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El diario de un Tirano - Capítulo 181

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  4. Capítulo 181 - 181 Cautela
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181: Cautela 181: Cautela  Sadia se sumergió en el vasto océano de sus pensamientos en el instante en que su mirada, cual pincel en el lienzo blanco del artista inspirado, se posó en la puerta roja al final del pasillo.

La inesperada sensación de incertidumbre e inquietud se ciñó como un manto de sombras, siendo incapaz de verse arrastrada a un pasado en donde su sola presencia era un manifiesto de autoridad.

Ella era el sol, despojando el orgullo y soberbia de los rostros de los hombres prominentes que se cruzaban en su andar.

No importaba el elevado estatus, ni la sangre que corriera por sus venas; ante ella no eran nadie.

Al segundo siguiente regresó al presente; una nueva decoración arrebató su atención con fuerza.

Una pintura con un extraño paisaje, de pinceladas exóticas y un negro prominente, sin color secundario, más que el vasto blanco del lienzo, colgaba a una distancia perfecta, para que desde el infante más pequeño al hombre más alto la apreciara con lujo de detalles.

Lamentablemente el pasillo era un lugar restringido, y pocos eran los privilegiados para recorrerlo.

Podía notar ciertos secretos en cada trazo, ocultos para ojos sin afinidad mágica; sin embargo, no era capaz de descifrar la intención y, aunque intrigada, el tiempo no era su aliado, por lo que volvió su atención nuevamente a la puerta roja, con cierta dificultad, pues sus deseos eran de permanecer en el sitio, observando la mística obra de arte.

Dos guardias reales, altos como pocos hombres, de miradas severas, porte firme e inexpugnable, como las murallas de la ciudad, y un aura de nobleza que protegía sus cuerpos, tal como la armadura de acero que vestían.

Custodiaban la puerta roja.

Los ojos de los hombres se dirigieron a ella, escudriñando a su persona de pies a cabeza.

La hermosura que desprendía la bella dama era una evidencia clara, pero de la que no fueron objetos de influencia, aunque declarar que no habían sido afectados podría considerarse una total mentira, pues el sistema cardiovascular de ambos sufrió una leve alteración.

Uno de ellos la reconoció; sin embargo, eso no cambió nada.

Sadia entregó a cada uno de los guardias una mirada, breve y significativa; no deseaba enemistades, pero no toleraría una muestra de irrespeto.

—Su Majestad se encuentra indispuesto, Señora —pronunció uno de los guardias, su voz resonando con la gravedad que solo años de servicio podrían forjar.

De cabello negro como el ala de un cuervo y ojos grises que reflejaban la tempestad de las tormentas lejanas, su mirada se fijó en la mujer con la severidad de un monumento eterno que no cede a la erosión del tiempo.

La intención de Sadia de desplazar la puerta hacia atrás era clara, pero el guardia, con la firmeza del acero forjado, interrumpió su propósito—.

Le aconsejamos retirarse.

La dama, de porte regio y una belleza que resplandecía como el oro al amanecer, sintió que su mano se detenía en el aire.

Aunque mantuvo la palma elevada, la intención persistía.

—Durca Sadia Lettman, Aels del reino e hija del gran seet Tuy Lergon Lettman «El Purificador» —declaró, dejando que la resonancia de su título se deslizara por el aire como el viento acaricia los campos dorados, potenciado por su intención mágica—.

Decirme Señora no solo desprestigia a mi familia, sino a todos mis iguales.

Los guardias tragaron saliva, sintiendo la presión que el arcano poder infligía en sus cuerpos, una carga que pesaba como el cielo lleno de nubes de tormenta.

A pesar del ímpetu del poder que emanaba, ellos se mantuvieron firmes, disolviendo la intención mágica con la energía de guerrero, y aunque en apariencia se mostró como un acto indiferente, se pudo percibir cierto esfuerzo por parte de los hombres, siendo reflejado en sus cejas contraídas.

—Me disculpo, Aels —respondió el de cabello oscuro, su voz sincera, y aunque el tono de su respeto pulsaba con honestidad, la severidad de su mirada permanecía inquebrantable, como la piedra que no cede ante el torrente de un río—.

Pero le pediré que no vuelva a hacer uso de su intención, o nos obligará a actuar.

A su lado, su compañero, un hombre de expresión sombría y músculos tensos, realizó un movimiento apenas perceptible, un sutil cambio de postura que era el reflejo de años de entrenamiento, de sangre y sudor.

Era un gesto que mandaba señales ocultas, arrebatando a su oponente cualquier abertura que antes habían pecado de obsequiar.

Había en su cuerpo una declaración tácita de que, por más noble que fuera la dama, su deber era proteger aquello que se ocultaba tras la majestuosa puerta roja.

Sadia asintió con una calma que desbordaba elegancia, como un lirio flotante en aguas tranquilas, pero en el fondo de su ser, una leve irritación se gestó.

Era como un suave fuego bajo su piel, una reacción natural ante la insolencia de los hombres.

Comprendía perfectamente que los guardias reales, en su papel de custodios, tenían plena autoridad para reprender a quien osara interponerse en su deber, y también la capacidad de desenvainar sus armas si creían que la situación lo exigía.

—Su Majestad solicitó mi presencia, y no me gustaría hacerlo esperar.

—Su Majestad fue claro con su orden, Aels —replicó el guardia de cabello negro, su tono inalterable como el acero de su armadura.

Su mirada mostraba la profundidad de quienes han atravesado ríos de sangre, mientras su postura era el retrato de la devoción al deber.

Ante su firmeza, Sadia sintió que incluso si el propio Madron, Patrono de la verdad y la luz, se presentara en persona, el hombre podría rechazar su acceso con la misma intransigencia.

Aquella certeza no apagó la llama de la molestia que ardía en su pecho, pero fue un golpecito gentil que logró enfriarlo—.

Nadie tiene permitido ingresar hasta que Su Majestad lo apruebe —añadió, mientras su compañero secundaba sus palabras con la más absoluta determinación.

—Entonces esperaré por su permiso —prometió.

Sintiendo un torbellino de frustración y orgullo en su interior, inhaló profundamente, tragándose el enojo que ansía estallar como un volcán silenciado.

Su espíritu noble y la dignidad que adornaba su estirpe no permitirían que cayera en la trampa de la provocación.

Con un leve gesto decidido, se alejó hacia la pared cercana, sus pasos suaves y elegantes, aunque el rítmico golpeteo de su corazón resonaba en sus oídos como el martillo de un herrero que trabaja en la fragua.

En el instante en que su delicada espalda se posó contra la fría piedra, su mirada se deslizó hacia el guardia de ojos grises, manteniéndola fija por unos segundos.

Hubo un intercambio en el que no hubo necesidad de palabra, con el mensaje claro de: si el rey se enfadaba por su retraso, no dudaría en hacerlos responsables.

Ambos hombres se limitaron a observarla; no creyeron conveniente expulsarla, pues si tenía razón, pronto sería demostrado.

La Durca de Helt cerró los párpados en busca de la calma, estructurando en su mente sus pensamientos, convenciéndose nuevamente de que todo lo que hacía era por su hija y su descendencia, que no debía permitir que su orgullo la cegara.

Creó rápidamente una habitación mental; estaba sucia, desordenada y con el paso del tiempo visible en la superficie de las paredes, losa y en la pintura del techo.

Hizo aparecer los instrumentos apropiados para la limpieza, y sin decir palabra comenzó su acción de volver la habitación en un lugar cómodo para descansar.

Al cabo de un par de horas mentales, minutos en tiempo real, el cuarto quedó tan pulcro como el santuario de los adorados dioses.

Al observar la culminación de su labor, su mente recuperó su claridad y fortaleza, preparada para cualquier cosa que el destino decidiera lanzarle.

Cuando sus ojos fueron descubiertos por la piel de sus párpados, su primer acto fue observar la puerta roja, y tal como había esperado, pero no deseado, se encontraba cerrada.

Sus afilados instintos detectaron la aproximación de dos individuos altamente poderosos; sin embargo, cuando su mirada se dirigió al principio opuesto del pasillo, notó el rostro del descendiente de los Dethut, así como el osado que le había sonreído.

Su mente mantuvo la tranquilidad de un lago inalterado, su rostro era la máscara perfecta, aunque su mirada desprendía la gracia de su título.

Los dos hombres se estacionaron a unos pasos de la puerta, colocándose en la pared opuesta de ella, como si supieran que no debían solicitar unirse a la reunión de Su Majestad antes que el regio hombre lo solicitara.

El descendiente de los Dethut le concedió un asentimiento de cabeza de forma cortés, con la etiqueta adecuada, un acto que su acompañante imitó, aunque sin su misma gracia, ya que su suave sonrisa y ojos coquetos no le ayudaban.

El descendiente de los Dethut no parecía muy interesado en conversar, por lo que se mantuvo de pie, en silencio, y con una mirada dispersa, pero firme.

Sin embargo, el de la sonrisa fácil no le quitaba la mirada de encima, y debía reconocer que, aunque le resultaba molesto, no era desagradable; había pasado mucho tiempo desde la última vez que un hombre se había vuelto tan descarado al mostrarle interés.

Aunque ella no le devolvió ni la más mínima muestra de correspondencia.

La puerta roja se deslizó hacia el interior con la calma de un anciano que navega en la vida con los pasos llenos de experiencia y sabiduría.

Los ojos de Sadia capturaron, como flechas en su blanco, al hombre que se encargaba de recibir a los solicitantes, un rostro conocido que evocaba antiguas memorias en su mente.

Al acercarse, la elegante figura del sirviente real se erguía con dignidad, pero en su expresión se atisbaba un matiz de desagrado que rozaba la indiferencia.

Era evidente: su presencia no era motivo de júbilo.

—Durca Sadia —pronunció el hombre, su voz un murmullo profundo que reverberaba en el aire añejo del pasillo.

Inclinó levemente su torso, concediendo una semireverencia que llevaba consigo el peso del respeto, aunque su mirada delataba una reticencia casi palpable.

—Sirviente real Milis —respondió ella, tejiendo las palabras con la delicadeza y solemnidad que el momento exigía.

A medida que el descendiente de los Dethut escuchaba su título y nombre, su mirada se tornó en un análisis profundo.

Los recuerdos emergieron de las sombras de su mente, palabras de su padre, en un momento que destacaba en su mente por la extrañeza y severidad.

—Hay una mujer en este reino a la que no solo debes mostrar respeto, sino también cautela, y aunque ahora sus labios se han alejado de los oídos de Su Majestad, su influencia sigue siendo palpable en cada pared del palacio.

Recordaba la seriedad de su rostro, el tono serio que muy pocas veces ocupaba con él y un ligero temblor en su cuerpo que nunca había creído propio de su progenitor.

—¿Quién es ella, Señor padre?

—La Durca de Helt, Sadia Lettman.

Regresó al presente como quien emerge de un profundo sueño.

Al fijar la mirada en la mujer frente a él, una duda floreció en su interior, pues era imposible que ella pudiera ser la misma a la que su padre había advertido.

Su figura era un canto de juventud y belleza, con una elegancia delicada que evocaba mariposas en un prado, y en su fragilidad parecía encarnar la esencia de la inocencia, tan distante del peligro que su reputación clamaba.

No podía ser ella, pensó una y otra vez, un mantra que buscaba apaciguar la inquietud en su pecho.

Sin embargo, la certeza se infiltraba en sus pensamientos como el frío de una tormenta inminente: sabía que efectivamente era ella.

Nadie se atrevería a suplantar a un noble, y menos aún la imponente figura de “La Falsa Emperatriz”.

El sirviente real se hizo a un lado cuando recibió la autorización de entrada para la dama por parte del rey.

La mujer avanzó hacia el umbral, y en ese preciso momento, el pasado cobró vida ante sus ojos, despertando recuerdos enterrados bajo el peso del tiempo.

La vasta mesa rectangular de cedro oscuro se erguía en el centro del salón; sus patas intrincadamente talladas eran testimonios de manos laboriosas que habían dejado su huella a través de generaciones.

De aristas curvadas, con un hermoso mantel plateado, con un bordado de misteriosos símbolos descansando en su superficie.

Era un mueble que había visto la gloria y el desconsuelo, y su sola presencia desató olas de nostalgia en el corazón de la dama.

Los ventanales de imponente tamaño, majestuosos en su propia grandeza, filtraban la luz del sol con una dulzura dorada, llenando el espacio con un resplandor casi divino que bailaba sobre la superficie de las losas oscuras.

Las largas cortinas, vestidas de oro y rojo, se alzaban como estandartes, protegiendo el salón del fulgor excesivo, mientras el aire danzaba bajo su suave abrazo.

La extensa alfombra marrón que alguna vez fue la piel de una monstruosa criatura.

Los innumerables y variados muebles de eras antiguas, de reinos aliados, de conquistas pasadas.

Nada había cambiado, pero de igual modo todo lo sentía distinto, como si lo presente perteneciera a una vida pasada, de la cual ya no quería formar parte, pero incluso así, le dolía en el orgullo el sentimiento.

En la habitación, cinco hombres descansaban sobre sillas ostentosamente manufacturadas, aunque solo reconocía tres de los cinco rostros: A Su Majestad, el rey Bicemo Porticme; al consejero real, Korys Dethut; y al servidor mágico y su reemplazo en la mesa, Yones Brigasil.

Podía adivinar las identidades de los dos restantes, pero prefería asegurarse cuando ellos se presentaran ante ella.

—Su Majestad —dijo con sumo respeto, inclinando su cuerpo con gracia y elegancia, manteniendo la pose hasta que las palabras de su rey le permitieran recobrar la postura firme.

Pasaron cinco segundos, y su corazón experimentó una ligera herida, un pinchazo que le obligó a inspirar profundo; otros cuatro segundos pasaron, y entonces comprendió el acto, pero incluso así, no se irguió; la paciencia era la virtud de los magos, por mucho que su orgullo le insistiera en rebelarse.

—Ante mí, durca Sadia —dijo el soberano de Jitbar al cumplir los veinte segundos; su rostro permanecía solemne, sin mueca aparente que mostrara su satisfacción por el acto provocado.

La dama se irguió, y con un asentimiento mostró agradecimiento, efectuando la etiqueta correspondiente.

Avanzó, ascendiendo por los tres escalones; su mirada se quedó momentáneamente petrificada sobre el cuerpo de Yones Brigasil, y aunque en su rostro existía la absoluta indiferencia, en su interior se percibía cierta alegría por encontrarse nuevamente con el hombre.

El servidor mágico mostró una gran sonrisa en su avejentado rostro y, con un movimiento hábil que para nada debía pertenecer a un individuo de su apariencia, se colocó en pie.

—Sería un privilegio que ocupe mi lugar, Aels —dijo con tono cordial.

—Se lo agradezco, Iols —respondió, manteniendo la misma cortesía, y con la naturalidad de una reina, se dirigió a la silla.

—Parece que entre más viven, más necios se vuelven —dijo el rey Bicemo con un tono sutil, pero cargado de autoritarismo—.

Aels Yones —Su mirada se dirigió al hombre, y el individuo de capacidades mágicas hizo lo mismo, sintiendo el poder regio en la anciana mirada de su soberano.

Sadia frunció el ceño al escuchar el título elegido para dirigirse al mago, sintiéndose inexplicablemente desconcertada y cautelosa—, cuando en ti descanse la responsabilidad de gobernar un reino, con una dinastía a tu espalda que ha perdurado durante más de cincuenta generaciones, podrás tomar decisiones en esta sala; mientras tanto, vuelve a tu asiento.

—Me disculpo, Su Majestad, no fue intención mía faltar al respeto.

—Se sentó, mientras le otorgaba un “lo siento” con sus ojos a la dama.

Los tres hombres restantes se mantuvieron ajenos a la situación, prefiriendo observar fijamente un punto en la nada, antes de ser inmiscuidos en el regaño de Su Majestad.

—Durca Sadia, siéntese en un lugar desocupado —ordenó.

Ante las palabras de su soberano, la mujer despertó de su momentáneo desconcierto, forzando a su mente a recordar lo que su rey le había ordenado.

Fue rápida en su acción y, aunque en su corazón la insatisfacción no hacía más que crecer, pudo comportarse de la manera en como Bicemo no deseaba que lo hiciera: educada y respetuosa.

—Durca Sadia, le he invitado para compartir con esta mesa sobre su conocimiento en cuestión de Tanyer.

Sadia observó a los presentes ante el comentario, sintiendo que algo no estaba bien, pero, sin mostrarlo en su rostro, comenzó a relatar todo lo que había sucedido en tal lugar en relación a su disputa con Orion.

Palabra por palabra fue lo mencionado a Su Majestad en los días pasados, sin mentir, pero sin revelar toda la verdad.

Nota de autor: Antes que nada me gustaría disculparme por la tardanza en estos últimos capítulos, he de reconocer que he combatido con mis horarios, desvelándome de forma excesiva para cumplir con ustedes; sin embargo, eso me llevo a problemas de los cuales me estoy recuperando, entiendo perfectamente la baja en las vistas, pues yo mismo cuando leo historias me gusta que ya esten avanzadas para no quedarme con el suspenso, no obstante, agradecería demasiado su apoyo, compartiendo la historia con sus amigos y conocidos.

Nuevamente una disculpa por el retraso Un abrazo y mis mejores deseos.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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