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El diario de un Tirano - Capítulo 187

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Capítulo 187: El hombre noble

Al terminar el sorbo, devolvió la taza a la pequeña mesa dispuesta a su lado. La porcelana emitió un leve sonido al posarse sobre la madera. Su sonrisa permaneció intacta, educada y medida, aunque en la quietud de su rostro se adivinaba que las palabras escuchadas instantes antes no habían sido de su completo agrado.

—Quiero que comprenda que la decisión tomada, no es algo que agradará a mi señor —dijo al fin.

El tono era cortés, casi amable, pero bajo esa suavidad latía un poder dominante. La luz que entraba por la abertura lateral del recinto se deslizó por su perfil, delineando la calma peligrosa de su expresión.

Los dos hombres sentados frente a él tragaron saliva casi al unísono. Durante un breve instante se miraron entre sí, buscando apoyo.

—Lo entendemos, Señor Ministro —dijo uno de ellos, tras aclararse la garganta—, pero, le rogamos que no lo tome como un insulto, nuestro hogar se encuentra en este lugar. Dejarlo sería lo mismo como abandonar lo que somos.

El joven de elevado estatus inclinó apenas la cabeza, como si considerara palabras que ya no necesitaban ser pensadas.

—Abandonaron hace mucho lo que fueron —replicó, sin dureza visible—. Aun así, aunque no es lo que esperaba, los tranquilizaré con esto: mi señor no desea forzarlos. Mientras cumplan sus órdenes, permanecerán bajo su protección.

—Le agradecemos, Señor Ministro, y por favor, haga de conocimiento al Señor Barlok de nuestro más sincero agradecimiento.

—Sus palabras llegarán a sus oídos, no se preocupen ——respondió él, manteniendo la sonrisa.

Aquella afirmación, dicha con la misma cortesía que todo lo anterior, endureció los rostros de ambos hombres. Un frío invisible pareció deslizarse por sus espaldas, una corriente de aire que parecía provenir de ninguna parte.

Astra se levantó con un movimiento controlado, preciso. Helia, que hasta ese momento había permanecido en una quietud expectante, se reactivó de inmediato, leyendo con exactitud la atmósfera. Su atención se fijó en su amo, alerta, dispuesta, cada gesto contenido a la espera de una señal.

Trunan observó a los hombres, y esa sola mirada congeló a los masculinos en sus lugares.

Trunan dirigió entonces la mirada hacia los masculinos. Fue un gesto breve, pero su efecto resultó absoluto. Aquella sola observación los inmovilizó, clavándolos en su sitio, como si el aire se hubiera vuelto cadenas. Ninguno se atrevió a moverse.

Cuando les dio la espalda, la máscara se resquebrajó. Sus facciones se tensaron en una mueca de profunda insatisfacción, teñida de enojo y de un impulso oscuro, primario, que pedía descargarse.

«Cuando esos miserables vengan por sus hijos, entonces recordarán mis palabras. Pero mi señor es demasiado bondadoso, demasiado para estos miserables que han olvidado el orgullo de sus ancestros».

Atrajo la puerta con brusquedad, inconsciente por un momento del lugar donde se encontraba. Helia se había adelantado para hacerlo, pero su gesto quedó anulado por la acción abrupta de su amo.

La madera resonó al cerrarse, y el sonido quedó suspendido un instante.

Al abandonar el lugar de reunión, un matiz dorado y cálido los envolvió. La luz del sol descendente recorrió los cuerpos de los tres, alargando sus sombras sobre el suelo y tiñendo el aire de una quietud solemne. Astra sintió el impulso inmediato de ordenar el levantamiento del campamento y disponer una retirada sin demora.

Sin embargo, se contuvo.

Sabía que aún debía cumplir con lo apropiado. Debía despedirse de la familia Horson. Era lo correcto. Se había esforzado en no dejar a su señor en vergüenza con sus actos, cuidando cada decisión, cada palabra. Por ello debía conducirse conforme a los protocolos, al menos a aquellos que había aprendido en los libros.

El entrecejo de Astra se endureció al distinguir al líder de los jinetes, recortado contra el horizonte sobre su montura. El caballo avanzaba con paso seguro, y el hombre no tardó en acercarse al reconocerlo, deteniéndose a una distancia respetuosa.

—Señor Ministro —dijo Pimon, inclinando el rostro lo justo para no incurrir en la falta—. He sido informado de que una compañía de al menos treinta hombres a caballo se aproxima. Sus intenciones nos son desconocidas. Aguardo sus órdenes.

Astra comprendió de inmediato lo que no hacía falta decir. Pimon ya había tomado una decisión en su fuero interno: los jinetes habían sido convocados, las posiciones defensivas estaban pensadas, el terreno elegido para favorecer una embestida feroz si la negociación se rompía.

—Señor Ministro —dijo Trunan. La beligerancia se filtraba en cada sílaba, acompañada de una sed de sangre tan palpable que parecía exhalarse desde su propio cuerpo. Helia, a su lado, apenas logró soportar aquella presión invisible que imponía la cercanía del enorme islo—. Le aconsejo que regrese al hogar de los machos ancianos.

Pimon asintió en silencio, en plena concordancia con lo expresado, como si no hubiera otra alternativa razonable.

Astra respondió de inmediato, negando con la cabeza sin conceder espacio alguno a la réplica.

—¿Acaso no puedes protegerme? —dijo. Las palabras se deslizaron como una daga precisa, clavándose sin piedad en el orgullo del islo.

Trunan se irguió un poco más, tensando cada músculo, intentando recomponer lo que había sido puesto en entredicho. De soslayo, su mirada buscó al capitán de la guardia temporal del Ministro, pero el montado permanecía impasible, como si no hubiera percibido el intercambio.

—Con mi vida, Señor Ministro, pero un cabello suyo es más valioso que mi existencia, y lamentaría que fuera herido.

—Confío en tu capacidad, Trunan —dijo, y con tal aseveración cortó de tajo el debate.

Trunan inclinó la cabeza en un asentimiento solemne, bajándola lo justo para mostrar respeto y gratitud por aquella confianza concedida. En su pecho, el gesto encendió algo más que orgullo: una determinación férrea, casi sagrada, de destruir a cualquier osado que siquiera pensara en alzar un arma contra el Ministro.

—Su consejo, Líder —dijo al dirigir su atención al montado, quien de inmediato recobró la compostura.

—Ninguno, Señor Ministro, sus órdenes son ley.

Astra asintió, aunque no había esperado una respuesta tan tajante. En verdad deseaba algo de orientación, una palabra que le ofreciera un ángulo distinto desde el cual medir la situación. Sabía, sin embargo, que expresar esa necesidad erosionaría el respeto que le profesaban, y no estaba dispuesto a permitirlo. Cerró la boca.

—Bien —dijo, irguiéndose y forzando su mirada a la solemnidad—, toca esperar a los forasteros.

Por dentro, su corazón latió con violencia contenida, deseando que la situación no invocara desgracias mayores.

El tiempo transcurrió con la lentitud con que un infante consume su almuerzo. Astra aguardaba sentado en una silla de manufactura barata, prestada de alguna vivienda cercana por solicitud de Helia. La madera crujía bajo su peso, recordándole la precariedad del lugar. A sus flancos se encontraban el imponente islo, erguido como una muralla viva, y la nerviosa esclava, quieta, casi fundida con el aire que la rodeaba.

A lo lejos comenzaron a perfilarse siluetas de hombres montados, recortadas contra la luz, con las sombras alargadas de grandes carromatos siguiéndoles como presagios. La movilización de los jinetes del Barlok despertó la curiosidad de los lugareños. Uno a uno, hombres y mujeres fueron saliendo de sus casas, deteniéndose en los umbrales; en los límites de sus escasos jardines, cuando no inexistentes, aguardando en silencio, con la esperanza de que aquello que se aproximaba justificara la espera.

Las sombras lejanas fueron creciendo en número y en tamaño, alargándose sobre el terreno conforme avanzaban, pero ante la orden clara de mantener posición hasta conocer las intenciones de los no invitados, los jinetes del Barlok permanecieron inmóviles. Eran como estatuas, obedientes al mandato, con las riendas firmes y la mirada fija, mientras el viento arrastraba el polvo y las emociones de los espectadores.

Dos de los forasteros se adelantaron con actitud ufana, espoleando a sus monturas hasta quedar al frente, a unos diez metros de distancia, mientras el resto de la comitiva detuvo la marcha a no menos de cincuenta metros de los hombres del Barlok.

—Revelen sus identidades, señores —dijo uno de los extranjeros.

Su voz tenía un acento singular, cantarín y grave a la vez, con un ritmo pausado que parecía medir cada sílaba antes de liberarla al aire. La luz se posaba sobre su piel de tonalidad bronceada, resaltando unos ojos oscuros y una nariz chata. Esos rasgos los compartía con su compañero, aunque en todo lo demás resultaban distintos, como si una misma tierra los hubiera moldeado con manos diferentes.

Pimon deslizó la mirada hacia Astra, que permanecía a una distancia calculada: lo bastante lejos para no quedar atrapado en una reyerta súbita, pero lo suficientemente cerca para que las voces de los hombres a caballo le llegaran con claridad. El Ministro negó una sola vez con la cabeza. El aire estaba quieto, denso; el polvo del camino aún no se había asentado del todo y flotaba en hebras doradas bajo una luz pálida, filtrada por nubes altas.

—La basura del sur —dijo uno de los hombres del Barlok, un antiguo soldado de Jitbar. Su voz no buscó imponerse; fue un comentario lanzado al costado, lo bastante bajo para no cruzar la distancia, lo bastante claro para ser oído por sus compañeros, algunos asintieron con expresiones de asco; otros no comprendieron el mensaje.

Pimon giró entonces, y la expresión que había reservado para el Ministro se deshizo como una máscara retirada.

—Es un insulto solicitar nuestras identidades sin antes presentarse —dijo, dirigiéndose a los recién llegados—, señores.

Las últimas sílabas cayeron sin adorno alguno; su tono había perdido todo rastro de cortesía.

Los dos jinetes se observaron en silencio. No eran necios. Comprendieron el agravio y el filo que lo acompañaba. Sin embargo, estaban habituados a dar órdenes, no a responderlas, y revelar sus nombres les pareció una claudicación. El tiempo se alargó entre ellos. Finalmente, sin hallar una salida que no implicara ceder, optaron por dar media vuelta y regresar a la comitiva.

—Rechazaron nuestras buenas intenciones, negándose a declarar sus identidades —informó el hombre de ojos oscuros, nariz chata y cabello corto al que iba junto al cochero. Su voz llevaba una inflexión servil, un respeto aprendido a fuerza de costumbre. Miraba hacia arriba, hacia el individuo sentado en lo alto del carruaje, como si en él residiera un poder único y glorioso.

El hombre descendió. Su postura era recta, el rostro severo, y cada movimiento parecía calibrado por la autoridad de su rango. Con un gesto firme golpeó la pequeña portezuela situada en el centro del vehículo. Al hacerlo, la luz lo alcanzó de lleno y reveló unas facciones distintas a las del resto: cabello negro y largo, peinado en una coleta bien apretada, ojos dorados como la mañana temprana, nariz afilada; piel blanca, aún disputada por un matiz moreno que no terminaba de imponerse; labios delgados, sin sonrisa. No era alto, apenas de estatura promedio, pero su presencia llenó el espacio a su alrededor.

La pequeña puerta cedió al fin tras un largo minuto de insistentes golpes. Un rostro bronceado, alargado y plano apareció en la abertura, los párpados aún pesados, la expresión marcada por una somnolencia apenas disimulada.

—Mi señor… —Con palabras simples y entendibles declaró lo que estaba ocurriendo.

El aludido guardó silencio. Se permitió un instante para despejar la neblina de su mente antes de dar forma a una respuesta, una que parecía gestarse en un territorio impredecible. Tomó un pequeño recipiente de cuero y acercó la boquilla a los labios; el líquido descendió por su garganta. Al terminar, exhaló con fuerza, como si expulsara los últimos restos del sopor. Abandonó su pequeño pero confortable refugio.

Su porte era recto, su andar ufano, y en la mirada se afirmaba una determinación sin adornos. El hombre que lo acompañaba se movió a su lado, siguiéndolo sin necesidad de orden alguna, y con la misma naturalidad montó su equino, que había permanecido atado por las riendas en la parte trasera del vehículo, igual que el de su señor. Ambos avanzaron entonces, y tras ellos se pusieron en marcha los casi cuarenta jinetes que conformaban la escolta del hombre de rostro plano.

Los tres carromatos y el carruaje mantuvieron sus posiciones, en espera de nuevas órdenes.

El hombre de rostro plano avanzó hasta situarse a una distancia prudente de los jinetes del Barlok, lo bastante cerca para ser visto y oído, pero sin franquear el margen aconsejado por el hombre de cabellos negros y ojos dorados, precaución tomada ante la posibilidad de una emboscada.

—Entiendo que se han negado a declarar sus identidades —dijo, elevando la voz lo justo para que alcanzara a los presentes, sin forzarla hasta el grito, preservando así la dignidad que sentía poseer—. Pero les recomendaría ser más inteligentes al respecto.

El silencio fue la respuesta. En los ojos del hombre de rostro plano brilló un destello de inconformidad, imperceptible para casi todos, salvo para su subordinado directo. Inspiró hondo, no muy a gusto con el curso que sabía estaba por tomar la situación.

—No notó a ningún hombre del brir Horson —comentó el hombre de los ojos dorados en voz audible solo para su señor.

El de rostro plano recorrió con sus ojos cada detalle que el panorama le entregaba, consciente de que las palabras dichas por su subordinado eran verdad, y aquello provocó un extraño sentimiento de enojo y tristeza.

—A mi orden, Fredik. —Su voz se envolvió en la oscuridad que comenzaba a consumirlo. El de ojos dorados asintió, aunque por dentro rechazaba la estrategia, sin embargo, era consciente de que su señor no estaba en condiciones de escuchar una negativa—. Se los concedo —Tragó saliva, intentando mantener la compostura—, pero, solicitaré, en nombre de mi persona, el cual es Irvan Trehon, información sobre el Brir de estas tierras y su familia.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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