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El diario de un Tirano - Capítulo 188

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Capítulo 188: Consecuencias de acciones inesperadas

Astra llevó la mano al mentón y, con los dedos, rozó distraídamente sus propios labios. El nombre recién pronunciado quedó suspendido en el aire, vibrando con un eco que solo él parecía escuchar.

Belian.

Bajo el cielo encapotado, donde la luz descendía velada por nubes altas y sin prisa, la memoria acudió con la claridad cruel de lo irrevocable: la noche compartida, el titilar de las antorchas, el perfume tenue de sus brazos desnudos. Pero con el recuerdo llegó una advertencia, sutil e inherente en su corazón. Unos ojos de un azul profundo, insondable como el mar bajo una tormenta contenida. No fue el recuerdo de su voz lo que lo hizo estremecerse, sino la fuerza callada de aquella mirada, capaz —lo supo entonces y lo sabía ahora— de derribar imperios con la sola convicción de su brillo, de alzarse contra dioses si el destino así lo exigía.

Inspiró hondo. El aire entró frío, áspero, como si arrastrara polvo. Sintió en el pecho la presión de algo invisible: la soga del destino, tensa, demasiado, anudada a su corazón. Comprendió entonces que, ante tal fuerza, no tenía escapatoria.

Tragó saliva, para que, dos segundos después, se colocara en pie con parsimonia casi suplicante. Se acomodó el cuello de la camisa, tirando de la tela con dos dedos; el gesto fue mínimo, pero no casual.

—Espera aquí, Helia.

La orden fue breve, sin alzar la voz. Helia inclinó la cabeza de inmediato. No hubo réplica ni vacilación. Sus manos, entrelazadas frente al vientre, se tensaron apenas antes de relajarse; la obediencia debía convertirse en lo absoluto, lo dictaba su miedo del hombre alto.

Trunan lo siguió sin necesidad de indicación. Su paso era firme, pesado, y en su andar había algo que recordaba al avance de una bestia que no teme ser vista. Observó a los presentes con una ferocidad desnuda, directa, dibujada con nitidez en sus dos ojos oscuros. No parpadeaba más de lo necesario.

El viento cambió apenas de dirección. Los caballos, sensibles a lo que los hombres ignoraban, comenzaron a bufar y a sacudir las crines. Un relincho corto rasgó el silencio, seguido por el golpeteo nervioso de un casco contra la tierra endurecida.

Los jinetes del Barlok reaccionaron con presteza. Manos curtidas tiraron de riendas, voces bajas y firmes susurraron órdenes conocidas. Las monturas respondieron mejor bajo ese dominio, quizá porque la hostilidad que emanaba el alto hombre no se dirigía a ellos.

Fredik percibió la extrañeza, el único de los subordinados de Irvan que había captado que el hecho no había sido algo aislado, sino que fue producido por alguien. Sus ojos deambularon, encontrándose con caras poco expresivas, pero con la prontitud de unos parpadeos encontró la respuesta. Sin embargo, en lugar de sentirse a gusto por quitarle el velo a lo desconocido, sintió una fuerte incomodidad en su corazón al chocar miradas con el alto hombre, despertando en él un sentimiento de prisionero, de estar a merced de un poder imparable.

Con su energía de guerrero bloqueó el miedo y la inquietud. La respiración se ajustó a la normalidad; el pulso descendió a un ritmo manejable. La disciplina levantó un muro allí donde el instinto había intentado abrir una grieta. Cuando apartó la mirada, ya no había vacilación en ella. Solo cálculo, reconociendo el peligro latente.

Pimon había advertido el leve movimiento del Ministro, un gesto apenas perceptible de la mano que bastó para imponer su autoridad. Contuvo la respiración y cerró la boca antes de que una sola sílaba escapara. El viento cruzaba el prado de forma cambiante, levantando polvo fino que flotaba entre ambos bandos.

—Estoy esperando —dijo Irvan.

Se irguió, controlando su postura y su tono, aunque era evidente que la impaciencia comenzaba a mellar su defensa.

Fredik inclinó levemente la cabeza hacia él, sin apartar del todo la vista del frente.

—Aconsejaría una retirada estratégica, mi señor. Tengo el presentimiento de que algo no está bien con esta situación.

—Si le hicieron algo a ella, convertiré este lugar en un río de sangre.

La ira se reflejaba sin disimulo en sus ojos, en la rigidez de su mandíbula, en el temblor apenas contenido de su aliento.

—Si retrocedo ahora, mi palabra no valdrá nada —dijo con tono quedo, suficiente para el oído de Fredik.

—Si una retirada es imposible, le solicito mesura en su actuar, mi señor.

—Tu consejo es escuchado, Fredik.

Hizo una mueca, consciente de que su señor estaba arrojando sus palabras a un saco roto.

—Baja del caballo y hablemos. Si ese es tu deseo —dijo Astra al llegar, posicionándose a un paso al frente de Pimon.

—Le aconsejo…

Las palabras de Fredik se detuvieron antes de nacer al advertir que Irvan ya descendía de la montura. El roce de las botas contra el estribo, el sonido seco al tocar tierra sellaron la decisión. Sin perder tiempo, Fredik hizo lo mismo, cayendo a su lado con agilidad felina.

Irvan avanzó hasta colocarse a cinco pasos de sus jinetes. Ni uno más. La distancia era medida. Si bien muchas veces había abusado de su suerte, todavía la palabra impulsivo no lo definía.

El viento amainó por un instante. El campo quedó suspendido en una quietud tensa.

—Hablemos —dijo.

Sus ojos recorrieron al delgado hombre, su expresión, sus manos, su postura.

—Es propio de hombres honorables devolver la cortesía. Por ello pregunto: ¿qué le ha sucedido al Brir y a su familia?

—Nada —respondió Astra, con la naturalidad de una hoja que cae.

Irvan frunció el ceño, y las líneas de su rostro se profundizaron como grietas en piedra sometida a presión. La sospecha acudió a él con la fuerza de la costumbre. Quiso llamarlo mentiroso allí mismo, arrojar la acusación como un golpe al rostro. ¿Qué hombre permitiría que una compañía de jinetes extranjeros osara cerrar el paso a sus socios en sus propias tierras? La lógica parecía sencilla, casi insultante.

Sin embargo, al observar el semblante del hombre frente a él, no encontró el menor rastro de engaño. Ni una vacilación en la pupila, ni un temblor en la comisura de los labios. Nada. Aquella serenidad, más que tranquilizarlo, sembró una duda inicial que no había previsto.

—Ahora es mi turno —dijo, manteniendo la rectitud en su postura y la expresión seria—. ¿Qué intenciones poseen al llegar a estas tierras? —Sus ojos se fijaron en Irvan con una intensidad tan directa que por un instante le resultó imposible ordenar sus pensamientos. En esa mirada había algo que hacía inútil cualquier mentira.

—Esa cuestión corresponde al Brir, no a usted, señor desconocido.

Astra negó con la cabeza, sereno. El gesto fue leve, casi indulgente. Luego llevó ambas manos a la parte baja de su espalda y entrelazó los dedos, adoptando una postura tranquila.

—Tal vez en el pasado, señor Irvan —dijo con voz firme—, pero ahora, si digo “habla”, tú hablas. Ni el Brir mismo se atrevería a replicar.

El ceño de Irvan se endureció al extremo, sintiendo cómo la furia y la risa se disputaban el mismo gesto.

—Demuéstrelo. Haga venir al Brir ante nosotros, y con la debida cortesía desvelaré mis intenciones.

—Parece que no entendiste, señor Irvan. Aquí soy la autoridad absoluta, investido por la gracia del soberano de estas tierras. Sería inteligente obedecer.

Irvan hizo una mueca de enojo; había creído que la conversación se había mantenido cordial, pero ahora entendió que no, que todo había sido una pérdida de tiempo, y el hombre frente a él lo único que había querido hacer había sido molestarlo.

—Estas tierras pertenecen a Su Majestad —dijo, y la tensión endureció cada línea de su rostro —, el rey Bicemo Porticme, y dudo que tu señor sea Su Excelencia, por lo que declarar lo anterior ya te hizo merecedor de un par de ernas en el calabozo. Como vasallo de Su Majestad, me tomaré el deber. Fredik.

El hombre de ojos dorados dio un paso al frente, desenvainando.

—Escupo en tu rey.

La frase fue dicha sin alzar la voz, con un desprecio tan claro que no necesitó adornos. Luego ejecutó la acción: inclinó el rostro y escupió. La saliva desapareció en la tierra antes de que Irvan pudiera pestañear. Alzó el índice con parsimonia. Luego lo dejó caer.

La caballería del Barlok respondió al instante. Los jinetes se lanzaron hacia adelante. El estruendo de cascos golpeando la tierra sacudió la llanura. El polvo se elevó en una nube espesa, ocultando por momentos rostros y colores. El choque de acero contra acero cortó el aire con un sonido seco, brutal.

Gritos ahogados, el relincho agudo de un caballo herido, el crujir de madera al astillarse una lanza. El caos reclamó las tierras como su nuevo señor.

Astra, en medio de la irrupción, no apartó la mirada de Irvan. No había sorpresa en sus ojos, sólo la constatación de un desenlace previsto. Fredik se colocó frente a Irvan, cerrando el paso.

El aire olía a hierro y tierra removida.

—Muerte aguarda a los enemigos del Ministro —proclamó.

Desenvainó el mandoble en un solo movimiento, y la hoja se alzó hasta quedar lista para la acción. Se plantó frente a su señor, ocupando todo el espacio entre él y el enemigo.

El impacto del acero del alto hombre recorrió los brazos de Fredik como una descarga. La fuerza fue tal que sus manos se adormecieron y los músculos de sus antebrazos vibraron bajo la presión. El choque resonó en sus huesos. No retrocedió. Apretó los dientes, anclando los talones en la tierra removida.

Comprendió entonces que no podría oponer fuerza contra fuerza. Cambió el ritmo. Velocidad en lugar de resistencia. Se deslizó hacia un costado, esquivando el siguiente golpe que partió el aire con un silbido grave. Buscó aberturas en la defensa del gigante. Las había. Demasiadas, incluso. El hombre dejaba espacios que un espadachín experto no permitiría. Pero cada vez que intentaba aprovechar una, la hoja enemiga ya estaba allí. Se movía con una rapidez que desmentía su tamaño.

A unos pasos, Irvan no apartó la vista de Astra. La sangre y el polvo comenzaban a teñir el campo, pero su atención se concentró en aquel hombre inmóvil. Desenvainó su espada. El acero brilló bajo la luz opaca del día. Astra, por el contrario, permaneció de pie. Una sonrisa lenta curvó sus labios. Irvan sintió un frío breve en el pecho.

Un segundo después, el hombre de rostro aplanado se hallaba en el suelo.

La caída fue brusca. La sangre brotó de su nariz tras el golpe directo al rostro. El ataque había sido fuerte y rápido, ejecutado por el protector del Ministro en el preciso momento en que la ofensa se hizo intolerable. Sin embargo, aquel movimiento dejó una abertura en su defensa. Fredik la vio. La ocupó sin vacilar. Su espada describió un arco limpio y alcanzó el pecho del islo. Sintió el contacto. No fue profundo, pero sí lo bastante para abrir la tela y trazar una línea roja sobre ella.

No hubo sangre.

En lugar de ello, percibió un tenue sonido metálico, amortiguado bajo la vestimenta del hombre.

—No lo mates —ordenó Astra al ver a Trunan alzar el arma sobre Irvan.

—Sí, señor Ministro.

La atención del islo regresó de inmediato a Fredik. El diestro espadachín, respirando con control forzado, observaba a su oponente con creciente frustración. Sabía que no podría vencerlo si debía, al mismo tiempo, proteger a su señor. El alto hombre no mostraba refinamiento en la técnica; sus movimientos eran directos, casi primitivos. Pero cada golpe caía como una embestida, y algo bajo la ropa absorbía los cortes que debían haberlo hecho sangrar.

Fredik dudó. Su habilidad, guardada como uno de sus recursos de victoria, ardía en el fondo de su conciencia. Si la empleaba y fallaba, la muerte sería inmediata. Si no la empleaba, el resultado podría ser el mismo. Y sin su espada interpuesta, su señor no sobreviviría mucho más. Esa posibilidad no era aceptable.

—Haz que tus fuerzas se rindan, señor Irvan —dijo Astra casi con cortesía—. Si esperas demasiado, pronto no tendrás a quién mandar.

Irvan permaneció tendido unos instantes, con el mundo inclinado y el cielo girando en un tono gris opaco sobre su cabeza. El golpe aún vibraba en sus huesos faciales, y un zumbido persistente le nublaba los pensamientos. La sangre descendía tibia por su nariz. Con esfuerzo logró voltear el rostro. La escena que se desplegó ante sus ojos no fue inmediata; tardó en adquirir forma, como si la mente se resistiera a aceptarla. Tal vez por el impacto, tal vez por algo más. O porque, sencillamente, era la verdad.

Sus más de cuarenta jinetes estaban en desventaja frente a los veinte caballeros del Barlok.

No era solo una cuestión de números. Se percibía en el ritmo del combate. En la manera en que los caballeros enemigos avanzaban y retrocedían como una sola voluntad, cada movimiento fluido, rápido, calculado. No dejaban aberturas innecesarias. No perseguían con furia ciega. Atacaban y se replegaban con una disciplina que hablaba de entrenamiento prolongado y mando firme. Bajo esa precisión, ya había perdido ocho hombres. Ocho.

Irvan se incorporó con dificultad. Las piernas le respondieron tarde, como si dudaran en sostenerlo. No hizo ademán de buscar su espada. Sentía, con una claridad instintiva, la sombra de la muerte acechando en ese gesto. No era miedo lo que lo detenía, sino la inteligencia del superviviente.

No tenía deseos de rendirse. Nunca había sido hombre de retiradas voluntarias. Su vida había estado marcada por decisiones impuestas con firmeza, no por concesiones. Pero también era lo suficientemente sabio para reconocer cuándo el tablero se inclinaba en su contra.

—¿Quién eres?

La pregunta emergió áspera.

—No pierda tiempo, señor Irvan. Sí tiene deseos de volver a su tierra.

El hombre de rostro plano sintió clara la amenaza, una verdad que se ocultaba en sus palabras y que había pasado por alto. No se trataba solo de esta escaramuza. Su regreso a casa dependía de la integridad de su fuerza. Si perdía más de la mitad de sus hombres, no habría camino seguro de retorno. Se hallaban en tierras traicioneras, donde cada noche podía alumbrar criaturas que no cazaban por hambre.

Apretó el puño hasta que los nudillos palidecieron. El orgullo herido le atravesó el pecho como una segunda estocada, más profunda que la física. Aceptar la derrota implicaba más que ceder terreno; implicaba admitir su ineficiencia, su inferioridad ante un enemigo que ni siquiera había considerado digno.

—Me rindo.

—Lo siento, señor Irvan, pero no le he escuchado. Tampoco sus hombres.

Irvan se mordió el labio con tal fuerza que la piel cedió. La sangre se mezcló con la que aún bajaba de su nariz. El sabor ferroso llenó su boca.

—Me rindo. —Elevó la voz todo cuanto pudo, sin convertirla en grito, manteniendo el último vestigio de compostura.

—No fue suficiente. Y su pose no es la adecuada para una rendición.

—No es propio de un hombre honorable humillar a un vencido —replicó Irvan, con la voz contenida, aunque tensada por la humillación.

Astra sonrió. Durante un instante, la risa amenazó con escaparle, pero la sofocó antes de que tomara forma.

—No gastes saliva, humano. Arrodíllate y proclama tu rendición, o aquí cavaremos tu tumba.

Irvan sostuvo la mirada del Ministro. La sonrisa permanecía en su rostro, inmutable. En sus ojos no había indulgencia. Solo una oscuridad sin matices. Comprendió que negarse no solo conduciría a su muerte, sino al desconocimiento de lo sucedido a su familia, y por ello, tal vez la catástrofe.

Aceptó. Se dijo que lo hacía por su familia.

Las piernas cedieron. Sus rodillas golpearon la tierra, levantando una minúscula nube de polvo que se adhirió a su pantalón. Bajó la mirada al suelo, aspirando todo el aire que sus pulmones pudieron contener.

—¡Me rindo!

Su voz navegó por el territorio, pero no fue suficiente para detener la batalla.

[Voz de mando]

—¡Deténganse! —gritó Astra.

Los jinetes de ambos bandos se detuvieron.

—Su señor se ha rendido. Bajen de sus caballos y arrojen las armas si desean conservar la vida.

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Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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