El diario de un Tirano - Capítulo 178
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- Capítulo 178 - 178 La Luz de Tanyer 3
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178: La Luz de Tanyer (3) 178: La Luz de Tanyer (3) El susurro de la naturaleza danzaba con dulzura, como una melodía olvidada que surge entre suelos fértiles de un vergel divino.
La brisa, ligera y traviesa, levantaba un delicado halo de polvo, haciendo que las pequeñas hojas verdes se unieran en un ballet etéreo, brillando con el renovado vigor que traía la vida tras un inclemente inyar.
En medio de todo y nada se hallaba un bulto envuelto en telas rojas, una tonalidad que había comenzado a representar algo más que solo una escala en los colores.
Colocada con cuidado, se apreciaba una espada quemada y el recuerdo de un escudo.
Su sueño lo velaban un par de individuos, quienes se habían negado a abandonar el improvisado lecho.
Kiris observaba la figura envuelta en telas con una expresión sin emoción aparente; sus ojos viajaban de la espada al escudo y del escudo al cubierto por las telas.
Sus pensamientos se deslizaban como sombras entre las llamas de su entendimiento, atrapados en un ciclo de incredulidad.
Era como si se encontrara en un sueño, donde el tiempo era un recurso escaso y cada brecha en su conciencia se llenara de titilantes destellos de duda e incredulidad.
Se arrodilló sobre su pierna derecha, los puños cerrados firmemente contra el suave pasto que, en su humildad, parecía absorber la pesadumbre que envolvía su ser.
El aire estaba impregnado de fragancias terrenales, y cada brisa suave parecía hablarle en susurros de un dolor compartido.
«Te arrodillaste ante mí —pensó, su respiración se enredaba con el sentimiento, impidiéndole mantener un vaivén de pecho equilibrado—.
Y juraste a los cielos que cualquier enemigo mío se convertiría en tuyo».
En sus ojos brilló la luz de los recuerdos, de una promesa sellada con sangre, en un ritual que en su nueva vida habría pensado inconcebible.
«Me llamaste Iluminado por observar más allá de las mentiras.
Pero en este momento, yo te llamo guardián, por tu lealtad inquebrantable y tu protección».
Cerró los ojos, permitiendo que el peso del recuerdo se instalara en su pecho.
La pérdida, como un destino de la vida misma, lo envolvía en un abrazo frío.
Antes de ponerse en pie, dejó sus puños impresos en la tierra, con tal fuerza que sus muñecas experimentaron malestar.
Su acción se hizo merecedora de la atención de los presentes.
Los Sabuesos observaban con cierta duda, mientras que los creyentes en la Doctrina de Orion querían creer que había algo mucho más profundo en su acto.
La muerte se sentía tan diferente en estas tierras lejanas, distantes de los campos que un día conocieron y llamaron hogar, de los dioses que antaño veneraron y de los sacerdotes que esparcirían sobre sus cuerpos las bendiciones necesarias para atravesar el oscuro sendero.
Ahora, nada de eso les pertenecía.
Habían renegado de las viejas creencias de sus padres, los ecos de los ancestros que habían resonado con tanta fuerza en el pasado; lo habían hecho en busca de una nueva luz en este mundo lleno de maldad y oscuridad, querían creer.
¿Cómo, pues, debían actuar ante la llegada de lo inevitable?
¿Qué rituales debían realizarse en un suceso semejante?
Tales interrogantes surcaban sus mentes como una bandada en un viaje sin destino, mientras sus almas buscaban respuestas en el semblante del hombre que había encendido en ellos la chispa de la curiosidad, del discernimiento y la réplica, permitiéndoles observar su nuevo hogar como una mina de oro en desarrollo.
—Iluminado Kiris, ruego nos brinde unas palabras.
Kiris deslizó su mirada del cuerpo del caído hacia el interlocutor, un hombre mayor, con el cabello salpicado de plata.
Lo reconocía, era un esclavo como él, perteneciente al sindicato y subordinado de Ita.
Zinon, recordó su nombre.
Sin embargo, antes de siquiera pensar en hablar, sintió las miradas de los presentes, y aquello otorgó a la situación una responsabilidad nunca experimentada, percatándose de que sus siguientes palabras podrían hacer que la nueva fe se imprimiera en los corazones de todos, limpiando las dudas para siempre.
No era tonto, sabía que muchos de los seguidores seguían teniendo incertidumbre sobre la nueva creencia; su inteligencia debía imperar, y para ello prefirió una postura firme, esbozando una expresión solemne, con una actitud resuelta.
—En una vida pasada —comenzó, lanzando una mirada significativa a cada uno de los presentes—, nuestra bienvenida al Palacio Dorado era definida por cruzar el sendero oscuro con nuestra humanidad intacta, sin olvidarnos de lo que alguna vez fuimos.
No hay ayuda, no hay luz que nos guíe.
Soldados con sangre noble descansan con su escudo y espada; hombres no combatientes gozan de una prueba distinta, menos ominosa, pero, para nosotros, el sendero oscuro es un verdadero tormento.
—Su pronto silencio fue un golpe para los presentes, quienes no esperaban palabras semejantes para un hermano caído—.
Sin embargo —Sus ojos se iluminaron, aunque su rostro mantuvo la solemnidad—, el dios Orion nos liberó.
—Apretó los puños, sintiendo la inspiración recorrer todo su cuerpo, imbuyéndolo de vigor—.
¡Antes!
La virtud, el honor, el sacrificio no eran suficientes, no nos conseguían un camino despejado, un cuerpo liviano, ni la oportunidad de transitar armados; solo nos otorgaba la memoria, el recuerdo de nuestra vida, pero el camino era el mismo.
Y yo no me quejé, nadie se quejó; era la prueba que los dioses habían designado para nosotros, pero, ¡se acabó!
El dios Orion dijo basta —Su grito se esparció por los alrededores, tardando en desvanecerse—, para el Divino todos somos iguales: soldado, esclavo, gente libre, todos somos siervos del dios Orion.
»Y el soldado Dolib —Su tono fue influenciado por el dolor, aunque sin permitir que aquello se interpusiera en su fervor comunicativo.
Su mirada descendió sobre el cuerpo del caído, acción que provocó que los presentes le imitaran, y aquellas expresiones que a medio discurso habían sido influenciadas por el desconcierto y la molestia, fueron intercambiadas por unas tranquilas y melancólicas—, él no necesita de escudo, ni de espada.
—Su cabeza negó con la cabeza en son de lo mencionado, convencido de que las palabras que salían de su boca eran la verdad absoluta—.
El Divino dijo: lealtad y servicio.
Pero con corazón les digo yo —Se tocó el pecho, la pasión desbordaba de sus labios, y los individuos presentes podían sentirlo, y poco a poco lo hacían suyo—.
Y el soldado Dolib fue puro corazón; su sacrificio salvó a hombres del dios Orion, y por ello el Divino le recompensará.
Eso puedo jurarlo.
Se arrodilló, colocó sus manos en un rito de petición, mientras sus labios expulsaban silenciosas palabras al viento.
Dejó caer su cabeza, tocando la tierra con su frente, para levantarse al segundo posterior.
—Su sacrificio es a lo que debemos aspirar.
Los Sabuesos presentes elevaron las miradas al cielo, adquiriendo un aliento profundo.
Sus corazones golpeaban sus pechos al ritmo del vasto orgullo que poseían.
Creían en las palabras de Kiris, las habían hecho suyas, y la duda que alguna vez persistió en lo profundo de sus almas, ya no existía.
Ya no había que temer; el futuro que se había mostrado incierto ahora era tan claro como la luz matinal, y aunque existía una cláusula de alto costo, para ellos no era nada.
El ejemplo de Dolib les había abierto un nuevo sendero, y ellos estaban gustosos por adquirirlo.
Los pertenecientes al sindicato apreciaron el gesto del Iluminado.
En sus recuerdos, acto semejante de hombre de título elevado jamás se hubiera prestado para mostrar respeto por un hombre sin sangre noble.
Entonces, sin percatarse que el título que gozaba Kiris había sido colocado por ellos mismos y, por ende, era hombre con estatus similar al suyo, comenzaron a sentir un fuerte ardor en sus pechos, una sensación de que todo era posible, que aquella oscuridad que había estado cubriendo sus senderos se disipaba.
—¡Iluminado!
—gritó un hombre desde la lejanía, cortando la atmósfera de júbilo y buena esperanza.
Jadeó y tragó aire, deseando hablar, aunque su agitación no se lo permitía.
Kiris se volvió al recién llegado, con una mirada que exigía una buena explicación por su interrupción.
—El dios Orion —Jadeó nuevamente, y ante su interrumpida oración todos prestaron sus oídos para escuchar atentamente—…
ha bendecido al campamento con su presencia.
La noticia resultó impactante en un principio, para ser reemplazada por una sensación de desconcierto.
Sintiendo que su aparición no necesariamente era el resultado de una coincidencia, y eso les causó conflicto.
—¿Dónde?
—cuestionó Kiris, emocionado por tener la oportunidad de admirar su presencia.
—Cerca, por las tiendas de Los Sabuesos.
Kiris se movió de inmediato, como una sombra entre los vivos, pero sus ojos no abandonaron el cuerpo del héroe caído, y con un ademán de profundo significado se despidió, disculpándose por su actuar, aunque creía que el hombre comprendería su acción.
Los pertenecientes al sindicato observaron la tela roja, agradeciendo por el noble sacrificio, por ser un pionero en lo correspondiente al paraíso de la nueva fe, y con aquel sentimiento se alejaron.
Los Sabuesos cayeron sobre su rodilla, golpearon la tierra con sus puños dos veces, una en razón de su vida, otra por su muerte; ambas habían dejado una marca en sus vidas.
No era un adiós, sino un hasta pronto, y con ese pensamiento abandonaron el dolor y el sitio de descanso de su compañero.
El cuerpo de Dolib se quedó solo, con el aire y los árboles cercanos como única compañía.
Cuando la presencia de Orion penetró en la visión de Kiris, el tiempo pareció detenerse, como si el universo mismo aguardara un momento.
La figura de aquel divino ser, resplandeciente y majestuosa, tejía un manto de luz que atrapaba las miradas, un faro para las almas perdidas que buscaban guía.
La certeza de su grandeza lo inmovilizó y, en un acto de humildad y adoración total, se arrodilló, emulando la postura de los demás seguidores de la nueva fe.
Su frente tocó la tierra, mientras su pecho era infundido por una marea de pasión y esperanza por el tiempo venidero.
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