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El diario de un Tirano - Capítulo 179

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  4. Capítulo 179 - 179 Aquel profesa luz en un mundo oscuro
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179: Aquel profesa luz en un mundo oscuro 179: Aquel profesa luz en un mundo oscuro En la penumbra, donde la oscuridad se enroscaba como serpiente en los recovecos de la tienda del comandante Gosen, surgió la figura de Orion.

Allí, bajo el manto de la noche, su silueta se erguía majestuosa, resplandeciendo como un faro de luz divina entre las sombras inquietas.

Con voz resonante, que parecía traer consigo el eco del mundo, otorgó a los presentes la oportunidad de poner fin al acto de veneración.

Muchos, temblando ante su esplendor, obedecieron con fervor, mientras otros, atrapados en la tela de la incertidumbre, mantenían su postura rígida, temerosos de alzar la vista y enfrentarse no solo al juicio de su señor, sino al escrutinio de los adeptos que abrazaban la nueva fe.

Gosen salió casi al instante detrás de su soberano, como una sombra fiel que se aferra al resplandor de la luz.

Se mantuvo a dos pasos de distancia, atento y vigilante, su figura erguida reflejaba una firmeza que resonaba en los corazones de aquellos que osaban verlo.

Con una expresión grave, digna de un hombre que había conocido tanto la guerra como la paz, se presentó ante la escena con la voluntad de un destructor de huestes enemigas.

Ataviado con una prenda de lino color hueso que brillaba tenuemente bajo la luz de la noche, se movía con la gracia de un depredador en su elemento.

Los pliegues del tejido se ajustaban a su cuerpo como una segunda piel, realzando sus músculos tonificados, frutos de años de entrenamiento.

Sus pantalones, de cuero marrón oscuro, lucían signos de desgaste, historias de una vida que ya no le pertenecía.

Las botas de piel de marmota, resistentes y bien cuidadas, le proporcionaban un paso firme.

A su cadera, un cinturón robusto sostenía una vaina en la que reposaba su espada, una muestra de amor de su soberano.

La hoja, forjada por las misteriosas habilidades del señor de Tanyer, con un filo que parecía no desgastarse, y un peso adecuado para el perfecto manejo.

Gosen se erguía como la imagen perfecta del guerrero —el arquetipo al que todos Los Sabuesos debían aspirar, y sin duda lo hacían.

Orion fue ignorante al insulto de sus subordinados que, aun con su orden se mantuvieron en sus posiciones sumisas.

Su mente se encontraba vagando entre una marea de pensamientos, todos ellos relacionados a la aventura del antar junto con los miembros del sindicato y Los Sabuesos al interior de la montaña.

Habían encontrado algo muy importante, palabras del comandante Gosen Gosenvars, por lo que tuvo la sensación de que el viaje de Korgan era la razón detrás de su llegada, de esa peculiar atracción que había sentido hacia el campamento.

Era el momento de despejar sus dudas, de encontrar claridad.

Sin embargo, en el instante en que su mirada se posó en el hombre postrado en el suelo, la corriente de su reflexión se detuvo abruptamente.

El hombre, como un sombra que se fundía con la tierra misma, parecía encapsular un mundo de historias no contadas, y ante su figura, Orion sintió como si el tiempo mismo se detuviera.

¿Quién era aquel ser que yacía rendido?

Un sentimiento inexplicable se apoderó inmediatamente de él: la percepción de que su propio viaje había llegado a una extraña culminación.

Era como si un hilo invisible lo uniera al hombre, un lazo que se extendía más allá de la comprensión, algo hasta el momento no experimentado, o que no recordaba haberlo sentido antes.

•~• – Nombre: Kiris Bromm – Edad: 29 ernas.

– Estatus: Integrante del sindicato.

Predicador de la Doctrina de Orion.

– Sangre: Normal.

– Potencial: Regular.

– Lealtad: máxima.

– Habilidad especial: Don de gentes, Poder ascendente.

~•~• Fue la información que su interfaz al hacer uso de [Estado] proporcionó.

Se sintió intrigado por el segundo título que poseía: Predicador de la Doctrina de Orion, ¿qué quería decir aquello?

Pero no deseaba profundizar por su cuenta, no cuando tenía al culpable de la incógnita ante él.

—De pie, Kiris.

—Su tono fue serio, pero su intención no parecía tener la misma emoción, ni intención.

El hombre tembló al escuchar la voz, había sentido que alguien se había acercado, pero ni en sus sueños más salvajes habría esperado que se tratara de su señor.

Cuando sus ojos, aturdidos y fascinados, encontraron la mirada regia de su majestad, el mundo pareció desvanecerse ante él, quedando únicamente la silueta de su soberano.

El aire se le escapó de los pulmones, como si un peso invisible le oprimiera el pecho, y su corazón, en un primer momento congelado por el asombro, estalló en un repentino latido que resonaba con la intensidad del trueno.

Se puso en pie, un movimiento casi automático, pero a la vez antinatural, ya que lo que verdaderamente deseaba era caer de rodillas, entregarse completamente a la magnificencia de su dios.

Deseaba adorarlo, besarle los pies y profesar juramentos que solo un enamorado se atrevería a declarar, pero se abstuvo, obedecer era una regla inquebrantable, y su comprensión dictaba que sus deseos no debían eclipsar su deber.

Orion apreció al hombre, escudriñando de pies a cabeza.

Su primera impresión fue que se trataba de alguien con una estatura superior al promedio, era igual, o un poco más alto que él, con una complexión robusta, de antebrazos gruesos que reflejaba una antigua labor en el campo, y una espalda ancha, pero, a excepción de lo físico, no notaba nada peculiar o extraordinario en su persona, sin embargo, no podía quitarse la sensación de que había algo más en él, algo que lo atraía como polilla a la luz.

Kiris se sintió atravesado por la mirada de su señor, un destello que parecía atravesar las capas de su ser, desnudándolo ante la verdad que tanto temía y anhelaba.

Aquella mirada, intensa y penetrante, lo llevó a bajar la cabeza, incapaz de contener la devoción que emergía de su corazón como un río que comenzaba a dar indicios de desborde.

Tener a aquel ser tan cerca de él, en toda su majestad, solo reafirmaba lo que ya sospechaba en lo más recóndito de su alma: no era un hombre, no podía serlo.

No había en su porte nada de mundano; era una criatura forjada en la esencia misma de lo divino.

Con un gesto casi automático, retrocedió las manos a su espalda, sintiendo cómo el sudor de los nervios comenzaba a humedecer su piel, un signo de su creciente agitación.

Cada segundo que pasaba parecía despojarlo de la fuerza que normalmente lo sostenía, como si la gravedad de la presencia de su señor lo arrastrara hacia el suelo.

Sus piernas, una vez firmes y decididas, ahora temblaban como hojas de un árbol sacudido por el viento.

Era una sensación opresiva y, sin embargo, dichosa; atrapar ese momento en su memoria era el regalo más precioso que la vida podría ofrecerle, un tesoro digno de ser narrado a sus descendientes.

—¿Cuál es tu labor en el campamento minero?

—preguntó, con un tono y mirada que dejaba apreciar que cualquier respuesta ya era conocida.

La tenue luminosidad blanca del astro en el cielo descendía sobre el campamento como un manto etéreo, cubriendo con su luz cada rostro y cada armadura con su suave resplandor.

Era un espectáculo que robaba el aliento, como si la propia luna, en su viaje interminable a través de los cielos, hubiera decidido ceñir su bendita luminiscencia sobre los hombres que allí se congregaban.

Los presentes, sometidos bajo el peso del estatus y la carga de la adoración, se sentían iluminados, no solo por el brillo del firmamento, sino por la esencia misma de su señor.

En el fondo de sus corazones, brotaba un sentimiento que ninguno de ellos se atrevería a poner en palabras, un susurro que resonaba en el aire: que la luz que los acariciaba provenía de la divinidad que caminaba entre ellos.

En esta noche, hasta las sombras parecían rendirse ante la magnificencia del soberano de Tanyer.

Su presencia emanaba un aura tan poderosa que los mortales lo veían como una deidad hecha carne.

Los que se atrevían a elevar la mirada no podían evitar sentir que, en ese instante fugaz, su señor había absorbido el mismo esplendor del cosmos, convirtiéndose en la luz que brilla en su mundo, dispuesta a combatir la oscuridad que se cernía en los corazones que todavía no podían ver la verdad que ellos apreciaban.

—Estoy —Tragó saliva, evitando atragantarse por el intenso nerviosismo.

En algunos de sus sueños se había visto en la cercanía de Orion, alabándolo y profesando sus más profundos sentimientos.

En su mente era valiente al acercarse, al declarar sus intenciones, pero ahora se daba cuenta de lo distinto que era en la realidad—…

encargado de limpiar los túneles de la caverna, di…

Señor Barlok —corrigió de inmediato, sintiendo una avalancha de insatisfacción causada por la cobardía.

Su dios estaba presente, de pie ante él, escuchando sus palabras, dedicando su valioso tiempo a su persona, sin embargo, era incapaz de nombrar su divinidad, temeroso de algo desconocido.

El hombre de expresión imperturbable concentró su mirada en Kiris, su actitud era demasiado extraña, incluso en comparación con sus subordinados más fervorosos.

Atento estuvo en sus movimientos más sutiles, en búsqueda de aquello que pudiera develarle los secretos que guardaba.

Después de lo sucedido con Jonsa, su mentalidad en razón de sus subordinados había sufrido un sustancial cambio, creyendo que si aquellos que alguna vez profesaron dar su vida como tributo podrían traicionarle, significaba que nadie estaba exento de hacerlo, o tal vez todos mentían, y ese pensamiento lo envolvió en la oscuridad, un abismo del que pensaba ya haber escapado.

«No pienso estar nuevamente solo», pensó, para rápidamente recuperar el control de sí mismo.

Regresó a su anterior reflexión, manteniendo una expresión que poco a poco perdía frialdad.

¿Qué era lo que le atraía?

¿Su fuerza?

No creía que fuera la respuesta, de ser así creía que muchos de sus más viejos subordinados le superaban ¿Inteligencia?

Podría ser, no contaba con demasiados allegados con buenas facultades intelectuales ¿Potencial?

No, la interfaz le había mostrado toda la información, y no destacaba en nada.

Por un momento creyó que tal vez su interfaz estaba fallando, pero rápidamente lo rechazó, hasta el momento y en su pasado aquella muestra de conocimiento ilusorio en forma de palabras flotantes era su mejor aliada.

—De pie —ordenó.

El reducido grupo de hombres obedeció, y aunque habían deseado mantener la cabeza gacha, el deseo por observar la gracia de su soberano pudo más, y cuando fueron conscientes de ello, fueron incapaces de observar a otro lado.

Su mirada solemne se deslizó sobre todos los rostros de los presentes.

Había un brillo único en sus ojos, una mirada que muy pocos le habían lanzado, ¿qué era eso?

La ignorancia fue clara, algo pasaba por alto, pero, ¿era importante?

No hubo respuesta, provocando que su mirada cayera nuevamente en el cuerpo de Kiris.

Se acercó, alcanzando el rostro con su mano y obligándole a levantar la mirada.

El hombre había reaccionado de forma rígida al toque, dejándose guiar cuando entendió quién le sujetaba.

Tragó saliva y suspendió su respiración.

Todos lo hicieron, deseosos por observar las maravillas que su divino señor tenía preparadas.

Algunos de los fervientes seguidores de la nueva doctrina desviaron los ojos, sintiéndose indignos, no eran como el Iluminado, su fe había flaqueado, habían tenido dudas, no merecían observar los actos de su dios.

El resto ni siquiera sintió que hubiera una necesidad de merecimiento para poder ver, en realidad, creían que era lo correcto, tal vez aquello reforzaría sus creencias.

«No pareces peligroso —pensó, apreciando con mayor detalle las facciones del humano—.

No, nunca me ha advertido del peligro, solo de un potencial beneficio.

—Su corazón golpeó su pecho con fuerza al creer que había encontrado la respuesta».

Su mano abandonó el rostro de Kiris, pero el Iluminado al creer que debía mantener el rostro erguido, hizo lo posible por cumplir, por muy difícil que le estaba resultando.

—Predicador Kiris, ¿eres leal?

—inquirió, con un tono y mirada que denotaba que ya conocía la respuesta.

Al instante que las palabras navegaron por el aire, reduciendo velocidad para detenerse por encima de sus hombros y entrar por los diminutos agujeros de sus oídos, sintió que el mundo se le caía encima, y sin la fuerza para resistir cayó de rodillas.

No comprendía lo que había hecho mal, pero no le importaba, si su dios cuestionaba su lealtad es porque había errado, así que bajó el rostro, y aunque hubiera preferido lo contrario, su corazón comenzó a padecer de temor, no se había imaginado que tan pronto el mundo había recobrado su color, su camino llegaría a su fin.

«La verdad es mi consuelo».

Y con el pensamiento reconfortante, pudo dibujar una sonrisa en su rostro.

—No soy de los que preguntan dos veces —dijo Orion, pero su tono no sufrió cambio alguno.

Kiris tembló.

El miedo, un compañero constante en sus días de oscuridad, se apoderó de él con la certeza de que la sentencia ya había sido dictada.

La muerte era un destino inevitable y, al menos en ese instante, parecía el único camino a seguir.

No se oponía a ello; no a su divino señor.

Tal pensamiento era impensable, una herejía que nunca se atrevería a enunciar.

Sin embargo, un destello de comprensión iluminó su mente, como un rayo que atraviesa la tempestad más oscura.

Su dios no era como los señores de su antigua vida, aquellos cuya arrogancia se enmascaraba tras el velo de la autoridad.

Se abofeteó mentalmente por haberse atrevido a hacer la comparación.

Esos hombres, tan llenos de sí mismos, que arrebatan vidas sin compasión, escudándose en su supuesta legitimidad, en el vil derecho de sangre.

Que escupen al rostro de los débiles y esperan una sonrisa de gratitud.

No, su dios era diferente, era una entidad de misericordia y amor, una manifestación de luz que iluminaba incluso las profundidades más sombrías del alma.

Tragó saliva, queriendo que sus palabras fueran claras, ya había hecho esperar lo suficiente a su señor dios.

—Con mi corazón y mi alma, Señor Barlok.

—Entonces, responde, ¿cuál es tu trabajo?

Kiris abrió la boca, dispuesto a repetir su labor en el interior de la caverna, no obstante, recuperó las palabras antes de que el sonido lograra salir.

Eso ya lo sabía, y si ya tenía conocimiento de cual era su labor, significaba que la pregunta era más profunda.

«Lo sabe —Y el solo hecho de afirmarlo provocó que su corazón se volcara con todas sus fuerzas sobre su pecho—.

Por supuesto que lo sabe.

Siempre hemos estado sobre sus manos, e incluso así nos permite expresarnos —sonrió, con sus ojos centelleando de adoración».

—Comparto la verdad a cada oído que se preste, a cada corazón dispuesto a abrir sus puertas.

—¿Qué verdad?

—Había sido influenciado por sus palabras, provocando que la curiosidad se vislumbrara en sus ojos.

—De su divinidad, Señor Barlok, no, dios Orion.

—Esperó un momento al cabo de consumir un trago de saliva, pero la muerte no fue la respuesta, y eso solo reafirmó más la bondad de su soberano.

Alzó el rostro, y su expresión ya no era comparable con la que alguna vez tuvo, se había perdido por completo en la adoración—.

Comunico lo que mi corazón descubrió, y es que usted es la verdad, la única luz que resplandece con toda su gloria…

usted es la única deidad con poder en Tanyer…

pero seguro estoy que su bondad atravesará ríos y mares, y llegará a cada corazón de este mundo.

Su mundo.

Orion se encontró sumido en un abismo de silencio, las palabras se le antojaban esquivas, como peces que se escapan entre los dedos.

En su mente, los conceptos de lo divino y lo terrenal se entrelazaban en una danza confusa, y el entendimiento de los dioses se presentaba ante él como un laberinto cuyas salidas estaban ocultas tras una neblina impenetrable.

No podía afirmar ni negar si pertenecía a tal estirpe…

No lo creía, pero tampoco estaba seguro.

En su mente volvió a resonar la conversación que había tenido con Fira, aquel encuentro donde la luz de su mirada brillaba con una sinceridad que tocaba el alma.

Recordó cómo ella, entre sonrisas y lágrimas, había encontrado consuelo en la idea de que él era, de alguna manera, su dios.

Volvió a los escritos que había estudiado, y luego a las notificaciones de su interfaz, y ahí detuvo su atención.

«Esto es lo que me atrajo».

Ya no hubo más duda.

Guió su mirada al hombre detrás suyo, al Comandante Gosen, que tan pronto detectó su mirada, se posicionó firme, expectante por la orden que entendía estaba por venir.

—¿Eras consciente de esto?

—Sí, Señor Barlok.

—No quiso negarlo, no era apropiado, ni digno de alguien con su título, si su señor lo desaprobaba, estaba dispuesto a aceptar las consecuencias.

Orion regresó su atención al hombre arrodillado, sin embargo, una nueva inquisitiva floreció de su boca: —¿Cuál es tu opinión?

—La comparto, Señor Barlok.

Pero mi lealtad y devoción siempre será de usted, sea hombre o deidad.

—Apretó los labios, sintiendo que sus últimas palabras podrían malinterpretarse, como si negara su verdadero ser—.

Señor…

—Es suficiente.

Gosen calló, y debió respirar para recuperar la tranquilidad en su corazón.

Tenía el pensamiento de que había ofendido al soberano de Tanyer, lo que provocó un fuerte malestar y arrepentimiento.

Maldijo a su lengua, y a su intelecto, ¿cómo podría resarcirlo?

Y en la incógnita se sumergió.

—Tu lealtad debe ser recompensada —dijo Orion, extendiendo su mano hacia Kiris.

[Instruir]

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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