El doctor multimillonario tomó mi primera vez y me hizo suya - Capítulo 1
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1: Capítulo 1: Vendí mi virginidad por mi padre 1: Capítulo 1: Vendí mi virginidad por mi padre —No me gusta acostarme con vírgenes.
Es una molestia y, sinceramente, no es tan divertido.
El tajante rechazo de Jace Whitmore dejó a Nerissa Noland allí plantada, incómoda, pero después de la llamada de su madre esa tarde, no tenía a dónde más acudir.
—¡Mocosa desalmada, maldita desagradecida!
Tu padre ya es un lisiado, ¿y ahora también quieres darte aires de grandeza?
He sido la única que trae dinero a casa, así que ¿dónde está, eh?
Si no me transfieres el dinero, olvídate de la revisión de tu padre en dos días.
Deja que se pudra en esa silla de ruedas hasta que se muera.
Sería mejor que todos estuviéramos muertos.
Cuando Nerissa tenía cinco años, su padre la llevó a por un helado en su bicicleta.
En el camino de vuelta, un camión se abalanzó sobre ellos.
Él se arrojó delante de ella, protegiéndola con su cuerpo.
Recibió todo el impacto.
Desde entonces, no ha podido caminar.
El conductor les lanzó algo de dinero por su silencio y desapareció.
Con su padre paralítico, la familia cayó en la pobreza.
A los dieciocho años, Nerissa fue aceptada en la universidad.
Su padre insistió en que fuera, sin importar lo que dijeran los demás.
Soportó todo tipo de insultos y humillaciones, incluso pidiendo dinero prestado en secreto a sus parientes solo para ayudarla a estudiar.
—Solo la educación puede cambiar tu vida —dijo él.
Y ahora, su tan esperada cirugía reconstructiva era en dos días.
Por fin habían conseguido un especialista de primer nivel después de esperar cinco años.
Si perdían esta oportunidad, él se quedaría atrapado en esa silla quién sabe por cuánto tiempo.
Y si ella no conseguía graduarse, nunca escaparía del lío asfixiante en el que se había convertido su familia.
Con ese pensamiento carcomiéndola, Nerissa se acercó de puntillas y apretó sus labios temblorosos contra los de Jace.
Su voz temblaba con fuerza.
—Señor Whitmore…
Yo…
yo solo tengo veinte años.
Yo…
nunca he hecho esto antes.
Pero mido 1,70 m, peso 49 kilos y todos mis informes médicos están en regla.
Si pudiera darme una oportunidad esta noche…
¡Le prometo que no lo decepcionaré!
Jace dejó que lo besara, pero su expresión no cambió.
Ni un atisbo de deseo.
Su piel era tan pálida que casi parecía translúcida, con tenues venas azules visibles bajo el resplandor de la estantería de licores.
Era menuda, vestida con un suéter barato de color blanco roto y unos vaqueros desgastados.
Allí de pie, en su elegante apartamento de lujo, parecía un conejito asustado que se había adentrado en la guarida de un lobo.
Tenía los ojos empañados y los labios le temblaban mientras contenía las lágrimas —sinceramente, partía un poco el corazón—, pero eso era todo.
Jace estaba acostumbrado a mujeres poderosas y seguras de sí mismas: modelos de élite, herederas, lo que fuera.
Mujeres que conocían las reglas y sabían jugar.
Las lágrimas nunca entraban en la ecuación.
—Ya te lo he dicho.
No eres mi tipo.
Pero en lugar de retroceder, Nerissa se quitó el suéter con un movimiento fluido.
Levantó la barbilla y lo miró directamente a los ojos.
—He leído sobre usted en muchos artículos.
El miembro más joven de la élite tecnológica, CEO del Grupo Stravion.
Sé que…
tiene muchas novias.
No pido ser una de ellas.
Solo necesito ayuda esta vez.
Cuando me gradúe, le devolveré todo, con intereses.
En cuanto esas palabras salieron de sus labios, su cara se puso de un rojo intenso.
La mirada de Jace, sin embargo, ya estaba fija en la parte superior de su cuerpo al descubierto.
Debajo del suéter, solo llevaba un sujetador blanco básico; sencillo, pero no podía ocultar aquellas curvas.
Una copa D que contrastaba marcadamente con su diminuta cintura.
Había supuesto que una chica con su aire inocente sería plana y de aspecto aniñado.
Claramente, había calculado mal…
Su nuez de Adán se movió, sutilmente.
La habitación estaba en un silencio sepulcral, con solo el débil zumbido del tráfico filtrándose desde la calle.
Cada segundo parecía una eternidad.
Finalmente, Jace se enderezó y caminó hasta el elegante sofá de cuero en el centro de la habitación.
Sin dedicarle ni una mirada, dijo con voz monocorde: —Tienes veinte minutos.
Si para entonces sigo sin estar interesado, lárgate.
Nerissa se quedó helada un segundo y luego se dio cuenta: le estaba dando permiso.
Aferró el suéter que acababa de quitarse y caminó descalza por el suelo.
Jace ya estaba sentado, con las piernas separadas y los codos en las rodillas, lanzándole una mirada como si estuviera evaluando un producto.
Tenía una idea de lo que venía a continuación.
Había visto este tipo de escena en los vídeos porno que su hermano pequeño tenía escondidos en el ordenador familiar.
Verlo era una cosa, pero hacerlo era otra muy distinta.
Se arrodilló sobre la alfombra fría y cara, y el frío se filtró a través de sus vaqueros.
Sus dedos se extendieron hacia el cinturón de él: uno elegante, grabado con pequeños e intrincados patrones.
Pero le temblaban tanto las manos que necesitó tres intentos para desabrocharlo.
Luego vino la cremallera.
Mientras los dientes de metal se separaban, revelando unos bóxers negros debajo, sus manos se detuvieron.
Incluso a través de la tela, el…
contorno era imposible de ignorar.
El pánico se apoderó de Nerissa de la nada.
Eso…
no era lo que esperaba.
Era…
demasiado grande.
Jace la había estado observando todo el tiempo; cada movimiento titubeante y cada atisbo de miedo no escaparon a sus ojos.
Su expresión de sobresalto encendió una extraña mezcla de irritación y deseo en su pecho.
Sin previo aviso, le tiró de la muñeca con fuerza.
Nerissa tropezó hacia delante, chocando contra su pecho, y su nariz topó contra un músculo cálido.
Se le escapó un jadeo, pero antes de que pudiera reaccionar, la mano de él le sujetó la nuca y su boca se estrelló contra la suya.
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