonos en silencio y cerrando la puerta sin hacer ruido. Después, fuimos hacia la habitación de invitados; Christopher me indicó que allí podía descansar. Con voz firme, le respondí:
— Gracias por tu ayuda, de nuevo. mañana me iré temprano, antes de que sarahí se despierte. no te preocupes, christopher: no volveré a molestarlos —le dije
Al oír eso, christopher se le notó una ligera sonrisa de vergüenza en el rostro, como recordando cómo me había tratado con anterioridad. Antes de que entrara a la habitación, me detuvo:
— Puedes quedarte aquí el tiempo que necesites, pero prométeme: que no intentarás, hacer nada malo, que pueda poner en riesgo la vida de mi hija. además, ¿te importa que te haga una pregunta personal? —dijo christopher
— Claro que no, pregúntame lo que quieras —le respondí
—¿No usas ninguna clase de drogas, verdad? —preguntó christopher
— Absolutamente no. si así te sientes más seguro, estoy dispuesta a hacer cualquier prueba análisis si es necesario, me puedes hacer una prueba. de antidoping. y quiero dejar claro que no tengo intención de volver a dedicarme a la prostitución. me gustaría quedarme aquí mientras busco trabajo; puedo ayudar con las tareas de la casa: limpiar, lavar platos o cuidar de sarahí cuando lo necesites —respondí
Entonces christopher se dio la vuelta para retirarse, a su habitación dio unos pasos pausados sobre el suelo, y de repente se volvió hacia mí; con una leve sonrisa en su rostro no era grande, pero en sus ojos había un brillo cálido que me alcanzó hasta dentro.
— Será mejor que duermas. mañana iremos a comprarte ropa. nueva sé que no tienes casi nada, y hace frío por las noches. y una advertencia, samantha: no permitiré que te enamores de mí. —dijo christopher
Las palabras cayeron entre nosotros como un hilo tenso. Me quedé inmóvil, sintiendo cómo mi pecho se contraía un poco, la sonrisa que apareció en mi rostro fue a la vez tierna y desafiante. Mientras él continuaba hablando, con la voz un poco entrecortada pero firme:
— No será al revés que tú te enamores de mí. christopher —le dije
No sabía qué decirle después, ni siquiera entendía por qué le había dicho eso. Solo sé que salió de mí como si fuera algo que llevábamos guardado entre los dos, un juego sin reglas, que empezó sin previo aviso y del que no teníamos ni idea de cómo podría terminar. Por ahora, mis prioridades son claras: quiero rehacer mi vida, seguir adelante y dejar atrás mi antigua vida de prostitución. No es fácil, aún siento cómo algunos recuerdos me agarran del brazo cuando menos me lo espero, cómo a veces miro mis manos y las veo marcadas por todo lo que he tenido que hacer para sobrevivir. Pero estoy decidida. Quizás esa frase que le dije fue solo una forma de protegerme, de mostrarme a mí misma que aún puedo tener algo propio, algo que no esté atado a lo que fui.
Con
Cariño
Samantha
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