El diario de un Tirano - Capítulo 180
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180: Curiosidad 180: Curiosidad Los ojos de la dama danzaban sobre los dos vestidos que reposaban sobre la acolchada cama, delicadamente expuestos como dos enemigos en un campo de batalla, cada uno aguardando su turno para conquistar su corazón.
El suave rayo de sol, dorado como el oro derretido, se filtraba a través del ventanal, acariciando su piel nívea con una sutil intención calórica.
Su cuerpo desnudo era una obra de arte, perfecta en toda la extensión de la palabra, sin marca alguna que el tiempo deja en cada ser humano.
La única prenda que ataviaba su figura era un collar de oro, que se ceñía a su cuello como un abrazo de un amante distante.
El dije, delicadamente tallado en la forma del símbolo de la señal santa, brillaba con una luz propia; unos pendientes del mismo material colgaban sobre los lóbulos de sus delicadas orejas, con una piedra roja en su centro, y una diversidad de anillos sobre sus delgados dedos.
—El blanco es demasiado formal, y el rojo demasiado llamativo —dijo para sí la bella mujer, mientras una mueca de insatisfacción acompañaba su bello rostro.
Colocó la mano sobre su mentón, mientras su dedo índice golpeaba sus incoloros y hermosos labios.
Sus afilados ojos esmeralda analizaron cada prenda como quien decide la muerte de alguien, consciente de lo que provocaba en los demás.
Sin embargo, y por un instante, entre la peculiar tela que habían formado sus dos vestidos, se perdió, inmersa en un recuerdo, en un par de ojos de un azul profundo, que daban la apariencia de transmutar su color.
Su corazón se aceleró al momento en que la visión se disipaba como humo en el aire; ahora era su hija quien apreciaba con lujo de detalles, esbelta como cuando había partido de casa, pero con una expresión que revelaba más de lo que sus palabras podrían describir.
Sabía que había sufrido; hasta entonces, su vida en Tanyer era un secreto del que no quería hacerla parte.
Exhaló profundo al percibir que el recuerdo se estaba convirtiendo en otra cosa, y al no querer caer en la preocupación, o peor, en los escenarios catastróficos, recuperó la claridad de su mente con la facilidad de un movimiento de su mano.
Últimamente había sucumbido al desorden e inestabilidad mental, lo que era inaceptable para una mujer de su estatus y rango mágico.
Algo le había hecho ese misterioso hombre, ese del nombre que no se atrevía a repetir tan fácilmente.
Le había mostrado una parte de su poder, influenciando su sentir y pensar, perturbando su corazón con miedo.
Deseaba que la otra parte hubiera ocupado un ataque mágico, pues, por muy poderoso, en su momento lograría erradicarlo; eso era mejor a lo que su intuición la conducía: una impresión dejada en su corazón tan devastadora que le hacía imposible tener pensamientos osados en su contra por miedo a su retribución.
Inspiró profundo, regresando su mirada de vuelta a los vestidos, y sin más dilación tomó su decisión.
—Un acto es, después de todo.
El color rojo resaltaba sus bellos ojos, protegidos por unas pestañas largas y negras.
La tela se amoldaba a su cuerpo como una segunda piel, pronunciando sus atributos femeninos con sensualidad y elegancia.
Se recogió sus dorados cabellos, y con una peineta de plata realzó su belleza en un peinado sencillo, pero muy hermoso, permitiendo vislumbrar su delgado cuello.
Su mirada descansó en la pared opuesta a su cama, notando el blanco prominente en diferencia del blanco opaco del resto de la habitación.
Un marco ovalado, o algo más había estado colgando, probablemente retirado recién, pues el polvo todavía no había declarado su territorio.
A la altura de su cintura se encontraba una mesa rectangular, café oscuro, con algunos compartimentos en sus aristas frontales.
Avanzó hacia el mueble a pasos calmos.
Sobre la plana superficie destacaban un par de objetos; su mano se interpuso entre ellos, tomando entre sus dedos un pequeño recipiente de cristal amarillento.
Destapó la boquilla, liberando un aroma a primavera, suave y muy reconfortante.
Con las yemas de sus dedos, en donde colocó el líquido de forma delicada, se tocó el cuello, paseando la fragancia por donde creyó importante.
Dejó el recipiente de vuelta en la mesa.
Su pecho se infló con calma, mientras dejaba salir el aire de sus labios.
Sus manos formaron puños, dejando caerlos sobre la mesa con la fuerza de una dama reprimida, para inmediatamente recuperar su compostura.
Cerró la puerta tras ella, notando la luz artificial que decoraba los pasillos gracias a los instrumentos colocados estratégicamente en el techo, distanciados unos de otros por al menos cuatro pasos.
Su mirada se perdió por un momento en tan mágicos aparatos, provocando que fuera trasladada a otra era, donde todo lo que era antiguo y arcano tejía un hechizo en su corazón.
Anhelaba, con el fervor de una llama viva, poder desarrollar con sus propias manos los prodigios que sus ancestros habían alcanzado.
Sin embargo, sus pensamientos actuales distaban demasiado de ello; habían pasado décadas, tal vez mas de un siglo, desde que los magos se habían encargado de innovar, de volver la vida un poco más sencilla con sus artilugios.
Su interés se desvaneció al tiempo que sus piernas se pusieron en movimiento.
En su corazón existía un sentimiento de soledad; aquellas sombras a las que estaba tan acostumbrada no se encontraban a sus espaldas, recorriendo sus pasos en silencio y mostrando su gratitud con actitudes serviles.
El tiempo que creyó que tardaría su estadía se había alargado sobremanera; su rey había sido ambiguo en sus deseos y, por más que expresara sus pensamientos sobre Orion y lo sucedido en los meses infernales, su señor se limitaba a escuchar y hacer preguntas, pero sin permitirle regresar a sus tierras.
Su hija y su nieta se encontraban bien; los breves mensajes que había recibido por parte de Cosut habían calmado su alma, permitiendo que su mente no se estancara en la idea de Orion en busca de su descendencia.
Sus ojos atravesaron el pasillo mucho antes que su cuerpo hubiera tenido oportunidad de seguirles el paso, observando, sin lujo de detalles, las tenues siluetas que transitaban con calma por el enorme espacio que confería el camino directo.
Losas de un rojo intenso, brillante, que daba la apariencia de absorber las sombras cercanas decoraban el suelo.
Cruzó el umbral, manteniendo una expresión solemne y digna; sin embargo, su vestido hizo gala de su esplendor, robándose inmediatamente las miradas de muchos de los presentes.
Su atuendo fue el anzuelo, pero su extrema belleza el pescador, provocando que fueran incapaces de volver a lo que anteriormente habían estado dedicados.
Avanzaba con la elegancia natural que se le había instruido desde pequeña.
Su rostro imperturbable por lo que sucedía a su alrededor, acostumbrada a situaciones semejantes y consciente de lo normal que era apreciar a una belleza como ella.
Sin embargo, su expresión sufrió una pequeña alteración al percibir al hombre de pie al lado de los balaústres de piedra blanca.
No era él en sí mismo lo que había atrapado su atención, sino el porte y la energía de guerrero que desprendía de su cuerpo que, aunque sometía con éxito, a sus ojos era visible.
Eran pocos los individuos que ella conocía con tal presencia, por lo que, al percibir al acompañante del hombre, sintió que algo andaba mal.
Aquel individuo masculino igualmente tenía una intención fuerte, aunque algo más cruda y turbulenta, y muy probablemente menor en intensidad que el primer hombre percibido.
Cuando sus pasos fueron los suficientes, observó con lujo de detalles al hombre; él todavía no había notado su presencia, o tal vez no había sido influenciado por su belleza.
Era alto, mucho más que el promedio, de rasgos muy varoniles y atractivos, añejados por el paso del tiempo.
Con un cabello corto y ondulado, de un color anaranjado oscuro, que aparentaba las llamas de una hoguera.
Una característica que predominaba en algunas familias prominentes de Jitbar, pero fueron sus ojos, profundos como abismos, los que le entregaron la certeza; el color violeta solo había pertenecido a una línea familiar en todo Jitbar desde su nacimiento como reino: los Dethut.
Y entonces fue lógica su aura, pues pertenecía a la familia más influyente, militarmente hablando, del reino, a razón de todos los antepasados generales que habían tenido.
“El escudo del reino” era su lema, su orgullo y su forma de ver la vida.
«Korys, tu hijo es más de lo que hubiera esperado», pensó, retornando al tiempo en su mente a los momentos compartidos en la mesa de Su Majestad al lado de Korys Dethut; la rectitud de ese hombre todavía le causaba suspiros y molestia.
Su curiosidad despertó por completo al posar sus ojos sobre el acompañante; aquel hombre poseía un cabello negro, tan oscuro como un pozo sin fondo, y una espalda ancha.
No era un Dethut, estaba convencida; sin embargo, no podía encontrar respuesta por más que se sumergiera en sus recuerdos.
Tal vez fue su focalizada intención al mirarle la nuca, pues el acompañante del hijo de Korys Dethut se giró.
En ese instante se olvidó de respirar, pero había sido tan veloz su recuperación que su expresión no sufrió cambio, y fue sorprendida por ello, pues pocos habían sido capaces de arrebatarle el aliento.
Era un hombre alto, aunque de menor estatura que el hijo de Korys Dethut, de cejas tupidas y delineadas, con unos ojos negros intensos, en los que se podía reflejar la destrucción del mundo.
De rasgos delicados; nariz fina, orejas pequeñas, labios delgados y teñidos de rojo, pero su expresión, que más que humana le hacía recordar a un sabueso enfurecido.
Tenía pequeñas cicatrices en el contorno de su cara, en sus mejillas y brazos, que en lugar de afectar su atractivo, lo potenciaban.
El hombre le sonrió, una mueca seductora y salvaje, pero, en lugar de tomarlo como un halago, se molestó.
Era un atrevimiento de su parte no solo dirigirle la mirada, sino lanzarle tan coqueta sonrisa, pero supo mantener la compostura, volviendo su atención al frente, no era momento de crear enemistades.
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