El diario de un Tirano - Capítulo 184
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- Capítulo 184 - 184 Al final del crepúsculo
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184: Al final del crepúsculo 184: Al final del crepúsculo Las espadas pelean las guerras, pero son las bocas las que las comienzan…
Emer Jad.
Fragmento de: Cien frases de un comandante malherido.
Sadia tragó saliva, y por un instante el fuego de su enojo se extinguió como una antorcha bajo la lluvia.
La sombra que Orion había dejado en su espíritu se alzó, larga y oscura, oprimiéndole el corazón y sembrando su mente de imágenes de caos y muerte.
Había sido imprudente, soberbia incluso, al internarse en Tanyer creyendo dominar aquello que apenas comprendía.
Sin embargo, había aprendido.
Y no deseaba más sangre derramada sin propósito, no a manos de aquel hombre que distribuía la muerte con una facilidad que helaba el alma.
Abrió los labios, ansiosa por advertir, por ofrecer su consejo como quien alza una lámpara en la noche para evitar un precipicio.
Pero entonces la mirada del rey cayó sobre ella, y todo ese impulso patriótico, toda benevolencia, menguó como hierba bajo escarcha.
Ya le había hablado antes del peligro de aquel ser.
Tal vez —pensó con amargura— era justo permitir que el rey conociera la derrota, que probara en carne propia el magno poder del padre de su nieta.
Tal vez así se borraría la afrenta que ardía en su pecho.
—Cese esa línea de pensamiento, Su Majestad.
—No pudo reprimir por completo el miedo existente por ese hombre de ojos azules, porque tal vez ahora despreciaba a su rey, pero a la gente que conformaba Jitbar no, y no deseaba ver su reino sumido en el fuego de la destrucción a causa de su enojo personal.
—Silencio, eldor Sadia.
—Bicemo formó un signo de silencio con sus dedos, expresando con su rostro que no se atreviera nuevamente a abrir la boca.
—No puedo callar, mi rey —dijo, y se notaba el esfuerzo por contener el enojo en su tono—.
Enfrentarlo sería un error, el peor de todos.
Bicemo la fulminó con la mirada, pero esperó a que terminase; quiza el castigo dado no había sido suficiente, por lo que si le faltaba el respeto frente al consejo real, nadie objetaría su decisión de un castigo aún más severo.
—Se dijo que omití mencionar que Orion estaba herido —continuó Sadia—, pero eso es falso.
Ante mí estuvo, erguido, intacto.
Vi su poder con mis propios ojos.
No lo niego: sentí miedo.
No es un hombre con el que se pueda jugar.
Le ruego, Su Majestad, no cometa el mismo error que yo: no lo subestime.
—¿Terminaste?
—preguntó.
Sus ojos castaños, como hojas en el largo otoño, se posaron sobre ella con una quietud inquietante—.
Tus palabras serán consideradas —dijo después de un momento de silencio; podría haberse enojado por su desplante, por su atrevimiento de continuar con su palabrería luego de su mandato de silencio, pero no lo hizo, pues sintió sinceras sus palabras, aunque no lo suficientes—.
Orion debe morir —mencionó al dirigirse a los hombres, quienes asintieron, o en el caso del Servidor Mágico, solo entrecerró los ojos, contemplando qué tanto de las palabras de la nueva Eldor eran ciertas.
Sadia sintió cómo la fuerza que había reunido con tanto esfuerzo para lanzar su advertencia se le escurría entre los dedos hasta desaparecer de su cuerpo.
Se disipó sin ruido, dejando tras de sí un cansancio profundo, casi antinatural.
Ya no se atrevió a pronunciar palabra.
Los años a la sombra de Bicemo le habían enseñado una verdad amarga: cuando aquel hombre tomaba una decisión, no era una puerta lo que se cerraba, sino un muro de piedra.
Podía agrietarse con el tiempo, tal vez, pero jamás retrocedía.
Abrió los ojos con lentitud, como quien despierta de un sueño incómodo solo para descubrir que la vigilia es peor.
Sí, lo conocía.
Demasiado bien.
Había caminado a su lado durante demasiados inviernos, había escuchado sus risas y sus silencios, había aprendido a reconocer el temblor casi imperceptible que precedía a sus mayores crueldades.
Conocía sus miedos más hondos, aquellos que jamás habría confesado ni a la Luz misma, y también sus deseos, afilados y voraces.
Y si había una palabra que jamás podría describir al rey de Jitbar, esa era necio.
Bicemo Porticme no era un insensato.
Era astuto.
Tan astuto que, en ocasiones, resultaba imposible seguir el hilo de sus pensamientos.
Le complacía parecer ingenuo, incluso torpe, como un jugador distraído frente a un tablero que ya dominaba por completo.
Pero esa máscara no la engañaba, por mucho que ambos hubiesen tratado de hacerlo parecer.
Entonces comenzó a unir las piezas.
El recuerdo del Primer General, aguardando fuera del salón del consejo, se alzó en su mente con la claridad de una revelación tardía.
Todo encajó con precisión.
Sadia levantó la mirada y observó a su rey, y en aquel instante comprendió una verdad que la incomodó.
«¿Tanto me odias?».
Apretó los puños hasta que las uñas le mordieron la piel.
El aire escapó de sus pulmones en un jadeo breve y furioso, como si su cuerpo intentara expulsar la humillación antes de que la asfixiara.
Qué tonta había sido; ahora podía verlo con claridad, había estado bailando al son tocado por Bicemo.
Volteó con calma para ver al Príncipe Heredero, como deseando no creerlo, pero los hechos estaban ahí, sintiendo que sus palabras de respaldo habían sido demasiado perfectas, demasiado oportunas.
Aunque dudaba que fuera integrante de la orquesta de su padre, porque si así era, entonces podía afirmar que ya no solo Orion le asustaba.
Apretó los labios con fuerza.
El odio le subió al pecho, espeso y amargo.
Detestaba haber sido utilizada, detestaba a su rey por ello, pero sabía que no podía hacer nada.
Estaba atada.
Así lo había querido Bicemo.
Ya estaba todo claro, no había buscado destruir su casa, no, eso habría causado una revuelta, ¿por qué?, aunque podría estar justificada la erradicación de los Lettman, su familia había formado muchas alianzas sanguíneas en el transcurso de los años, así como la existencia de importantes juramentos de sangre.
Los plebeyos no valían tanto como para que su decisión pudiera ser aceptada en los corazones de las cabezas de las grandes familias; forzarlo solo habría provocado su fracaso en la próxima incursión a Tanyer.
La historia era clara sobre guerras en tiempos de desunión: siempre fracasaban.
No obstante, siguió sintiendo que algo faltaba, una pieza importante que había provocado que su terco monarca planeara su falsa misericordia.
—Su Majestad es sabio —dijo, y en aquella frase convivían reverencia y filo, imposibles de descifrar a cuál pertenecía su tono—.
Sin embargo, una incursión a Tanyer no es una empresa sencilla… ni conveniente.
Los ataques de los malditos salvajes han aumentado, y no nos encontramos solo ante esa amenaza.
Urslan ha comenzado a movilizar su ejército hacia la frontera…
—Estaba dispuesto a proseguir, pero notó en la mirada de su padre que hacerlo no era inteligente.
—Soy consciente, Príncipe Heredero —respondió, sin verse afectado por la falsa cortesía en su recordatorio.
El silencio que siguió no fue natural.
Fue impuesto.
Se deslizó por la sala como una sombra lenta, asentándose entre columnas y tapices, haciendo que cada respiración pareciera demasiado sonora.
Cuando el rey volvió a hablar, lo hizo con la cadencia de algo aprendido desde la cuna, algo que no admitía réplica.
—Por el poder que lo divino otorgó a la dinastía Porticme… yo, Bicemo Porticme, emperador de Jitbar, señor de los justos y los honorables, elegido de la Luz… decreto el levantamiento inmediato de las levas en todo el reino.
Al pronunciar la palabra decreto, una luz dorada, tenue pero innegable, envolvió su figura, como si la propia Luz hubiese decidido marcar aquel instante en la memoria del mundo.
Korys se puso de pie casi al mismo tiempo que el Príncipe Heredero, incapaces de aceptar el decreto real del soberano de Jitbar.
El hombre con los cabellos anaranjados opacos se sintió afligido; si hubiera sabido que su rey estaba preparado para declarar tal locura, hubiera hecho hasta lo imposible para aconsejarle que se abstuviera; sin embargo, ya era tarde.
La luz filtrada por la ventana había sido testigo de su decreto; no había forma fácil de retractarse.
—Su Majestad, las casas…
—El decreto ha sido declarado, Príncipe Heredero —interrumpió, y ante su mirada gallarda y severa, su primogénito no tuvo más remedio que suspirar, para de forma inmediata tomar nuevamente asiento.
Sadia observó la escena con los labios tensos.
Su bello rostro se contrajo en una mueca fugaz, como si una pieza invisible hubiera encajado de pronto.
Sentía que aquella decisión era la respuesta a una inquietud que la había estado acompañando, aunque aún no podía nombrarla.
—Su Majestad, ruego me escuche —dijo Korys, preparado para arrojar un balde de agua al inicio del incendio.
—Habla.
El Consejero Real carraspeó al serle concedida la palabra.
—Entiendo su deseo de justicia por las almas vendidas al enemigo.
La Luz sabe que lo comparto.
Pero las formas… no son las adecuadas.
Los salvajes pueden carecer de refinamiento, pero no de astucia.
Décadas de guerra lo demuestran.
Tanyer no justifica una movilización tan vasta ni tan urgente.
—Has sido la voz de la razón durante muchos años, consejero real Korys —dijo el rey, y en ese instante sus ojos dejaron de ser solo mirada para volverse intención, como flechas tensadas durante demasiado tiempo—.
Sin embargo, ahora percibo algo distinto en tus palabras, una aspereza que no reconozco.
Dime, Korys Dethut… ¿alberga tu corazón la intención de traicionar al reino de Jitbar?
Korys sintió cómo aquella mirada le atravesaba las defensas que había levantado durante toda una vida de servicio.
—Jamás cruzaría tal pensamiento por mi mente, Su Majestad —respondió de inmediato, sin permitir que la duda encontrara refugio en su voz.
Aun así, tragó saliva.
Las palabras que había preparado con tanto cuidado se deshicieron antes de alcanzar sus labios.
El hombre que ocupaba el trono ya no era el soberano que había aprendido a conocer con los años, y en el frío inmóvil de sus ojos comprendió una verdad amarga: ni la lealtad ni el tiempo de servicio bastarían para salvar a su familia si la sospecha se convertía en decreto.
Los Dethut siempre habían sido hombres leales.
Morirían si se les ordenaba.
Pero aquella obediencia no lograba sofocar la punzada de que algo, en lo profundo, estaba mal encaminado.
—Coincido contigo en lo que respecta a los salvajes —continuó Bicemo, y su voz perdió parte de su dureza sin volverse menos temible—.
Precisamente por eso existe la Aels Sadia Lettman.
Sadia alzó la mirada.
El gesto fue contenido, medido, como si temiera que incluso ese movimiento pudiera ser interpretado como un desafío.
Sus ojos se encontraron con los del rey, pero el hombre no le dio importancia a su mirada.
—Serás enviada al Bosque Durmiente —dijo el rey—.
Vigilarás nuestra frontera y te asegurarás de que ningún salvaje la cruce.
¿Queda claro, Aels?
—El tratado de los Cien Mil prohíbe la intervención de alguien de mi título, Su Majestad —dijo, arrebatando las palabras de la boca del Servidor Mágico, quien parecía haber despertado de su larga contemplación.
—Por supuesto, pero eres demasiado hábil como para que te detecten.
Las palabras cayeron como un cerrojo.
Sadia quiso responder, pero comprendió la amenaza velada.
Estaba en el suelo, derrotada por una mano injusta y vengativa.
Un solo movimiento en falso bastaría para ofrecerle al rey la excusa que necesitaba para destruirla… a ella y a su casa cuando sus habilidades ya no fueran requeridas.
Bajó la cabeza.
Medio ciclo.
Tal vez el heredero, o el que le sucediese, podría ser más indulgente.
—Grandes magos de la Orden Blanca, la Orden Roja y la Orden Negra te apoyarán —dijo con un tono tranquilizador, aunque sus palabras provocaron todo lo contrario, no solo en Sadia, sino también en el Servidor Mágico.
—Su Majestad, me opongo —dijo casi gritando; su tono era enérgico, tanto que dificultaba relacionarlo con alguien de su apariencia—.
La Montaña de los Cinco Colores no debe inmiscuirse en tales asuntos…
—Su trabajo aquí es de dar su consejo sobre lo relacionado con las cuestiones mágicas, no de oponerse a mis decisiones, Servidor Mágico.
—Su Majestad, debe entender que la Montaña de los Cinco Colores no es un poder al que se le pueda movilizar en algo así.
Es más, no se les debería movilizar nunca.
—He escuchado sus preocupaciones, ahora guarde silencio.
Yones apretó los labios.
El momento había pasado; insistir sería cruzar un umbral del que no habría retorno.
Con una calma que parecía ajena a las tensiones que había sembrado, Bicemo se levantó y caminó hacia su asiento.
El suave murmullo de su atuendo plateado acompañó cada paso.
Se acomodó con precisión, y su mirada se posó en el Príncipe Heredero al sentarse.
—Las casas deben conocer mi decisión, Príncipe Heredero.
Envía las cartas.
En el decimoquinto día celebraré una asamblea.
—Sí, Su Majestad.
Su mirada se dirigió a la enorme puerta, en específico al envejecido hombre que esperaba con una expresión que detallaba el servilismo, como si hubiera nacido para recibir una orden del rey y cumplirla sin miramientos.
—Haz pasar al Primer General.
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