El doctor multimillonario tomó mi primera vez y me hizo suya - Capítulo 141
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- Capítulo 141 - 141 Capítulo 141 Manos frías toque cálido
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141: Capítulo 141: Manos frías, toque cálido 141: Capítulo 141: Manos frías, toque cálido Como vivían en habitaciones contiguas, Jace y Nerissa se habían estado viendo mucho últimamente.
Jace incluso consiguió en recepción una llave extra de la habitación a nombre de ella, lo que le ahorraba la molestia de llamar a la puerta y molestar a los vecinos.
Sus miradas se cruzaron, pero no dijeron ni una palabra.
Jace se quitó la chaqueta con indiferencia, tiró de la corbata para aflojársela y se desabrochó un par de botones de la camisa, dejando al descubierto su marcada nuez de Adán.
Normalmente, a esas horas, se enrollaría la corbata en la mano, se acercaría para inmovilizar a Nerissa y tomaría el control absoluto, como si fuera su segunda naturaleza.
¿Pero hoy?
Esa energía había desaparecido.
Se le veía agobiado, claramente perdido en sus pensamientos.
Nerissa rompió el silencio.
—¿Alguna novedad?
Jace se desplomó en el sofá, con las piernas extendidas y la cabeza apoyada en el respaldo.
Se frotó la sien con sus largos y cansados dedos.
—Todavía nada.
Su voz sonaba grave y ronca, completamente agotada.
Nerissa apretó los labios, bajó de un salto de la cama y le sirvió un vaso de agua, que dejó en la mesa de centro justo frente a él.
—Ese día… en realidad no quería ir con ella.
Pero sacó esa foto nuestra besándonos en el centro comercial y me amenazó con ella.
Se me ocurrió que si le seguía el juego, quizá podría engañarla para que la borrara.
Así que la seguí un rato, pensando que solo quería jugarme una mala pasada.
Pensé que si me escapaba, se daría por vencida y se iría… pero no me esperaba…
Nerissa bajó la cabeza, claramente dubitativa, y no terminó la frase.
—¿Una foto?
—Jace frunció el ceño levemente, captando al instante la palabra clave en lo que ella decía.
—Sí… seguramente la tomó en el centro comercial.
Tenía miedo de que se la enviara a Samantha, así que fingí seguirle la corriente —murmuró Nerissa, con un deje de frustración consigo misma.
En realidad, solo quería evitar que Samantha se enterara de lo suyo con Jace.
El motivo exacto… ni siquiera ella misma lo sabía.
En el instante en que Jace escuchó el nombre de Samantha, sus cejas se crisparon sutilmente: algo hizo clic en su mente.
Samantha ya sabía lo del beso en el centro comercial.
Debía de haberlo visto en una foto que le pasó Ruby…, lo que significaba que las dos, definitivamente, habían estado en contacto.
Y Ruby no tenía ninguna influencia en Thavira.
Era imposible que hubiera logrado todo aquello por su cuenta, a menos que alguien la estuviera respaldando.
Rajarle los neumáticos a Quentin, aislar a Nerissa, burlar la vigilancia, evitar las carreteras principales…
Nada de eso sonaba al estilo de Ruby.
Parecía mucho más calculado, como si hubiera una mente más brillante detrás de todo.
Jace apretó los labios, se levantó sin decir una palabra y fue hacia el balcón.
Sacó su teléfono y marcó un número.
—Investiga las conexiones de la familia Chase en Thavira —dijo, con voz grave y firme.
—Sí, señor —se oyó una respuesta respetuosa al otro lado.
El seguimiento fue increíblemente eficiente: en poco tiempo, Jace ya tenía acceso a la red oculta de la familia Chase en Thavira.
Efectivamente, el grupo de mala reputación con el que más trataban operaba, casualmente, en la misma zona donde Ruby había desaparecido.
No había que ser un genio para entenderlo.
Jace ató cabos en cuestión de segundos.
Todo aquello tenía el sello de Samantha.
Debía de haber planeado deshacerse de Nerissa utilizando a Ruby como peón.
¿El imprevisto?
Nerissa fue demasiado lista y esquivó la trampa.
Pero la gente de allí no sabía distinguir quién era quién, y se llevaron a Ruby por error.
Visto de esa forma, todo cobraba sentido.
Jace le envió de inmediato una foto de Ruby a su asistente, con la orden de que se la llevara a la familia Chase y les hiciera mover sus hilos con las bandas locales para averiguar su paradero.
La familia Chase se moría de ganas por ganarse el favor de los Whitmores, con la esperanza de sellar el acuerdo de compromiso, así que, por supuesto, actuaron sin la menor vacilación.
Jace no quiso involucrar a Samantha directamente.
Provocarla solo la volvería más peligrosa.
Era implacable y no dejaba rastro.
Si se enteraba de que se habían llevado a la persona equivocada, no dudaría en silenciar a Ruby para siempre.
Pero, por ahora, Ruby no podía morir.
Cuando Jace regresó a la habitación, Nerissa seguía acurrucada en el mismo rincón del sofá.
Se abrazaba las rodillas, ataviada con un pijama de dibujos animados.
Los pantalones cortos, bastante cortos, dejaban al descubierto sus pálidas piernas, y alrededor del tobillo se distinguía una débil marca roja de donde él la había sujetado la noche anterior.
La luz cenital se derramaba sobre ella, arrojando un suave brillo sobre su rostro y destacando el vello fino de su piel; parecía un cachorrito triste.
Jace se acercó y deslizó sus esbeltos dedos por el sedoso cabello de ella.
—Métete en la cama —dijo él.
—…Vale.
Nerissa quiso decirle que no conseguía dormirse, pero ¿qué sentido tenía?
Aunque se lo dijera, Jace no podría solucionarlo por arte de magia.
Se puso las zapatillas y entró en el baño con la intención de darse una ducha antes de dormir.
Pero no estaba en lo que hacía: se enjuagó sin ganas y, al salir de la ducha, se resbaló.
Cayó con un fuerte golpe sobre las baldodas, derribando botes de gel y champú en el proceso.
La parte baja de su espalda impactó con fuerza contra el borde de la bañera.
El dolor la recorrió como un relámpago: agudo, repentino e imposible de ignorar.
—¿Qué ha pasado?
Jace oyó el ruido sordo y abrió la puerta de un empujón.
Al verla despatarrada en el suelo, entró corriendo, se inclinó y, sin dudarlo un instante, la cogió en brazos y la llevó a la cama a grandes zancadas.
—¿Te has hecho daño en algo?
Cogió una toalla y empezó a secarla mientras la examinaba de pies a cabeza.
Aparte de los moratones azulados que él mismo le había dejado en la clavícula y el pecho, no parecía tener más heridas.
Nerissa soltó un «¡ay!» ahogado cuando una nueva punzada de dolor le recorrió la espalda baja; sentía como si los músculos se le estuvieran agarrotando.
—Me duele la espalda…, creo que me la he torcido o algo —gruñó ella, haciendo una mueca de dolor.
—Túmbate boca abajo.
Déjame echar un vistazo.
Jace giró a Nerissa con suavidad y la colocó boca abajo sobre la cama.
Sus manos largas y bien definidas ejercieron presión en la parte baja de su espalda, aumentando la fuerza poco a poco.
—Ay…, eso duele.
Nerissa hizo una mueca de dolor y contuvo el aliento.
—Aguanta un poco.
Jace no paró; en su lugar, cambió de técnica, y sus movimientos se volvieron lentos y deliberados al iniciar un masaje localizado.
Después de unas cuantas presiones, el dolor empezó a aliviarse.
Ya no era ni de lejos tan intenso como antes y, sinceramente, su tacto era agradable: firme, pero no tosco.
La tensión que le recorría la espalda hasta el coxis se fue disipando poco a poco.
Tumbada en la cama, Nerissa preguntó con la voz apagada: —¿Doctor Whitmore, no es nada grave, verdad?
Quiero decir, ¿podré ir a la obra mañana?
Jace la miró de reojo y dijo: —Tienes una distensión lumbar.
Clínicamente hablando, deberías guardar cama.
Pero conociendo tu dedicación, me imagino que aunque se te partiera la columna, te arrastrarías hasta la obra.
Nerissa se quedó sin palabras.
Vaya.
El sarcasmo de él dolía más que la caída.
Gracias, se notaba el cariño.
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