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El diario de un Tirano - Capítulo 185

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  4. Capítulo 185 - Capítulo 185: Palabras valiosas
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Capítulo 185: Palabras valiosas

Un cielo negro se extendía sobre ellos, velado por nubes de tormenta que se arremolinaban como ejércitos antiguos. Relámpagos fugaces trazaban venas de luz en lo alto, iluminando el mundo por instantes breves y solemnes, como si los cielos respiraran y recordaran. El aire estaba saturado de humedad; olía a tierra contenida, a lluvia que aún no se atrevía a caer.

Sobre la llanura avanzaba una cuadrilla de no menos de veinticinco jinetes. Cabalgaban con premura, envueltos en la bruma del polvo que levantaban los cascos. Los caballos, orgullosos portentos de su estirpe, exhalaban bocanadas de vapor que el viento arrancaba de sus belfos y lanzaba contra los rostros tensos de los hombres. Ninguno hablaba. El trueno lejano marcaba el paso del tiempo.

En el corazón de la formación destacaban dos figuras. Un anciano de ojos profundos, cargados de inviernos y de verdades nunca pronunciadas del todo; y paralelo a él, un hombre de porte firme y mirada endurecida, aunque bajo esa dureza latía una inquietud persistente, como si el peso del mundo apoyado en sus hombros comenzara a quebrarle las piernas.

En un momento, el hombre volvió el rostro hacia el anciano, como había hecho muchas veces durante el trayecto. Percibió el rictus de cansancio; la tensión apenas era disimulada.

«Orgulloso como ninguno». Dibujó una sonrisa en su rostro.

De sus labios brotó un silbido agudo, preciso, con un timbre inconfundible que imitaba el graznido de un halcón. Se propagó con rapidez entre el batir de los cascos y el murmullo del viento, deslizándose hasta los oídos atentos de los jinetes como una señal aprendida desde la juventud. La respuesta fue inmediata, casi instintiva; hombres y monturas obedecieron sin vacilación, salvo el anciano, cuyo mundo se movía a un ritmo distinto, y que necesitó escuchar la orden pronunciada para comprender el gesto que debía seguir.

Los caballos redujeron la marcha y se dispusieron en una formación defensiva. En su centro quedaron el anciano y el singular hombre, convertidos en el corazón silencioso del grupo, protegidos por cuerpos y una lealtad tan profunda como el propio firmamento.

Makko, el jefe de los hombres, descendió de su compañero equino en un salto preciso, que indicaba su maestría. Sus ojos negros, como la noche que los acobijaba, se posaron sobre el anciano al tiempo que sus piernas se dirigían al plateado caballo del antes mencionado. Su mano fue la ayuda necesaria que el hombre de muchos inviernos no rechazó.

Cuando sus pies tocaron el suelo, una oleada de alivio recorrió su cuerpo cansado. El deseo inmediato, casi infantil, fue el de inclinarse y besar el pasto que cubría el llano, como quien agradece a la tierra por seguir sosteniéndolo, pero se abstuvo; existía su orgullo y el honor de su título, no era algo que pudiera manchar por su inútil cuerpo que había decaído con los años. Inspiró profundo, aclimatándose nuevamente a la quietud del suelo.

Makko le entregó el instrumento que servía tanto de apoyo como de cauce para sus artes místicas, extrayéndolo con cuidado de la larga funda sujeta al costado del equino. El caballo, de pelaje claro y ojos tranquilos, permaneció inmóvil, como si comprendiera que aquel objeto era de suma importancia para el hombre que lo había montado. La superficie de la madera pareció reflejar el impacto de un rayo un segundo antes que este se dibujara en el cielo y tocara tierra.

—Te agradezco —dijo el anciano con sinceridad.

Alzó la mirada y la sostuvo en el hombre que tenía enfrente. Makko se erguía con naturalidad, recto como un árbol que ha aprendido a resistir vientos contrarios. En sus ojos ardía el fuego de la determinación, pero no era una llama indómita: estaba templada por una calma que solo concede la experiencia, teñida de un avellana profundo que parecía absorber la luz sin perderla. Su rostro, varonil y definido, mostraba un mentón fuerte y una nariz afilada, labios gruesos que sabían endurecerse en silencio. El cabello, del color del otoño avanzado, caía por su espalda en dos trenzas que destacaban en su marcial compostura. Era alto sin imponerse por estatura, fornido sin ostentación.

Un orgullo sereno se asentó en su pecho. No nació del elogio ni de la vanidad, sino de la certeza de haber sido parte —una mano entre pocas— en la forja de aquel hombre que ahora caminaba con el peso de la responsabilidad, tan buen hombre, como los que le habían precedido.

Los jinetes desmontaron casi al unísono. No hubo órdenes ni señas visibles: cada uno conocía su lugar en ese rito repetido incontables veces. Unos se dispersaron en busca de ramas secas; otros rodaron piedras para alzar un cerco de la futura hoguera. Los caballos fueron atendidos con manos expertas, sus resoplidos apagándose poco a poco mientras el polvo descendía, mientras algunos se cercioraban de que su estadía no fuera interrumpida por alguna criatura salvaje.

Makko se dejó caer en el pasto con un movimiento medido, como quien conoce el peso de su cuerpo y el de las decisiones que lo habitan. No hizo gesto alguno con la mano; bastó una leve inclinación del mentón, una mirada sostenida el tiempo justo, para invitar al anciano a ocupar el espacio a su lado. La invitación fue aceptada sin palabras. El hombre de cien inviernos descendió con cautela, las rodillas protestando en un murmullo seco, hasta que el suelo lo recibió. Tardó un instante en acomodarse, respirando hondo, como si el simple acto de sentarse fuese ya una concesión al paso de los años.

El silencio se sentó entre ellos como un tercer cuerpo, incómodo y atento. No era un vacío: respiraba. Las miradas se sostuvieron el tiempo justo para decir lo que la lengua evitaba, y cuando ambos exhalaron, el aire pareció cargarse de un cansancio, de palabras gastadas por el uso y aun así necesarias.

—¿Podría el viento contar su sentir, Delios? —preguntó Makko al fin, desviando la vista hacia el suelo.

Sus dedos se cerraron alrededor de una flor pequeña, de pétalos blancos, arrancada sin darse cuenta. La hizo girar entre el pulgar y el índice, lenta, como si midiera el mundo en ese movimiento mínimo.

—¿Podrías hacerlo tú, muchacho?

Makko sonrió, una expresión breve que no alcanzó del todo a sus ojos, y guardó silencio. Siempre le había resultado curioso, casi entrañable, que aquel anciano, testigo de su infancia, de sus caídas y de su ascenso hasta el lugar que ahora ocupaba, siguiera llamándolo de ese modo. No había burla en la palabra, ni condescendencia; era más bien una costumbre arraigada. No le molestaba. Al contrario, en ese apelativo había algo que lo obligaba a recordar cuánto tiempo había pasado… y cuánto, tal vez, aún no había terminado de comprender.

—Escuché que Valanta, por su orden, ingresó a terrenos sagrados sin haber sido reconocido como un Orz (mortificado). —La frase cayó con el peso de algo largamente contenido. Sus dedos se alzaron de manera distraída y rozaron sus labios al percibir una leve presión, como el roce de un insecto o una hoja arrastrada por el aire; un instante después comprendió que no había nada allí.

—Sí, fue mi orden, líder Makko —dijo, cambiando su tono a uno más respetuoso—, y testificó en su defensa que Valanta no ingresó en terreno sagrado. Declaro como mentirosos a aquellos que lo acusaron.

—Agradezco conocer la verdad. —Dejó salir una larga exhalación, como si una de sus preocupaciones desapareciera por fin—. Sus palabras llegarán a los oídos correspondientes, Delios, y el mentiroso será apropiadamente castigado.

—Así debe ser —dijo, una frase que acostumbraba habitar en su boca.

El jefe del clan Kota dejó que su atención se elevara hacia la cúpula estelar, donde los relámpagos abrían brechas fugaces entre las nubes, como si manos invisibles desgarraran el velo del cielo. Cada destello iluminaba la llanura por un latido apenas perceptible, y en ese parpadeo el mundo parecía antiguo, suspendido entre lo que fue y lo que aún no se atreve a nacer. El trueno, distante pero persistente, le despertó una ensoñación grave, una sensación de estar al borde de un entendimiento que siempre se escapa. El aire le pesaba en el pecho; retenerlo era fácil, soltarlo costaba. Sus dedos se movían sin querer, tensándose y aflojándose, mientras la sequedad en su boca traicionaba el esfuerzo por mantener la mente fija en la obra de su dios, aun cuando los pensamientos comenzaban a arremolinarse como aguas desbordadas.

Un rayo impactó a cientos de metros de distancia, provocando un poderoso y ensordecedor estruendo, pero ni él, sus hombres o los caballos se vieron influenciados por lo acontecido; era demasiada su confianza en el Enigmático que les acompañaba.

—¿Los espíritus que la noche refugia desean algo de nosotros, Delios? —inquirió, rascando la palma de su mano con las uñas de la contraria, un gesto breve, casi distraído, que no lograba ocultar la inquietud que para ojos expertos se filtraba en su mirada.

El anciano no respondió de inmediato. Inspiró despacio, como si tomara aliento del mundo mismo. Su pecho subió y bajó con la calma de un lago al amanecer, y cuando habló, su voz tuvo esa serenidad peligrosa que solo poseen quienes han presenciado la vida y la muerte natural de muchos.

—Siempre desean algo de nosotros, muchacho —dijo—, pero dame la oportunidad de conocer la preocupación que guarda tu corazón.

Makko frunció apenas los labios. Bajó la mirada hacia el pasto. Quería comprender. Anhelaba hacerlo con una necesidad casi dolorosa. Sin embargo, revelar lo que ardía en su interior era otra cosa. La mirada del Delios de su clan, esa mirada pulida por cien inviernos, lo desarmó con una facilidad que le provocó un resentimiento silencioso. Detestaba que aún tuviera ese poder sobre él.

Asintió al cabo de un instante. Se aclaró la garganta, pero no volvió el rostro; prefirió clavar los ojos en el horizonte eterno, ahora invadido por un enjambre de luces que danzaba como brasas vivas.

—¿Los hombres de bien sucumben a sus tentaciones, a sus maleficios malignos?

—Los hombres de bien no sucumben ni ante el mal más perverso —dijo—, pero son precisamente ellos a quienes los espíritus torcidos desean poseer. La luz siempre atrae a la sombra. Aun así, la sabiduría de Dedios es infinita, y mientras el respeto por los ritos prevalezca, los sanos y los nobles permanecerán. Si temes la mano enemiga que busca seducir tu mente, puedo alzarme como guardián en cualquier momento.

Un guerrero se deslizó desde el borde del campamento, como si caminara sobre un suelo consagrado. Sus pasos apenas perturbaron la hierba, y al detenerse extendió un cuenco de madera rebosante de agua. La superficie líquida reflejó un instante la luz temblorosa del cielo antes de que el Delios lo tomara. Inclinó la cabeza con sobriedad y bebió sin prisa, permitiendo que el frescor recorriera su garganta y descendiera hasta un cansancio que solo entonces admitió como propio. Al exhalar, su aliento se disipó en la noche, llevándose consigo algo más que la sed.

Makko tensó la mandíbula. A lo lejos, un relámpago desgarró el horizonte y, por un latido del mundo, su perfil quedó delineado en luz cruda, endurecido por recuerdos que no pedían perdón ni permiso.

—Los humanos, malditos sean —Dejó salir de su pecho, rechazado de su cuerpo, que había hecho suyo durante demasiado tiempo—, han arrebatado de nosotros no solo terreno sagrado. También han quitado de mí parte del alma, alejándome del camino que Dedios ha preparado. —Apretó los puños, cada vez más consciente de la ira que consumía su corazón y mente, así como sintiendo las grietas en el control que tenía sobre sí mismo—. No soy un hombre de bien, Delios, ni tampoco temo a los espíritus de la sombra y la oscuridad…

—Líder Makko, cuide las palabras, pues cargan de un poder que ni yo, ni nadie ha podido descifrar. Temer es correcto, pues su influencia es cruel, y nadie debe ser presa de sus oscuras manos. —Prefirió el silencio, y un ademán de mano aconsejó al líder del clan Kota a que lo acompañara en la acción—. Dedios desprecia a los deshonrados, los malos hombres, los sedientos de gloria personal, por ello es que desprecia a los humanos, y por ello no castiga al que combate contra tal raza. Hicieras lo que hicieras en el Bosque de los Ancestros, no es algo por lo que debes ser juzgado.

Makko bajó el rostro, como si las palabras del Delios de su clan hubieran logrado influenciar sus emociones.

—Tal vez si pueda repetirlo un centenar de veces más, pueda creerlo, Delios. Pero aquello he aceptado, y los espíritus malignos lo saben, por eso no buscan mi cuerpo; soy muy parecido…

—¡Líder Makko! —La voz del anciano se alzó y quedó envuelta por el estallido súbito de un trueno lejano, como si el cielo mismo hubiera decidido intervenir.

—Lo siento, Delios. —Apretó los puños, sintiéndose poseído por una calma desconcertante, pero que, en el instante que la voz del anciano impactó en sus oídos, desapareció.

—¿Es Valanta la causa de tu corazón inestable y tus palabras irrepetibles?

—Debió morir, Delios, pero no, mi querido hermano no es la razón de mi sentir.

—Nadie debe morir. Dedios aborrece la muerte de jóvenes prometedores.

—Perdió su honor, Delios, y conoce de su error. Una muerte digna fue arrebatada, y por ello nunca perdonaré a los humanos, pero Valanta es culpable por su debilidad.

—El muchacho sufre; hace tiempo que su camino debió estar entrelazado con los Orz, o tal vez con los Narno (Rechazado). Valanta posee un buen corazón, aunque se ha alejado del camino de Dedios, y eso terminará en un trágico final. Aunque no voy a permitirlo.

—Valanta es orgulloso, como nuestro padre, y lo amo, pero un día mi cuerpo dirá adiós al cielo y la tierra, y Valanta se quedará solo, y ya no podré protegerle; rezo porque su final venga antes que el mío, tal vez sufra menos.

—Tu corazón es bueno, y por ello los Ancestros sonríen, pero no te olvides de que, como líder del clan, los Kota se volvieron tus hermanos, y tienes la misma obligación de protegerlos, a veces hasta de ellos mismos.

Makko permaneció inmóvil. Enderezó los hombros por costumbre, como había aprendido de niño, aunque no había nadie detrás de él que exigiera esa postura. El peso que llevaba dentro no se aligeró con el aire que entró en sus pulmones; al contrario, se asentó con mayor claridad, como una piedra que por fin encuentra su lugar en el fondo del río. Evitó mirar hacia donde se encontraban los suyos. No por miedo, sino porque sabía que, si lo hacía, ya no podría fingir que lo que estaba por preguntar no solo le afectaba a él.

—¿Son katodis, Delios? —preguntó, una pregunta que había estado en la punta de su lengua durante mucho tiempo, y hasta el momento su cuerpo no se sentía lo suficientemente dispuesto para hacerla.

El anciano le miró, y por primera vez se observó algo más que calma y sabiduría acumulada. En principio quiso cuestionar a quiénes se refería, pero pronto entendió el porqué de la pregunta.

—No puedo asegurarlo. Lo siento, Líder del Clan —dijo—. Sentí apropiado difundir la noticia cuanto antes, por lo que la oportunidad de investigar más no fue urgente.

El silencio repentino se volvió difícil de contener. Los ojos de Makko ardían con determinación; se había arrojado al abismo, y no pensaba volver sin una respuesta que dejara satisfecho a su corazón.

—¿Ve destrucción en nuestro futuro, Delios?

—Lo siento, Líder del Clan, jamás desarrollé las facultades de una Prelun.

—Entiende mi pregunta, Delios. —Había respeto en su voz, nunca lo perdía, ni tenía la intención de hacerlo, pero su tono se había tornado duro, difícil de evitar o rodear; esperaba sinceridad, aunque aquello atrajese a los nocturnos.

—La entiendo, y me niego a responder.

Makko llevó su mano a su mentón, mientras sentía cómo los músculos de sus hombros se endurecían. Podía comprender lo dicho en el silencio, porque aquella respuesta era peor que una afirmación abierta.

Apretó los puños sin siquiera percatarse; su corazón se había acelerado.

Tres caballos bufaron al unísono, como si entendieran que algo se acercaba, algo terrible. Los guerreros respondieron al navegar con sus miradas los territorios que los rodeaban; sin embargo, la pareja del hombre y el anciano no dejaron de verse, concentrados en un mundo único, suyo, pero del que las consecuencias serían tangibles para todos.

—¿Somos lo suficientemente fuertes para evitar la perdición? —El anciano calló, y eso causó malestar y enojo en el rostro del líder de los Kota—. Responda, Delios, se lo pido.

—No lo creo.

Makko asintió, dejando escapar el aire guardado hasta el momento en sus pulmones.

—¿Hay una alternativa?

—La hay, pero es demasiado difícil.

—Hable, Delios.

—Una alianza como las antiguas.

Makko volvió a suspirar, entendiendo por completo al Enigmático, aunque entenderlo no fue lo mismo que aceptarlo o soportarlo, pero suprimió sus sentimientos para preguntar, queriendo asegurar que lo que pensaba era lo correcto.

—Mi querida hermana, ¿no es así?

El Delios asintió.

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Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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