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El diario de un Tirano - Capítulo 186

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Capítulo 186: Quien siembra llamas nació del fuego

Una mirada de cazador se filtraba entre las hojas bajas de un arbusto, tensa y paciente, clavada en su presa. El cuerpo, inclinado hacia adelante, aguardaba el instante preciso, ese momento en que el mundo parece detenerse un latido antes de continuar con lo diario y rutinario. El viento soplaba suave, cómplice, llevando los olores lejos del acecho. Aun así, el cazador dudaba.

La presa —una liebre de bosque, rechoncha, de pelaje oscuro y orejas inquietas— levantó el hocico apenas un instante. Algo en el aire no le pertenecía. Olfateó, inmóvil, y luego, al no hallar confirmación de su temor, volvió al pasto con movimientos rápidos y nerviosos.

Entonces el cazador emergió.

En sus manos descansaba un artefacto tosco y mortal, un arrojapiedras improvisado que había probado su eficacia más de una vez en manos mayores. Apuntó. Llenó los pulmones y contuvo el aire, como le habían enseñado. El mundo se estrechó hasta reducirse a un punto: la cabeza del animal, el peso de la piedra, la tensión en los dedos.

—Deja de jugar y ayúdame a extender la sábana en la piedra.

Una voz femenina rompió la quietud, la solemnidad que con tanto esfuerzo había construido.

El lanzamiento partió igualmente. La piedra salió disparada… y la liebre, como si el bosque mismo la hubiera advertido, escapó en una explosión de velocidad.

—¡Mamá! —gritó el niño, mientras aventaba su cabeza hacia atrás y bajaba los brazos en sinónimo de derrota.

—Nada de mamá. Ven a ayudarme.

El niño, de unos ocho o nueve años, hizo un breve puchero; quería replicar, sin embargo, ya había sido capturado por una mirada severa, pero llena de amor. Dejó salir de su boca una pesada bocanada de aire, aceptando su pérdida momentánea. Avanzó, como si sus pies pesaran cien kilos, dirigiéndose hacia su madre.

—Quítate los zapatos —ordenó con voz de mando—. Y arremángate el pantalón.

Obedeció, asintiendo más de tres veces, cosa que provocó una breve sonrisa en su madre, y eso causó que él sonriera con complicidad.

Se introdujo en el poder de la naturaleza. El agua fría del río le mordió los pies y las espinillas. El impulso de salpicar fue inmediato, casi irrefrenable, pero bastó sentir la atención silenciosa de su madre para sofocarlo. Volvió a sonreír, culpable, y se concentró en la tarea.

Extendieron la sábana sobre la gran piedra plana, lisa por obra del tiempo y del río, tallada sin manos humanas. Era un lugar conocido y a veces disputado, un regalo de los dioses para las maravillosas mujeres del pueblo, quienes reclamaban en las mañanas largas —y a veces en las tardes— cuando la ropa era mucha y el sol aún estaba dispuesto a ser socio.

La luz dorada descendía en ángulo suave, posándose sobre la superficie turbulenta del río, quebrándose en destellos que iban y venían. Atrapado por ese brillo, el niño cayó en un breve lapsus de ensoñación: un mundo intacto, donde su familia permanecía unida, donde la palabra sufrimiento nunca había aprendido a pronunciarse. Algo se agitó en su pecho, leve y extraño, como un presagio borroso, lejano. ¿Qué había sido aquello? La pregunta avanzó sobre él con fuerza. Tragó saliva, y con ese gesto simple el velo se rasgó. La realidad regresó. Su mente, inquieta y joven, reclamó movimiento, juego, la urgencia pura de ser un niño.

—No te mojes los pantalones —advirtió su madre, sin siquiera lanzarle una mirada.

El niño asintió mientras salía apresuradamente del agua.

—No demasiado lejos.

—Sí, mamá —respondió, mientras se calzaba de nuevo los zapatos y recogía el artefacto para lanzar piedras del suelo.

Se arrojó al viento con el corazón encendido, persiguiendo a su presa no solo con los pies, sino con el anhelo silencioso de ser visto entre los suyos. Quería superarse, probar que las enseñanzas de los mayores habían echado raíces firmes en él. Pero también estaba Ileana, la hija del cazador: tres inviernos mayor, dueña de una mirada que solía posarse sobre los más jóvenes con condescendencia. No sobre él. No desde aquel día en que había atrapado al pájaro rojo. Ahora, si lograba hacerse con una liebre del bosque, sentía que la balanza podría inclinarse un poco más a su favor.

Se introdujo en el bosque, convirtiéndose en un espectro nocturno, una sombra de los propios árboles, navegando con el viento. Todo de forma precisa, tal como el conocimiento dado lo indicaba. Sus ojos eran dos errantes en busca de un mismo cobijo, pero parecía que el objetivo no se encontraba en su campo de visión, por lo que caminó, adentrándose más. Sus oídos percibían el sonido de la corriente, pero su enfoque estaba en la búsqueda de su presa. Tenía plena confianza en su viaje; ya había visto algunas en sus anteriores venidas. Darse por vencido no estaba en su ADN.

Vio criaturas e insectos cruzando su camino, algunos grandes, otros diminutos, extraños y familiares. No les concedió atención. En ese instante debía ser el bosque mismo: no perturbar, no destacar, no anunciarse. Las criaturas nativas no debían sentirlo ajeno, o podrían volverse contra él. Una lección que todavía le hacía retorcer la espalda.

Se detuvo. Se inclinó con cuidado para examinar unas huellas pequeñas impresas en la hierba aplastada. Su experiencia no bastaba para afirmar que eran de su presa, pero una corazonada le apretó el pecho. Decidió seguirla. Se irguió y continuó, barriendo el terreno con la mirada, imitando la paciencia y el porte de los mayores, como si el gesto pudiera convocar su pericia.

Se sostuvo con el tronco cercano al percibir con el rabillo del ojo lo que parecía ser una liebre de bosque, adulta, y hembra por sus orejas rosadas. Sobresalió lentamente de la cobertura, todavía sin apuntar; no sentía que el ángulo ni la distancia fuera la apropiada.

Inspiró profundo; en ese momento, por alguna razón, sus manos temblaron de impaciencia, pero negó rápidamente con la cabeza. Debía acercarse, aunque eso resultara en la huida del animal, pues, por palabras de sus mayores: “Era mejor un tiro certero que una presa lastimada, pero no incapacitada”.

Sus ojos, rápidos y atentos, recorrieron el terreno con minuciosidad. La luz filtrada entre las copas dibujaba manchas móviles sobre la tierra húmeda, y el aire, frío y limpio, llevaba consigo el aroma verde del musgo y la savia reciente. Se aseguró de que no hubiera ramas sueltas, piedras traicioneras ni hojas secas que pudieran delatarlo. Luego avanzó hacia el árbol contiguo, no el más cercano al tronco que lo amparaba, sino el más cercano a su objetivo. A cada paso, el peso de su propia respiración le parecía excesivo. Se sintió incapaz. Aún no. Su instinto —torpe, joven, apenas despertando— se lo susurraba.

La liebre alzó la cabeza, interrumpiendo su lento y confiado acto de pastar. Olfateó el aire, y su oreja derecha se irguió, tensándose como una hoja al viento, buscando un sonido que no terminaba de nacer.

El niño pausó su avance, esperando a que su presa perdiera su sentido de alerta. Los segundos transitaban sin descanso. No se atrevió a continuar, ansiaba con todas sus fuerzas hacerse con una liebre de bosque, así que con paciencia esperó, paciencia que en ninguna otra parte de su vida había compartido. El animal descendió la cabeza, encontrándose nuevamente con su alimento.

Al fin, la liebre volvió a encontrarse con el pasto. El niño soltó el aire con cuidado y completó el último tramo hasta el árbol. Allí, el mundo encajó. La distancia era correcta. El ángulo, justo. Alzó su arma con manos firmes, olvidando todo, mezclándose con las enseñanzas. Inhaló profundo, dejando que el silencio se asentara en su pecho. El proyectil aguardaba. El instante también. Entonces disparó.

La roca voló sin encontrar resistencia, obediente al impulso que la había liberado. Cortó el aire en silencio y fue a dar contra la pequeña cabeza del animal, abriendo al instante su cráneo y salpicando de rojo el pasto circundante. La liebre de bosque se desplomó sobre la tierra húmeda.

El niño dio un primer paso hacia su botín, deteniéndose de golpe. Algo no encajaba. Allí, atravesando el costado del animal, una flecha se hundía con firmeza en la carne. Había llegado antes que su mirada, tan rápida que ni siquiera el viento la había anunciado.

Sus ojos color ámbar recorrieron el entorno con cierta urgencia, buscando al transgresor entre los troncos, las sombras y los claros quebrados por la luz. El bosque no respondió. No hubo movimiento, ni crujido, ni aliento ajeno. Solo el murmullo distante de la corriente, que se asentó hasta transformarse en silencio. Su ceño se endureció. No era un cazador, aún no, pero el código le pertenecía, aunque aún no supiera sostenerlo del todo.

Asintió para sí mismo, disfrazando su rostro con la dureza que creía necesaria. Y luego avanzó. Se inclinó y tomó la liebre del suelo, alzándola con cuidado. No hubo triunfo. En realidad, fue todo lo contrario. El sentimiento que se instaló en su pecho prometía ser difícil de contener.

Apretó el pelaje; la sangre goteó al suelo cuando el temblor lo traicionó.

—Ahora no creerá que fui yo.

La frase apenas había terminado de formarse cuando otra voz la quebró.

—Baja al animal —dijo un tono grueso, adulto, cargado de una autoridad áspera.

El peso de esas palabras bastó para que el cuerpo del niño se tensara al instante, como si una cuerda invisible se hubiese ajustado alrededor de su pecho. Aun así, no soltó la liebre. Se volvió hacia la voz con lentitud, sintiendo la amenaza latente en el tono, pero sin ceder un paso. Era joven, demasiado para comprender del todo, y en esa ignorancia persistía una certeza simple y obstinada. El código hablaba claro. La roca había volado primero.

—Es mío —dijo, con una mirada dura y corrigiendo su postura—, mi roca llegó primero.

—En tus sueños salvajes, mocoso.

Lo vio al fin. Un hombre, no muy alto, de figura delgada, con un rostro duro y desagradable, tallado por años de intemperie y dureza. Había en sus facciones una fealdad inquietante, de esas que se adhieren a la memoria y regresan en la oscuridad del sueño. En la mano izquierda sostenía un arco mediano, relajado pero listo, como si jamás lo soltara del todo. En el cinto, bien acomodadas, descansaban una espada, una daga y un cuchillo, cada uno con su propio lugar.

Los ojos del hombre quedaron fijos en el pequeño, inmóviles, como si de pronto hubiera advertido una verdad que antes se le había escapado. En ese instante, una sonrisa grotesca comenzó a abrirse paso en su rostro, lenta y torcida, deformando aún más sus facciones, como una grieta que se ensancha en la piedra.

El niño sintió cómo sus instintos recién nacidos se agitaban en su interior, advirtiéndole del peligro con una urgencia torpe y desordenada. Aún era un novato, y por un momento los desoyó. Fue la mirada del hombre lo que terminó por inquietarlo: ya no descansaba en la liebre inerte, sino que se sostenía en él, pesada y calculadora, como si el verdadero botín estuviera aún en pie.

Se volvió con prisa hacia el camino recorrido, los pasos apremiados por un impulso que no alcanzaba a comprender del todo. El hombre alzó el arco en un gesto rápido y seguro, la flecha encontrando la cuerda casi por reflejo. Sin embargo, vaciló. Con un movimiento contenido, bajó el arma y la llevó de nuevo a la espalda, encajando también la flecha, mientras el silencio del bosque se cerraba en torno a ambos, expectante.

—Maldito niño.

Emprendió la persecución sin demora. No era un hombre veloz, jamás lo había sido, pero no albergaba duda alguna de que alcanzaría al pequeño. Las raíces ocultas entre la hojarasca lo traicionaron en dos ocasiones, haciéndolo trastabillar con un gruñido ahogado y avivando aún más el fuego de su furia.

Por momentos creyó haber perdido el rastro. El bosque se cerraba sobre sí mismo con engañosa uniformidad, y sus ojos ya no eran los de antaño. Aun así, la experiencia suplía lo que el tiempo le había arrebatado. Supó leer las señales mínimas: una rama quebrada, una huella mal disimulada, la hierba vencida en la dirección correcta. El rastro terminó por conducirlo hasta un claro repentino, donde el murmullo del agua se alzaba pleno y constante, llenándolo todo con su voz antigua.

A su orilla se encontraba el niño, detenido al fin, junto a una mujer de silueta agraciada.

La mujer inspiró hondo al volver la cabeza ante el señalamiento de su hijo. El color abandonó su rostro y se mordió el labio sin darse cuenta.

—Ven, mocoso —dijo el hombre al ver cómo ella se interponía, cubriendo al pequeño con su cuerpo, delgada barrera levantada por instinto más que por esperanza.

—Es mío —replicó el niño, con la obstinación intacta—. Mi piedra llegó primero.

—Guarda silencio, Yury —ordenó la madre, sin volverse hacia él. La firmeza de sus palabras luchaba por imponerse al miedo que resquebrajaba su voz.

El hombre continuó avanzando. Sus pasos eran tranquilos, casi indolentes, como si el desenlace estuviera decidido desde antes. No concedió atención alguna a la mirada suplicante de la mujer, ni al modo en que sus hombros se tensaban, preparados para recibir un golpe que sabía inevitable.

—Entréguelo.

—Todavía no es su momento, señor. —Extendió sus manos, intentando crear un muro que pudiera proteger a su retoño.

El hombre ladeó apenas la cabeza, observándola con una paciencia que no prometía clemencia.

—Por lo que yo vi —dijo—, ya está en su momento.

—No, señor, le quedan un par de años.

El hombre se había acercado lo suficiente para observar con lujo de detalles el rostro de la mujer; era atractiva, lo suficiente para haber alargado la plática, evitando así tomar al niño por la fuerza al primer instante. Observó el agua; un paso lo dividía del líquido divino, y no estaba muy dispuesto a mojarse.

—Será mejor que lo entregue. —Su mano rozó el mango de su cuchillo, una declaración que dejaba poco a la imaginación—. Si hace bien las cosas, lo volverá a ver.

—Por favor, señor —dijo ella, mientras las lágrimas resbalaban por sus mejillas como rocío sobre las hojas—, se lo ruego.

El niño, al sentir el dolor de su madre, dio un paso al frente. Sus manos temblaron al soltar el cuerpo del animal. La liebre cayó al suelo con un golpe apagado, quedando a una mano de distancia de los pies del hombre.

—Es tuyo —dijo.

—¿Por qué esta maldita gente siempre es tan incivilizada?

Dio un paso al frente. El agua fría del río empapó sus botas y recorrió su cuerpo en un escalofrío. Su brazo se extendió con precisión, suficiente para atrapar la pequeña mano del niño, aferrada con firmeza a la cadera de su madre. La mujer reaccionó de inmediato, apretando su propio agarre, intentando resistir, pero la fuerza del hombre era abrumadora. Forcejearon un instante; la tensión rígida en músculos y manos apenas temblaba, medida por la fuerza superior del hombre. Sin quererlo, con un movimiento tajante, empujó a la mujer. Tal vez su fuerza fue excesiva, tal vez ella no encontró un apoyo firme bajo sus pies; cayó hacia atrás con un golpe seco contra la piedra lisa que se alzaba cerca, y el impacto contra su nuca fue suficiente para concederle el descanso eterno.

El niño abrió los ojos. Su boca se entreabrió, como si buscara una palabra olvidada, pero ningún sonido logró salir.

El mundo se detuvo. El cuerpo de su madre yacía inmóvil, torcido en un ángulo que su mente se negó a reconocer como posible. No hubo llanto. No hubo un paso apresurado hacia ella. El brillo del entorno se apagó, su pecho se agitó, subió y bajó, sin que él comprendiera cómo hacerlo detenerse.

El hombre lo observó. Sus ojos, fríos como el hielo, se posaron en el pequeño sin urgencia, sin rastro de conmoción por lo ocurrido. El niño permanecía de pie, inmóvil, la boca en una mueca de miedo, los ojos demasiado abiertos, como si hubiera olvidado parpadear.

—Tu madre fue una estúpida…

No hubo respuesta, ni siquiera cuando lo tomó con brusquedad y lo atrajo al suelo. El dolor al impactar su pecho contra el suelo no lo despertó, ni el despiadado nudo que hizo besar sus muñecas.

Los ojos de Yury se habían anclado a un solo lugar, al cuerpo inmóvil de su madre, sin sentimiento, sin nada.

—Tu especie debería extinguirse —dijo con asco—. Mientras tanto, serás de utilidad.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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