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El diario de un Tirano - Capítulo 189

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Capítulo 189: Consecuencias de acciones inesperadas (2)

Los jinetes del Barlok no desperdiciaban movimiento. Cada embate encontraba un propósito; cada corte descendía medido, calculado, como si la hoja obedeciera no al impulso, sino a una disciplina grabada en la médula. Permitir la caída de uno solo de los suyos habría sido una afrenta al sudor derramado en los patios de entrenamiento, a las jornadas interminables bajo cielos inclementes donde el error se pagaba con sangre y repetición. En el fragor del combate no había espacio para la reflexión; la mente se estrechaba hasta volverse filo. Y, sin embargo, de haber existido un resquicio de calma, habrían reconocido —quizá con un orgullo— lo que aquellas nuevas formas de adiestramiento habían forjado en ellos.

Se movían como una sola voluntad. No eran hombres que luchaban: eran una maquinaria viva, precisa y despiadada. Los jinetes enemigos lo comprendieron demasiado tarde. En sus rostros, endurecidos encarnizados combates, comenzó a asomar una sombra que no era furia ni rabia, sino algo más primitivo. No habían partido esperando guerra. Mucho menos una muerte tan cercana. El aire vibraba con el choque del acero; el polvo se elevaba bajo los cascos; el olor metálico de la sangre se mezclaba con el sudor y el cuero caliente.

Entonces llegó la orden de Astra.

Los jinetes del Barlok respondieron sin vacilar. Sus ataques cesaron en el mismo latido en que la orden fue pronunciada. Las espadas no bajaron del todo; adoptaron una postura contenida, defensiva, listas para reanudarse si la resistencia reaparecía. Era una quietud tensa, cargada de posibilidad.

Los hombres de Irvan obedecieron.

Uno a uno, apartaron las manos de sus armas. El sonido del metal al caer sobre la tierra se extendió como un eco deslucido del combate que acababa de cesar. Algunos intercambiaron miradas breves; otros evitaron cualquier contacto visual, como si el simple cruce de ojos pudiera reavivar la lucha. En sus semblantes persistía una reticencia amarga, el orgullo herido de quienes no estaban acostumbrados a ceder. Pero bajo esa rigidez asomaba también un alivio apenas disimulado. Habían sentido la diferencia desde el primer choque de acero: la destreza inesperada de sus oponentes los habían colocado en desventaja casi inmediata.

Fredik sostuvo la mirada de Trunan un instante más de lo necesario. El otro le sonreía apenas, no con los labios, sino con los ojos. En su rostro había algo que se alejaba de lo humano cuando, al segundo siguiente, desvió la atención hacia su señor derrotado. Los ojos de Fredik descendieron hasta su arma. La contempló como se contempla un tesoro que no se desea perder.

El viento arrastraba el olor del combate reciente; el metal aún vibraba con ecos invisibles. Durante un latido más, sus dedos se aferraron a la empuñadura. Luego la arrojó al suelo. El sonido del acero al golpear la tierra se expandió en el aire quieto, más pesado ahora que el choque de armas había cesado. Fredik dobló una rodilla y se inclinó, cabeza baja. Inhaló el aire hasta llenar sus pulmones, y con tal acto logró encontrar nuevamente la armonía en su corazón, eliminando pensamientos de honor y gloria, aquello pertenecía a su pasado.

Trunan, en cambio, no encontró paz tan fácilmente.

Apretó los dientes hasta que la tensión marcó su mandíbula. De su garganta escapó un sonido bajo, apenas contenido, cercano a un gruñido. Deseaba borrar de la faz de la tierra a todos los que habían osado poner en riesgo la vida del Ministro. El impulso era claro, ardiente, casi sagrado. Pero la orden de Astra se alzaba sobre cualquier deseo personal, y Trunan no era hombre que quebrantara un mandato directo.

Su furia no provenía solo por lo antes mencionado. Provenía también de la sangre que manchaba su piel, de las líneas abiertas por hojas ajenas. Sentía aquellas heridas como una afrenta personal.

«Este no es mi cuerpo, porque mi cuerpo no sangra, destruye. No soy este, mi verdadero cuerpo es perfecto», repitió uno de los mantras de su cultura, intentado calmar el despertar de su sangre.

Los caballeros del Barlok cerraron el cerco sobre los vencidos. No hubo gritos ni aspavientos; solo el crujir del cuero, el leve tintinear del metal al asentarse y el resuello contenido de los caballos aún tensos por el combate reciente. Dos de ellos se apartaron sin necesidad de señal visible y se dirigieron hacia los cocheros, que habían tomado parte en la refriega con ballestas de largo alcance, sin embargo las consecuencias no habían sido nada favorables.

Uno de los jinetes rodeó los carromatos con cautela. La tarde declinaba, y la luz oblicua arrancaba destellos apagados de las ruedas reforzadas y de las herraduras clavadas en la madera. El viento traía consigo el olor acre del sudor y la sangre seca.

Al alcanzar la retaguardia de uno de los vehículos, algo quebró la monotonía del silencio: un sonido tenue, irregular, como un lamento ahogado contra la madera. El jinete se detuvo. Sus oídos se afinaron. Sus ojos distinguieron una pequeña sombra en el interior del carromato.

—Sal —ordenó, la voz firme, sin elevarse más de lo necesario.

La espada se adelantó apenas, no en amenaza abierta, sino en disposición. Si la respuesta era hostil, el acero caería.

La sombra se volvió hacia él. Dentro del vehículo, la oscuridad era densa, compacta como una tela gruesa, pero aun así alcanzó a percibirlos: dos ojos que lo miraban desde el fondo, cargados de un dolor intenso y de una oscuridad de quien ha observado el abismo. Entonces oyó el murmullo inconfundible del metal al rozar metal, el arrastre leve de cadenas que chocaban entre sí.

Sus pupilas se adaptaron lentamente. Las formas adquirieron contorno. No era un bandido oculto ni un último intento desesperado de emboscada. Era un niño.

Estaba arrinconado al fondo del carromato. Sus muñecas y tobillos permanecían sujetos por cadenas gruesas, soldadas a un tubo de hierro que atravesaba el suelo del vehículo. El niño no lloraba; su respiración era corta, contenida, como si incluso el aire pudiera traicionarlo.

El jinete bajó la espada.

No dijo nada. Se apartó con la misma disciplina con la que había llegado y regresó hacia el centro de la formación. El polvo crujía bajo sus botas. Cuando alcanzó a su líder, inclinó apenas la cabeza, lo suficiente para señalar urgencia sin romper la compostura.

El hombre no necesitó más que una frase para decidir. Rompió la formación y se dirigió hacia el Ministro.

—Señor Ministro —dijo, manteniendo la postura recta, la voz grave y contenida—, hemos encontrado algo de su interés…

Astra escuchó el informe sin alterar la rectitud de su postura. Su semblante permaneció severo, casi esculpido en piedra, mientras el viento agitaba apenas los pliegues de su ropa. Pero cuando la palabra niño fue pronunciada, algo cambió. Endureció sus músculos faciales, mientras el aire llenaba su pecho. Internamente se forzaba a que el enojo no lo controlase.

—Haz que lo liberen y tráelo ante mí.

Sus ojos descendieron entonces hacia Irvan.

El hombre sintió la mirada antes de comprenderla. Una corriente fría le recorrió la espalda, como el tacto de un ente perverso. Alzó la vista con esfuerzo y se encontró con los ojos del Ministro. En su mente comenzaron a delinearse las posibilidades de lo que estaba por ocurrirle. Quiso aferrarse a la idea de no temer, quiso convencerse de que aún conservaba la entereza que había sostenido en otras travesías, pero el corazón le traicionó con un latido irregular.

No entendía cómo todo había derivado en aquello. Se suponía que sería sencillo. No era su primera vez. Había recorrido caminos más peligrosos y regresado ileso. Necesitaba respuestas. Las necesitaba con urgencia. Mientras hubiera explicación, quizá existiría una mínima posibilidad de salvación. O, al menos, de enviar un último mensaje a su familia, de que supieran lo que había sucedido.

Astra no volvió a mirarlo.

Observó, en cambio, el acercamiento de uno de los jinetes del Barlok. El hombre avanzaba con paso firme, llevando ante sí una pequeña silueta sostenida contra su regazo. El niño tenía el rostro manchado y enrojecido por la sangre seca; sus ojos, hinchados, parecían haber agotado las lágrimas. La luz de la tarde arrancaba destellos apagados de sus cabellos.

El hombre desmontó con fluidez y, con un cuidado paternal, dejando que el niño tocara tierra al instante siguiente.

Astra descendió la mirada hacia él.

—¿Cuál es tu nombre? —inquirió con cierta sutileza, pero sin perder el tono autoritario en su voz.

El niño lo miró. No hubo gratitud en sus ojos. Tampoco alivio. Solo un desprecio nacido del dolor reciente, una mente aún atrapada en lo ocurrido, incapaz de procesar siquiera su liberación. Las cadenas ya no estaban. El peso que había oprimido sus muñecas y tobillos había desaparecido, pero su cuerpo parecía no haberlo comprendido todavía.

—No tengo intención de hacerte daño —añadió Astra, y el tono descendió apenas, como si encontrara en aquel rostro un reflejo de sí mismo, de un tiempo anterior a haber conocido a Orion.

El niño giró la cabeza hacia los costados.

Reconoció el terreno. Las casas, las formas familiares, los contornos de su propio pueblo extendiéndose bajo la luz declinante. La comprensión llegó de golpe, brutal.

—¿Por qué lo hicieron? —preguntó al fin, la voz quebrada, sostenida apenas por la fuerza de quien apenas tiene vida.

Astra dio un paso al frente y apoyó la palma sobre el hombro del niño. El gesto fue firme, pero no brusco; una presión contenida, como si midiera la fuerza exacta que el momento exigía. Bajo su mano sintió el temblor leve de un cuerpo que aún no terminaba de comprender su situación. Entendía ese temblor más de lo que habría deseado.

El pequeño alzó la mirada.

En sus ojos solo habitaba la oscuridad, un deseo crudo de matar que no correspondía a su edad. Astra sostuvo aquella mirada sin apartarse. Luego negó lentamente con la cabeza, no en reproche, jamás negaría tal sentimiento de venganza.

—Dime, ¿qué fue lo que te hicieron?

El niño bajó el rostro ante la inquisitiva serenidad del Ministro. Quería lanzarse contra él, arañar, morder, romper algo que compensara el dolor que lo desbordaba. Pero su corazón no obedeció a esa furia. Algo —una presencia invisible, una barrera que no comprendía— lo detuvo.

—Mi madre —dijo al fin.

La palabra salió quebrada, como si hubiese tenido que abrirse paso entre piedras. Y con ella llegó el recuerdo.

Sus manos se cerraron lentamente hasta formar dos puños tensos, rígidos como hierro mal forjado. Los nudillos blanquearon. Sus ojos ardieron, húmedos aún por el llanto reciente, aunque ya no quedara en ellos el consuelo de las lágrimas.

—… fue asesinada.

Astra tragó saliva. Sus ojos cambiaron, se endurecieron hasta volverse fríos, inmóviles, como dos carámbanos suspendidos en pleno invierno. Su corazón golpeaba con fuerza su corazón, sintiendo un fuerte sentimiento que muchas veces había callado en la fría celda en dónde había sido olvidado junto con su hermana.

—¿Quién lo hizo?

El niño se quedó en silencio, abrió una y otra vez la boca, pero fue incapaz de pronunciar palabra, esa restricción que sellaba su mente, su intención de rebeldía, lo odiaba, no quería sentirse así. Pero el condicionamiento era grave.

—¿Quién?

Con el suave tacto de sus dedos le alzó el rostro. Sus miradas se encontraron. En los ojos del Ministro no había prisa ni amenaza. Solo una promesa de que la verdad podía pronunciarse allí sin miedo. El niño inspiró profundamente. Durante un instante pensó que tal vez había malinterpretado al hombre. Tal vez no quería dañarlo. Pero aceptarlo resultaba difícil.

—¿Fue él?

El niño giró la cara, encontrándose con el arrodillado Irvan, su rostro era la apariencia misma del orgullo herido y el disgusto, pero el niño tuvo que negar con la cabeza al encontrar al individuo desconocido.

—¿Entonces él?

El niño volvió a negar con la cabeza al observar al guerrero Fredik, sentía haberlo visto, pero no era él, nunca olvidaría el rostro del villano que le había arrebatado la vida a su madre.

—Sígueme.

El niño obedeció de manera casi instintiva, era como si la voz del hombre delgado desprendiera un poder desconocido que invitaba con gran eficacia a obedecerlo.

Astra apreció el rostro de muchos de los kat’os que habían decidido salir de sus hogares para observar el espectáculo, aunque parecían más aterrados que dichosos, pero tales expresiones no fueron de importancia para el Ministro. Pronto llegaron ante los vencidos, y con la mirada de quién tiene el poder de decidir entre la vida y la muerte de un hombre observó al niño.

—¿Quién?

El pequeño inspiró profundamente.

El aire entró en sus pulmones con dificultad, áspero, cargado aún de sufrimiento. Sus ojos recorrieron los rostros de los hombres arrodillados. Lo había visto. Apretó los puños con violencia, el entendimiento del mundo se vino abajo en un instante, ante él no había nada más que un asesino, y como tal, alguien que merecía morir. Con la mirada muerta y el corazón sometido a una presión indeseable levantó su pequeña mano, el temblor fue breve, pero firme cuando debió apuntar.

Astra siguió la dirección indicada. Sus ojos se movieron con calma, recorriendo el grupo hasta detenerse en el hombre señalado. Durante un instante no dijo nada. El viento se deslizó entre las figuras inmóviles, haciendo murmurar las telas y arrastrando pequeñas hebras de polvo por el suelo endurecido.

Entonces habló.

—Trae a ese hombre ante mí.

La orden fue obedecida de inmediato. Dos hombres del Barlok avanzaron y tomaron al prisionero sin ceremonia. Lo arrastraron apenas unos pasos antes de arrojarlo hacia adelante.

El cuerpo del hombre cayó de bruces contra el suelo. El golpe levantó una breve nube de polvo que el viento dispersó lentamente. Durante un momento permaneció así, inmóvil, respirando con dificultad. Luego apoyó las manos contra la tierra y alzó el torso. No intentó ponerse en pie. El orgullo ardía en su pecho como una herida abierta. Odiaba cada instante de lo que estaba ocurriendo, cada mirada que caía sobre él, cada segundo de humillación. Pero había algo que sostenía su resistencia: la confianza obstinada en su señor. Mientras esa certeza existiera, estaba dispuesto a soportar.

El pequeño permaneció inmóvil. No se movió, no parpadeó siquiera. Era como si alguien lo hubiese tallado en piedra y lo hubiese dejado allí, frente al hombre arrodillado. Sus ojos estaban fijos en él, oscuros y tensos, como si algo en lo más profundo de su pecho intentara despertar, algo que pugnaba por levantarse y tomar forma… pero que todavía no encontraba el camino para hacerlo.

—¿Lo conoces? —preguntó.

La voz no fue elevada, pero llevaba en su interior un filo evidente. Incluso así, el Ministro parecía esforzarse por mantener el curso adecuado de las cosas, como si todavía se concediera el deber de seguir un proceso, por mínimo que fuese.

Sin embargo, el hombre hizo caso omiso.

—El silencio también es una respuesta —Su mano descendió hacia el cinturón. El metal del cuchillo emitió un leve susurro al abandonar la funda—. Sujétale con fuerza.

El soldado del Barlok actuó con rapidez. Se abalanzó sobre el prisionero y lo redujo contra el suelo. Una rodilla se hundió en la espalda del hombre, obligándolo a inclinarse contra la tierra endurecida.

—No puedes hacerlo —gritó. La garganta seca por el polvo y la humillación.

—¿No puedo hacerlo? —preguntó, dibujando una sonrisa en su rostro que no era muy habitual a aparecer.

—No —dijo con urgencia al ver al delgado hombre acercarse, sin apariencia de querer detenerse—. Apelo al tratado de las Tierras Sin Nombre. Apelo…

—Silencio.

El hombre cerró la boca de inmediato.

Tragó saliva con dificultad. En su pecho se había instalado una presión creciente, una sensación sofocante que le oprimía el corazón. Era como si la muerte se hubiese sentado a su lado y aguardara pacientemente el momento adecuado para reclamarlo. No quería morir. El pensamiento atravesó su mente con la violencia de un rayo. Todavía tenía demasiadas cosas pendientes, demasiadas promesas hechas a sí mismo, demasiados placeres que aún no había reclamado. No debía morir, y menos aún en tierra extranjera, en una tierra donde sus dioses tal vez no pudieran encontrarlo.

Astra hizo un gesto breve. Los soldados lo obligaron a enderezarse. El hombre quedó de rodillas, apenas sostenido por las manos que lo sujetaban. Entonces Astra se acercó. Su mano se movió con rapidez súbita, silenciosa. Se cerró alrededor del cuello del prisionero como una serpiente que encuentra su presa. Los dedos se ajustaron con firmeza, obligándolo a levantar el rostro.

Sus ojos se encontraron. Aquello era lo último que Astra estaba dispuesto a concederle. Una mirada directa. Una mínima forma de misericordia.

—Es mio —dijo el niño con un tono que no le correspondía, duro, áspero, siniestro.

Astra se giró para verlo, tenía la intención de rechazarlo, después de todo era demasiado joven para derramar sangre, sin embargo, al observar su mirada, entendió que la vida del hombre no le pertenecía, nunca lo había hecho. Asintió con calma, y con la mirada le ordenó acercarse.

Le entregó el cuchillo.

El niño lo aceptó sin ceremonia. Sus dedos sujetaron el mango, hubo nerviosismo, uno, dos segundos, pero luego de eso desapareció, reemplazado por una firmeza absoluta. Dio un paso al frente, en su respirar podía sentir el abrazo de su madre, la sonrisa arrebatada, el cariño que nunca más tendría. Dio un segundo paso, una lágrima resbaló por su mejilla, más su expresión no sufrió cambio alguno. El aire le recordó los te amo nocturnos antes de caer dormido, la búsqueda de su regazo cuando las pesadillas obligaban a sus párpados a mantenerse abiertos. Dio un tercer paso. Solo hubo silencio, oscuridad, ahora a ella pertenecía.

—No lo hagas niño —le ordenó el arrodillado, observándole con los cargados de advertencia, mientras intentaba deshacerse del agarre del soldado—. Tu sangre sucia no sera capaz de soportar la venganza.

El niño se detuvo, una reacción que hizo suspirar de alivio al veterano, pero el sentimiento murió en el mismo instante en que su expresión cambió. Sintió la frialdad de la hoja. La punta del cuchillo penetró su pecho con una brusquedad inesperada. El metal se hundió entre carne y hueso, y antes de que su mente lograra comprender lo ocurrido, llegó el segundo impacto.

Y luego otro.

Y otro más.

Su boca se mantuvo abierta, sus ojos incapaces de entender, como alguien tan pequeño, tan frágil se había atrevido a levantar su mano en su contra. Cuando la muerte se inclinó a su lado y susurró que su tiempo prestado había llegado a su final, miró por última vez al niño, y en ese momento sintió, lo último que su corazón fue capaz procesar, que la muerte había sido el mejor destino.

El niño se detuvo, la mano que sujetaba el arma perdió fuerza, pero no se deshizo del cuchillo. La hoja, ahora oscura, lloraba gotas rojas que descendían en silencio hacia la tierra. Solo se quedó ahí, de pie. Sus hombros subían y bajaban con calma, mientras sus ojos observaban al infeliz. Quiso gritar, fue su primer instinto, descargar todo su sufrimiento en un furioso grito, sin embargo, no pudo, ya no tenía esa capacidad en su cuerpo.

Astra se acercó, y con calma paso su brazo sobre sus hombros, otorgándole su apoyo y calor.

—La sangre derramada en Tanyer se paga con sangre —dijo Astra, observando a cada uno de los derrotados, notando el inconformismo y la revuelta en sus ojos, solo detenidos por tener a su señor cautivo.

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Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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