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El diario de un Tirano - Capítulo 182

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  4. Capítulo 182 - 182 Crimen atroz
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182: Crimen atroz 182: Crimen atroz —…

No es alguien simple, pero su poder es real, y no dudo en que pueda convertirse en nuestra destrucción si osamos atacar.

—Dejó escapar de su boca con suma dificultad; la preocupación y el temor entrelazado le forzaban a sincerarse.

Korys, con un gesto casi automático, se masajeó el tabique nasal con su dedo índice, un intento por aliviar la tensión que se agolpaba en su ser, como si el simple roce pudiera dispersar las nubes grises que nublaban su mente.

Las palabras de Sadia Lettman resonaban en su interior, un eco inquebrantable que desafiaba la lógica y convencía al mismo tiempo, moldeando su pensamiento en preparativos para cuando el rey, aquel titán de la dinastía Porticme, decidiera volver su mirada hacia él en busca de consejo.

La incredulidad que le provocaba el mensaje era como una serpiente de tres cabezas, envenenando su sentido común con cada instante que pasaba.

A pesar de sus emociones, mantuvo la compostura, realizando un examen sutil del hombre en la cúspide del poder, cuyas profundidades se escondían detrás de aquellos ojos cafés, abismos en los que había logrado aventurarse de forma perfecta en todo su tiempo como Consejero Real; más, parecía que el camino se volvía desconocido e intransitable.

Había algo en el semblante del rey que capturaba la luz de la sala con un fulgor centrífugo, revelando resquicios de una solemnidad y sabiduría nunca apreciada.

Y en ese brete de complicaciones y revelaciones que los días recientes en su compañía habían tejido, Korys atisbó un destello de comprensión: el rey estaba preparado, como un león al acecho, para desatar un cambio que podría cambiar el rumbo de su mundo a uno nunca antes visto.

Yones abrió la boca, para inmediatamente cerrarla.

Se sumió en una larga reflexión; los detalles eran demasiado fantásticos para tenerlos en consideración; no obstante, la interlocutora había sido Sadia Lettman, y siendo consciente de su carácter y personalidad, podía dar fe de que lo anterior mencionado era auténtico, por mucho que su mente lo rechazara.

El resto de los hombres, a excepción del rey, mantenía sus rostros ceñudos y marcados por la tensión, un reflejo del peso de la incertidumbre que cargaban sobre sus hombros.

Uno de ellos, con una mirada ausente que hablaba de un laberinto de confusión, se sentía desplazado en aquel ambiente; las palabras que flotaban en el aire eran ajenas a su entendimiento, un idioma en el que no se sentía versado.

El otro, en cambio, se mantenía en silencio, pero su expresión era un retrato sombrío del destino que aguardaba al reino.

Siendo ligeramente consciente de lo que en la mesa, donde se encontraba presente, se estaría entrando en discusión sobre el futuro inmediato, en la que, si era objetivo, no habría vencedores.

La mujer suspiró para sus adentros, con una tenue sonrisa en su corazón; había creído que los principales asesores del rey tendrían expresiones peores de las mostradas, lo que significaba que le creían, y por lo tanto tenían la misma consideración de abandonar cualquier sentimiento de conflicto con el individuo en Tanyer.

El rey conservaba una expresión seria, casi imperturbable.

Sus dedos, hábiles como un músico en la cúspide de su arte, dibujaban una melodía sobre la madera maciza de la mesa, una tonada sin un ritmo claro, pero que conducía a la espera de un tétrico desenlace.

Su mirada, como el rayo que busca su presa, destellaba en cada rostro de los presentes, como si pesara la esencia de sus pensamientos y temores.

En un instante, ese fulgor halló su camino de regreso hacia la mujer, cuya presencia irradiaba templanza, con la expectativa de recibir una nueva orden.

—¿No has ocultado nada?

—inquirió.

La melodía de sus dedos se detuvo, mientras los presentes desviaban su atención a la mujer.

—No me atrevería a ocultarle información, Su Majestad —respondió de inmediato, sin verse afectada por la acusación.

—Atrevimiento —dijo, y una breve sonrisa floreció en sus labios—, eres la definición de tal palabra, así que comparte con esta mesa lo que has omitido.

Sadia se quedó en silencio, siendo incapaz de evitar que la figura de su nieta resplandeciera en su mente como una llama en la oscuridad; sin embargo, rechazó el pensamiento rápidamente.

Nadie sabía que Dilia era descendiente de Orion; los pocos subordinados de ella en el intercambio habían notado la intención asesina del misterioso hombre hacia Helda, por lo que era improbable que relacionaran un vínculo afectivo, y por palabras de su hija, las personas conscientes del tema eran un grupo muy selecto, además de compartir una lealtad inquebrantable hacia el nuevo señor de Tanyer, dando como resultado una improbable situación en donde la información se filtrase.

Puso a trabajar a su cerebro; en verdad no sabía qué era lo que había omitido, pero no encontró la respuesta.

—El estado de ese hombre llamado Orion —dijo como si el tema fuera de lo más evidente, pero tan pronto expulsó de su boca el nombre del individuo, sintió una extraña sensación recorrer su cuerpo—.

Has omitido las secuelas que la batalla dejó en su cuerpo.

¿Acaso el intercambio por tu hija fue una tregua en nombre del reino?

—No, mi rey.

—Negó con la cabeza, y fue sincera en su tono.

Era consciente del rumor sobre el estado lamentable de Orion, y aunque no sabía dónde se había originado, lo sintió beneficioso en su momento para mostrar que su asalto había dejado secuelas, que no había sido en vano, pero, luego de reflexionar, entendió que el rumor era perjudicial para todo el reino.

Saboreó sus labios, eliminando la resequedad, mientras lamentaba su decisión de permitir que el malentendido se extendiera por tanto tiempo.

Los ojos de los presentes eran como cuchillas; si bien no comprendían por completo la situación, habían entendido la acusación de traición, y aquello, por muy respetable que fuera la familia, era un crimen imperdonable.

—¿Pactaste en mi nombre?

—Los ojos del rey tenían un fuego de ira, pero su tono todavía no había sido influenciado por las emociones.

—No, mi rey —Negó nuevamente—, conozco mi lugar, nunca ocuparía el nombre del reino…

Jamás lo haría —recompuso rápidamente, pues, aunque su trato con Orion nunca estuvo relacionado con el reino, sí había ocupado el título del rey en el pasado, y eso era algo que los hombres en la sala sabían, o al menos los más longevos.

—¿Cuál fue el costo por la vida de tu hija?

—Tres cofres de piezas de oro.

Todos los sangre sucia que tenía en mi territorio, y…

seiscientos esclavos humanos.

Tan pronto sus palabras fueron dichas, las expresiones de todos cambiaron, quedando impactados y algo molestos.

—¿Vendiste a nuestra gente a esos sucios bastardos?

—El rey ya no se pudo contener.

La cólera fue visible en todo su rostro.

—Lo hice —asintió la dama; si bien entendía que el precio había sido demasiado alto, su hija era lo más valioso que tenía, y no se arrepentía en absoluto.

—¡Qué atrevimiento!

—gritó Korys, incapaz de guardar el enojo, por mucho que lo había intentado.

Su sentimiento fue compartido por todos en la mesa; tal vez el que menos mostró su estado emocional fue el asesor mágico Yones Brigasil, pero eso no significaba que no se sintiera molesto por las acciones de su similar en rango.

—¿Cuántos de ellos eran esclavos?

—continuó con el interrogatorio.

—Poco más de cien.

—¿El resto?

—Hombres que deseaban dejar a su familia un poco de riqueza —dijo, omitiendo por completo que cada uno de los hombres tenía habilidades importantes para el desarrollo de un pueblo o ciudad—, y hombres endeudados con mi casa.

El rey inspiró profundo, intentando calmar su enojo, y no fue muy difícil; después de todo, ya tenía conocimiento sobre el trato.

Un rey no podía ser ignorante, aunque todos creyeran que lo era.

—¿Entiendes que el crimen cometido por tu casa es aborrecible?

—Lo entiendo, Su Majestad.

Bicemo giró el cuello, observando con sus ojos cafés al individuo canoso, de porte recto y gallardo.

—¿Algunas palabras, consejero real Korys?

—La casa Lettman ha incurrido en un crimen imperdonable —dijo, su tono serio, cargado con la dignidad de los Dethut, y el enojo todavía presente—, lo que decida Su Majestad no será discutido.

El rey asintió, pero sus ojos pronto cayeron en el más joven de los presentes.

Su rostro era una obra de arte, una pintura que evocaba magistralmente la altivez y la determinación.

Las gemas aceitunadas de sus ojos destilaban una mezcla de audacia y un desafío silencioso, como si un lobo se escondiera en el interior de su piel.

La nariz respingona y el mentón cuadrado y fuerte hablaban de una herencia gallarda, destilando la promesa de que el legado de su linaje aún no había terminado.

—Algunas palabras, Príncipe Heredero.

Sadia observó al hombre, y sin siquiera intentarlo su mente regresó un par de décadas atrás, observando a un pequeño de mirada fiera e imponente que muchas veces se atravesó en su camino, pero con la inexperiencia dibujada en cada centímetro de su piel.

Ahora podía verlo, como el árbol que se oculta al despejar la neblina; era el primogénito del rey, se le parecía demasiado, pero, al mismo tiempo, era tan distinto que se podría considerar que no existía parentesco.

—Pido indulgencia en nombre de la casa Lettman, Su Majestad —dijo; su tono era fuerte y vigoroso, y aunque tenía un toque de soberbia, mantenía el respeto adecuado.

Korys Dethut mostró su desacuerdo inmediatamente en su rostro, pero se limitó a negar con la cabeza, reconociendo que no podía expresar palabra hasta que su rey mostrara inconformidad primero.

Sadia, por el contrario, observó al primogénito del rey con una expresión de sospecha, sintiendo que estaba fuera de lugar, por lo que inmediatamente observó al rey, queriendo desentrañar sus pensamientos, pero le fue imposible, y eso causó que su corazón acelerara su pulso.

—Sus palabras me sorprenden, Príncipe Heredero.

Escuchaste su confesión, e incluso así pides clemencia.

Me gustaría conocer el porqué.

—Su mirada se había tornado filosa, como si no estuviera viendo a su propia sangre, sino a un enemigo.

—La casa Lettman ha servido a la dinastía Porticme casi desde la fundación del reino, han derramado sangre en nuestro honor, y sus contribuciones para el avance mágico han sido sustanciales, así como en la creación de las defensas mágicas del territorio real.

Pedir indulgencia por la casa Lettman sería lo apropiado.

—Al terminar de hablar se acomodó los cabellos, y aunque sintió la mirada de la Durca, prefirió mantener su atención en los ojos del rey.

Padre e hijo mantuvieron una batalla visual por al menos cinco segundos, antes que el Príncipe continuara con su discurso—.

Su Majestad debe recordar lo que el reino y nuestra familia le debe al seet Tuy Lergon Lettman.

Recordar que nuestra sangre se ha vuelto a unir, tal como el quinto tío real lo hizo en la anterior generación…

Que la luz lo guíe y que su humanidad prevalezca.

Soltó en un susurro, una frase que fue inmediatamente repetida por los hombres de la sala como un mantra, a excepción del Rey y la Durca.

—No se sobrepase, Príncipe Heredero —dijo el rey con una voz influenciada por la voluntad real, que daba la apariencia de tomar forma a su espalda.

El primogénito del rey asintió, guardando silencio, pero sin perturbar su seria mirada.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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