Leer Novelas
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

El diario de un Tirano - Capítulo 183

  1. Inicio
  2. Todas las novelas
  3. El diario de un Tirano
  4. Capítulo 183 - 183 Crimen atroz 2
Anterior
Siguiente
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo

183: Crimen atroz (2) 183: Crimen atroz (2) El silencio no llegó de inmediato; se deslizó en el salón como una marea lenta, cubriendo cada rincón con su peso inevitable.

Sadia lo sintió asentarse sobre sus hombros, frío y denso, obligándola a permanecer inmóvil.

Sus ojos recorrieron al Príncipe Heredero y luego al Rey, buscando en ellos alguna grieta, algún indicio de la resolución que se gestaba.

Antes de aquella reunión, había creído comprender el precio que habría de pagar: alto, quizá doloroso, pero asumible.

Ahora, en cambio, tenía la certeza inquietante de que el verdadero costo aún no había sido revelado.

Entonces, el Rey se puso en pie.

El movimiento fue abrupto, casi violento en su sencillez.

Las sillas se desplazaron al unísono, un eco seco que rompió la quietud.

Sadia se levantó con los demás, pero su atención quedó fija en la espalda del soberano.

Observó la rectitud de su postura, la solemnidad de sus hombros, preguntándose qué pensamientos cruzaban por aquella mente que había gobernado Jitbar durante décadas.

El Rey se acercó a los ventanales.

Más allá del cristal, el cielo se extendía en un azul sereno, apenas manchado por nubes dispersas que parecían flotar sin rumbo.

Era un día hermoso, casi cruel en su claridad.

Estaba tan cerca del vidrio que un paso más bastaría para romper la ilusión de distancia entre el poder y el mundo exterior.

El reino estaba ahí, vasto e indiferente, esperando.

Korys Dethut observaba en silencio, con la mente hecha un torbellino.

Había servido a ese hombre desde que era poco más que un joven con una espada mal equilibrada.

Había matado a sus enemigos en la frontera con los salvajes, había liderado sus ejércitos y luego se había convertido en su estratega de confianza.

Había aprendido a leer sus silencios, a prever sus decisiones, pero no de forma osada o de irrespeto, sino en una muestra de su valioso servicio…

O eso había creído.

En ese instante, el Rey le parecía un desconocido, y se le estaba dificultando saber si esto era premeditado.

Sabía que era justo.

Sabía que también era capaz de la más severa de las misericordias.

Pero había momentos —y Korys lo intuía con un escalofrío— en los que la bondad se convertía en un error peligroso.

La Casa Lettman había traicionado al reino.

Había cruzado un límite que no debía cruzarse.

Y aunque comprendía que habría murmullos entre las grandes casas, se forzaba a creer que la mayoría aceptaría el castigo definitivo.

Para él, no había duda: la erradicación total era la única respuesta adecuada.

Yones Brigasil, en cambio, permanecía inmóvil, con las manos ocultas en las mangas de su túnica.

Su rostro no revelaba nada, como una superficie de agua quieta.

La política y la intriga raramente le interesaban; su mundo era otro, hecho de símbolos, corrientes invisibles y verdades que no podían decirse en voz alta.

Y solo si su voz era requerida, hablaba.

Pero desde que Sadia Lettman había entrado en el salón, su atención no había flaqueado ni un instante.

Le debía demasiado a la familia Lettman, pero, sobre todo, a su maestro: el padre de Sadia.

En un pasado tan lejano que parecía otra vida y con el sentimiento insoportable de la deuda, juró a su maestro que, en una catástrofe, él o sus descendientes le otorgarían un salvoconducto a su familia sin importar el costo, por lo que ahora su mente procesaba todo con la interrogante de si esto era aquel desastre.

El rey decidió extender su silencio por unos largos ocho minutos, tiempo que provocó que los prominentes hombres y la dama al pie de la mesa sufrieran por la tardanza en su opinión.

Se volvió a ellos con una expresión tranquila, una que solo podía significar una sentencia de muerte, intuía el consejero real.

Un simple gesto bastó para ordenar que todos tomaran asiento.

—El apellido Lettman ha sido manchado —dijo el Rey, y su voz resonó con la claridad de una campana fúnebre—.

Todo lo que tus antepasados construyeron fue arruinado en menos de un erna (año), Durca.

Cada palabra estaba medida, pulida, contenida.

—Comprendo la causa —continuó—, pero no comparto la elección.

—Sus ojos ardían, aunque su tono permanecía firme—.

Sobrepasaste tus límites, durca Sadia.

—Observó a su primogénito, y como si concediera la victoria en una batalla, asintió—, pero los Lettman no serán erradicados de Jitbar, al menos no por ahora.

—Sadia no mostró alegría por la noticia, la sintió natural, porque, aunque su padre había partido al mundo de los muertos hace mucho, los Lettman seguían siendo casi intocables—.

Sin embargo, y por respeto al pasado que une a nuestras familias, decidiré mi veredicto en esta sala.

Los hombres sintieron cómo la tensión se elevaba con rapidez hasta el punto que dificultaba consumir el oxígeno del recinto.

El rey caminó tres pasos al flanco derecho de la mesa, mientras su expresión se endurecía, dando la apariencia de que le estaba resultando difícil la situación.

—Durca de Helt y Aels de Jitbar, escucha mi decisión.

Sadia se colocó en pie, se acercó a su rey, dejando tres pasos de distancia, y con calma se colocó de rodillas, sintiendo el frío mármol en su piel, mientras su corazón explotaba con molestia.

—Por vender a los hijos de Jitbar a los sangre sucia —sentenció el Rey—, condeno a la Casa Lettman a la Deshonra de las Tres Generaciones.

Su título queda degradado a Eldor.

No habrá ascenso durante medio ciclo.

Conservarán Helt, pero perderán la mitad de sus dominios.

El salón se hundió en un silencio tan profundo que parecía absorber incluso el eco de los propios pensamientos.

Nadie se movió.

Nadie respiró con libertad.

El veredicto del rey flotaba en el aire como una hoja suspendida antes de caer, y aunque no había decretado la erradicación de una casa antigua —ese final absoluto que borraba linajes de la historia—, para los hombres de estatus y poder, aquello resultaba, en muchos sentidos, peor.

Sadia apretó los puños, sintiendo cómo un cúmulo de emociones transitaba por su mente y corazón con suma rapidez.

No sabía qué sentir, ni cómo actuar; todo estaba fuera de lugar, de su escenario de lo esperado.

Abrió la boca una y otra vez, pero no había palabras disponibles.

Los ojos del rey Bicemo se posaron en ella durante un instante que pareció alargarse más allá del tiempo.

En ese breve lapso, percibió el torbellino que agitaba su interior: el deseo de alzar la voz, de desgarrar el silencio con verdades ásperas, de mostrar su ira sin tapujos.

Una parte de él aguardó ese estallido.

Pero no llegó.

Los años alejados de la corte, del trono y de su presencia habían templado a Sadia, con esa sabiduría característica de los Lettman.

Y esa verdad no le agradó.

—Estoy esperando su respuesta, eldor Sadia —dijo, y aunque su expresión era una máscara de autoridad, ella logró percibir la burla en su tono, y en su nuevo título impuesto.

—Su sirviente acepta con humildad su castigo, Su Majestad —declaró, siendo incapaz de reprimir por completo el enojo de su corazón, y lo traicionada que se sentía.

Sus ojos parecían exhalar fuego, pero su rey daba la apariencia de no notarlo, o si lo hacía, no le importaba.

Bicemo desvió entonces la mirada.

Se detuvo un instante en el Príncipe Heredero, pasó al Consejero Real, con quien intercambió un entendimiento silencioso, tejido de gestos mínimos.

Luego observó al Servidor Mágico y, por último, al Tesorero Real, cuya sorpresa era evidente, casi incómoda.

El rostro del rey permanecía inquebrantable, firme como una roca, sin la menor sombra de duda.

Cinco minutos se arrastraron como siglos.

—No lo voy a tolerar —dijo el rey de repente, con una energía que parecía haberle entregado años de juventud a su persona.

Korys inspiró profusamente.

Su mente había recorrido innumerables sendas, cada una plausible, cada una acorde al carácter de su rey, pero ninguna le había parecido suficiente para materializarse.

Estas últimas palabras, sin embargo, le otorgaron una certeza amarga.

Con gesto automático, ajustó el borde de sus mangas y rozó con el pulgar el símbolo de su casa, un obsequio de su amado soberano.

«No lo diga, Su Majestad».

Su mirada habría bastado para detener a otros, pero el rey permaneció imperturbable.

—Ese atrevido, hijo de quién sabe quién, y proveniente de quién sabe dónde, conocerá su lugar.

—Su voz fue como el trueno en un campo tranquilo, inesperado para algunos de la sala, aunque no para todos.

Korys dejó escapar una lenta exhalación, enderezando la espalda al segundo siguiente.

Las palabras que había temido habían sido pronunciadas.

A partir de ese instante, todo gesto, toda decisión, debería estar a la altura del peso que acababa de caer sobre el reino y sus hombros.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo