El diario de samantha - Capítulo 30
- Inicio
- Todas las novelas
- El diario de samantha
- Capítulo 30 - Capítulo 30: El diario de samantha
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
Capítulo 30: El diario de samantha
Capítulo – 30: Primera sesión
Lunes – 26 de octubre de 1998
Querida Aylin,
Desperté con una sensación de agitación; una pesadilla había roto mi sueño. Giré la cabeza hacia la mesita de noche para consultar el reloj: eran las 5:23 de la madrugada. Un ataque de ansiedad comenzó a manifestarse poco a poco, y sentí la necesidad de respirar aire fresco. Aún me resultaba difícil asimilar que ya no pertenecía al mundo de la prostitución. Como estefanía me había advertido, el pasado tiene la costumbre de seguir paso a paso a una persona durante toda la vida. Una lágrima recorrió mi mejilla mientras calzaba mis pantuflas. Abandoné la habitación y me
dirigí hacia la cocina. Allí, estaba. Christopher ya se encontraba despierto. Al percibir que mi estado no era el habitual, se acercó en mi dirección. Cuando su mano estaba a punto de posarse sobre mi hombro, me aparté con rapidez. Al ver las lágrimas en mis ojos, Christopher inició la conversación.
—¿Qué pasa, samantha? ¿por qué lloras?—preguntó christopher
— Christopher, tengo mucho miedo. no creo merecer ser feliz. me da tanto terror pensar que quizás esto no sea real, que cuando despierte todo haya sido tan solo un sueño… y que ya no estés tú, ni sarahí, en mi vida.—le respondí
— Samantha, quiero proponerte algo, pero dependerá de ti dar el primer paso. deberías acudir a una psicóloga: puede ofrecerte el apoyo que necesitas. no te malinterpretes, no es porque crea que haya algo “mal” contigo, sino porque la ayuda profesional puede ser muy útil para procesar lo que has vivido.—dijo christopher
En ese momento no sabía qué responderle. Me mantuve en silencio durante unos minutos. Si rechazaba la propuesta, me considerarían alguien que no buscaba avanzar en la vida. Sin embargo, si la aceptaba, tenía la sensación de estar de acuerdo con algo irracional, como si estuviera perdiendo la razón. Luego, christopher se acercó un poco más y posó su mano sobre mi hombro. No hice más que cerrar mis ojos; el miedo a que se repitiera lo de antes de sentirme tan vulnerable era abrumador. Apreté mi mandíbula con tanta fuerza que casi dolía, así que esperaba el golpe,
aguardando el impacto. Ya estaba completamente acostumbrada: ese acercamiento tan cercano de alguien siempre había sido la señal de que me iban a golpear. Mientras otra lágrima deslizaba por mi rostro. Exhalé un suspiro de alivio; mis manos dejaron de temblar al comprender que no estaba en peligro, que estaba a salvo.
— Samantha, sé que has atravesado muchísimas dificultades en tu vida, pero tu salud mental necesita atención profesional. no me malinterpretes: no estoy diciendo que tengas algo mal, sino que requieres ayuda para poder avanzar —contestó christopher
De pronto, mi cuerpo empezó a estremecerse y sentí unas náuseas muy fuertes. Al abrir los ojos poco a poco, vi que christopher seguía cerca y comprendí que estaba a la espera de que yo respondiera. Tomé un poco de aire, dejé escapar un suspiro y me mordía los labios, tratando de encontrar las palabras adecuadas para responderle. A christopher
— De acuerdo… sí, necesito ayuda, christopher. pero tengo tanto miedo. christopher, ¿qué tal si lo que estoy viviendo es solo una ilusión? ¡dime que esto es real, christopher, dímelo! —le dije
— No es una ilusión, samantha —respondió christopher
Una vez que terminamos de desayunar, nos dirigimos a llevar a sarahí a la escuela. Luego, nos disponíamos a irnos al consultorio de la psicóloga, quien nos ayudaría con mi problema. Al llegar, noté una placa en la puerta del consultorio con el siguiente texto: “Dra. mariska lópez rodríguez Licenciada en Psicología”. En ese momento, la puerta se abrió despacio y una señora apareció en el umbral, indicándonos que podíamos ingresar. Al cruzar el umbral, sentí cómo mis piernas comenzaban a temblar.
— Buenos días. mi nombre es mariska lópez rodríguez. ¿en qué puedo ayudarles a ustedes dos? —contestó mariska
— Un gusto enorme, encantado de conocerla. mi nombre es christopher miller later —dijo christopher
Me mantuve en silencio por unos instantes, sin poder articular ni una palabra; la angustia me paralizaba. Christopher posó su mano sobre mi hombro, como para darme fuerzas para hablar. Cuando intenté abrir la boca, me encontré tartamudeando, nunca antes había tenido esa dificultad. Para hablar me detuve brevemente para calmarme y, una vez más, intenté decir mi nombre.
— S–sa-man-tha… —le respondí
— Un gusto conocerte, samantha. entonces, ¿ustedes son pareja? ¿acuden en busca de terapia de pareja, o podría indicarme cuál es el motivo de su visita?—preguntó mariska
De repente, mariska se quedó mirándonos fijamente desde su asiento, los brazos cruzados sobre la superficie de la mesa de la consulta. Christopher fue quien habló primero: le informó que no éramos pareja, pero cuando comenzó a referirse a mi situación, se detuvo abruptamente. La psicóloga notó la pausa de christopher.
— Entonces, señor christopher, me harías el favor de retirarse, para comenzar con la sesión. necesito hablar con samantha en privado —dijo mariska
— Entonces, samantha, podrías recostarte en el diván si así lo prefieres. tengo jugo, agua natural, también chocolates o galletas si te apetece algo dímelo…. y ¿te importaría que grabe nuestra sesión? durará aproximadamente una hora, y por el momento las citas serían los lunes por ahora. así que, ¿no te molestaría la grabación? —dijo mariska
Me mantuve en silencio. Me sentía aterrada. No pronuncí ni una sola palabra cuando mencionó la grabación; solo incliné levemente la cabeza en señal de que sí, aceptaba, pero sin abrir la boca. Me sentía sumamente vulnerable. No quise tomar nada de lo que me ofrecía; únicamente deseaba que la sesión terminara lo antes posible. De repente vi cómo mariska abría el cajón de su mesa y sacaba una grabadora de casete negra, la colocaba sobre la superficie de madera pulida y presionaba el botón rojo para empezar a grabar. El aparato emitió un suave clic y un leve crujido de la cinta al moverse.
— Soy licenciada en psicología, nombre es mariska lópez rodríguez. sesión inicial. fecha de hoy: lunes 26 de octubre de 1998. entiendo que pueda ser difícil empezar a hablar, es completamente normal en las primeras citas, no hay nada de qué preocuparse. necesito tomar algunos datos básicos para tu expediente: ¿cuál es tu nombre y apellido completo? ¿qué edad tienes? —dijo mariska
Hablando clara y pausadamente hacia la grabadora, mientras la pequeña rueda de la cinta giraba silenciosamente dentro del aparato. Yo solo permanecí en silencio, mirando el techo del consultorio; ni siquiera la miré. Sabía que estaba fallando mi promesa con christopher, me sentía tan humillada por no poder responderle. Quería contarle todo, pero no podía pronunciar ni una sola palabra. Una lágrima se deslizó por mi rostro
— Vamos a hacer un pequeño ejercicio. te dejo una hoja blanca y unos lapiceros de colores si deseas puedes escribir algo, incluso solo palabras sueltas, puedes hacerlo. si prefieres dibujar, también está bien. no hay ninguna obligación, samantha. solo quiero que sepas que puedes confiar en mí… y si así lo quieres, puedo ser tu amiga antes que tu terapeuta —dijo mariska
En el momento en que dijo esas palabras rompi por completo la barrera que llevaba armada. Comencé a llorar sin poder contenerme, los sollozos me sacudían el pecho. No pude ni tocar la hoja ni los lapiceros; me quedé acostada en el diván, mientras continuaba llorando las lágrimas caían sobre mis manos entrelazadas. Todo lo vivido volvía a mí como un río desbocado: los maltratos de cuando era prostituta, cada golpe, cada violación, cada abuso. Me sentía tan tonta por no poder responder ni una pregunta sencilla… sentía que no merecía esta nueva oportunidad,
esta vida alejada de esa oscuridad. Pensaba que todo lo que me había pasado era lo que me correspondía por ser una persona mala. Quería gritárselo todo, pero no salía más que aire de mi garganta entre sollozos. Cuando la hora de la sesión llegó a su fin, mariska se levantó con cuidado y salió del consultorio para hablar con christopher. lo único que pude escuchar, fueron unas cuantas palabras.
— Hoy estuvo bastante reservada, pero quiero que sepa que es completamente normal para una primera sesión de terapia. mi consejo, señor christopher, es que le deje su espacio no le hable de cómo le fue hoy, ni la presione para contar nada. por temas de confidencialidad no puedo dar muchos detalles, pero sí puedo decirle que se mantuvo tranquila durante la mayor parte del tiempo… y que se nota que lleva mucho dolor acumulado —dijo mariska
Entonces mariska volvió al consultorio. Yo seguía acostada en el diván, las piernas temblorosas debido a los nervios, por el motivo de que había hablado en, la sesión. Mariska se acercó despacio, se inclinó ligeramente sobre mí extendió sus manos hacia mi posición. “Vamos, te ayudo a ponerte de pie”, comentó. En esta ocasión no me alejé; tomé su mano con suavidad, y ella procedió a ayudarme a incorporarme con precaución, sin prisa alguna ni jalones bruscos. Christopher entró justo en ese momento, su mirada llena de cuidado pero sin decir nada de lo hablado. Juntos
recorrimos el camino hasta la salida del consultorio. Una vez abordo del vehículo, reinó el silencio mientras Christopher ponía en marcha el motor y manejaba. Yo me mantuve con la vista baja, fijada en el tapete del asiento delantero, no atreviéndome a levantarla y mirarlo a los ojos.
— Vamos por sarahí, ¿te parece bien? —preguntó christopher
Asentí con la cabeza, sin hablar. El camino al vehículo fue en silencio, pero no se sintió pesado como otras veces. Al llegar a la escuela, vimos a sarahí esperando junto a la entrada, con una carpeta debajo del brazo y un cuaderno en la mano. Al verme, se detuvo un instante pero luego me dirigió una sonrisa suave y respetuosa.
— Samantha veniste… ¡como me alegro que hubieras venido por mí! —dijo sarahí
Después, sacó sus boletas y se las mostró a christopher: diez en matemáticas, diez en lectura, y en historia un siete. Aunque no fue un diez, para su edad era un esfuerzo que valía la pena destacar. En ese momento, christopher se dirigió a nosotras dos y sugirió ir a cenar a algún lugar, con el fin de festejar tanto el esfuerzo de sarahí como el mío. Me detuve un segundo, lo miré directamente a los ojos y le sonreí.
— Oye, ¿qué les parece si vamos a comer fuera? hay que celebrar los buenos resultados de sarahí… y también porque hoy has dado un paso importante, samantha —dijo christopher
mirándome con cariño y cuidado en la voz Al escucharlo, me sonrojé un poco y le devolví la mirada con una leve sonrisa. Sabía que no había podido hablar nada durante la primera cita, de terapia así que no entendía por qué me incluían en la celebración. Pero justo en ese momento, sarahí fijó la vista en mi cuello y se iluminó. Se acercó sin decir nada más y me envolvió con sus brazos alrededor de mi cintura.
— Gracias… realmente gracias por ponerte el collar que te di. no puedo explicar lo feliz que me hace esto —dijo sarahí
Con
Cariño
Samantha
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com